Notas sobre el escritor y el escribano

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Lo que más recuerdo de mi antigua facultad es una estatua oculta entre la maleza de los jardines, distinta de todas las demás ya que es la única que muestra una figura sin rostro. La vi por primera vez cuando estuve haciendo mi trabajo de grado acerca de las notas que escribió Thomas Myers-Smith en su traducción al inglés del Decamerón de Bocaccio, famosa entre los filólogos por contener una de las descripciones más detalladas acerca de la peste que asoló Florencia en 1348 y que sirve de telón de fondo para el libro. Me interesaba mucho aquel tema porque en mis estudios había conseguido varias obras que utilizaban enfermedades como base argumental, y estaba seguro de que podía encontrar algo que pudiese usar para mi tesis. Digo todo esto porque esa estatua que comenté en la primera línea de este relato tenía un título en su pedestal: La plaga.

Y eso es lo que quiero dejar claro por encima de todo, que esta en realidad no es una historia sobre pandemias sino sobre casualidades, sobre paralelismos, sobre líneas invisibles que trazan un camino común entre dos realidades: la que vivimos y la que imaginamos. Es por eso que lo que más llamó mi atención durante mis estudios fueron dos hechos distanciados en el tiempo y el espacio pero que perfectamente podrían haber sido gemelos. Por un lado, la anécdota de niñez del escritor navarro Iñaki Armañanzas vivida durante el asedio de la gripe española a principios del siglo XX. Por el otro, la historia de Ahmes el escribano del faraón, protagonista de una antigua leyenda hebrea de finales del siglo III a.C. La historia de ambos está llena de imprecisiones, conjeturas, aspectos por pulir todavía, pero sin duda prometen algo mucho más extenso. Dejo aquí estas notas febriles como testimonio futuro, en espera de que la inspiración o el ocio me permitan un trabajo más elaborado.

Iñaki Armañanzas nace en el casco viejo de Pamplona en 1906, y pasará allí toda su vida, una vida larga en la que publicará decenas de novelas, cuentos y artículos. Lo que se sabe de su infancia nos llega a través del que todavía es considerado su mejor libro, una novela en gran medida autobiográfica titulada El año de la peste y que cuenta las experiencias vividas por su protagonista y alter ego durante la epidemia de la llamada gripe española, en 1918. La novela contiene pasajes en los que el autor combina con maestría una secuencia de los sanfermines con un gran número de funerales que van surgiendo en una ciudad que se entrega a los excesos aún en medio de la devastación. Una tesis de grado del crítico español Fernando Soto ve en esta novela en particular los indicios de un relato fantástico, basándose sin duda en la comparación que el protagonista hace entre los sacerdotes que ofician los actos funerarios y ángeles oscuros que descienden sobre la ciudad en medio del bullicio de la fiesta, mezclado con los lamentos de los moribundos.

Un sentimiento similar es el que impregna las escasas líneas de la leyenda de Ahmes el Escribano, la cual parece haber sido utilizada como fábula moralista por parte de la comunidad judía sefardí. El manuscrito del cual proviene la versión que consulté forma parte de una edición apócrifa de la obra La escalera a la anṿeźadura, aunque el original parece ser muy anterior. En esta leyenda se cuenta la historia de un escribano llamado Ahmes que busca desesperadamente a su hermano, huido de su casa tras una severa discusión con el padre de ambos, durante la época de las diez plagas de Egipto. Lo que sorprende de esta leyenda es que el manuscrito está narrado en primera persona desde el punto de vista del escribano y ofrece por lo tanto una versión si se quiere terrorífica del dios de Israel y la figura de Moisés, representado aquí bajo la forma de un profeta oscuro que llega a la ciudad para someterla bajo la maldición de una serie de desgracias que ya conocemos de sobra.

