Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Ya nadie recuerda cuando el rey Perseo mató a Medusa y salvó nuestra nación, pero una historia olvidada y enterrada siempre termina repitiéndose. Y cuando vuelve, siempre lo hace como tragedia.

Prólogo

El mundo pareció apagarse con la muerte del viejo Amón, pero en todo el palacio el único que lloró su ausencia fue el menor de los siete hijos del rey, el joven Sinuro. Nadie se sorprendió; en sus últimos años de vida, alejado desde hacía tiempo de los escenarios debido a una salud y una visión cada vez más precarias, el anciano se había volcado por entero en la educación del príncipe, y dado que este nunca había demostrado habilidades atléticas ni había heredado el carisma de sus hermanos, los dos se habían hecho grandes amigos y habían convertido al otro en bálsamo de su propia soledad. 

Sin embargo, había otra persona que aunque sin lágrimas sí había lamentado en público la muerte del viejo actor y poeta; el rey en persona había declamado uno de los poemas favoritos del que otrora fuera su maestro y amigo, había decretado treinta días de luto en todo el reino, y había ordenado alzar una estatua de bronce de Amón que lo mostraba con los ojos levantados al cielo y declamando con gesto épico y frente alzada. A Sinuro le parecía que aquella estatua tenía una pinta absurda, y estaba seguro de que si el propio Amón hubiese podido verla habría ordenado fundirla de inmediato por pura vergüenza. Por suerte se encontraba parcialmente oculta en uno de los jardines detrás del palacio, alejado de la mayoría de los visitantes. Esto tuvo como consecuencia que a los pocos meses, el funeral, la estatua e incluso se diría que la persona del viejo Amón hubiesen caído ya en el olvido colectivo.

Una fría mañana el joven Sinuro se encontraba en este jardín. Había escapado de la sesión de entrenamiento de aquel día, harto de soportar las burlas de sus hermanos mayores y los azotes de las espadas de madera de sus maestros. Retirado en la soledad de aquel parque cubierto de polvo y hojas secas, sus ojos se posaron en la estatua de su antiguo amigo, que parecía compartir su hartazgo en aquellos ojos de bronce que no miraban hacia ninguna parte. Recordó que el viejo Amón sin duda no habría aprobado que descuidara su entrenamiento guerrero, y con toda seguridad habría pasado la siguiente hora relatando a Sinuro las hazañas de su padre en la laguna de Estigia, su lucha contra el malvado príncipe Calibos o su maravilloso viaje hasta tierras desconocidas. Tan seguro estaba de aquello que le pareció incluso escuchar la voz del anciano salir de la boca inmóvil de la estatua.

Le tomó unos segundos darse cuenta de que no lo estaba imaginando; una débil voz susurrante salía, efectivamente, de los labios abiertos de la escultura. Una voz que parecía decir su nombre, como si intentara llamar su atención.

Dudando incluso de sus propios oídos, Sinuro se acercó hasta la estatua. Los susurros que salían de ella se hacían cada vez más claros, la criatura de bronce claramente estaba diciendo su nombre una y otra vez, de forma sugerente, con la misma débil y apagada voz con la que el viejo Amón se despidió de él meses atrás. Sinuro comenzó a trepar por el pedestal para acercar su oreja a los labios del anciano, y cuando estaba a punto de llegar hasta él, sintió de repente que unas grandes y poderosas manos le tomaban de los hombros y lo bajaban torpemente al suelo. 

Sorprendido y aturdido por aquel gesto tan brusco, Sinuro descubrió en su atacante la figura de uno de los guardias del palacio, ataviado con las armas y el emblema de su familia. A punto estuvo de lanzar un grito de protesta ante aquella intromisión, pero el soldado no le miraba, su atención estaba fija en la estatua. Al darse la vuelta, Sinuro comprobó el motivo: de la boca del viejo Amón salía una gran serpiente de color verde que, al hallarse en el exterior y ver al soldado, abrió la boca y mostró los grandes colmillos rebosantes de veneno. 

