Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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A pesar de estar en una carretera en medio de la nada, todos estaban entusiasmados por el matrimonio. Hasta que llegó un SMS de la novia: «El casamiento no va. Ocurrió un accidente».

Una camioneta navegando por la carretera en medio de la nada.

Cien kilómetros atrás, Buenos Aires.

Delante, a dos horas, Paranacito.

Para Milton, el matrimonio de Gabriel y Antonella era la excusa perfecta para volver a Argentina. Conocía a Gabriel desde los ocho años y cuando llegó la invitación compró el boleto de avión casi inmediatamente, recordando lo que sus padres le decían desde pequeño: «Si te invitan tienes que cumplir».

Gustavo al volante, con Tania a su lado. En el asiento trasero, Carlos, Paola y Milton. Este último, en meditación profunda alimentada por el cansancio y la monotonía de la ruta, empezó a imaginar cómo era Paranacito, el pueblo natal de la novia. Imaginó verdes árboles, caballos, olor a carne…

—¡Pará, pará, pará!

El grito de Tania desde el asiento de copiloto, le hizo dar un respingón.

—Chicos, me llegó un mensaje de Antonella —continuó Tania con tono lúgubre, mientras leía—: «Hola es Antonella. Creo que nadie les avisó. El casamiento no va».

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó Milton.

—¡La puta madre, me quedé sin señal!

Todos revisaron sus celulares con pánico. Ni una barra de señal.

Transcurrieron ocho minutos de tensión en los que centenares de teorías contaminaban el aire interno del auto. Había recibido un SMS escrito por la novia, usando el celular del novio, cancelando el matrimonio el mismo día del evento; lógicamente, ninguna hipótesis era buena.

Ping.

«Gabriel no está bien».

Ping.

«Ocurrió un accidente».

Ping.

—¿Qué dice? —preguntó Milton.

—Es una foto.

—¡A ver! —corearon todos.

—No carga.

—¿Cómo que no carga?

—¡No carga! No hay señal— exclamó Tania mientras pasaba el teléfono al asiento trasero.

Maldijeron a todas las compañías de teléfono y al espíritu de Steve Jobs mientras devolvían el teléfono a Tania.

—¿Qué más dice?

—¡No ha llegado nada más!

Todos miraban el celular de Tania, tratando de descifrar la foto con silencio ahogado y rumiantes pensamientos.

Gustavo giró el volante aparatosamente para entrar en una estación de servicio y frenó en seco.

—Calmémonos todos. No sabemos qué pasó, esperemos a ver qué pas…

Ping.

«A Gabriel se lo llevaron en ambulancia a Buenos Aires».

La mirada nauseabunda de Tania indicó que por fin la foto había cargado. El celular pasó de mano en mano, mostrando una pantorrilla teñida con sangre. Volvieron las teorías y discusiones. Gustavo interrumpió:

—Estamos en la mitad de la ruta. Hay que decidir si regresamos a Capital o continuamos a Paranacito.

Acordaron proseguir hasta el pueblo sin saber bien para qué. Entendiendo la preocupación de Antonella decidieron no atacarla con preguntas, esperando conseguir respuestas en el pequeño Paraná.

1.

La camioneta llegó a un hermoso hotel rural en el medio de un campo. Antonella apareció como un espanto y, forzando una sonrisa, los recibió con el relato de los hechos:

La noche anterior, el hermano de Anto –un tipo con la fuerza e inteligencia de un buey– abrazó juguetonamente a Gabriel y lo levantó por los aires como un muñeco de trapo. En una confusa sucesión de eventos, la víctima cayó sobre una copa de vino que estalló y le cercenó piel, tendón y arteria de la pierna derecha. En segundos, era imposible distinguir qué era vino y qué era sangre.

Antonella, que sonaba cada vez más como fantasma de leyenda pueblerina, les contó que ya había invitados en camino, obligándola a quedarse en la posada mientras los cirujanos trataban de salvarle la pierna a su fiancé en una clínica de la Capital.

El grupo se reunió para decidir qué hacer, interrumpidos en plena discusión por Antonella.

—El casamiento va. Vamos a hacerlo mañana aquí mismo.

Compartieron una mirada dubitativa ¿Hablaba en serio o el shock la había dejado como la mujer del muelle de San Blás? Esperaron a que el espectro se alejara y reanudaron la discusión, en tono álgido pero silencioso.

El grupo decidió regresar. Menos Milton, recordando lo que sus padres siempre le decían: : «Si te invitan tienes que cumplir».

2.

Una ambulancia interrumpió el silencio de la noche y los habitantes del hotel se conglomeraron curiosos. El chofer se bajó, abrió la puerta y –fanfarrias, por favor– ahí estaba Gabriel en una camilla con sonrisa cargada de triunfo y morfina, apuntando a su pierna cubierta por un inmenso yeso.

Todos explotaron en celebración. Ganar la copa mundial del mundo no era nada, comparado con este momento.

Horas después, novia con buqué y novio con yeso fueron declarados marido y mujer.

Con aplausos y silbidos, Antonella entró al salón de fiestas cargando a su lisiado compañero de vida. Definitivamente, una foto inolvidable.

