Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Una herencia, un duelo y una casa que comienza a brillar por dentro. 

«El mejor camino para salir es siempre a través».
Robert Frost

Acompañé a mi madre a morir. Y heredé su casa.

Una casa llena de arte, de libros, de recuerdos… y de una ausencia abrumadora, ahora permanente. Una nada que puede ocuparlo todo.

Con aceptación radical, sin siquiera contemplar una opción distinta, viajé para hacerme cargo de un espacio habitado que había perdido a su huésped; una manera expedita de atravesar el duelo.

Llegué, miré el jardín con plantas mustias que antes habían manchado de verde la fachada, y enseguida eché en falta el rojo y amarillo de las flores de capacho, que cuidamos con tanto amor, porque sus semillas habían sido un regalo de una amiga de mi madre que fue asesinada.

Abrí la reja y, con dificultad, destrabé la puerta del porche, atascada por tantos meses sin movimiento. Recorrí en panorámica la sala de la que fue mi casa durante la adolescencia. Un lugar lleno y vacío, con el silencio y la paz de los muertos.

Me propuse la tarea de desmantelar un lugar que no era mío, aunque yo era la nueva dueña, y había que ser pragmático porque el plan incluía vender la propiedad. Sin embargo, lo que hice fue adentrarme en una intimidad ajena, labor para la que, si uno lo piensa bien, no tenía consentimiento, aunque el destino se encargara de asignármela, para así mudar algunas cosas a mi casa; regalar, vender, tirar, otras.

Lo primero que hice fue revisar papeles, montones, documentos legales que a medida que hurgaba se iban sustituyendo por cartas guardadas como tesoros confesionales, pruebas de una vida hasta entonces oculta para mí. Me emocioné, lloré, comprendí. Y lloré más.

Luego vinieron las fotos, de la familia, de mi mamá joven, universitaria llena de vida, de ilusiones, con amigos, valiente. Sus imágenes panzona, poco antes de parirme, su cara de alegría mirándome en sus brazos. Y allí estaba yo sonriente, porque la muerte te empuja a amar la vida, a buscar todo lo que late para no darle espacio al hueco.

Pero allí estaba, un hueco ancho y alto como una catedral. Mi madre murió a pocos días de mi cumpleaños número 41. A esa edad, mi cordón umbilical había sido cortado de nuevo. Ahora mi relación con el mundo y los seres que lo habitan depende de mí, la dosis de amor incondicional, mis vínculos atados al parentesco con ella, ahora están sujetos a mis acciones. Menuda tarea nutrirte sola, menudo desamparo la orfandad.

Y mientras embalaba, rompía o descartaba, mi mente y mi cuerpo dolientes hacían consciencia del inmensurable valor de una morada, el significado del nido, el cobijo, las memorias que revolotean como mariposas en los rincones de la casa materna. El útero en el que te has formado para salir al mundo. Lo que se iba disolviendo sin aparente consuelo.

La muerte tan natural y simple, y a la vez tan dramática y escandalosa. Esperada y hasta invocada ante el avance de una metástasis en órganos blandos que prometía ser muy dolorosa. Y te pone allí, frente a un acontecimiento irreversible, sin vuelta en U, sin posibilidad alterna, tan sin remedio.

Deshabitando lo ajeno logré intimar conmigo y despojarme de algunos pesos que comenzaron a resultar innecesarios. Me vi por dentro, oscura, huérfana, pero logré encender algunas luces, aligerar el equipaje, hacer mudanzas, adentro y afuera.

Ahora soy menos extranjera en mí. No importa a donde vaya, mi madre, mi casa, están conmigo, no a cuestas como un caracol, sino adentro, como la luz de una una luciérnaga, como un fulgor que va y viene, que se enciende y mengua, que en ocasiones vacila y promete extinguirse, y por alguna razón siempre vuelve a brillar.

Dos años después, el día de mi cumpleaños, cerré la venta de la casa con una familia que construirá allí sus propios recuerdos, que vivirá entre sus paredes angustias y alegrías que dejarán nuevas huellas.

Yo sigo titilando, moviéndome y presenciando cómo, poco a poco, mi alma regresa de su exilio.

2 Comments

  1. La belleza de la melancolía está reflejada como una cálida vela, que alumbra y guía a través de tu viaje interior. Gracias por este regalo.

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