Es muy probable que Iñaki Armañanzas haya conocido dicha leyenda, ya que era un hombre culto con un gran interés en los asuntos cabalísticos y las religiones de Oriente Medio en general. Durante mi investigación encontré paralelismos evidentes y algunas metáforas que se repetían en ambas obras, aunque el autor pamplonés nunca llega a nombrar el texto de forma explícita. Sí utiliza, sin embargo, la figura de Ahmes como un reflejo de su alter ego, copiando la misma mirada ingenua ante la vida y la misma fascinación mórbida por los misterios ocultos del más allá. En la novela, esta fascinación se enfoca en obsesión del joven protagonista (él mismo, no lo olvidemos) por las figuras encapuchadas de los sepultureros que empujan el carro poblado de cadáveres por las calles de una Pamplona que no renuncia a la fiesta ni siquiera en las garras de la muerte. En la leyenda del escribano, Ahmes se pasea también por las calles de una ciudad asolada por la pestilencia, y aunque en este caso la obra relata cómo todos los ciudadanos egipcios permanecían encerrados en su casa desconfiando del vecino y ahuyentando a gritos a todos aquellos que se acercaban a su puerta, la narración también se encarga de describir con detalle la llegada de Moisés, a quien nunca se le menciona por su nombre pero a quien se describe como un profeta oscuro de cara pálida y profundas ojeras, que apoyado en su bastón trae consigo la ira de un dios vengativo y autoritario.

Mi interés por estos paralelismos me hace fijarme en la forma en que ambas obras mezclan sus personajes con la descripción de la pandemia, y aunque en un principio parecen estilos opuestos, ambos textos guardan en el fondo una terrible similitud: la testarudez de una población que insistía en continuar con sus vidas aún mientras su ciudad poco a poco se desgastaba. En la leyenda de Ahmes dicha negativa provenía del poder del faraón quien se negaba a aceptar las exigencias de los esclavos hebreos, mientras que en la novela de Armañanzas se trata de la fuerza telúrica de la fiesta. Un pasaje de este libro describe de forma terrible como un coro de danzantes vestidos con el traje típico de los sanfermines rodea la carreta de cadáveres tomándose de las manos, mientras una mujer con los ojos inyectados en sangre y riendo como una niña intenta besar el rostro de uno de los sepultureros, quien la empuja haciéndola caer sobre el empedrado. La mujer rompe a llorar, sin poder levantarse. En la leyenda de Ahmes hay un pasaje en el cual el protagonista, que busca a su hermano menor en el barrio de los ricos donde ha desaparecido, encuentra una puerta abierta desde donde una voz seductora lo llama en medio de la oscuridad. Al asomarse, encuentra una lujosa mansión saqueada donde los sirvientes han huido llevándose lo que han podido cargar, y de repente un brazo de su mujer surge de entre las sombras llamándolo y prometiéndole todos los placeres de la carne. Ahmes retrocede lleno de espanto al ver que aquel brazo (la única parte visible de la mujer que lo llama) está cubierto de pústulas.

Es sin embargo en su parte final donde los dos textos cobran mayor parecido y se enlazan en una misma metáfora; en la novela de Armañanzas el desenlace ocurre cuando el niño protagonista descubre que aquel sepulturero de la capucha y la máscara negra que empujaba la carreta con los cadáveres era su padre, que había dejado la casa en mitad de la noche y a quien buscaba por la ciudad. En la leyenda hebrea, el clímax de la historia tiene lugar durante la noche en la que se desata la última plaga, aquella de la muerte del primogénito. El texto termina con el enfrentamiento de Ahmes con el Ángel de la Muerte, una figura alta vestida de negro y que porta una máscara. Sabiendo que está a punto de morir, el joven escribano cierra los ojos esperando el fin, pero la criatura pasa de largo dejando atrás el hedor y el frío de los muertos. Ahmes encuentra luego el cadáver de su hermano menor, y descubre así el motivo de la huida de este y la pelea con sus padres: Ahmes es hijo de una infidelidad, una indiscreción que siempre se había mantenido en secreto, y no es él el primogénito de su padre sino ese hermano que ahora yace muerto frente a él.

La coincidencia entre ambas obras, en las que una pandemia se apodera de una ciudad y termina revelando al protagonista la verdad sobre alguien que ama, era demasiado grande para ser casualidad. Fue eso, así como el estilo macabro de sus descripciones lo que me llevó a pensar en un principio que todo se trataba de un engaño y que Armañanzas era el autor tanto de la novela como de la leyenda, aunque todos me han asegurado que no es así e incluso han citado referencias anteriores a la publicación de la novela o incluso el nacimiento del propio autor. Ahora he llegado a una conclusión aún más terrible, aún más desesperanzadora, y es que de alguna forma esa historia de horror y de descubrimiento de alguna forma ha saltado de la ficción a la realidad, de las riberas de Egipto a las calles empedradas de una ciudad española, de las páginas de un volumen místico a la pluma de un escritor ermitaño. Y si la historia consiguió repetirse una vez quizás lo haga de nuevo. Digo esto porque yo también he sido presa de esas casualidades, de la figura de una estatua sin rostro, de las noticias de una enfermedad que cae sobre la ciudad en la que vivo, y de la seguridad absoluta de que también yo tendré que salir a buscar en medio de ella la misma revelación que me está esperando.