Sin su grupo, Milton empezaba a aburrirse, obligado a abrir la primera cerveza.

—Bueno, al menos Gabriel la está pasando bien.

Se descubrió a sí mismo hablando solo en voz alta, pues un cura le respondió:

—Así es.

—¡Ey, padre, bendígame la cerveza!

Ocho horas y doce cervezas después, Milton estaba bastante entretenido.

Se había adosado a otro grupo, compuesto por dos hermanos y un misceláneo.

Luego de comida, discurso y mucho alcohol, la fiesta debía llegar a su fin.

Bailar al Gabriel empujando su silla de ruedas de una esquina de la pista de baile a la otra, se había compartido en el deporte de la noche y todos aplaudieron sudorosamente sabiendo que era el último empujón.

Las luces se encendieron revelando maquillajes corridos, pies descalzos y corbatas desanudadas. Era momento de irse.

—Bueno, al menos Gabriel la pasó bien —dijo Milton.

Todos asintieron.

Una chica se acercó al grupo. Era la hermana de Antonella, guapa y de carácter afable: el antónimo del otro hermano, responsable del incidente sangriento.

—Chicos, no regresen al hotel, vénganse todos a nuestra hacienda. Hay lugar para todos.

Los hombres se miraron levantando los hombros, en expresión tácita de «bah, no hay nada que perder».

Se montaron en el auto del hermano mayor, en ruta a un punto de Google Maps en el medio de la nada.

La autopista se convirtió en calle

Luego, en carretera.

Luego, en carretera de tierra.

Luego, carretera de lodo.

Luego, carretera de lodo sin iluminación.

Cuatro hombres vestidos de traje, invadidos por una equivocada sensación de aventura, transitaron por una ruta con textura de mantequilla, mientras los dos faros frontales perforaban la absoluta negrura.

El auto se tambaleó y con violencia la trompa se sumergió en el lodo. El piloto intentó acelerar, pero estaban totalmente atascados. Todos respiraron hondo y bajaron del auto. Milton apoyó el pie para salir y la pierna entera se sumergió en pantano.

—Coño de la madre.

El escenario era desolador. A excepción de una casa a un par de kilómetros de distancia, no tenían nada alrededor. Eran las tres de la mañana, a tres grados Celsius.

Intentaron mover el auto precariamente, pero mientras más luchaban, el camino se lo tragaba más. El piloto apretó a fondo el acelerador en un último intento, logrando solo salpicar al resto del grupo de lodo, como una licuadora sin tapa. Era muy raro, como si alguien hubiese cavado un hueco en el camino…

Una inmensa estructura apareció de la nada, centelleando luces de varios colores ¿Estaban a punto de tener un encuentro cercano del tercer tipo?

A medida que se acercaba, descifraron que era una grúa.

Una casualidad mucho más sospechosa que afortunada.

—Buenas noches pibes ¿Los ayudo?

Sin mediar muchas palabras, el gruero bajó el inmenso gancho y lo colocó en el tren trasero, apretó un botón y el auto salió del barro como si hubiese sido parido por el lodazal.

—Tienen que tener cuidado por acá, suerte que están cerca de mi casa.

«Sí, mucha suerte», pensó Milton con tono de detective barato.

—Bueno ¿Cuánto le debemos?

—Tranquilos, lo que tengan —respondió el gruero con tono bonachón.

—Uf, la cosa es que tenemos poco efectivo, amigo.

—No me están entendiendo —la voz del gruero adquirió gravedad—. Denme todo lo que tengan.

Mientras otro hombre amenazante bajaba de la grúa, Milton pensó:

«Claramente, esto es un asalto. Claramente, estos tipos hicieron este hueco en el camino. Claramente, montarse en un avión para venir a una boda de mierda en el culo del mundo era un error».

Los cuatro hombres entraron al carro con sus crocantes trajes adornados con barro seco. aunque estaban desfalcados y molestos, el consuelo era que solo habían perdido todo el efectivo que tenían encima.

Clásico consuelo de tercer mundo.

—Bueno, al menos Gabriel la pasó bien —dijo Milton.

Todos asintieron.

3.

Por fin, llegaron a la hacienda, debilitados. Todas las luces estaban apagadas. La chica no atendió el teléfono. Recorrieron todas las habitaciones, abarrotadas de invitados en colchonetas improvisadas. En el último cuarto, un hombre en sus cincuenta años abrió un solo ojo y exclamó desde un sleeping bag:

—Acá ya estamos todos.

El grupo Los pantaneros volvió al auto. Resignados, entendieron que era imposible volver al hotel y tocaba dormir ahí. Milton cruzó los brazos para calentarse mientras se acomodaba en su puesto. Habló, notando como sus palabras se convertían en gélido vapor.

—Bueno, al menos Gabriel la pasó —se interrumpió a sí mismo.

—…que se joda Gabriel.

2 Comments

  1. ¡Es genial! Había escuchado muchas versiones de la historia pero esta es brillante.
    Soy Gabriel 🙋🏼‍♂️ confirmo que la pasé bien… o por lo menos mejor que Milton

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