Por Gisela Lima
@idiotequexx

 

Después de escurrirse en silencio al cuarto de su hermanita, una sonrisa se dibuja en los labios de Tamara por haber logrado la primera parte de su plan. Confiada, se asoma por la ventana y le hace señas a su amigo Julio para que salga de su escondite. Él, al ver que su amiga le da luz verde, corre hacia ella sigilosamente.

—¿Por qué quieres que entre por la ventana? ¿No es más fácil por la puerta?

—No tonto, es más emocionante así. ¿No lo crees? Anda, brinca.

Julio, nervioso, salta por la ventana y cae de un sentón del otro lado. Por fortuna, su delgado cuerpo no hace ruido alguno.

—Y ahora, ¿qué hacemos, Tami? —le pregunta adolorido.

—¡Shhh! No hables fuerte, tonto. Nos van a oír.

—Bueno, perdón. Entonces, ¿qué hacemos? —vuelve a preguntar, pero ahora susurrando.

—Vi en el video que debemos amarrarle los pies y las manos —contesta mientras observa el pequeño cuerpo.

—¿Y si grita o si llora? No lo sé.

—Pues le cerramos la boca y le tapamos los ojos.

—Pero va a seguir llorando y yo no sé cómo callar bebés. Luego se les pone la cara como roja y me da miedo.

—Mmm… ¡Ya sé! He visto que mi mamá le sopla en la carita cuando le pasa eso, pero si no funciona, nada más nos volteamos para no verla y ya. Solo va a ser un ratito —le dice, mientras busca unas sábanas dentro de los cajones de un ropero—. Ve a la puerta y checa si viene mi mamá.

—¿Y a qué hora pedimos el rescate? —pregunta Julio, dudoso.

—Falta mandar la carta, tonto. No preguntes y mejor cierra la puerta para que saques la transportadora. Toma, también estas sabanitas.

—Sí, sí. Ya voy. Oye, pero… ¿por qué una carta si tenemos celulares? —le pregunta cuando avienta la transportadora por la ventana.

—Porque con la carta, no sabrán quién se las mandó. Además, en el video que te mandé, vi que los señores hasta usaban guantes para no dejar huellas. Yo ya me puse los míos.

—¡Chin! Se me olvidó eso. Pero mira lo que traje. —Y le muestra que en su mochila tiene varias revistas para distraer su atención y no se enoje con él—. Son cómics para leer en lo que esperamos el dinero.

—No manches, tonto. ¿Por qué trajiste…? ¡Guarda eso! No hay tiempo para estar leyendo revistitas.

—Es que, Tami. Pensé que podíamos leer cuando esper…

—¡Ya te dije que no! —le dice susurrando—. ¿Qué no viste el video completo? Ahí explica que debemos usar guantes para que no nos tomen las huellas de los dedos.

—Pues sí lo vi completo, Tami —contesta ingenuo—, pero ya se me olvidó todo.

—Toma —le ordena—. Te traje unos. Ya sabía que se te iban a olvidar.

—Gracias, Tami.

— Pero póntelos rápido que vamos muy lento.

Después de ponerse los guantes, Julio salta y se incorpora para recibir a la niña.

—Despacio, Jul —le dice preocupada.

—¿Y si se me cae? ¿Si le pasa algo? No, Tami. Mejor vamos a seguir jugando en tu patio.

— Si no lo haces, ya no voy a ser tu amiga nunca, ¿entendiste?

Julio se queda pasmado por la amenaza que le avienta Tamara y no le queda más remedio que obedecer con la cara triste y las manos temblorosas, mientras ella le entrega a la bebé. Tamara sale igual por la ventana y la entrecierra sin hacer ruido.

—Listo. Ahora vamos a tu casa como lo planeamos.

—Pero, ¿por qué en mi casa si tú fuiste la de la idea?

—A ver, Jul. ¿Quieres tener el nuevo juego de Crash Bandicoot en tus manos sí o no?

