Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así. 

Cuando dije que no, la música celestial se detuvo de pronto y como que el ángel Gabriel no supo bien qué hacer ni qué decir: siento que traía muy bien ensayado su guion para otra respuesta. Lo invité a pasar a la sala, quitarse las sandalias y tomar algo de vino. Me recordó que él y todos los que lo acompañaban son seres etéreos y me alegré de que eso significara más vino para mí. También me disculpé con toda la corte celestial porque en mi casa solo cabemos sentados cuatro y les tocó hacer chinchampú

El arcángel me explicó que habría de encarnarse el Verbo, nacer el Hijo de Dios hecho hombre y que me habían elegido a mí para llevarlo en mi vientre. Yo le dije que eso de la maternidad subrogada y el alquiler de úteros, además de ser sumamente problemático, no estaba regulado en casi ningún país, y además, a Dios como padre soltero le iba a costar muchísimo más trabajo. 

Gabriel entonces me detuvo para decirme que sería yo quien debía criar al niño. Y que mi vientre no estaría siendo “rentado” ya que no hay mayor recompensa que ser la Virgen y Madre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Escupí el vino y el trozo de matzah que estaba masticando. “No, no, no, no, no, a ver… Yo no he conocido varón.” Gabriel, con infinita paciencia, abrió la boca y las manos para darme la noticia cuando lo interrumpí con lo que ahora creo que llaman blasfemia “…ahora que si el varón que he de conocer para que este niño nazca es Dios… bueno, pues… podemos negociar.”

Gabriel me contó que sería yo siempre virgen, virgen pura, virgen casta, casa de oro, trono de sabiduría, arca de la alianza, refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos. Yo dejé de escuchar después del primer “virgen”. Decidí indagar más solo por no dejar cabos sueltos, aunque ya se notaba en el rostro del Arcángel que estaba pensando en un plan B. 

“Y este niño, ¿sabrá quién es?”
“Lo sabrá.”
“¿Desde siempre o hay que avisarle a alguna edad?”
“Desde que tenga conciencia”, contestó Gabriel, deseando ahora que yo me negara al divino encargo. 

Exhalé. Me paré de la silla y empujé hacia afuera a dos molestos serafines a quienes que apenas les había tocado el turno para sentarse. Me dirigí al arcángel mensajero una última vez. 

“Perder estas caderas, no recibir un quinto, jamás conocer varón y criar a un adolescente que cada vez que lo regañe me suelta un «¿qué no sabes quién es mi papá?» se me hace que no, pero gracias por pensar en mi para el trabajo.”

Al cerrar la puerta, escuché a Gabriel decir que la siguiente casa a visitar era la de una tal María. 

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