Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Sabiendo que corre el peligro de convertirse en bruja, una niña se atreve a desafiar las reglas de su estricta familia.

Las decoraciones de Halloween de mi vecina eran siempre las más impresionantes: tenía dragones voladores en el porche, esqueletos que salían de sarcófagos y volvían a entrar, brujas que parecían reales y que se escondían detrás de los arbustos. Enormes gatos negros y peludos, en posición de ataque, acechaban cerca de la puerta de entrada. Luces de colores iluminaban las paredes del exterior y música macabra sonaba suavemente por altoparlantes.

Todos los niños del barrio nos asegurábamos de pasar cada año frente a la casa de mi vecina. Ella nos miraba desde su mecedora en el porche, con un bol repleto de golosinas en su regazo. Pero nosotros no teníamos permiso de acercarnos y mucho menos de aceptar algo que sus manos hubieran tocado. Nos agolpábamos todos en la acera de enfrente, en un silencio lleno de miedo y admiración. La manita de Sebastián se ponía fría cuando estábamos frente a la casa de la vecina. Yo también me ponía muy nerviosa, pero como hermana mayor me obligaba a disimular mi miedo.

La bruja de al lado, como la llamaba mamá, era una anciana de larga cabellera blanca y espalda encorvada. Vestía de morado, aunque no fuera Halloween. Tenía una pierna más larga que la otra y uno de sus zapatos tenía una suela enorme, como si alguien hubiese pegado un ladrillo negro a su bota derecha. Caminaba muy lentamente, con la ayuda de un bastón lleno de cristales de varios colores y siempre, siempre, llevaba el pelo suelto.

Mamá nunca pasaba frente a su casa, se cambiaba a la otra acera. Apretaba su medallita de la Virgen de la Milagrosa cada vez que la vecina estaba cerca. La bruja de al lado era la única mujer de la cuadra que no iba a misa los domingos. La única que no tenía hijos en el colegio. Tampoco nietos. Era una mujer sola, y mamá le tenía miedo a las mujeres solas. Mamá decía que la vecina estaba asociada con el demonio.

Aquella noche de Halloween, mamá cerraba los botones de mi vestido de princesa cuando vi a la bruja de al lado asomarse por su ventana. La ventana de mi cuarto daba a una de las de su casa. La anciana me sonrió, pero yo miré rápidamente en otra dirección. Ella cerró su cortina. Mamá no se enteró de nada, pero a mí se me heló el corazón. La bruja de al lado me daba miedo. Cada vez que me portaba mal, mamá decía que iba a terminar como la bruja de al lado. Si no me comía mis vegetales, se me iba a poner el pelo blanco como la bruja de al lado. Si miraba mucha televisión, se me iba a encoger una pierna como a la bruja de al lado. Si bostezaba durante la misa, me vendría a visitar el demonio, como a la bruja de al lado. 

Apenas comenzó a ponerse el sol, salimos Sebastián y yo a recoger golosinas. Era la primera vez que nos dejaban ir solos, aunque yo sabía que mamá nos seguía de lejos. Yo aún estaba asustada después del encuentro en la ventana. Tenía miedo de que la bruja me echara una maldición por no haberle devuelto la sonrisa. A pesar de mi miedo, me mostré muy segura y nunca le solté la manita a Sebastián, especialmente cuando se le puso helada. Paramos en todas las casas del barrio a recoger caramelos, menos en la casa de la bruja de al lado.

Apenas regresamos, después de la cosecha de dulces, intercambié todos mis mini Milky Way por los mini Twix de Sebastián. Nunca me gustaron los Milky Way. «Si comes más de tres chocolates en una sentada, te vas a poner fea y te vas a quedar sola, como la bruja de al lado», me dijo mamá esa noche. A Sebastián no le dijo nada. Él se comió cinco Milky Ways y mamá no-le-dijo-nada. ¿Por qué a Sebastián mamá nunca le decía nada? ¿Por qué, a sus ojos, Sebastián no corría el riesgo de convertirse en la bruja de al lado?

Aquella Noche de Brujas, por primera vez en mi vida, no seguí las estrictas reglas de mamá. Acababa de cumplir 8 años, «ya tenía la edad de la razón». Ya era hora de empezar a tomar decisiones por mí misma. Apenas se fueron todos a la cama, me encerré en mi cuarto y me quité el estúpido disfraz de princesa que mamá me había obligado a llevar, a pesar de mis protestas. Me puse mis medias negras de la clase de jazz, una franela negra que le había robado a papá y finalmente me convertí en Ninja Asesina.

Salté del clóset a la cama. Con una voltereta rápida desparramé todos los chocolates por el piso y en un salto acrobático que me llevó del suelo al escritorio y de allí a la ventana, tomé cinco Twix en mi pequeño puño. Abrí la ventana y me senté en el marco, con las piernas hacia afuera, como mamá me prohibía que hiciera. La luna estaba llena. Algunos murciélagos revoloteaban en un árbol cercano. La cortina de la vecina seguía cerrada. Me comí cuatro Twix uno a uno, muy lentamente, cerrando los ojos y dejando que la galleta se deshiciera en mi boca, sin morderla.

Cuando estaba terminando el cuarto Twix, escuché cómo la bruja descorrió su cortina y abrí los ojos. Me sobresalté del susto. Pero entonces recordé que, a diferencia de las princesas, las Ninjas Asesinas no le tenemos miedo a nada. La bruja de al lado me sonrió y me saludó con su mano huesuda. La saludé de vuelta y le lancé el quinto Twix, que ella atrapó en el acto. Se lo comió con el mismo gusto con el que yo me había comido los cuatro anteriores.

Mamá tuvo razón: acabé convertida en bruja. Han pasado setenta años desde aquel Halloween. Y hoy, la bruja de la casa de al lado, soy yo. Me divierte ver cómo las vecinas limpian el aire frente a sus rostros y ponen expresión de asco cuando sienten el olor a marihuana que a veces sale de mi casa. Trato de reprimir las carcajadas cuando pongo mis discos de Black Sabbath y ellas cierran sus ventanas y me miran con reprobación. Pongo cara de loca y las miro con los ojos bien abiertos cuando se aferran a sus crucifijos al cruzarme por la calle. Lo único que me entristece es ver cómo prohíben a sus hijos tocar la puerta de mi casa.

Esta noche de Halloween, la luna también está llena. Ya los niños del barrio regresaron a sus casas y yo me quedé, una vez más, con un bol lleno de golosinas que nadie reclamó. Mientras escribo este relato y me como el quinto, ¿sexto? mini Twix de la noche, noto cómo el hijo pequeño de mi vecina cierra su cuarto con llave y pega el oído a la puerta, asegurándose de que todos estén dormidos. Sin darse cuenta de que yo lo puedo ver a través de mi ventana, se quita su disfraz de policía y se pone una camisa de seda violeta, que le habrá robado a su madre. Con un bate de béisbol haciendo las veces de micrófono, improvisa pasos glamorosos de baile mientras canta sin emitir sonido. La pequeña estrella de rock abre su ventana de par en par y saluda a una multitud imaginaria. Entonces, me ve. Yo le sonrío, tomo uno de los mini Twix que tengo en mi escritorio, y se lo lanzo. Después del susto inicial, el niño lo recoge del piso y lo saborea tímidamente. Me saluda con la mano y me lanza uno de sus Milky Way. No puedo evitar sonreír aliviada al constatar que cada barrio, por muy conservador que sea, siempre esconde a más de una bruja. Y, entre nosotras, nos entendemos.

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