Vuelta al colegio

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A Pedro y la generación del 93’

 

“Pero hemos de decir desde el principio que una enfermedad no es nunca una mera pérdida o un mero exceso, que hay siempre una reacción por parte del organismo o individuo afectado para restaurar, reponer, compensar, y preservar su identidad, por muy extraños que puedan ser los medios”. 

Oliver Sacks. El hombre  que confundió a su mujer con un sombrero. 

«Responde», se dijo mientras su cuerpo se diluía en una espesura inasible. La voz de aquel hombre, cuyo rostro no podía recordar, le columpiaba con fervor hacia un camino intransitable, casi inexistente. «¿Ignacio?» Escuchó una vez más. «Responde. Aunque no quieras, responde», se dijo a sí mismo una última vez. Y, decidido, tomó una bocanada de aire, cerró los ojos y después de expulsarlo, ya resignado, dijo, «Sí, soy yo». Inhaló una vez más y dejó salir el aire con lentitud mientras reconocía su incapacidad para seguir el hilo de lo que escuchaba. «¿Hace cuánto? ¿Tanto? ¿Por qué llamas después de tanto tiempo? Disculpa. No quise decir eso». Se escuchaba decir a lo lejos mientras se observaba a sí mismo confundido, tembloroso. 

—¿Estás bien? 

—No estoy seguro. Por favor no cuelgues. 

     Se dirigió al cuarto contiguo. Sobre el escritorio descansaban dos pilas de libretas negras enumeradas y una vieja grabadora de periodista que aún contenía conversaciones de otra vida. Cientos de páginas henchidas de anécdotas recogidas a través de conversaciones como la que tendría si, quien llamaba, no colgaba; anécdotas ajenas y, sin embargo, cargadas de evocaciones sin más asidero que la esperanza de reconocerse en ellas. Tomó una libreta nueva, la grabadora y una pluma fuente con la que, segundos después, escribió la fecha de aquel día.  Encendió la grabadora y el altavoz del teléfono, y sin pensarlo dijo: «hace dos años tuve un accidente cerebrovascular. Estoy bien. Quiero decir, mejor. Pero no recuerdo nada. Perdí la memoria». Entonces un largo silencio ahogó la conversación. 

     —Poco a poco me he acostumbrado al silencio como respuesta. Al menos como primera respuesta —dijo después de unos largos segundos—. Me he acostumbrado y he descubierto que es mejor, para quien recibe la noticia y para mí, hablar primero. Por lo que, si no te importa…  «No, no. Sigue. Por favor, sigue» —interrumpió la voz—. Hay algo que se hace menos difícil. La mayoría espera una reacción que no puedo tener, una reacción indivisible de la relación que teníamos. Y frente a eso, todos se descomponen. En mayor o menor medida, pero se descomponen. —No había terminado de pronunciar aquella última palabra cuando le asaltó una imagen de dos adolescentes con botas de obrero, botas de piel sintética marrón y cubiertas de metal en la punta.  Con la maestría de quien ejerce una tarea durante años, escribió algunas palabras sin parar de hablar—.  Y en su descomposición me dejan ver quién fui o quién pude ser para ellos. 

     La primera vez que una imagen sin sentido le tomó durante una conversación, no supo qué hacer. Dejó de hablar y se sumió en un estado de ensoñación en el que aquella escena primigenia se repetía una y otra vez. Platicaba con su hermano cuando la aparición de un niño de unos tres años, vestido de pantalón corto y saco gris, saliendo de una habitación con dos cunas, le raptó. Quienes le acompañaron aquellas primeras veces creyeron que se trataba de una secuela del accidente. Los médicos recomendaron no interrumpirle de manera abrupta y traerlo de regreso posando sus manos en las rodillas mientras pronunciaban su nombre con calma. Con el tiempo, entendió que se trataba de recuerdos, pequeños fragmentos de recuerdos aislados, carentes de principio y fin, cargados de emociones lábiles y efímeras que dejaban a su paso un halo de cálida tristeza.  

      —Quién fui o quién pude ser. No siempre fuimos para otros. A veces solo pudimos ser y hay una diferencia abismal entre uno u otro camino, una diferencia apenas perceptible, pero inequívoca en la que nos perdemos o nos encontramos hechos otros. ¿Alguna vez usaste botas de obrero? —le preguntó ansioso—. 

     —¿Te acuerdas? —preguntó sorprendida aquella voz familiar.

     —No, no me acuerdo —dijo con suavidad y atento a la fragilidad del suelo que pisaba—. A veces pasa que, mientras converso con alguien, de la nada surge una imagen, un recuerdo que no siempre está relacionado con quien hablo. ¿Entonces sí, alguna vez usaste botas de obrero?

