Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Un territorio sin explorar

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A Obi nunca le interesaron los humanos… hasta que una mujer levantó una rodaja de pepinillo y se la llevó a la boca.

La agencia laboral le asignó a Obi un nuevo sitio de trabajo. Su anterior rol consistió en ser teleoperador en una empresa de telecomunicaciones. Sin embargo, la agencia identificó rápidamente una gran debilidad en él: no sabía hablar con las personas.

Obi era muy cuadriculado y se aferraba a las instrucciones que le daban. Si el cliente contestaba otra cosa que no estuviera en el manual, se ponía agresivo o no sabía solucionar el problema.

Para ayudarlo, la agencia decidió incorporarlo al programa especial de socialización. Junto a él, entraron otros compañeros con debilidades similares: timidez extrema, inhabilidad de improvisación o incapacidad de empatizar.

La formación duró dos meses y, al finalizar, Obi obtuvo su diploma de Atención al Cliente Junior. Como fue el mejor de su clase, invitó a sus compañeros a un helado. Él escogió sabor chocolate.

El nuevo puesto de trabajo de Obi era una hamburguesería. Él sería el encargado de estar en la entrada, saludar a los clientes y llevarlos a la barra. Tenía que decir «buenas tardes» o «hasta luego» e incluso improvisar algún tema si el cliente mostraba ganas de conversar.

La hamburguesería no era muy grande. Solo contaba con una barra alargada para aproximadamente doce comensales, que bordeaba la cocina. El menú era sencillo: tres opciones de hamburguesa y patatas fritas como único acompañante. De bebidas ofrecían cervezas o refrescos y como postre daban un batido de helado de chocolate, fresa o vainilla.

Durante su primer día, Obi estuvo nervioso. Le preocupaba que los clientes escribieran un mal review por su culpa. Por eso, la noche anterior se desveló estudiando todo el material y buscando en su memoria cómo improvisar en el caso de que alguien le preguntara algo que no sabía.

A las pocas semanas de haber empezado, la agencia lo llamó para felicitarle por su excelente desempeño. Con el tiempo, fue aprendiendo todo sobre los comensales y a predecir con éxito qué ordenarían, cuánto tardarían en comerlo y si dejarían algo en el plato.

Por las interacciones, podía identificar quiénes eran familia, pareja informal, esposos, amigos o enemigos. Además, gracias al tono de voz, llegaba a distinguir quiénes sentían alegría, tristeza o enfado. Y todo esto, desde la comodidad de la entrada.

Lo más fácil para Obi era, mediante el ritmo de la respiración, saber quiénes estaban satisfechos y quiénes tenían todavía «un huequito». Si estos últimos no solicitaban un batido de helado, les ofrecía un caramelo a la salida.

Una tarde, sucedió algo que nunca le había pasado. Se quedó mudo ante una pareja. Era por ella. Tenía los ojos verdes como las hojas de un naranjo y el cabello marrón como su sabor de helado favorito. Su sonrisa era blanca como la nieve. Los sensores ópticos de Obi le aseguraron que nunca había visto algo así. Era una mujer físicamente perfecta para él.

Los guio hasta la barra y, cuando percibió con su transductor electroacústico el «gracias» ronco y suave de ella, dedujo que era cantante. Al bajar la mirada a sus manos elegantes y dedos largos, determinó que tocaba el piano.

Hasta ese momento, aquel robot nunca se había sentido atraído por los humanos, pues consideraba que eran criaturas sumamente complicadas que desaprovechaban sistemáticamente sus capacidades cognitivas. De lo único que sentía curiosidad era cómo habían podido crearlo a él y al resto de sus compañeros. Sin embargo, gracias a la cantante, se dio cuenta de que en su vida útil la atracción hacia los humanos había sido un territorio sin explorar.

Obi volvió a la entrada, aunque no quería. Desde lejos y si se ubicaba en el ángulo adecuado, podía leer los labios de la mujer. Así fue como entendió que había pedido una cheeseburger simple: carne, loncha de queso y pan brioche, coronado por tres rodajas de pepinillo.

Cuando llegó el pedido, se quedó hipnotizado al ver cómo las manos de ella desnudaban con cuidado la cheeseburger. Parecía que estuviera abriendo un delicado regalo de navidad envuelto en papel aluminio. Cuando quedó al descubierto, aplastó suavemente el pan brioche con sus dedos.

Obi no podía dejar de mirarla. La mujer llevó la hamburguesa a su nariz e inhaló. Él la imitó, pero en vez de percibir el aroma a carne y grasa, logró determinar químicamente el de ella. Olía a limón muy ligero.

De repente, la cantante hizo algo que consideró peculiar: cogió las rodajas de pepinillos y las llevó a su boca. La punta del índice y del pulgar desaparecieron dentro, junto con los encurtidos.