Sin dudarlo ni un segundo, el soldado echó mano de la espada e intentó decapitar a la serpiente, pero esta se dejó caer entre los labios de bronce de la estatua. La espada del guardia golpeó con un ruido sordo en la boca de la escultura, dejando una leve marca que duraría hasta el fin de sus días, mientras el animal se escurría en la arena y desaparecía entre los crecidos arbustos que rodeaban el pedestal. 

Sin poder encontrar de nuevo a la serpiente, el guardia tomó en brazos al príncipe y entre protestas lo llevó al palacio. Ante el peligro, el jardín fue clausurado. Varios días después el joven Sinuro volvió a aquel rincón y se encontró con que la boca de la estatua de Amón había sido cubierta con un grueso paño de lona atado detrás de su nuca.

Párodo

Una noche, incapaz de dormir, Sinuro deambulaba por los pasillos del palacio cuando unos ruidos provenientes del salón del trono llamaron su atención. Antes de acercarse ya sabía de qué se trataba; la misma escena se había repetido casi todas las noches desde que el joven tenía uso de razón. 

Desde la entrada del gran salón, Sinuro observaba la figura de su padre sentado en el trono. El físico del gran Perseo ya no era el de aquellos heróicos tiempos; la edad y la larga época de paz de su reino habían ablandado sus músculos y adormecido su astucia. Incluso desde su escondite Sinuro podía ver los ojos de su padre nublados por el vino que rebosaba de su copa, unos ojos en los que también se apreciaban las lágrimas derramadas entre sollozos cada noche por la ausencia de la reina Andrómeda, cuya belleza fue tema de casi tantas historias y leyendas como las hazañas del héroe que la rescató de las fauces de aquel terrible monstruo marino. 

Otro hijo quizá se habría acercado a consolar a su padre. Quizá uno de sus hermanos lo habría hecho, pero no Sinuro. Él sabía muy bien que su presencia no haría sino agitar la tristeza del rey. Después de todo fue su nacimiento, un nacimiento difícil que se dio entre sangre y lágrimas, lo que causó la muerte de la reina que ahora rondaba los sueños y las borracheras del monarca. Con cuidado de no ser descubierto, Sinuro se retiró hacia sus aposentos.

Fue entonces cuando al pasar frente a la puerta del gran salón de trofeos volvió a escuchar la misma voz susurrante de aquel día en el jardín, la misma voz que esta vez sí, sin duda alguna, le llamaba por su nombre. Sinuro quedó paralizado al escucharla, y justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, sintió que unos pasos grandes y tambaleantes se acercaban por su espalda.

一¿Qué haces aquí?

Al darse la vuelta, Sinuro se encontró con su padre. El rey Perseo todavía sostenía en su mano la copa, ahora vacía. Sus ojos seguían nublados, pero parecían haber tomado prestada un poco de fuerza para clavarse en la mirada de Sinuro. 

一Es Amón 一dijo Sinuro, sin saber exactamente por qué一. He escuchado su voz llamándome, desde esta habitación.

El rey tomó a su hijo del hombro y le apartó con firmeza de la puerta.

一Vete a dormir 一le ordenó, con voz quebrada一. Ahí no hay nada para tí.

Sinuro asintió y caminó hacia el pasillo. Antes de entrar en sus aposentos miró hacia atrás y observó la silueta de su padre, que le miraba incólume como si fuera una figura de piedra en medio de aquel corredor en penumbra.

Episodio

Varios días después, cuando su padre salió de la ciudad para repeler una incursión de piratas en las costas del sur, Sinuro se quedó solo en palacio con los sirvientes. Sus hermanos le habían acompañado así que él, sin destreza alguna en el uso de las armas, paseaba solo por los pasillos intentando escuchar de nuevo aquella extraña voz que le había llamado la atención la noche en que encontró a su padre borracho en el salón del trono.

Para su sorpresa, esta vez encontró la puerta del salón de armas abierta de par en par, probablemente debido a las prisas de la comitiva real por unirse a las tropas. Luego recordó que los objetos que había en aquel salón eran principalmente reliquias decorativas, y que su padre habría sido ataviado con equipamiento de las armerías como cualquiera de sus soldados. 

