Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
0   /   100

Última voluntad

Comenzar a leer
Mientras esperas guardado dentro de un ataúd, escucharás los planes que tienen para ti.

A pesar de que el ataúd está forrado de raso blanco para brindarte una hermosa suavidad, no dejarás de sentirte incómodo al pensar continuamente en la ansiedad que te generará el estar ahí, enclaustrado, mientras aguardas con impaciencia a que las manecillas del reloj marquen la una de la tarde para ser llevado al crematorio. Te frotarás las manos una y otra vez, anhelando el momento en que serás arrojado para estar dentro del mar pasivo y así vivir eternamente platicando con los peces, navegando alrededor de la Tierra una y otra vez, descansando, mientras subes y bajas con las olas para sentir cómo te meces junto con ellas. Tampoco descartarás la idea de ser esparcido por todo tu jardín, ayudando a que las plantas crezcan. Desde que estabas vivo, siempre fuiste un ser libre y hoy, que ya no eres más que un simple costal de huesos y carne en descomposición, querrás mantenerte activo en cualquier lugar donde te depositen.

Cientos de miradas se asomarán por tu pequeño vidrio, verán tu vestimenta elegante y el maquillaje tan bien hecho que hasta causarás envidias en esos visitantes, quienes rogarán verse como tú cuando mueran. Alcanzarás a oler las flores húmedas, el café de sobre repartido en jarras, el dulce piloncillo en el aire, la parafina quemada, la cebolla y el vinagre debajo de tu ataúd rentado.

Escucharás los tres rosarios que hicieron en tu nombre, a la gente, entre rezo y rezo, pidiendo un poco de tamales y galletas, los sollozos y amenes intermitentes al igual que el saludo de manos y las palmaditas en la espalda cuando se abrazan. Pero también, vas a escuchar a tu esposa limpiarse la nariz cada vez que alguien le diga un «lo siento». Lamentarás dejarla sola, sin embargo, agradecerás las miles de veces que le mencionaste tu último deseo: ser incinerado. Recordarás que te regañó por estar pensado en esas cosas y no podrás evitar sonreír, porque esa mujer de hermosos ojos y piel suave se intranquilizaba cada vez que hablaban sobre ese tema.

De pronto, la voz de tu único hermano se hará presente a lo lejos, cuando le diga a tu esposa que ya está lista la carroza para llevarte al panteón. En ese instante moverás la cabeza sorprendido pensando que tal vez oíste mal y pondrás atención de nuevo, pero nadie dirá nada, solo volverán los tosidos incómodos y los pasos apresurados de gente que va retirando tus coronas de flores y las veladoras que te rodean.

A los pocos minutos, varias manos tocarán tu ataúd para trasladarte.

«Por fin, al crematorio», te dirás como si lo hubieras esperado por siglos.

Te llevarán por donde se escucha un motor que hará vibrar todo tu cuerpo hinchado; creerás que es la máquina donde te pondrán a achicharrar, pero no percibirás el ambiente abrasador. Supondrás que el horno tardará en calentarse, como lo hace el de la estufa, pero esa idea se cortará en tu mente cuando se haga un silencio y te levantan varias manos. Regresarán los gemidos de tristeza de forma gradual, las palabras de aliento, los gritos desgarradores de tu sensible esposa.

La voz gruesa de un sacerdote se irá dibujando en tu panorama para ordenarle a todos tus invitados que se vayan despidiendo de ti antes de que seas sepultado.

«¿Qué? ¿Cómo que sepultado?».

Tu corazón volverá a latir con fuerza por aquella noticia que no esperabas. Comenzarás a sudar frío y vas a respirar de manera acelerada, como si te faltara aire.

—¡No, no, no! ¡Esto no es posible!

Empezarás a patear el ataúd con desesperación, pero nadie se dará cuenta.

—¡Yo no pedí ser enterrado! —berrearás una y otra vez sin que logren escucharte.

Rascarás con prisa, la tapa del ataúd hasta sangrarte las manos, las uñas. Te aterrará saber que vas a estar en un hoyo profundo, húmedo, donde no se mira nunca el sol ni las nubes. Lo único que tendrás oportunidad de observar es cómo los gusanos degustarán, centímetro a centímetro, tu piel amoratada para dejarte en los huesos.

Gritarás, con un aullido lastimoso, el nombre de tu esposa. Le reprocharás, con la mirada nublada por las lágrimas, por qué te está haciendo esto, sabiendo tu última voluntad, pero ella solo tomará un puñado de tierra húmeda que sentirás en la cara una vez que lo aviente en tu nueva vivienda. Todos tus invitados le harán segunda, mientras escuchas cómo las palas se clavan en la tierra removida.

15 Comments

  1. Me recuerda a las historías de Tim Burton pero más sadico, muy padre tu cuento solo que si me dio miedo 😅

  2. Me gustó, aunque no es un género que me gusta mucho, creo que lo haces bastante bien, felicidades! Me encantaría leer algo más, sigue adelante.

  3. Muy triste el saber que por palabra no se hará tu última voluntad, muy buena, me gustó mucho.

  4. Sin duda, un temor que todos podemos compartir: ¿Qué le va a pasar a tu cuerpo cuando mueres? ¿Cumpliran tu última voluntad? Fue una gran elección narrarlo en esa voz.

  5. Estoy pensando!!. .. Eso seguirá pasando… Nos iremos sin la seguridad de que harán lo que pedimos… Que un papel firmado no sirva porque es la voluntad de un muerto….. Me gustó!!!

  6. Me encanta cómo dibujas la escena de manera cruda, pero concisa. El modo de dar detalles y hasta las palabras “guapachosas” que le dan un toque que me encanta.

Leave a Reply

Your email address will not be published.