Un cuento para viajar. Casi

 

Por Manuel Vega
@manuvegasanchez

 

La fecha a estas alturas es irrelevante, la gente ya casi no se acuerda de que antes se podía viajar, y mira la idea como se observa a través de unos binoculares empañados. Los jóvenes solo lo saben porque hoy lo que existen son relatores de viajes. Es decir, gente que antes podía trasladarse y lo único que queda de aquel entonces, es lo que pueden contarnos. O lo que recuerdan, al menos. Cuando el último de ellos se muera, también lo hará el último de los viajes. La única manera de recorrer el mundo, es a través de conversaciones con los narradores que venden paquetes-todo-pagado. Por esta razón, sus descripciones sobre un sitio pueden variar tanto como haya personas que todavía puedan platicarnos sobre estos. Entonces, la torre de Pisa puede estar más o menos inclinada, el Empire State más o menos alto o la Muralla China más o menos extensa. Son ya postales que dependen de los recuerdos de cada quien.

El precio del viaje varía dependiendo de qué tan lejos se quiera ir y cuántas preguntas el “viajero” haga sobre los detalles del recorrido. Esto porque le exige más tiempo de conversación al relator y más energía cerebral para recordar. Por ejemplo, hay quienes quieren saber cómo era cada pequeño evento en una sala de espera antes de subirse a un avión, barco o autobús. La gente, las cafeterías, los trámites, los carruseles para recoger las maletas, el mal humor de quienes atendían en los mostradores. Se pueden hacer viajes de trabajo o turismo, pero esto depende del inventario en la memoria de los relatadores. Es una industria que simultáneamente está agonizando y también está en pleno apogeo. Todos quieren viajar lo más que se pueda, antes de que se queden sin aliento los últimos narradores. Los mejores, y por ende los más caros, son los que fueron pilotos y sobrecargos que trabajaron en aerolíneas. Los más exóticos, los que viajaban a pie y los no tan comunes de encontrar: capitanes de barco o marineros. Para ser un pasajero en una conversación con ellos, hay que ser millonario.

Este era, más o menos, el caso del primer “viaje” que Felipe Cruz Sánchez iba a realizar como regalo de sus padres por cumplir los dieciocho años. Creían que una conversación con pasaje a Europa, era el obsequio ideal para un jovencito de su recién estrenada edad. Consiguieron a un relator de viajes, que, aunque no había sido tan especial como los mencionados anteriormente, era original y, por lo tanto, algo costoso: Don David. Un hombre que viajó mucho sobre todo por cuestiones de trabajo, ya que había sido intérprete traductor en la Secretaría de Relaciones Exteriores y acompañó a una infinidad de embajadores en misiones diplomáticas. Hablaba cinco idiomas. Durante los últimos años habían empezado a surgir narradores de segunda o tercera categoría. O peor. Personas que no habían sido más que familiares o amigos de relatadores difuntos. Copias de las copias, pues. Herederos de los viajes de sus abuelos y bisabuelos durante las charlas en las sobremesas y con la suficiente memoria e inventiva para recrearlos, pero que nunca habían viajado de verdad. No, Don David, aunque odiaba volar, sí se subió en aviones, hizo filas en aeropuertos, se quitó el cinturón, así como los zapatos y cualquier objeto metálico un sinnúmero de ocasiones para pasar por seguridad y todavía guardaba su último pasaporte, el cual tenía enmarcado como prueba de que él, en sí mismo, era una auténtica pieza de museo para un mundo que ya no existía. Tenía noventa y tres, y su último viaje había sido hace más de cincuenta.

Felipe Cruz Sánchez tenía la suerte de poder ser uno de sus pasajeros porque sus padres habían ahorrado una pequeña fortuna por más de una década. Como buenos papás, querían que “Pipo”, como le decían de cariño a su único hijo, pudiera hacer algo que ellos nunca hicieron. Le habían pagado un paquete que incluía dos semanas de viajes por el viejo continente, que podían equivaler a dieciséis horas de conversación aproximadamente. Los lugares eran los clásicos que el pequeño-burgués típico escogía siempre: París, Madrid, Londres. Una payasada decirlo así, pero una payasada cierta, como pensaba Don David cada vez que le compraban un relato de viaje como ese. “¿Por qué a la gente, cuando viaja a Europa, no se le ocurre Estambul, por ejemplo? Una ciudad que abarca dos continentes e infinitamente más emocionante de narrar, menos predecible. “Además, podría practicar mi turco”, pensaba refunfuñón.