5 Comments

  1. Ricardo, gracias por tan increíble cuento. Me ha fascinado de principio a fin. Al principio me atrapó el carácter casi didáctico de la narración y me sorprendiste con ese final lleno de fantasía y horror con el que siempre te identifico. Ahora quiero leer más!

  2. Ricardo, tu relato en primera persona me transmitió una sensación atemporal, como si fuese un cuento que pudo haber estado escrito desde hace muchos años. Décadas incluso. Intuyo que tiene que ver con el ritmo con que presentas la información: hay suficiente «horror» para complacer a un fan del género, pero todo en su debido momento. En otras palabras, creo que el éxito de «Notas sobre el escritor y el escribano» se debe a que lo escabroso está al servicio de un relato más profundo y universal, que (para mí) fue la búsqueda del sentido de la vida. Tu cuento es un ejemplo de cómo emplear recursos horroríficos al servicio de una historia libre de efectismos. Si hay truco, no le ví yo ni una puntada.

    Me impresionó la precisión del tono aplicado en una narración que, estando repleta de imágenes de pesadilla, no se siente sórdida sino elegante. Hay un gran halo de misterio desde la primera a la última línea. Antes de escribirte esto, lo leí al menos 3 veces. La primera solo quería llegar al desenlace. Así me atrapó la curiosidad. Las otras dos fui más pausado, apreciando frases como «la fuerza telúrica de la fiesta» (en serio: ¿¡de dónde sacas esta genialidad!?); y, especialmente, la arquitectura del relato: la ficción dentro de la ficción, que, confieso, pasó desapercibida en mi primera lectura. Pero eso es un gran plus. Si no fuera por Google, juraría que Iñaki Armañanzas existió y que escribió El año de la peste.

    Además de la referencia de William Blake en la imagen que elegiste para acompañar al cuento, sentí que el trabajo bien podría reposar tan tranquilo en una misma repisa junto a Milton, Bram Stoker y H.G. Wells. Cierro así: quedé maravillado.

  3. ¡Ya va! ¿Cómo que Armañanzas no existe? ¿Qué locura es ésta? Si no hubiera sido por el comentario de Carlos, jamás lo hubiera imaginado. Me hace acordar a una novela, La otra isla, donde el autor se refiere varias veces a un poeta ruso y, cuando hice la búsqueda, tampoco lo encontré. Increíble. Me encantaría escuchar cómo llegaste a esta idea, Ricardo. De verdad está muy bueno. Y no digo mucho más, porque creo que Caque y Carlos resumen bien lo estupendo de tu relato.

  4. Lo más difícil que enfrenté al leer este cuento, fue resistir la tentación de googlear “Iñaki Armañanzas” y “la leyenda de Ahmes el Escribano”. Decidí no hacerlo y disfrutar la ficción tejida a punta de pistas que terminan por revelar la erudita imaginación de Ricardo. Una imaginación avocada, no solo a la tarea de construir, de manera verosímil, dos personajes históricos, sino de elaborar un desenlace digno de novela negra.

    Lo diré (no sin temor): Notas sobre el escritor y el escribano, me recordó Ficciones de Borges. ¡Llévatelo!

  5. Ricardo, nos has regalado un relato críptico y sórdido que mezcla la realidad con la ficción, engañándonos de una manera deliciosa. La manera tan verosímil como «documentas» este análisis filológico surgido de tu imaginación, me hizo morder el anzuelo por completo cuando lo leí por primera vez al poco tiempo que lo publicaste. Celebré un paralelismo tan afortunado y escalofriante en la historia de la literatura. Debo decir que ahora al leerlo de nuevo un tiempo después, los comentarios de mis compañeros de Banda han roto la ilusión de la existencia de Iñaki, haciendo que la narrativa adquiera una dimensión aún más interesante y profunda, así como el mérito de haberlo articulado meticulosamente sea aun mayor. Disfruté mucho como cerraste incluyéndote en esa red de paralelismos que rayan en lo mítico. Y sí, coincido en que Borges habría sonreído al leerlo.

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