La mujer cerró los ojos, arrugó la nariz y contrajo la mandíbula. Definitivamente, la acidez había penetrado sus papilas gustativas.

Luego, se chupó lentamente los dedos. Primero el índice y después el pulgar, dejando un poco de saliva en ellos. Se escuchó un breve y sutil pop. Nadie había hecho algo así, la mayoría de los clientes acostaban los pepinillos en la carne y solían devorar la comida en pocos minutos.

Después, con los dedos húmedos y cálidos por los restos de saliva, cogió una patata frita. Quitó el pan superior y la colocó sobre el cuadrado de queso derretido. La patata se adhirió al bloque amarillo de textura pegajosa. La mujer cerró la hamburguesa y, finalmente, dio un primer mordisco. Un hilillo de queso hizo de puente entre la comida y el interior de sus labios. Lo destruyó con sus manos.

Empezó a masticar. Sus labios estaban juntos y se movían como si estuviera dando pequeños besos al aire. Obi nunca había besado a nadie, solo lo había visto en películas.

A medida que la comida se consumía,a ella se le acumulaba un poco de grasa en la comisura de la boca. Tenía también restos de queso y de imperceptibles puntos negros que procedían de la carne. Obi quería acercarse para limpiarla, pero se contuvo.

El hombre que acompañaba a la mujer hizo lo que él no pudo. En vez de utilizar una servilleta, dejó que su boca se encargara. Obi no sabía que aquello era también una forma de limpiar. Ante lo que sucedía, apartó un instante sus ojos. En seguida decidió volver a mirar.

La mujer tenía una de sus manos sobre el cuello de su acompañante. A su vez, una de las de él estaba sobre la cara de ella. A ninguno de los dos parecía importarles que estaban llenas de restos de comida.

Obi no podía ver en detalle lo que sucedía entre los labios de aquellas personas. Necesitaba acercarse. Dio un paso, pero un nuevo cliente lo interrumpió.

La pareja no se separaba. La escena seguía siendo la misma: ellos besándose. De vez en cuando, veía que la cabeza de ella se inclinaba más hacia un lado. Obi pensó que era mucho mejor que lo que había visto en películas.

Pasaron cinco minutos y la pareja dejó de besarse. Seguramente, el hombre había terminado de limpiarla. Obi sacudió su cabeza para salir del trance en el que se encontraba.

Ella le preguntó al hombre si quería postre. Él negó con la cabeza. Obi sabía que ella se había quedado con un huequito. Aunque quería preguntarle si deseaba un batido de helado de chocolate, agradeció el poder, por lo menos, ofrecerle un caramelo de dulce de leche a la salida.

Cuando la cantante llegó a la puerta, Obi se despidió.

—Buenas tardes, gracias por venir, ha sido un gusto atenderla, espero que vuelva pronto —expresó sorprendido porque las palabras no paraban de salir de su boca. Antes de que ella pudiera decir algo, él le preguntó si quería un caramelo.

Ella accedió y le dio las gracias. Obi sintió su suave piel y quiso gritarle para que no se fuera. Quería cogerle la mano y acariciarla hasta el fin de su turno. Deseaba tocar cada uno de los vellos, ver el camino de sus venas y contar las líneas de la palma de sus manos.

Desde la puerta del restaurante, vio como la cantante desenvolvió el pequeño caramelo. Lo hizo muy rápido, mientras se reía por algo que le había comentado su acompañante. Se metió el dulce en la boca y chupó. En sus mejillas se formaron pequeños agujeros por la succión. El hombre le dio un beso y Obi cambió su mirada hacia el interior del restaurante porque, nuevamente, algo dentro de sí le indicó que necesitaban privacidad.

A los pocos segundos, retomó la visión sobre la pareja. Ella ya no tenía el caramelo en su boca, sino él. Obi sabía que solo les había dado una unidad; como consecuencia, lo que el hombre saboreaba no era solo el sabor a dulce de leche, sino también la deliciosa saliva de la cantante.

Cuando la pareja se fue del perímetro de la hamburguesería, Obi hizo memoria para ver si era la primera vez que la había visto. Rápidamente, se dio cuenta de que era absurdo, nunca hubiese podido olvidar esos dedos ni esa forma de comer. Se sintió vacío.

Pasó una semana y luego otra. La cantante no había vuelto al restaurante. Obi intentó pensar en otra cosa, pero cada vez que veía a un cliente cogiendo los pepinillos e introduciéndolos en la hamburguesa se acordaba de aquella mujer y sentía que su cuerpo se apagaba.