—Pues sí, pero…

—¿Pero qué, ñoño? Escucha, no puede ser en mi casa porque ahí está mi mamá. Ya te lo había dicho: nos la llevamos a tu casa, la escondemos en la caja que compraste y le ponemos cinta adhesiva arriba para que no se escape y listo. Es muy fácil. Mandamos la carta, la lee mi mamá, se lleva un susto, da el dinero del rescate y nosotros le regresamos a Karina. Y, por fin, tendremos dinero para comprar el juego que tanto hemos esperado. ¡Será genial!

—Pues yo…

—Ya vas a estar de chillón, ¿verdad? —le dice burlona.

—No, Tami —contesta, alzando la mirada—. Yo te creo.

Al salir de la casa de Tamara, Julio se adelanta a la suya corriendo para ver si la camioneta de su mamá está estacionada en la entrada. Al ver que no ha regresado, le hace señas a su amiga para avisarle que no hay riesgo de que los vean. Tamara empieza a cruzar la calle con dificultad, cargando la transportadora. A medio camino, le grita a Julio.

—¡No te quedes ahí parado mirando nada más, ayúdame!

—¡Ahí voy, ahí voy! Es que estoy buscando la llave que me dio mi mami.

—Pues apúrate, porque ya me cansé.

Cuando Julio la encuentra, abre la puerta y regresa para apoyar a su amiga. Entre los dos, cargan a Karina y se meten a la casa. Agotados, dejan en el piso la transportadora para descansar un rato; él se tira de un clavado a un sillón y Tamara se sienta en una silla. Después le pregunta, a los pocos minutos, si tiene la llave del cuarto de herramientas de su papá.

—Aquí la tengo —le dice—.  Desde hace rato que la agarré.

—¡Vaya! Hasta que haces algo bien, tonto. Vamos. Levántate, ya es hora. ¿No te parece genial que tus papás siempre estén ocupados?

Julio encoge los hombros y se levanta del sillón quejándose. Después vuelven a cargar la transportadora. Abren una puerta grande de cristal que da hacia un jardín y cruzan hasta llegar al cuarto de herramientas. Tamara espera a que Julio abra la puerta; entran los dos cargando a la bebé.

—¿Compraste una caja grande, verdad?

—Sí, está detrás de ti. Oye, Tami, ¿crees que pueda respirar Kari ahí adentro? —pregunta con miedo.

—Pues sí. Le vamos a hacer hoyitos a la caja, así como las que usan los señores que nos venden los pollitos de colores —le contesta—. Por eso te dije que buscaras las tijeras para podar que usa tu papá.

—Sí, por aquí las vi en la mañana. Por eso digo que tú eres la experta; la verdad es que a mí ya se me olvidó todo lo del video.

—Mira, mejor dame la carta. ¿La hiciste como te dije?

—¡Qué mandona eres, Tami! —contesta indignado—. Pero sí. Además, tú sabes que me gusta recortar cosas. No es porque me hayas dicho cómo hacerla.

Julio, molesto, se quita la mochila para buscar, entre las hojas de sus cómics, la carta que hizo con recortes de revistas. Tamara se sienta a un lado de la transportadora y comienza a acariciar el cabello de su hermanita mientras espera. Después de unos minutos, él se acerca satisfecho y le extiende una hoja a su amiga.

—¡Aquí está! Léela, a ver si le entiendes.

 

Si QUierEs veR de NUevo A KariNa NOS tIeneS qUE dAR 947 PeSos. DEJA el DInero en LA Caja De sapatos FLEXI Que Voy a PonER en La ENTRrada de Tu CAsa. TiENes hAsta Las CInco paRa entregaR eL DinEro. AdiOs.

 

—¡Tonto! Zapatos es con zeta no con ese.

—Es que no encontré esa letra —le dice apenado—. ¿Pero ya viste que dibujé una niña feliz en la carta? ¡Ya quiero que la lean!

Tamara lo mira con orgullo al ver que ha hecho un gran esfuerzo. Después, revisa su reloj y se levanta exaltada.

—Bueno, regreso. Voy a poner la carta en donde la pueda ver mi mamá y luego la caja de zapatos en la entrada. No me tardo ni diez minutos, así que no te vayas a quedar dormido leyendo tus cómics, ¿eh? Deséame suerte. A ti te toca meterla; es lo más fácil.

—Oye, Tami. ¿Y si tu mamá se dio cuenta de todo? Me va a acusar con la mía.

