Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así, pero ahora que lo había hecho, ¿sería capaz de aceptarlo?

¿Por qué no le respondiste de golpe? No ves que esa pausa entre su pregunta y tu respuesta es ya una respuesta. Dice que no le vas a dar un no rotundo a pesar de que la pregunta ofende.

Se te nota lo indeciso. Quieres ganar tiempo mirando por la ventana y moviendo el café con la cucharita del azúcar. Quita la sonrisita. Frunce el seño al menos, como si fueras a responder molesto. Ahora bebe el café. Lento. Ok, no tan lento.

Pero no te quedes en blanco, idiota. Le estás dando chance de que te convenza. Por la forma en que se está explicando, sabe que la pregunta ofende.

¿Por qué te cuesta tanto trabajo verlo a los ojos? ¿Qué buscas en el fondo de la taza? ¿Tiempo? ¿Un plan B?

Míralo. Resopla. Esto no te gusta nada. Tú estás en control. Quién sabe a cuántos habrá llamado antes que a ti. ¿Después de cuántos? ¿Después de quién?

No creo que me haya buscado de primero. Yo mismo hubiera llamado antes a George. Mauro. César. Pona. León. Monica.

Y si le digo que no, ¿a quién llamará después?

Este cabrón conoce a mucha gente.

Mejor ve al baño. Estás sudando. Relájate. Lávate la cara y busca en el espejo a ver si encuentras el coraje para responderle.

¿Por qué me llamó a mi para esto? ¿Qué mierda estoy haciendo aquí? ¿Acaso me veo como alguien capaz de entrarle a semejante porquería? ¿Quién cree que soy? ¿Me veo tan desesperado?

Me pregunto si sería capaz de ofrecerle lo mismo a Román o a Miriam.

¡Ja! Ni de coña. Jamás lo haría. Ellos siempre han estado en otra liga.

¿Por qué yo no estoy ahí con ellos? ¿Qué hice mal?

Elegir mal, eso hiciste. Si hubieras aceptado aquella propuesta de Juan hace 15 años todo sería diferente. Pero claro. En aquella época pensabas que tenías a Dios agarrado por la chiva. Te salió cara la prepotencia. Capaz hoy estarías en una de esas fiestas a las que solo va gente con plata, estilo y amigos cool.

No tengo amigos cool.

No tienes amigos, punto. Capaz estarías en otra ciudad y no contando los pesos que te quedan antes del desalojo.

En Madrid. Me encanta Madrid. En Madrid sería feliz.

Foco, pendejo. No estás en Madrid. Estás aquí y estás quedando como idiota. Sal del baño, va a pensar que tienes diarrea.

Míralo. Hasta de espaldas derrocha estilo el muy cabrón. Seguro está viendo en su celular a quién va a llamar después de ti. Ya sabe que no eres lo que busca. Mejor ve y dile que no antes de que sea él quien te mande a volar.

Mejor ser el que rechaza que el rechazado.

Te llamó porque te conoce mejor de lo que te conoces a ti mismo. Sabe leerte. Sabe tu historia, de dónde vienes y sabe que no lo vas a mandar a volar tan fácil.

¡Puta, volteó!

No te le quedes viendo, ¡Haz algo! ¡Compra cigarrillos en la caja!

Pero no fumo.

¡No importa!

¿Cuáles compro?

¡Los que sean!

¡Belmont!

Ahora te toca fumar como si supieras. Sería bueno que prendieras el cigarrillo en vez de tenerlo en la boca de adorno. Pídele fuego a la cajera. Y unas mentas, el aliento te va a dar nauseas.

Me revienta que a otra gente la llame para ofrecerle el cielo y a mí para ofrecerme esto. Pero al menos me llamó. ¿Y si acepto? ¿Me arrepentiré a los dos minutos? ¿Me levantaré en mitad de la noche gritando que soy una puta y que me vendí?

Como mínimo tendrías que ocultar que aceptaste.

¿Por cuánto tiempo? Ciertamente no es algo para andar diciéndolo a los cuatro vientos.

Pero al final todo el mundo se entera. Siempre.

No debí responderle el mensaje. Es más, debí colgarle el teléfono cuando me citó. Pero claro. Es como los perros, huele mi hambre. Lo ve en mi ropa. En que no me visto con estilo. Seguro vio el hueco de la camisa que creí que nadie vería. Piensa que soy un perdedor, que estoy jodido y que por eso voy a aceptar. Lo huele en mi colonia barata. Sabe que es pachulí. Lo ve en mi corte de pelo pasado de moda y en que me estoy quedando calvo. En lo que salga de aquí pido una cita con el dermatólogo. Sabe que no tengo muchas opciones. Que el hambre me tiene domado. Y la edad. Y la soledad. Que el tren se me va. O que ya se fue. O que lo mejor es tirarse al metro y acabar con esta farsa.

¿Pero quién te dejó así, Javier? Tú mismo, Javier. ¿A quién vas a culpar, Javier? A ti mismo, Javier. Siempre aceptaste. Elegiste lo fácil. Lo seguro. El quince y último. No te quejes ahora si te ofrecen lo que toda la vida haz aceptado. Migajas. Esto es lo que eres, un mediocre.

A menos que por una vez no lo seas.

No tengo nada que esconder, pero odio su escrutinio. Esto es lo que hay. Lo que soy. ¿Quieres una respuesta? Aquí te va tu respuesta, cabrón. Una botella de cerveza para romperla en tu cabeza agarrando impulso desde la barra hasta la mesa. Y ya en el suelo, escupitajos y patadas al son de los gritos de toda la gente de este café. Que me pongan fanfarria de Conan el Bárbaro para salir de aquí con una sonrisa de oreja a oreja y la seguridad por las nubes.

¡Las migajas para los muertos de hambre, carajo!

Con este empuje en el alma me resulta inentendible por qué al sentarme de nuevo frente a él y abrir la boca para responder lo que sale de ella es un sumiso:

Dale. Hagámoslo.

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