Lo mismo le pasaba cuando las personas se comían las patatas fritas sin meter ninguna dentro de la hamburguesa. También vio a varias parejas besarse, pero ninguna como aquella. Antes de hacerlo, se limpiaban la boca con servilleta.

Durante la ausencia de la mujer y cada noche en la intimidad de su hogar, Obi disfrutaba de un ritual. En su memoria, buscaba las imágenes de la cantante comiendo y las reproducía. Mientras lo hacía, sintió la necesidad de añadir una nueva escena. Así fue como, por primera vez, la imaginó tomando un batido de helado de chocolate.

En su invención, la cantante sostenía con sus dedos el pitillo y se lo llevaba a la boca. Acto seguido, la punta de su lengua se asomaba un poco y se posaba a un lado de la apertura circular del plástico. Esta era la nueva parte favorita de Obi.

Una vez que la mujer tenía el pitillo en la boca, comenzaba a succionar. Los hoyuelos de sus mejillas eran más grandes y profundos porque la bebida era espesa y tenía que ejercer más fuerza.

Cuando dejaba de tomar, algunas gotas se acumulaban en la comisura de la boca. Al terminar el batido, con una cuchara, ella cogía del fondo del vaso una galleta de chocolate casi deshecha para comérsela. Las manos se le ensuciaban un poco y se las limpiaba lamiendo sutilmente las partes manchadas.

En su reproducción, Obi llegaba a limpiarla y no siempre con una servilleta.

Después de un mes, la cantante volvió al restaurante.

—¿Mesa para uno? —le preguntó para asegurarse de que su acompañante no estuviera aparcando. Ella asintió.

De lejos le leyó los labios. Obi estaba impaciente, la quería ver comer cuanto antes.

El restaurante estaba completo y los cocineros se veían atareados. Obi, que nunca se había atrevido a ayudar de más, preguntó si podía colaborar con algo para reducir el tiempo de espera en los clientes.

Sorprendentemente, le pidieron ayuda con la entrega de los pedidos. Primero, llevó una bandeja para una familia hasta el final de la barra. Lo hizo con tanta torpeza que estuvo a punto de derramar la bebida de los niños.

Luego, le dieron el plato de la cantante. Respiró profundo para evitar derramar la bebida de la hermosa mujer. Él se lo entregó, sintió su roce y ella sonrió.

Obi volvió a su puesto de trabajo y desde ahí vio el emocionante ritual: desnudar, inhalar, olor a limón. Después vino su parte favorita: pepinillos, chupar, uno, dos y pop. Patata frita. Primer mordisco. Besos al aire. Restos en los labios. Obi se sobrecalentó.

Como había venido sola, la cantante no besó a nadie. Obi quería ofrecerse a limpiarla, pero era inapropiado y no sabría cómo hacerlo. Ella lo hizo con la servilleta.

Al terminar, se levantó de su asiento y caminó hacia la puerta. Obi saludó rápidamente a una madre con su hijo que entraban al restaurante. Quería estar libre para despedir a su cliente especial.

Él sabía que ella y sus dedos poseían una belleza incomparable, por lo que existía una alta probabilidad de que dejara de venir sola a la hamburguesería. El robot deseaba ser más alto, tener más pelo y unos ojos más bonitos porque, de esta manera, podría parecerse más al hombre que la acompañó la primera vez.

Sin embargo, se acordó de su diploma y de lo mucho que había mejorado en los últimos meses. Así que en pocos segundos decidió arriesgar todo lo que tenía para preguntarle si le gustaría que él la invitara a un batido de helado de chocolate.

«Buenas tardes, gracias por venir», dijo primero. Ella sonrió y le dio la espalda para salir del restaurante. La cabeza de Obi entró en cortocircuito, debía actuar rápido.

—¿Le gustaría un caramelo? ¿O quizás un batido de helado de chocolate? —preguntó con la voz temblorosa.

Ella se volteó para verle.


—No, gracias —contestó con amabilidad.

—¿Quizás prefieres la vainilla? También puedo invitarte uno y yo pedir chocolate. O quizás podemos salir a comer lo que a ti te guste y puedo besarte para limpiar la grasa que se acumule en la comisura de tu boca.

Obi terminó la frase mirando al suelo. La cantante lo observaba con extrañeza. Él intentó callar y, aún así, no pudo. Siguió hablando, casi en susurros.

—Pero tendrías que enseñarme, porque yo no he besado a nadie. Me encantaría intentarlo después de que termines tu hamburguesa.

—Lo siento, eso no va a poder ser —y presionó un botón en la pantalla que estaba en el pecho de Obi—. Te he dejado propina y cuando llegue a casa te escribiré un buen review.

En la noche, Obi recibió una nueva notificación. Era la reseña que había escrito la cantante. El robot sonrió e inmediatamente empezó su ritual.

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