El salón era el sitio más grande y amplio de todo el palacio, incluso más que aquel que albergaba el trono; un gran altar mostraba las legendarias armas del rey, su escudo regalo de la diosa Hera, su brillante espada regalo de la diosa Afrodita, y una coraza forjada por el propio dios Hefesto. Un lugar vacío revelaba la ausencia del portentoso casco regalo de la diosa Atenea, el cual se decía era capaz de hacer invisible a su portador, y que el rey había perdido tiempo atrás en un pantano luchando contra el temible Calibos. En su lugar se hallaba una figura de un búho, representante de la diosa, hecha de metal con los ojos como dos zafiros, aunque carentes de brillo, como si la vida en ellos se hubiese apagado hacía ya mucho tiempo. 

Recordaba el origen de todos estos objetos de las historias con las que había crecido, pero lo cierto es que ya nadie hablaba de ello ni siquiera para recordar viejos tiempos; Sinuro incluso dudaba que su padre pudiera caber en aquella coraza obviamente diseñada para un hombre más delgado y atlético de lo que hoy en día era el rey.

一No te equivoques 一dijo una voz detrás de él一. Estas fueron realmente las armas de tu padre.

Al darse vuelta Sinuro se encontró con una de las sirvientas del palacio, una anciana mujer que había servido en el palacio desde siempre, desde los tiempos de la vieja reina Casiopea. La mujer traía consigo una bandeja de plata pulida y señalaba hacia la pared que estaba detrás del altar, ocupada completamente con un mural de vivos colores y una composición muy elaborada. Al examinarlo, Sinuro descubrió de nuevo en él las hazañas de su padre tal y como el viejo Amón las contó siempre.

Dos grandes escenas se retrataban en el fresco de aquella pintura: del lado izquierdo, el momento en que su padre se enfrentó a la terrible gorgona en las ruinas de un templo situado a las mismas puertas del inframundo. Su padre aparecía ataviado con las armas que adornaban aquel salón en aquel preciso instante, espada en mano, la espalda apoyada en una columna rota mientras con el escudo reflejaba aquello que ocurría detrás de él, la terrible figura cubierta en sombras de una mujer de horrible rostro y la cabeza coronada de serpientes. Medusa, el monstruo que custodiaba aquella puerta al mundo de los muertos y a cuyo paso se hallaba un campo sembrado de los desgraciados guerreros que murieron al convertirse en piedra producto de su mirada.

La escena del lado derecho, sin embargo, era la más impresionante. En ella se veía a su padre, en pose heróica, sosteniendo en sus manos la cabeza cercenada de Medusa y mostrándola al temible Kraken, el último de los titanes, que había venido a destruir la hermosa ciudad de Yaffa y que solo pudo ser derrotado cuando la mirada de la gorgona, aún muerta, le convirtió en una gran figura de piedra. La forma en que el monstruo estaba recreado, con sus enormes brazos extendidos como intentando aferrar al héroe que le había derrotado, su gran cabeza y sus descomunales fauces saliendo del mar entre las rocas, había estimulado la imaginación de Sinuro aquella vez, años atrás, cuando el viejo Amón le había traído a aquella misma habitación a relatarle la hazaña de los tiempos de juventud del rey. 

Sinuro casi había olvidado que alguna vez había estado en aquel salón, así como había olvidado que en aquel mural se hallaba la mejor representación del rostro de su madre, una hermosa joven de apariencia virginal atada a la roca en espera del monstruo al que habría de ser sacrificada. 

一Es una hermosa historia 一dijo Sinuro一. Pero muy pocos la recuerdan ya, incluso desde antes que muriera el viejo Amón.

一No es cierto 一respondió la anciana一. Todavía quedan muchos que la recuerdan, incluso a pesar de los esfuerzos de nuestro rey, que prefiere olvidar sus proezas huyendo de su dolor. Somos muchos los que no hemos olvidado.

Al decir esto, la anciana mostró a Sinuro la bandeja de plata que llevaba en sus manos. Por un momento la mirada del joven se fijó en los largos tatuajes de serpiente que adornaban los brazos de aquella mujer, pero lo que realmente captó su atención era el reflejo del mural en la superficie brillante de la bandeja. En él Sinuro observó la parte central de la pintura, aquella que separaba ambas escenas y a la vez marcaba el centro mismo de la habitación, detrás del pequeño altar donde se mostraban las armas del rey.

