Todavía le quedan cuatro dedos a la botella de Glenfiddich, que me saluda. Si existiera una máquina del tiempo ya estaría viajando para resolver temas pasados. Ahora mismo no me interesa el futuro. Aunque tampoco creo que tenga sentido si todo va a ser incontrolable como esa película de Ashton Kutcher, The Butterfly Effect. Prefiero dejarlo todo como está. “Miro una estrella y deja de brillar, toco una flor y se ha de marchitar, negra suerte la que me tocó”. Así me siento, como la canción de Ismael Rivera.

El silencio perpetuo de esta habitación me abruma. Los cuatro cubos de hielo en el vaso corto con whisky de malta le dan sonoridad a mi estoicismo mientras lo agito. Voy a encender un habano. La soledad y la tristeza acuerdan reunirse entre los vicios. A fin de cuentas, las fotografías, videos, tarjetas de cumpleaños y correos electrónicos me trasladan a momentos y circunstancias pasadas y reconfortantes. En mi cabeza hay decisiones que me atormentan y esas están más presentes. Soy el capitán de esos viajes nostálgicos, esporádicos, lapidarios y “karmáticos”. El latin soul y el boogaloo le ponen sabor.

Mi hijo Guillermo se encargó de reconstruir mi colección de vinilos de jazz latino y salsa. Siempre aprovechamos para hablar de las anécdotas de esos discos. ¡Ese muchacho y sus vainas! Reviso las fotografías y me consigo con el día en que fui a su competencia de atletismo. Pocas veces asistí a sus inquietudes deportivas pero ese día aparecí. Su cara al verme fue de asombro. Me saludó desde la pista y tomó el impulso para llegar en segundo lugar. Había arrancado como penúltimo. Supongo que quería impresionarme.

Ese día quería explicarle que la suerte pocas veces me sonreía y que los adultos suelen cambiar la calidad de sus encuentros por el trabajo. Llevarle dinero a su mamá para que no me reprochara ser un mal padre era, en ese entonces, mi forma de demostrarle que lo quería. Los divorcios nublan toda vida alegre pasada y los hijos son los que pagan la discordia del desamor de parejas. Su madre me seguía queriendo, lo sé. Fui yo quien la engañó. Me dejé llevar por el arrebato de sentirme un galán. Lo disfruté en su momento, no sé si me arrepiento. Igual terminé solo.

No se puede vivir complaciendo las expectativas de otros. Se toman decisiones y hay que asumirlas. Ver a mi hijo los fines de semanas y tratar de recuperar el resto de los días fue lo que me tocó por mis acciones. Quizás por eso le fue fácil a Guillermo irse del país. Hace unos años, escuchando a Ray Barreto, conversábamos y me dijo: “No debes sentir culpa por no haberme criado. Te agradezco el papá que fuiste, el tiempo que estuviste porque me dio una perspectiva diferente del padre que quiero ser”. Eso me fustigó, debí alegrarme por su reflexión, pero la sentí como una puñalada. Me carcome no haber estado con él desde pequeño.

Hace un día me escribió un mail, fue largo. Si ya la extensión de sus mensajes en el Whatsapp es amplia, este correo tenía lo suyo. Es más expresivo en sus redacciones que cuando estamos en persona.

“Papá. Te conseguí el vinilo Metiendo Mano de Rubén Blades y Willie Colón. Lo tenía pendiente. Cuando nació Sebastián recordé cómo tus ojos brillaban al oír ‘Fue Varón’. Ya sé que ‘Pablo Pueblo’ es el temazo de ahí, pero le tengo cariño a esa canción. También estaba ‘El Baquiné’, de Angelitos Negros de Willie Colón. Una locura las opciones. Rhythm Machine de la Fania All-Stars y una edición de Fania Rare Groove con los Hermanos Lebrón. Me llegó a tiempo The Bronx Pyramid, ese disco de latin jazz dónde invitan a Rubén Blades. ¡Prepárate! Hay otras joyas que no te contaré por acá para que haya sorpresas. Compro dos botellas de Glenfiddich en el aeropuerto para escuchar este arsenal juntos, hasta la madrugada, hablando güevonadas”.

Quisiera enmarcar esas líneas, leerlas cada vez que abra la puerta, abrazar esos discos, vivir el resto de mis días con esas canciones. Congelar ese momento. Si pudiera tener una máquina del tiempo, iría yo a New York a visitarlo, buscar los vinilos y sentarnos en su casa a escucharlos, así no se habría montado en ese avión que no llegó a su destino. Tener que esperar a que aparezca su cuerpo, mirar sus restos de ceniza en algún momento, no era el plan que tenía hoy, ni nunca. Todo el mundo me está llamando, da igual si les caigo bien o mal. No atenderé a nadie. Subo el volumen de la música.

