Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Todo en su lugar correcto

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En la morgue, este hombre se encontrará con algo más que el cadáver de su madre.

 

I

Hedor, estupor, incertidumbre, ansiedad, desconcierto, miedo… y mucho más. Oigo el ruido de algunos cadáveres moviéndose en pleno proceso de descomposición. Me apoyo en la ciencia. Leí en una revista australiana que cuando los ligamentos del cuerpo se secan, se contraen provocando el movimiento de las extremidades, provocada también por la acumulación de gases durante las primeras etapas de putrefacción. 

Una ráfaga de sentimentalismo me trajo a esta morgue, sin importar que mi esencia está guiada por el temor. Cadáveres mutilados, en observación, apilados en una sala fría. «Todo en su lugar correcto». Intento apaciguar el temor recordando alguna canción de Radiohead. Irónico que la primera melodía que me viene es Everything In Its Right Place. 

Miro los cuerpos, algunos con ojos abiertos. Me paralizo. Escucho susurros, quejidos, como si se diera cita un festín de pueblo. Puedo sentir el dolor de sus muertes, al menos unos pocos, lo suficiente para retumbar en mi cabeza.

Suelto una lágrima. Pensé que se habían acabado horas antes. He querido mantener la cordura, porque mi coraza quiere dominarme robotizando mis emociones ante el dolor y el sufrimiento. Esta clase de estoicismo me trae a la morgue a reconocer a mi madre, firmar papeles y estar a su lado, aunque solo sea un cadáver.

 

II

Todo fue tan repentino. Ayer vinimos a una consulta médica y, mientras esperábamos el turno, mi madre cayó al piso. Un ACV. Ahora sé que, a pesar de las horas de incertidumbre mientras estuvo en terapia intensiva, pudo haber sido peor.

Tumbado en el piso del hospital sentía la noche aún más fría. No dormí más de quince minutos, entre el escuadrón de médicos que entraban y salían de la habitación, la cara de mi madre, perdida, sin lograr hacer contacto visual entre los dos, y yo desenredando nudos de la garganta y viviendo mentalmente muchos de los escenarios de vida que me tocaría en las siguientes horas. El optimismo fue lo último que me sedujo. 

Junto a las palpitaciones de mi corazón, escuchaba susurros. Tal vez de gente luchando por sus vidas en otras habitaciones. Esperanzas entrecruzadas con las mías. El sonido del desfibrilador me trajo de vuelta. Los médicos aplicaron la primera descarga energética y se respiró estoicismo en el cuarto, aunque a mí me faltaba el aire. Segunda descarga. Intenté decir algo, llamar a alguien. Creo que hubo un tercer intento, pero caí al piso. Se abrió la puerta y no quise mirar. 

«Estoy a tu lado», escuché en mi cabeza con una voz femenina que reconocí. Vi caer un vestido negro desde el tercer piso. Pensé en aquella figura tenebrosa de Black Sabbath. Algo rondaba los espacios del hospital. Tal vez siempre ha estado ahí y recién lo estaba experimentando. 

Miré al médico y asentí con la cabeza. No necesitaba oír nada más. Me dejaba saber que podía estar unos pocos minutos, pero yo no estaba seguro de querer entrar. Parece insensible, pero estaba destruido. No sé cómo, pero entré a la habitación y los ojos abiertos de mi madre me hablaron. Vi un reflejo de nuestras vidas, mi infancia, los días previos. La abracé y, aunque quise decir algo, solo lloré junto a su cuerpo frío.

Hasta su olor había desaparecido. 

Cerré sus ojos y me sentí como una nueva persona, aunque perdido, sabía que ya no era el mismo de antes. Pensé en acompañarla hasta el final, al menos en cuanto a rituales y procesos fúnebres. Comenzaba mis encuentros paranormales, el ritual con mis demonios. 

 

III

Me mostraron su cadáver en la morgue y me dejaron a solas. Entonces, aparecieron las voces. La de un niño llorando, la de un anciano que quería despedirse de sus nietos y me pidió que les lleve su mensaje. Detrás de mí estaban los restos de un ex convicto tiroteado que deseaba redimir sus culpas. Me dijo que no deseaba un final como ese. 

¿Por qué todos me hablaban? ¿Quién les permitió entrar en mi cabeza? Ni siquiera pude concentrarme con un recuerdo estable o alguna canción. Sin saber cómo, me vi conectado a estos muertos, a sus sollozos, a sus penurias inmortales. 

—Estamos unidos por siempre —escuché antes de salir de ahí. 

Afuera me topé con una niña como de diez años que parecía estar perdida, aunque la vi calmada, casi sonriente. Su cabello amarillo iluminó mi sollozo e infundió tranquilidad. Me pidió ayuda para buscar a sus padres y caminamos juntos hacia la entrada del edificio, alejándonos de todo lo tenebroso de la morgue. 

—¿Dónde estabas antes de perder tus padres? —le pregunté para iniciar nuestra búsqueda.
—Me parece que fue hace unos pasillos atrás, hacia la izquierda —dijo mientras me señaló hacia un punto ciego. 

Por un momento todo el recinto parecía vacío, inhabitable, desolado, silencioso. Las voces de aquellos muertos habían callado. 

—¿Lograste cerrarle los ojos a tu mamá? —preguntó con curiosidad. 
—¿Cómo sabes eso? —respondí sorprendido. 
—¡No lo sé! Es muy común que la gente al morir quede con los ojos abiertos —afirmó con certeza. 
—Sí. Cerré sus ojos, la abracé, me despedí y sentí como si no fuese suficiente —le dije con lágrimas en los ojos.
—¿Por qué dices que te despediste?
—¡Porque se murió! Ya no la veré más. ¡Hay tantos momentos que no volveremos a compartir!

Me desahogué con ella sin tener que enfrentar la lástima de mi familia o conocidos. Sentí impotencia y rabia. Quería contarle a mi mamá que la quería, siempre la quise y nunca se lo dije bien. Tenía miedo, deseaba saber si ella lo sabía, si fue suficiente nuestros momentos para entenderlo. 

—Tu madre sabe que la quieres —me consoló la niña, con su sonrisa perfecta.

Caí al suelo a llorar.

De pronto, la imagen de la pequeña tomó formas diferentes. Vi a mi abuela en su rostro, a mis tíos, gente cercana y querida, difuntos que tomaban forma a través de ella. Vi a mi madre sonriente. Me lanzó un beso.

La pequeña me ayudó a levantarme. Limpiándome las lágrimas, me fue tranquilizando. Tomé el control de mis emociones. Me abrazó con fuerza. 

«Todo en su lugar correcto», pensé. Esta vez con otro significado. 

—Te amo, mamá. 

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2 Comments

  1. No era el final que pensé, me alegra que sea un final cálido. Ojalá hubiera forma de abrazar a los que se fueron y sentir que “todo está en su lugar correcto”.

  2. Me gustó mucho. Inicialmente pensé que tendría pesadillas esta noche, pero el final es muy lindo. Aunque pensándolo bien, entre los aparecidos, la mujer del disco de Black Sabbath y esta información “Leí en una revista australiana que cuando los ligamentos del cuerpo se secan, se contraen provocando el movimiento de las extremidades, provocada también por la acumulación de gases durante las primeras etapas de putrefacción”, es muy posible que me cueste dormirme hoy.

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