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Una noche de invierno

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El hogar de Joe y Lucy será invadido durante una tranquila noche de invierno que cambiará sus vidas para siempre.

La nieve cae silenciosa frente a la ventana. Los copos grandes, livianos, parecen bailar con el viento antes de posarse en su destino final. La tetera silba, el agua está hirviendo. Joe se aleja de la ventana, apaga el fuego y toma del gabinete la taza verde, la favorita de Lucy. Recuerda cuando la compraron, en la tienda de souvenirs del parque nacional Acadia. ¿Fue hace cuánto ese viaje? ¿Cuatro, cinco años? Aún dormían juntos en aquel entonces.

Joe sirve el agua hirviendo en la taza y agrega la bolsita de camomila con lavanda. Saca una de las pastillas del envase naranja. Entra al cuarto donde su esposa lee y le entrega su té y su medicina. Le da un beso de buenas noches y cierra la puerta con suavidad. Escucha cómo Lucy se levanta y pasa la llave.

Joe se queda frente a la puerta cerrada de su esposa. La escucha caminar de vuelta a su cama. Mira el reloj: faltan cinco minutos para las once de la noche, es aún tan temprano. Levanta el puño para tocar a la puerta, pero se detiene. ¿Para qué perder el tiempo? Lucy ya se habrá tomado la pastilla y en diez minutos estará profundamente dormida.

La tormenta cae desde la tarde sobre la ciudad. En la pequeña casa reina un silencio particular, ese que solo la nieve puede dar. Joe camina hacia la ventana de la sala, le quita el seguro y la abre. Respira el aire helado. En las noches de nieve, lo asfixia la soledad. Debajo de la ventana están las fotos del matrimonio. Toma una de ellas y la mira. Qué jóvenes se ven. Pensar que fue hace apenas seis años. Joe tenía treinta y cinco y Lucy treinta. Hoy, se siente como un anciano. Pone la foto boca abajo para protegerla de la nieve que entra. Cierra los ojos y vuelve a respirar el aire gélido. El vacío no se llena. Cierra la ventana y camina hacia el cuarto de Lucy. ¿Tal vez solo por esta noche? Toca suavemente a la puerta. Espera. No hay respuesta.

¿Cómo llenar las horas hasta que venga el sueño? Qué difícil es dormir solo en el invierno. ¿Y si se toma una de las pastillas de Lucy? Por su condición, el médico le recomendó no tomar píldoras para dormir, pero Joe a veces le roba media a Lucy. Hay noches en que dormir solo es inaguantable. Decide esperar, tal vez con las horas le entrarán ganas de dormir. Se sienta en el sofá de la sala y enciende el televisor: Otro ataque terrorista en el centro de la ciudad, esta vez a un restaurante colombiano. Tres muertos, cinco heridos. La semana anterior atacaron una taquería. Malditos racistas. 

El terrorista, capturado por la cámara de un dron de Amazon mientras escapaba tras haber estacionado el carro bomba frente al local, es un hombre blanco, de cabello rubio rizado hasta los hombros y camisa hawaiana. El noticiero repite la misma imagen sin cesar, pidiendo ayuda del público para identificar al terrorista.

Joe apaga el televisor y toma su celular. En sus redes aparece el mismo rostro. Está cansado de malas noticias. Sí, hoy necesitará ayuda para dormir. Camina hacia la cocina y toma una de las pastillas de su esposa. Se sirve un shot de whisky y traga la pastilla con el licor. A la mierda los médicos. Dormir bien es la mejor medicina.

De regreso de la cocina, pasa frente al cuarto de Lucy y revisa que sigue bien cerrado. Algunas noches, guarda la secreta esperanza de que Lucy entreabra la puerta y lo invite a dormir junto a ella. Sabe que eso no pasará.

Se sienta en su cama y pone su celular en la mesa de noche. El reloj despertador marca las once y media. Se acuesta, cierra los ojos y cae dormido a los pocos minutos. 

Despierta sobresaltado. Dos y trece de la madrugada. Siente la corriente de aire frío y escucha pasos en la sala. Recuerda maldiciendo que olvidó ponerle el seguro a la ventana. No son tiempos para andar distraído. Instintivamente, abre la gaveta de su mesa de noche, pero recuerda que le quitaron el porte de armas. Toma su celular y activa la alarma silenciosa. La policía llegará en cualquier momento. Se levanta de la cama, camina sin hacer ruido y entreabre sigilosamente la puerta de su cuarto: el terrorista está en la sala de su casa. Lleva puesto un abrigo de invierno, pero Joe logra ver el estampado de la camisa hawaiana sobresalir por el cuello. Es el mismo rostro que estaba en todos los noticieros. El mismo cabello rubio y rizado, los mismos ojos azules, la misma mirada de odio.

El terrorista camina desde la cocina, tiene un cuchillo en la mano. ¿Le habría dicho algún vecino que Lucy es mexicana? ¿Será un cliente regular del restaurante donde trabaja su esposa? Mira el reloj, dos y veinte. La policía está tardando demasiado. Joe necesita un arma. Mira a su alrededor. Toma otra de las fotos del matrimonio, una con un marco de plata afilado. Tendrá que servir.

Cuidando de no ser visto, Joe sigue al terrorista con la mirada. Lo ve caminar hasta el cuarto de Lucy. Joe toma el marco de metal con más fuerza. El estómago se le contrae cuando ve al hombre tumbar la puerta con una patada y abalanzarse sobre su esposa. Joe corre a detenerlo. Escucha a Lucy gritar su nombre. Lucy implora. Lucy llora. Lucy suelta un alarido de terror que no le perdonará nunca al maldito terrorista. Joe se llena de una fuerza que no sentía desde la guerra. Levanta el marco de plata y ataca al hombre. Una, dos, tres veces. El hombre lo esquiva con habilidad. Lucy continúa gritando.

Entonces, siente el corrientazo por la espalda. Intenta volver a atacar con el filo del marco de plata, pero su brazo no responde. El marco cae. Otro corrientazo. ¿Quién lo ataca por la espalda? ¿Entró el terrorista con un compañero?

Joe despierta confundido.

Tres policías lo rodean y lo miran con expresión estupefacta. Uno de ellos lo apunta con un arma. El otro, con el Taser en la mano, parece estar listo para volver a electrocutarlo. No hay ni rastro del terrorista. Joe baja los ojos hacia su propia mano. Debajo de él, asustada, su esposa tiembla. A su lado, en la mesita de noche, la taza vacía y la foto de su matrimonio, en el marco de plata, con el vidrio roto.

Solo entonces, Joe cae en cuenta de lo que acaba de hacer. «Parasomnia», le había dicho el primer doctor. «Terrores nocturnos», le había diagnosticado el otro. «No tome pastillas para dormir», le dijeron ambos, «es importante que pueda despertar rápidamente de su trance».

La nieve cae silenciosa frente a la ventana. Joe, desde la pequeña celda de la prisión, no la puede ver. Por primera vez desde que le diagnosticaron su condición, duerme plácidamente. Sabe que allí, encerrado solo en una celda y rodeado de guardias, no podrá hacerle daño a nadie. Sabe que esa noche, y las próximas semanas mientras dure su confinamiento, finalmente Lucy estará a salvo.

3 Comments

  1. Viajé a través de las geniales descripciones y me encontré con un final que no esperaba ¡un final perfecto!

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