En el centro de la pared el mismo talentoso artista había pintado la cabeza cercenada de Medusa.

Aquella era apenas una representación surgida de las muchas leyendas acerca de la gorgona; por motivos evidentes, nadie jamás había visto el verdadero rostro de Medusa y vivido para contarlo. Pero a pesar de eso todos los elementos que la distinguían estaban allí: su piel pálida, sus rasgos cubiertos de sombra, sus ojos iluminados por una luz proveniente de las profundidades de la tierra, y por supuesto las decenas de serpientes que formaban su cabello y que se agitaban en torno a ella a pesar de que su cuello había sido cortado por la espada. Gruesas gotas de sangre caían de la herida, pero la cabeza mantenía su misma expresión vital, su mismo gesto de odio e ira contra aquellos que habían profanado su morada. 

Sinuro se dio la vuelta para observar el mural. De alguna forma que no podía entender, la fuerza de aquella pintura era mucho mayor que la que le devolvía la superficie de plata de la bandeja. Le pareció por un momento que aquella gorgona, en realidad inofensiva como cualquier representación de la verdadera cabeza, le miraba fijamente a los ojos e intentaba hablarle con sus labios muertos, lanzar una palabra vacía salida de una garganta inexistente. 

Un escalofrío recorrió la espalda de Sinuro, y sin decir nada salió del salón casi en carrera. La anciana lo miró marcharse, sonriendo, esperando que sus palabras hubiesen hecho mella en la mente del joven príncipe. 

Estásimo

Su padre y sus hermanos volvieron ocho días después, sucios y, al menos en el caso de uno de sus hermanos, heridos, pero con la victoria en los ojos. Aquella noche hubo celebración en los muros del palacio, el vino y la carne roja corrieron como si no hubiera un mañana, y los músicos y poetas amenizaron la velada y cantaron las alabanzas del gran Perseo hasta el amanecer. Cuando ya el sol comenzaba a despuntar por la línea del horizonte, la bacanal se desvanecía, y el único que estaba despierto era Sinuro.

A pesar del estruendo de la música, los gritos de júbilo de los guerreros y las canciones de las cortesanas, Sinuro había seguido escuchando toda la noche el extraño llamado que ocupaba sus días y que parecía provenir de la sala de armas. Durante todo ese tiempo había resistido el impulso de abrir las puertas del salón e inspeccionar el mural que tanto le había aterrorizado días atrás, pero no podía escapar de la atención de su padre, quien durante varios momentos de la fiesta parecía clavar sus ojos en él, adivinando el propósito de su corazón.

Finalmente, y aprovechando el momento en que el palacio entero dormía los excesos de la noche anterior, Sinuro se dirigió al salón de trofeos. Al abrir la puerta su mirada se posó de nuevo en la brillante armadura que parecía dominar la estancia gracias a la luz de las lámparas reflejada en ella. Se acercó con cautela, como si las propias armas pudieran alertar a todos de su presencia, y sus pasos le llevaron hasta el centro mismo del mural y la cabeza de Medusa que ocupaba el centro de este con una presencia similar a la de una luz propia. Tal como había temido todos aquellos días, escuchaba la voz con la misma claridad de siempre, resonando en sus oídos de forma constante, invitándolo a acercarse más a la pintura pese a que lo único que hacía era llamarlo una y otra vez. 

Despacio, como si temiera que aquella figura fuera a cobrar vida delante de él, Sinuro extendió la mano y rozó con sus dedos el rostro de la gorgona. Aquel punto de la pared estaba frío a pesar de su proximidad con las lámparas, y una extraña brisa rozó su cuerpo por un segundo, apenas un instante, pero lo suficiente como para hacerle notar que aquella parte de la pared, oculta tras el altar de las armas y por lo tanto apenas contemplada por los escasos visitantes del recinto, guardaba un secreto que él estaba a punto de descubrir.

