Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Un hombre de oficina derrotado por la cotidianidad, mira su primer encuentro sexual desde un elevador.

La sensación de vivir en un cubo, para luego trasladarse a otro más grande en forma de oficina, ascender treinta y cinco pisos y de nuevo meterse a su cubículo de tres por dos, durante más de ocho horas al día, le parecía al licenciado Ángel una buena forma de vivir. Transitaba la geometría de sus días lineales y cuadrados con la velocidad de alguien que rígidamente respetaba los límites de velocidad, después de haberse accidentado con los dramas de un mal matrimonio y luego, casi quedar parapléjico emocionalmente cuando se dio de frente contra un divorcio grotesco. Fue el mismo año del último gran sismo en Ciudad de México, hace casi nueve años, y reconstruir su cuarteada vida, le costó centenas de terapias. Tenía un sueldo muy bien organizado para pagar las cuotas del automóvil, compras en línea a plazos sin intereses y Netflix, gracias a la seguridad de un puesto de nivel mediano, sin demasiado horizonte, pero lo bastante también como para proveer la manutención de su hijo hasta que cumpliera la mayoría de edad. Sólo necesitaba cinco años más de estabilidad. Esa era la súplica silenciosa que lanzaba hacia la nada, esperando que lo escuchara sobre su futuro laboral. Un hombre que se había auto-condenado a conducir en línea recta, sobre un asfalto impecable, con celeridad políticamente correcta, hacia un barranco y durante un día soleado. A sus cincuenta y medios, quería estar bendecido por la previsibilidad y ya. Pero un martes al cuarto para las ocho de la mañana, se subió al ascensor como todos los martes desde hacía más años de los que quería contar de estar trabajando en la misma empresa y distinguió un aroma fino amalgamado con el desodorante barato del elevador. Aquel perfume desfachatado asaltó sus fosas nasales y aceleró su flujo sanguíneo. Se despertó una memoria inerte que había estado deambulando en su espacio interior; un fragmento de su adolescencia que orbitaba solitario en la oscuridad y del cual ya había perdido su rastro por estar en la inercia cotidiana. ¿Era posible? Le había dicho que estaba estudiando administración de empresas cuando la conoció y en el último piso había una transnacional que recién se había mudado ¿Era su olor?, ¿era ella? Desvaríos. Fantasías. No. Una curva inesperada, era lo último que quería y, sin embargo, un deseo que despertaba grosero sin pedirle permiso. Un vaho saboteador de su orden y que había inhalado por primera vez en la piel sudada de Amanda. Amada Amanda, Amanda Amada. Un juego de palabras que lo regresó a los quince años y lo puso en una esquina de Insurgentes y Nuevo León. Los noventa. Qué bonito se sentía no saber nada de la vida y, de repente, verse envuelto en ella con las sábanas endurecidas por el almidón de un motel barato. El Motel Oslo. La palabra Oslo en neones rojos candentes, la burla del dueño a una ciudad con un invierno que duraba cinco meses y que la gente se cagaba de frío todo el tiempo, le había contado Amanda. «Eso de que el sol brilla para todos, les debe parecer una mamada a los noruegos» le remató diciendo mientras se acercaban a la entrada. Tenía veintitrés y le quedaba un semestre para acabar la licenciatura. Decía que quería ser alguien importante de una empresa gabacha. Lo suyo era pragmatismo puro: un semestre más de aguantar hombres arrastrando tristezas, quejas, dobles vidas, lloraderas, complejos, con todo y sus panzas y listo: a lo que sigue, a su nueva vida de ejecutiva. Pero el pequeño Ángel era virgen. Su primero. Desde que le preguntó desde la ventana del coche cuánto, queriendo hacer su voz más gruesa, Amanda sintió un espasmo de nervios. La punzada eléctrica de adolescente que empezó a sentir en el vientre, fue interrumpida por la voz del papá borracho de Ángel que se asomaba desde el volante: «te vas a llevar más de lo que cobras en una noche, pero que salga bien machito… bizco, pero bien curtidito», le insistió mientras soltaba una risotada y le daba un manotazo bruto en el hombro a su hijo. 