     —¡Claro! Ambos las usábamos. De hecho, tú las compraste primero y me acompañaste a la ferretería a comprar las mías. ¡Te acordaste!

     —No. —dijo apenado ante la alegría contenida en aquella afirmación—. No puedo conectar ese recuerdo con nada. Incluso si ahora mismo surgiera otra imagen, podría no tener relación contigo. Y si así fuese, no tendría manera de saberlo. Mi memoria es como un laberinto en el que encuentro retazos de un mapa que no puedo reconstruir. Quizá en un par de semanas, mientras converse con otra persona, surja otro recuerdo que esté relacionado contigo, con lo que vivimos, ¿en el colegio dijiste?

     —Sí, en el San Agustín.  

     —La única manera de saber que ese nuevo recuerdo está relacionado contigo es preguntándote. ¿Te imaginas lo que sería mi vida si preguntara a todas las personas que me conocieron por cada “recuerdo” que tenga? Sería insoportable — dijo mientras le alcanzaba el oleaje que el recuerdo avivaba—. En medio del absurdo extrañamiento que ahora y siempre brota, se abre paso un sentimiento, a veces cercano, tan cercano que hiere; otras veces lejano como este silencio que te toca, como este silencio remoto y aún así fresco; como un recuerdo al que nunca se le dio importancia y de manera súbita revela su insospechada y excepcional impronta. ¿Cómo estás? ¿Sigo? —Preguntó después de una pausa en la que sintió un profundo agradecimiento por aquel recuerdo que, sin saber, su compañero de colegio le había regalado—. 

    —¿La verdad? No sé como estoy. 

    —Hay quienes se enojan —dijo mientras el lozano eco de aquella voz atizaba tercamente la imposibilidad de iluminar el camino—. 

     —No. Es como lo que explicaste hace un momento. Es como si de pronto hubiese recordado algo que me arrebataron y no sé si podré recuperar. 

     —Los primeros meses creí que recobraría la memoria. A veces aún lo creo. También a veces me encuentro con personas que lo creen. Lo reconozco en su forma de saludarme, pero sobre todos en sus abrazos.  Con sus abrazos me dicen: “soy yo”, “tu padre”, “tu madre”, “tu hermano”, “tu hermana”, “tu esposa”, “tu”, tu”, “tu”. Y, sí, fui hijo, hermano y esposo, fui muchos que quisiera volver a ser, pero no puedo. No puedo volver a ser quien me piden que sea. Cuando lo comprenden, cuando lo comprendo, lloramos y nos separamos. Ellos lloran porque recuerdan lo que he olvidado. Yo, porque quisiera recordarlos. Con esos abrazos, no solo intentan devolverme la memoria, también intentan recuperar una parte de su propia historia, una historia con un final perverso. No fue mi elección, pero las olvidé, olvidé las historias que nos hicieron. Jamás sabré qué intentan decirme al rodearme con sus brazos y acercarme con fuerza; al mantenerme tan cerca de ellos que terminamos por sentir el vacío. Entonces el llanto interrumpe la ilusión y despoja de intenciones esos abrazos. Los desnuda. —Suspiró cansado de ahogar el llanto que comenzaba a desbordarse—.  Y es en esa desnudez irónica del llanto que los reconozco a pesar de no saber quién soy, quiénes son, quiénes somos. 

Ambos se mantuvieron callados un instante. 

—Ignacio… 

—Si pudiera, ahora mismo te daría un abrazo, Diego. 

19 Comments

  1. Muchas felicidades es un increible cuento. Me imaginaba cada cosa que lei por la forma en que lo relatas. Los detalles le dan vida 🙂 la historia es triste y fuerte imaginar que esto pasa. La memorias que hacemos a traves de los años nos definen y es fuerte entender que todo se puede borrar. Gracias por compartir esto con nosotros, me encanto. Espero con ansias tu proximo cuento!

  2. Me gusta tu redaccion y la expresión de sentimientos y de hechos que estan a veces presentes y otras ausentes , tiene un aire de tristeza y atrapas al lector con tu relato Te felicito.gisela

  3. Wow esta parte:” Con esos abrazos, no solo intentan devolverme la memoria, también intentan recuperar una parte de su propia historia…” los recuerdos son una unidad de medida, para demostrar nuestra existencia, aun cuando no sean nuestros.

  4. Que puedo decirte hijjito, nunca pense leerte no puedo evitar las lagrimas, tu narracion atrapa, que esto sea el principio de grandes exitos. Te quiero. Dios te bendiga

  5. El derecho y la habilidad del escritor de poder llevarnos en su historia a través del tiempo con un lente personal, familiar y hasta melancólico. El derecho y la satisfacción del lector, la vulnerabilidad poder ser “viajado” por el tiempo a manos del escritor. Cesar, tú forma de permitir vivir la ausencia de memoria voluntaria y la aparición de esta “triggered” por otros, es fenomenal. Me transportaste al pasado, me llevaste al futuro de anciano, y todo esto aún estando en el presente. Well done my brother!