En medio del trance traído por aquella revelación, Sinuro empujó levemente el rostro de Medusa, y este se hundió en la pared de piedra con un sonido metálico que activó el mecanismo oculto y abrió la compuerta secreta con un ruido de ingeniosos resortes y engranajes. Al otro lado, unas estrechas escaleras de piedra bajaban por un túnel cubierto en sombras hasta donde llegaba la vista.

Sabiendo que era imposible volver atrás, Sinuro bajó con cuidado por las escaleras, tanteando la pared con una mano mientras extendía la otra hacia delante intentando avanzar a ciegas. Únicamente podía escuchar el ruido de sus sandalias al pisar los escalones, su propia respiración y los latidos de su corazón desbocado ante lo que estaba descubriendo.

Al pie de las escaleras se encontró en otro recinto, más pequeño que aquel de donde provenía, pero al igual que este iluminado con lámparas de aceite que, según pudo comprobar, habían sido reemplazadas poco tiempo atrás. Al igual que en la habitación superior, esta recámara estaba también adornada con un altar de piedra, mucho más modesto que su contraparte de la superficie, pero ocupando el mismo sitio de honor en el centro de la habitación, esta vez sin mural ni ornamentación alguna que reafirmara su muy evidente importancia.

Encima del altar, flanqueado por la luz de las lámparas, se hallaba un saco, un sencillo saco de tela atado con una cuerda. O al menos eso parecía a la distancia a la que Sinuro se encontraba, ya que al acercarse descubrió que en realidad era una capa de color rojo, finamente bordada pero que sin duda alguna había visto mejores días, y que había sido atada en forma de un bulto para cubrir algo aparentemente de suma importancia como para estar oculto tras un pasadizo secreto. 

Sinuro, sin detenerse a pensar en aquello que estaba haciendo, tomó en sus manos el improvisado saco de tela y comenzó a deshacer el nudo que lo mantenía cerrado. Al hacerlo podía sentir la urgencia de aquella voz que le animaba cada vez con mayor ímpetu, como si aquella acción clandestina fuese lo más importante del mundo.

Una vez logró zafar el nudo, Sinuro metió la mano dentro del saco y palpó su contenido. Era un objeto grande, frío y liso. Al palparlo, sintió por un momento que estaba tocando una máscara como aquellas que usaban los actores de las tragedias que Amón le hacía presenciar. Pero no, pronto se dio cuenta de que la superficie de aquello que estaba tocando era demasiado suave y perfecta para tratarse de una máscara teatral. Sin duda había una nariz, una boca y unos ojos, cerrados por supuesto, unas orejas y la clara forma de una mandíbula. A pesar de su frialdad, Sinuro sentía que aquello que tocaba estaba de alguna manera inerte pero vivo, esperando que una chispa se encendiera para hacerle moverse de nuevo. 

Entonces tocó los cabellos de aquella figura, gruesos como sus dedos, cubiertos de lisas escamas y envolviendo la parte superior de aquel objeto en una maraña viscosa que Sinuro no tardó en identificar. El recuerdo de su experiencia con la ahora silenciada estatua del viejo Amón vino de inmediato a su mente, y en ese momento se dio cuenta de qué era exactamente lo que estaba en sus manos y por qué se encontraba recluido en aquel sitio.

一¿Qué estás haciendo aquí? 一preguntó la voz de su padre detrás de él. 

Sinuro apenas tuvo tiempo de darse la vuelta antes de que una de las serpientes dentro del saco cobrara súbitamente un hálito de vida y le clavara los colmillos en su mano. Fue apenas una punzada, casi indolora, tan rápida que casi ni se podría decir que hubiese ocurrido en realidad, pero el dolor que envió a través del brazo de Sinuro fue real, lo suficiente como para hacerle retirar la mano por la sorpresa y dejar caer el saco al suelo, donde se abrió por completo dejando rodar fuera la cabeza cercenada de Medusa. 