El pequeño Ángel se bajó del coche apenado, queriendo disculparse por la patanería de su papá. Su caballerosidad torpe le regresó la sonrisa púber a Amanda. No le dijo que se llamaba Zuzy. Ambas con zeta. Ni Yessika, con y griega y ka, como le gustaba bautizarse a sí misma con sus clientes, dependiendo el humor en el que estaba. Si más eléctrica o más cabrona. Se le salió cabalgando del pecho su verdadero nombre y antes de que pudiera meterlo de nuevo al corral, ya lo había escuchado el pequeño Ángel. “Qué bonito nombre”, le dijo tratando de parecer seguro y con más edad de la que tenía mientras le ofrecía su antebrazo para caminar hacia el Oslo. Ningún hombre le había ofrecido aquella parte de su cuerpo antes y hasta que el niño que lo hizo, se le hacían cosas de películas viejas. Se vio a sí misma aseándose en el baño y quitándose el maquillaje con una prisa nerviosa, junto con los olores de la calle nocturna y se descubrió en el espejo con una cara que no veía hace mucho. «De que te ríes, sonsa» le dijo a su reflejo antes de rociar un poco el cuello, las muñecas y el pecho de su Black Opium; su perfume fino que guardaba solo para ella. Opio Negro sobre piel morena, casi una redundancia fulminante que marcaría al pequeño Ángel de por vida. 

Lo que siguió fue una serie de instantáneas y secuencias de imágenes en cámara lenta que se seducían unas a la otras, mientras se encimaban, se batían, se llenaban de saliva, sudor y vapores de dos cuerpos conociéndose y se iban coleccionando desordenadamente en la memoria del pequeño Ángel. Era una sesión de piel sobre piel que Amanda, con el instinto de una tigresa en celo, iba dirigiendo y digiriendo. Ángel estaba tratando de entender si su sexo le dolía o lo disfrutaba, cuando su erección colapsó en segundos ante el primer embiste de Amanda. Un disparo precoz que lo cubrió de vergüenza. «Ahora sí, ya podemos empezar», le dijo Amanda mordiéndose el labio inferior con un gesto pecaminoso. Lo amó en olas furiosas llenas de fluidos, gemidos y poros encrespados. A veces, justo cuando sentía que llegaba a su clímax, se detenía en vaivenes hipnóticos. El pequeño Ángel se sentía más pequeño siendo devorado por la energía descomunal en la que Amanda había mutado: Opio Negro devorándose al niño blanquito que había sido hasta ese momento. Mientras, el señor cincuentón en el que se había convertido y que ahora se encontraba dentro del ascensor subiendo hacia su oficina, miraba con morbo y admiración a través de una mirilla en su memoria, aquel encuentro de cuerpos con sonidos animales. Faltarían muchos años para que el adolescente vigoroso que una vez fue, terminara como el adulto de hombros derrotados dentro un cubo metálico, espiando pervertido sus propios recuerdos. El desodorante barato de elevador, igual al del Motel Oslo, mezclado con el Opio Negro de una mujer que podía ser Amanda, lo hizo llegar con una mancha en el pantalón al piso treinta y cinco. Al salir del ascensor, miró hacia atrás: el pequeño Ángel le sonreía desde adentro desparramado y despatarrado sobre en una cama desordenada, con una mueca satisfecha y pupilas plenas. Dudó si volver a entrar al cubo y subir a buscarla. Tal vez se anclaría en las recepciones suplicando reconocerla. Sería perseverante y solo eran diez pisos más hacia arriba. Estaba calculando su fantasía y sentía que recuperaba algunas migajas de su fervor adolescente, cuando la joven Amanda se acercó con su desnudez y su sexo sediento y todavía mojado, al botón para cerrar las puertas y lo presionó. Mientras estas se cerraban completamente, ella le sonrió mirándolo como se observa al futuro fantasma de alguien sin reconocerlo. 

Lo último que alcanzó a ver, fue a ella abalanzándose sobre él, para engullir lo que quedaba de aquella noche.

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