—No seas llorón y haz lo que te dije. Además, vi que estaba hable y hable por teléfono. Si se hubiera dado cuenta, ya estaría regañándonos, ¿no crees? Bueno, me voy. “Pon chonguitos” para que todo salga bien.

—Por favor, Tami, no me dejes solo con tu hermana. Me da miedo que…

—Mira, Jul —lo interrumpe—. Acaba de tomarse su leche antes de que saliéramos. No creo que se despierte. Es bien dormilona así que nos da tiempo. Me quedaría contigo si estuviera de chillona porque ahí sí tendríamos que taparle los ojos y amarrarla, pero como está quietecita, no me necesitas. Así que no hagas mucho ruido. Todo está fríamente calculado.

—¿Que todo está qué?

—¡Ay, eres un tonto! Bueno, nos vemos al rato.

—Pero, Tami, yo…

Tamara sale corriendo y deja solo a Julio con la palabra en la boca. Nervioso, se levanta rápido y entrecierra la puerta. Va hacia Karina y la mete con todo y transportadora en la caja.

—Y ahora, ¿dónde están las tijeras? —murmura al mirar nervioso por toda la bodega llena de cachivaches y cosas para jardinería—. Yo las vi hace rato en…

Se dirige a unos estantes donde hay varias herramientas y botes llenos con clavos. Se agacha, busca a un lado de la podadora que está tapada con su funda, revisa entre unas cajas de madera y no las encuentra.

—¡Ay, no están! Me va a matar Tami si no le hago los hoyos a la caja.

Julio entra en pánico y comienza a buscar impaciente por la pila de periódicos. Por desgracia, sus movimientos apresurados y torpes lo traicionan para que tire un bote lleno de tornillos pesados que están a su lado. Estos caen estrepitosamente al suelo y lo hacen soltar un pequeño grito. De inmediato, se tapa la boca y, con un nudo en la garganta, mira tembloroso la caja.

—Por favor que no se haya despertado. Por favor que no se haya desp…

Sigiloso, se acerca a la caja con los ojos entrecerrados y, para su sorpresa, Karina aún sigue dormida. Al ver que todo está en perfectas condiciones, se sienta sobre el suelo y comienza a llorar silenciosamente. Después de unos minutos de desahogo, vuelve a mirar por todas las paredes y se da cuenta que en la puerta están las tijeras colgadas de un clavo. Esperanzado, se limpia la cara con su sudadera y acaricia la mejilla de la bebé. Cierra la caja con cuidado con cinta adhesiva.

—No te preocupes, Kari. Ni te vas a dar cuenta.

Cuando toma las tijeras para hacer los primeros hoyos, escucha a lo lejos la voz de su mamá gritando su nombre y haciendo ruido con el claxon de la camioneta. Asustado, sale de la bodega y cierra con llave por fuera. Su mamá le hace señas para que se acerque.

—¡Ay, Jul! Qué bueno que ya regresaste. Estaba a punto de ir a la casa de Tamara. ¿Qué crees? Se me olvidó por completo que tenemos cita con el dentista. Anda, date prisa y sube. Tenemos quince minutos para llegar —le dice mientras le abre la puerta.

—Ma… es que yo —le dice dudoso, hasta que su mamá le muestra una bolsa de regalo.

—Mira. Yo sé que te había prometido hace un mes que te iba a recompensar por tus calificaciones y pues… —Le da la bolsa.

Cuando la abre, el rostro de Julio se ilumina al ver el videojuego que tanto habían anhelado Tamara y él desde hace meses. Sin pensarlo, sube a la camioneta emocionado para abrazar a su mamá.

—¡Gracias, ma! ¡Eres la mejor!

—Qué bueno que te gustó, Jul —le dice sonriente—. Sé que te faltaba para tu colección y, como te has portado bien, la verdad es que no me pude resistir. Ahora abróchate el cinturón porque voy a manejar rápido.

Julio obedece feliz, admirando el videojuego que tiene entre las manos. Su mamá arranca la camioneta para llegar a tiempo al dentista.

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Muchas gracias, Raúl. Checaré el artículo que mandas. Soy de México. Es un placer para mí que hayas disfrutado de mi cuento.

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