Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Solo era un salero. ¿Por qué tanto drama?

El famoso salero de papá. Nada místico; sal gruesa del Himalaya en un envase de vidrio con molinillo incluido. Una cinta adhesiva, con texto escrito a mano, la hacía parecer radioactiva: SAL DE PAPÁ-NO TOCAR.

Solo era sal ¿Por qué tanto drama?

Sentado en el comedor –salero en mano– Nicolás sonrió recordando cómo, cada vez que iba a cenar a la casa, Mamá traía la comida a la mesa, se posaba sobre el plato de Papá y giraba el molinillo para pulverizar los cristales de sal.

Crack, crack, crack.

Deleitado, el viejo veía los finos granos rosados caer sobre su plato.

Papá se volvió muy viejo, muy rápido.

Después de el incidente, dejó la bebida y su humor cambió de la noche a la mañana. El tipo extrovertido –un comediante profesional, nada más y nada menos– se convirtió en un hombre dócil, distraído y cabizbajo. Se quejaba de dolores de estómago y Mamá reveló que años de alcoholismo le habían producido úlceras intratables. El único vicio que mantuvo hasta el día de su muerte fue echarle sal a cada comida.

Crack, crack, crack.

Nicolás revivió la última cena con el viejo, que hablaba solo de su dolor abdominal.

Mamá le echó sal a su plato, compartiendo una tierna mirada cómplice y Nicolás estiró la mano pidiendo el salero; su madre le pegó en la mano.

—Esta es la sal de tu papá, usa el otro salero —dijo con tono contundente.

—¡Vieja loca! —respondió Nicolás, entre risas.

Todos compartieron una carcajada llena de catarsis.

Escasos días después, estaban enterrando al viejo.

No había sido un hombre ejemplar. Pagaba las cuentas, llevaba a Mamá a Europa una vez al año y consentía a Nicolás, pero su carrera de humorista nocturno lo había convertido en un alcohólico explosivo y su adicción opacaba cualquier aspecto positivo de su vida.

El incidente fue la gota que derramó el vaso. Seis meses antes de su muerte, llegó borracho a casa después de un show fallido y encontró a Mamá esperándolo en el comedor. Discutieron y, en un ataque de frustración, él agarró la lámpara favorita de ella –un delicado flamingo de cristal que compraron en una tienda de antigüedades de Bruselas– y la estalló contra la pared.

—¡Es la última vez que me faltas el respeto! —dijo Mamá temblorosa, mientras barría los fragmentos. Tuvo razón, pues el declive de Papá empezó poco después.

En los días siguientes al funeral, la mujer había quedado inconsolable. Un martes en la noche, Nicolás trajo comida a la casa, se sentaron en la mesa, tomó el salero de papá y giró el molinillo sobre su cena.

—Esa es la sal de tu papá.

—Lo sé, pero ahora que… que…

—ES. LA. SAL… DE TU PAPÁ.

En milésimas segundos la mujer se le abalanzó encima, le arrebató el plato, lo llevó a la cocina y tiró toda la comida a la basura.

—¡Es la sal de tu papá! ¡Es la sal de tu papá! —exclamó, mientras pasaba la esponja por el plato chirriante.

El ataque de pánico fue tan intenso que hubo que llevarla a la sala de emergencias.

Crack, crack, crack.

Y ahora ahí estaba Nicolás, sentado en la mesa del comedor, respirando resignado mientras sostenía el salero. Se necesitó un cóctel de calmantes para obligar a Mamá a dormir en la clínica. La idea de quedar huérfano lo había dejado exhausto.

Dejó el salero de lado y con la mente en blanco miró un punto en el vacío, descubriendo la lámpara de flamingo.

Maravillado, se acercó para echarle un vistazo. El cristal agrietado había sido pegado con la destreza de un profesional; resultaba impresionante cómo Mamá la había reconstruido después de el incidente. La levantó, encontrando un gran hueco en la parte trasera.

Una sensación de pánico invadió su pecho.

Crack, crack, crack.

La lámpara cayó en el piso del comedor.

Crack, crack, crack.

Se abalanzó sobre la mesa y tomó el salero.

Crack, crack, crack.

Se arrodilló sobre los restos, comprobando que los trozos de cristal rosado que dejaba la lámpara eran idénticos a los que estaban dentro del salero.

Crack.
Crack.
Crack.

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