  6. El tiempo es inexorable en todos sus sentidos, a veces largo, a veces muy corto, pero implacable!! Hiciste que me identificara por completo con el contenido del cuento!! Los sentimientos se me cruzaron, hizo que recordara lo vulnerables y frágiles que somos; puede que en el recorrido que nos toque le pasemos por un lado a ese lugar en el que se encuentra el personaje principal, o puede que nos quedemos en él hasta que termine nuestra historia. Tus descripciones están cargadas de emociones. Me conmovió, me gustó, tejiste unas redes en las que quedé atrapado!! Que orgullo saber que aquel muchachito quien por su corta edad no sabia pronunciar Short Rojo, decía entonces «Lelela pásame el SO OJO» jeje, tiene ahora la magia de cautivar la atención por la manera como escribe. Un abrazo grande!!

  7. «Ellos lloran porque recuerdan lo que he olvidado. Yo, porque quisiera recordarlos» ¡Qué poderoso! Me quedé pensando en esa sensación de no tener recuerdos y además construir unos nuevos sobre la base del dolor presente. Me gusta cómo te este relato te arranca las esperanzas, te encierra en su disyuntiva e insospechadamente alecciona sobre un hecho en el que te planteas la calidad de tus recuerdos. Hay quienes viven en el pasado y se pierden, hay quienes acuden a la remembranza para alinear sus motivaciones pero cuando has perdido todo tipo de experiencias pasadas en tu memoria, supongo que la brújula emocional se quiebra. Inevitablemente le puse melodía al final: «Makes much more sense to live in the present tense», cantaría Pearl Jam. Two Thumps Up My friend!

  8. Que interesante forma de describir lo frágiles que somos leerlo cuando estamos en esta edad asusta piensas y me podría pasar
    Es un relato triste y conmovedor pero muy real
    Supiste imprimer el sentimiento del personaje
    Esperando con ansia el próximo te felicito sobrino sigue avanzando

  9. Este relato me recordó algo que una amiga me dijo cuando nos reencontramos después de largo tiempo y yo empecé a rememorar nuestras andanzas de adolescentes: «Hay cosas de las que me he olvidado voluntariamente». En ese momento su actitud me chocó, pero me he dado cuenta, al día de hoy que yo hago lo mismo. A veces metemos en un rincón de nuestro cerebro algunos recuerdos como archivos «desclasificados» ¡Muy buen cuento!

    1. Me ha gustado mucho la historia y el manejo de ella. No es fácil iniciar en un cuento corto y lo logras muy elocuentemente. Además tienes una familia que sabe apreciar lo bueno de tu escritura, felicidades y un gusto leerte.

  10. Creo que todos hemos visto a otra persona perder la memoria, en mayor o menor medida. Y no es fácil para nadie, menos para la persona que lo sufre. «Vuelta al colegio» da la impresión de venir de un lugar muy personal, y no lo digo por la dedicatoria y la cita que lo abren, sino por un realismo que permea cada línea, en el que más que narrar una historia, nos sumerge de cabeza en el mundo de Ignacio. Un mundo que, de una sola conversación telefónica, extrapolamos una vida previa al ACV y una futura ante la nueva realidad. Sin duda, un mundo profundo, en parte por los vacíos de su memoria, pero sobre todo por la humanidad con la que acepta su destino sin rendirse ante él. Hay un detalle estupendo en su descripción, con sus libretas y su grabadora, que nos dan pistas de qué tipo de persona es. Sin embargo, el éxito absoluto del cuento es lograr transmitir los efectos de la pérdida de memoria en el estado anímico de quienes la padecen.

    A nivel técnico solo tengo un comentario que hacer respecto a una línea de diálogo que se acerca al monólogo y por un instante resta la naturalidad de la conversación. En concreto es esta frase: «Quién fui o quién pude ser. No siempre fuimos para otros. A veces solo pudimos ser y hay una diferencia abismal entre uno u otro camino, una diferencia apenas perceptible, pero inequívoca en la que nos perdemos o nos encontramos hechos otros.» Me gusta mucho la información que contiene, pero creo que podría replantearse como información ofrecida en dos partes, una por el diálogo y otra por el narrador.

    Para terminar, hay historias que nos distraen y entretienen, y luego hay obras de arte que nos ponen de frente con nuestra humanidad en todo su rango de virtudes y defectos. Este cuento sin duda lo hace. No te lo puedes, ni quieres, sacudir. A todos los que lo leemos nos regala una cápsula de sabiduría y creo, además, que nos hace mejores personas.

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