Los padres querían que Pipo tuviera una experiencia más completa, así que estiraron un poco más su presupuesto, y le compraron una charla de viaje con dos conexiones hasta el primer destino, el cual tenía un precio más elevado, a diferencia de un vuelo directo, ya que requería de más articulación verbal por la cantidad de detalles a platicar sobre un trayecto en el que se tiene que pasar por pasillos, gente que estorba o pregunta inoportuna la hora cuando se tiene prisa para llegar a la distintas salas de abordaje. Y la vida se disfruta o se sufre en sus minucias, aunque sea contada oralmente. Como ver llover y justo cuando uno empieza a sentirse poeta, se da cuenta de una gotera en el techo que hay que tapar.

¿A quién no le ha pasado algo parecido? A este que narra, más de una vez.

El despacho de abordaje, como se les llama hoy de manera común, era sobrio. Un cubo blanco, que podía ser una jaula de manicomio a falta de colchones en las paredes. Mientras tomaba asiento, Pipo fue atacado por un fugaz pensamiento paranoico producto de su creciente claustrofobia: ¿y si sus papás, con la excusa del “viaje”, lo habían metido a un psiquiátrico? “No mames”, se regañó a sí mismo y trató de calmarse para seguir observando aquel espacio. Excepto por el documento en un cuadro, que él jamás tendría, Felipe esperaba más que un escritorio y dos sillas. Los minutos pasaban como una estela de vapor que asciende. Una espera abstracta de la que no sabía exactamente qué pasaría. Como mecanismo de defensa, corrió mentalmente hacia algo más concreto y lo primero que vino a su cabeza fue cuando iba al dentista. Solo que esta vez no había sonido de taladro dentífrico filtrado a través de una puerta. Ese que agudiza todavía más el sentimiento de ansiedad. Esta vez, un silencio ensordecedor. “¿Así se sentía viajar antes de abordar un avión?”, se preguntó y repasó en su álbum cerebral las fotos viejas que había visto de los jets trasatlánticos. Máquinas fascinantes, pero abrumadoras. No podía concebir la idea de que alguien pudiera encerrarse durante horas en aquellos ladrillos metálicos, que solo volaban gracias a la propulsión de combustible fósil. Qué sofocante encierro. Veía aquella época casi como una etapa épica en la historia de la humanidad. Llena de valientes con deseos subconscientes de muerte, y no solo por el hecho de que una mole de metal pudiera volar tan alto, sino también porque eran muchas almas encerradas respirando el mismo oxígeno durante demasiado tiempo. Y lo que empeoraba las cosas: filtrado por aire acondicionado. Algo prohibido hace mucho.

“En fin, esto se supone que debía ser emocionante”, pensaba Felipe Cruz Sánchez mientras seguía esperando a que Don David llegara a relatar el que sería su primer viaje a Europa. Pero no lo estaba siendo. Por fin, Don David entró al despacho y, con sus noventa y tres años a cuestas, se dirigió a la silla lentamente para sentarse con el ánimo de alguien que se mueve con ayuda de la gravedad y sabe economizar la poca fuerza que le quedan a sus músculos. Sus ojos, reducidos a dos pequeños orificios oculares por la carnosidad de sus párpados caídos, se posaron sobre la figura ansiosa de Felipe. Tenía una mirada de prócer, una que contempla desde un billete de alta denominación o desde una estatua en un parque. Sereno, imperturbable, un poco soberbio. Después de un silencio incómodo, y justo cuando el muchacho estaba a punto de saludarlo con la sonrisa de niño que pide un helado, Don David lo calló con un ademán para sacar, de uno de los cajones del escritorio, una gorra de piloto de avión. Luego, con un tono pausado, comenzó a narrar el proceso de registro que Felipe tenía que realizar como pasajero, para obtener su pase de abordar. Empezando por supuesto, por hacer la fila.