Fue una gran suerte para Sinuro que ese momento coincidiera con la sorpresa producto de la llegada de su padre, porque así al voltear la mirada sus ojos no se posaron el rostro de la gorgona que yacía en el suelo. Sin embargo, los propios ojos del rey mostraban un horror comparable al que el joven habría sentido; sin atreverse a mirar hacia la abominación que estaba a los pies de su hijo, el rey temblaba al pensar en lo cerca que había estado de perderle. Su mano se extendió hacia el joven a la vez que decía:

一Sinuro, escúchame, ven a mí…

Sinuro permaneció inmóvil, en parte por el miedo que infundía en él la figura de su padre visiblemente alterado, la voz temblorosa y los ojos desorbitados que miraban deliberadamente un punto lejano en la pared de piedra, lejos de Sinuro y de aquello que yacía a sus pies. Pero otro motivo por el que no podía moverse eran aquellos susurros en su cabeza, mucho más clara y audible ahora que se encontraba liberada de su prisión. Porque era ella quien había estado llamándole desde un recinto de piedra y también desde el pasado enterrado de su familia. 

一La dejaste aquí… 一dijo Sinuro a su padre一. Todas las historias decían que la arrojaste al mar después de derrotar con ella al monstruo que asoló las costas de este reino, pero todo este tiempo estaba aquí. ¿Por qué?

一Porque no puede morir 一respondió el rey一. Lo descubrí poco después; sea cual sea la maldición que le ha dado su poder, está atada a este mundo y hará lo que sea por volver. Me habló durante años, como ahora te está hablando a ti. Intenté deshacerme de ella de mil maneras, pero en mi mente siempre estuvo el temor de que de alguna forma conseguiría doblegar la voluntad de alguien más, alguien que encontrara la forma de traerla de nuevo a la vida, que es lo que realmente busca. Ahora ven conmigo, hijo. Volvamos a palacio y dejémosla aquí encerrada, que es donde pertenece. 

Algo del hechizo se rompió con esas palabras, porque Sinuro pudo por un momento reunir la voluntad suficiente para dar un paso en dirección a su padre, sin darse cuenta de que una gota de sangre brotaba de su mano herida y caía a sus pies, directamente sobre la fría y pálida piel del monstruo que había estado llamándole desde la sombra de su cautiverio.

La gota de sangre resbaló por el cuello de la gorgona pero nunca llegó a tocar la tierra; fue absorbida por la piel de la criatura y mezclada con su propia sangre ya muerta desde hace años, haciendo que de nuevo la herida de su garganta se abriera en carne viva y un viscoso líquido rojo y negro se derramara sobre el suelo. Una mancha oscura y maloliente se extendió por el suelo de la habitación rozando los pies de Sinuro y su padre. El rey retrocedió espantado ante aquel prodigio, y la mano que había estado hasta ese momento extendida en dirección a su hijo se contrajo buscando la empuñadura de su espada, una espada que no estaba allí sino en el salón del trono, olvidada entre los extenuados cuerpos de aquellos que habían participado en la orgía de la victoria y que ahora dormían ignorantes del horror que se estaba desatando en las entrañas mismas del palacio. 

Sinuro, entretanto, no se atrevía a moverse; escuchaba como la tierra bajo sus pies hervía con la viscosidad del barro y la sangre, como el lodo se erguía poco a poco y una presencia corpórea se elevaba por encima de sus pies, de sus rodillas, de su espalda y de su cabeza, algo que crecía a sus espaldas y comenzaba poco a poco a proyectar su sombra a la luz de las lámparas de aceite. Desde donde estaba, el joven vio aquella figura cobrar forma corpórea y mostrarse como lo que era: la silueta de una mujer alta y fornida a la que solo le faltaba la cabeza. Sinuro sólo podía, sin embargo, apreciar su figura dibujada por las sombras. No se atrevía a darse la vuelta para mirarla, a pesar de que en teoría podría haberlo hecho ya que la intrusa recién llegada únicamente tenía un espacio vacío sobre sus desnudos hombros.

Tampoco eso duró mucho. Con un movimiento lento pero certero, el cuerpo que estaba detrás de Sinuro bajó una de sus manos hasta el suelo y cogió de los cabellos la cabeza de Medusa, que colocó luego sobre sus hombros. La herida del cuello pareció cerrarse sobre su contraparte recién formada de aquel naciente tronco, y una vez más el último de los grandes horrores del mundo se hizo presente sobre la tierra. 