Tal vez nos habríamos embriagado oyendo música, llevándonos la contraria porque así somos, tercos, es nuestro ADN. Todas las decisiones que me separaron de él eran parte de mi forma de lidiar con el dolor. Estaba huyendo de mi propio cuestionamiento como padre. Todos me veían con desdén, como si hubiese planeado mis infortunios. Siempre he sido el incomprendido y Guillermo, una extensión de mí, tuvo la bondad de verme diferente.

Eres huérfano cuando mueren tus padres o viudo si se trata de tu pareja. Enterrar a un hijo no tiene nombre. No hay un sustantivo en el diccionario. Sucede, te paraliza, te consume. No importa los años que tenga, siempre fue mi niño. Aquí estoy, solo, inmóvil, sorteando serenidad con llanto, inventándome un baquiné mientras suena ‘Camino al barrio’ de Willie Colón, deseándole buen viaje a Guillermo ¿al cielo? como ese ángel que vino a guiarme en la vida.

Siempre He Sido El Incomprendido (Playlist)

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5 comentarios

Hay lecturas que dan muy buenas referencias, que despiertan curiosidad, me pasó con cartas a un joven novelista que me llevó a buscar libros, «siempre he sido el incomprendido» me hará buscar canciones, detenerme en sus letras y olvidar un poco el ritmo, para enfocarme en su significado.
Asi cómo el Motor ya silente del Avión de Guillermo, estrellado en el suelo, es estudiado por un perito aeronáutico para entender que pasó, tú deconstruistes canciones para narrar la historia que imaginabas con estrofas que seleccionas y usas a tu antojo.
Pará ser músico no hay que cantar, también se puede escribir.

La primera vez que fui al Maní es así, llegué por error y en un estado alterado de consciencia, tripeando pues. Durante años me resistí a los ritmos caribeños. Quizá porque de alguna manera los relacionaba con mi padre, cosa curiosa (que le dejo a los entendidos en los asuntos de la psique) porque Jesús es llanero.

Inicio con esta anécdota porque él siempre quiso que sus hijos apreciáramos e incluso tocáramos, algún instrumento como el cuatro, el arpa o las maracas. Pero no tuvo éxito.

Supongo que toda relación padre-hijo está poblada del deseo de hacer las cosas distintas. Y quisiera creer que, tal como le sucede al protagonista de tu cuento, el deseo de viajar al pasado gira en torno a momentos inadvertidos para nosotros, sus hijos.

Mientras leía el cuento, no dejaba de pensar en esas canciones en apariencia alegres y aún así, marcadas por una sensación de pérdida, algo que asocio con las trompetas y trombones de la Salsa Brava.

Aquella noche, después de pedir “una cuba”, me apoyé en una de las columnas que delimitaban la pista de baile. Poco a poco aquella música, ajena hasta aquel día, se abrió paso en mi y a pesar de mi. Hoy, después de leer esta conmovedora historia, me preguntó que faltó para que Jesús y yo tuviéramos la oportunidad de compartir una pasión como la que unió al protagonista de tu cuento con su hijo.

Como añadía Bono al final de la versión de U2 de All along the Watchtower: «Solo necesitas tres acordes y la verdad». Y yo me quito el sombrero por tu capacidad para narrarnos historias repletas de sentimiento sin caer en sentimentalismos, Will. Eso es como la sal en el guiso: si echas poca, queda soso; y si te pasas, no hay quien se lo tome. Como escritor me parece complicadísimo encontrar ese punto y creo que se te da tan bien porque vas con la verdad: con tu disposición a mostrar sentimientos reales que no todos tenemos la valentía para hacerlo. No dejes de compartir con todos, crack.

Creo que todo lo que podría decirse está dicho en los comentarios anteriores. Solo hay una cosa que me atrevo a agregar, cuando te unen a los tuyos cosas más allá de la consanguinidad y el parentesco, el vínculo es mucho más fuerte es como si el único que te conoce bien es ese otro que casualmente forma parte de tu familia. ¡Brutal William! Es bueno leerte.

Apenas ahora es que puedo sentarme a leer y comentar los cuentos de esta antología. Me gustó mucho, Will. Incluso más que el anterior. Aquí creo que tocaste las fibras de mucha gente, a mi me pusiste a escuchar salsa y a llamar a mi papá para saludarlo.
Gracias!

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