En su relato, Don David colocó a Felipe en el quinto lugar por ser atendido ante el mostrador de la señorita sonriente. Le describió a detalle a quienes estaban delante de él: un señor de aspecto malhumorado. Se veía que viajaba mucho y no tenía tiempo para ponerse ni siquiera de buenas y mucho menos para hacerse un chequeo médico. Era calvo, con algo de sobrepeso, en sus cincuenta y largos. Tenía hambre de estrés porque se comía unos cacahuates con prisa, como una cabra no deja de mascar pasto. Su equipaje era una pequeña maleta ejecutiva con rueditas marca Samsonite.

—No, esa marca ya no existe, —le contestó Don David a Felipe y continuó su relato. Dejo atrás al cincuentón con urgencia de infarto para describirle a una familia joven, con dos hijos pequeños que no paraban de portarse mal. Dos varoncitos que no por los pocos años que tenían significaba que eran mansos, sino todo lo contrario: un par de salvajes que exigían como emperadores y se llevaban poca diferencia de años, quizá tres. Uno quería ir a hacer pipí y no paraba de decirlo. Se retorcía y quejaba, mientras el otro quería sacar un juguete de una de las maletas. Dos diminutos Napoleones en estado de furia, mientras sus papás hacían implosión y trataban de que no se les notara.

Los siguientes en la fila: una joven pareja que discutía apasionadamente sobre política. La mayoría de sus opiniones sobre las corrientes de izquierda y derecha estaban forjadas a golpe de lo que se opinaba en lo que llamaban, en aquel entonces, “redes sociales”. Un despliegue de ignorancia tal, que hubieran sido los sosos protagonistas de un video viral.

—¿Qué es eso?, interrumpió el relato Felipe.

—¿Qué es qué? ¿Las redes sociales o un video viral?, le contestó, gruñón, Don David.

Sin esperar respuesta, suspiró impaciente y, por la cara del chico, asumió que tenía que resolver ambas dudas. En tono ecuánime le dijo:

—No soy maestro de historia.

Felipe se imaginó toda clase de disparates al haberse quedado sin respuesta para aclarar sus dudas. Muy genuinas, por cierto, en opinión de este que cuenta. En la cabeza de Felipe apareció una secta que se reunía para rezar socialmente mientras se tomaba martinis y hasta una enfermedad que se transmitía vía video. Otro virus es lo último que le faltaba al mundo después lo que pasó con el último y puso todo patas para arriba.

El caso es que se puso aún más ansioso cuando Don David prosiguió con la descripción de la siguiente persona que estaba justo delante de él: una adolescente casi de su misma edad. Un año menos, corrigió luego de verla mejor. Era también su primer viaje, según su intuición y, sin embargo, se veía más segura de sí misma, cosa que hizo mella en la masculinidad juvenil del chico y que lo hizo sentirse más niño que hombre. Más Pipo que Felipe.

—Ellas parecen haber nacido con el don de que nada les afecte y de convertir el aire a su alrededor en algo liviano. —Don David añadía como nota personal a la narración y con garbo de poeta. En cambio, el oxígeno que Felipe respiraba, se volvía más pesado y empezaba a saber a metal o al menos a eso creía que le sabía su propia zozobra, que seguía en aumento por la imperturbabilidad de aquella chica. Ni el sonido de los cacahuates, los pequeños Napoleones o la pareja discutiendo con escandalosa ignorancia sobre política, parecían hacerle efecto. Se mantenía ligera, tarareando una melodía casi inaudible salvo por algunos tonos en los que llegaba un poco más alto. Felipe se asomaba hacia la izquierda detrás de ella para verle mejor la cara, pero apenas podía distinguir una parte de la quijada y la punta de la nariz. Solo podía imaginarse los labios y los ojos. En su cabeza se dibujaba una boca en forma de beso y una mirada mágica, lo que quiera que eso signifique. Un dibujo hecho de algodón de azúcar, siendo devorado por una ventisca repentina porque no se acababa de definir. Su pelo se escondía bajo un gorro de tipo jamaicano, así que no podía saber bien de qué color era. El corazón de Felipe Cruz Sánchez se aceleraba con la posibilidad de ver con claridad su rostro.