Dominado por aquella presencia, Sinuro sentía como sus piernas temblaban. Algo, quizá un terror tan grande que le hacía abandonar cualquier sentido de lógica o voluntad de supervivencia, hizo que lentamente comenzara a darse la vuelta para mirar de frente a aquel ser cuya respiración sentía en su cuello, pero algo le detuvo. Ese algo era una mano que se posó sobre su hombro, una mano fuerte pero hermosa y de aspecto delicado, de piel pálida como la cera pero con un leve brillo verdoso similar al de las serpientes que coronaban su cabeza y cuyo silbido podía escuchar ahora. 

Medusa susurró el nombre de Sinuro una vez más y con ello calmó la angustia en el corazón del joven, que sintió cómo volvía la fuerza a sus piernas. Una sonrisa apareció en el rostro del muchacho mientras bajaba la mirada al suelo. 

Fue entonces cuando escuchó el grito de su padre, que permanecía frente a ellos, su padre que lanzaba una maldición atrapada durante años, su padre que estaba dispuesto a enfrentar al monstruo una vez más, con los puños de ser necesario.

Medusa alzó la mirada de nuevo. Sinuro no vio nada de lo que ocurrió entonces, pero sí se dio cuenta de que el grito del rey se ahogó de repente, sumiendo la cámara secreta en el más profundo silencio.

Éxodo

El barco partió al atardecer, con los últimos rayos del sol tiñendo el horizonte de rojo. El muchacho caminaba por el muelle cogido de la mano de su acompañante, una mujer alta cubierta de la cabeza a los pies con un manto oscuro. Era difícil saber cuál de los dos guiaba al otro, pero ambos se dirigían a la embarcación que los esperaba para partir.

Era un barco pequeño pero veloz, con velas de color negro y una tripulación de apenas diez hombres. Todos ellos bajaron la mirada al suelo cuando sus pasajeros subieron por la plancha a cubierta. No todos eran nativos de Yaffa, pero aquellos que lo eran probablemente habían reconocido al joven príncipe Sinuro, cuya ausencia del palacio todavía no había sido descubierta. Sin embargo, la razón por la que los tripulantes mostraban respeto no tenía tanto que ver con la sangre real de su joven pasajero y en cambio mucho que ver con la mujer que le acompañaba. 

Aquellos hombres habían estado esperándola durante mucho tiempo, como evidenciaba el hecho de que todos portaban el tatuaje de la serpiente alrededor del antebrazo. Este detalle no pasó inadvertido ante Sinuro.

Cuando finalmente el barco zarpó y se dirigió a alta mar, Sinuro miró el rostro de la mujer. Podía hacerlo, ya que se había puesto una máscara en consideración suya. No una teatral como las que usaba el viejo Amón, sino una sencilla máscara lisa de madera, desprovista de gesto alguno. La parte de los ojos estaba cubierta por la sombra de la capucha que llevaba, bajo la cual Sinuro podía escuchar el silbido de las serpientes que alguna vez lo habían llamado por su nombre.

La mujer posó su mano en el hombro del muchacho, y aquel contacto se sintió como el único momento de paz en unos días llenos de temor e incertidumbre. Al dirigir la vista atrás, Sinuro contempló la silueta de la ciudad de Yaffa como nunca antes la había visto, y no la reconoció. En parte porque jamás la había visto desde el mar, en parte porque el desenterrar sus secretos había transformado para siempre la idea que tenía de su patria.

Frente al muelle, a pocos metros de la orilla, una enorme mole de piedra se alzaba sobre la playa. Cuatro salientes de roca se extendían desde sus costados, como si fueran grandes brazos. Al menos eso habían sido alguna vez; los años y el olvido habían gastado la superficie de piedra y borrado sus rasgos, y con el tiempo la gente de Yaffa había borrado también de su mente la verdadera identidad de aquella mole de roca que una vez desató el pánico en su población y que ahora no era más que otro elemento del paisaje, último vestigio de un acto heróico que solo existía en las leyendas.

Pero Sinuro no lo había olvidado. Él siempre lo recordaría, incluso en aquellas tierras desconocidas a donde su nuevo futuro lo llevaba.

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