Los sonidos a su alrededor se intensificaban porque Don David describía con minuciosidad al Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Moldeaba con las palabras aquel lugar como se camina sobre hielo delgado. El tono cavernoso, hipnótico, producto de tantos años relatando viajes, hacía que los pasajeros entraran en un estado de trance profundo, pero al mismo tiempo muy delicado, como era el caso de Felipe. Cualquier cambio de ritmo repentino en su voz, o en la tesitura de lo que contaba una vez que el viajero estaba bien metido en los detalles que tejía con sus vocablos, suponía romper el hielo que se pisaba y caer en las aguas glaciales de la realidad. Podía ser traumático para el pasajero y lo peor, había que devolver el dinero del boleto. Don David estaba haciendo lo suyo y sus horas de vuelo como contador se notaban en sus frases esdrújulas, sobresdrújulas y graves; en cada una de sus conjunciones y puntuaciones. El olor a comida de aeropuerto, el tufo de cigarro incrustado en las ropas de los fumadores y el perfume excesivo que emanaban las tiendas duty free, y terminaba por oler a nada definido, se hacía más real en los orificios nasales de Felipe mientras avanzaba hacia la sala de abordaje detrás de la chica, y a quien todavía no acababa de ponerle cara. Mientras ella, ignorante de su existencia, volvía todo lo que la rodeaba en algo ingrávido. No solo el aire, sino también a la gente, a los ruidos, a las cosas, a las partículas dentro de las cosas.

Por fin, llegaron a la sala de espera. Faltaba poco para subirse al avión y Felipe llevó su mirada a la ventana cuando Don David le describió que, por el rabillo del ojo, había notado la cola del avión. Felipe, que de nuevo se sintió más Pipo que Felipe al escuchar esto último, le pidió que lo llevara hacia ella para poder apreciar mejor tal máquina. La impresión fue brutal. Jamás había pensado que la imagen real fuera más monstruosa y extraordinaria que las fotos que había visto. Su pulso galopaba con fuerza. Luego, Don David, al ver la reacción excitada de su pasajero, entró con muchas ganas en los pormenores del sonido de las turbinas sin imitarlas fonéticamente, que hubiera sido lo más fácil y lo que hubiera hecho un relator de segunda. No, Don David utilizó las palabras precisas para darle vida propia a lo que sucedía en la imaginación de Felipe y por lo que, al final del día, sus papás habían pagado la mini fortuna. Palabras difíciles de recrear aquí porque este narrador carece de la misma experiencia.

Pero Felipe empezó a sudar de la nuca, de las manos; el cuello de su camisa se encogía al grado de ahorcarlo y su boca se secaba. El aire ya le sabía a níquel. La chica con rostro a medias ingresaba al túnel de abordaje y él seguía pasmado. Pensó que la fuerza de la fascinación por aquella muchacha sería suficiente para llevarlo al asiento G, de la fila veintiuno. Un lugar en medio de dos personas, justo la panza de la bestia de acero. Todavía alcanzó a fantasear, entre inhalaciones y exhalaciones agitadas, que ella podría ser una de aquellas dos personas. Nunca lo sabría.

Al salir del edificio donde estaba el despacho de abordaje, Felipe Cruz Sánchez estaba pálido. Sus padres seguían esperándolo afuera. Apenas había pasado una hora. Le preguntaron cómo le había ido. Pipo, sintiéndose más Pipo que nunca porque no pudo ser el Felipe esperaba de sí mismo, solo respondió “bien”, mientras forzó una sonrisa. Sin embargo, pensó: “es la primera y última vez que viajo”.

O eso es lo que, al menos, le contaron a este narrador hace mucho y que ahora, tiene que ir a encargarse de la maldita gotera.

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