Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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A palabras necias, oídos sordos …y don Justino lo sabe.

—Creo que no hay de otra, don Justino. Tiene que ir conmigo a la clínica.

—¿Cómo que a la clínica? ¡Nambre, de aquí no me muevo! —le contestó con tono adolorido—. Por eso lo mandé a traer, para no andar paseándome como quinceañera consentida.

—Pero, don Justino, allá tengo todo lo necesario.

—A mí no me venga con esas chingaderas, Doc, esto se resuelve ahoritita. No voy a bajar al pueblo.

—Es que va a ser muy difícil. Le tengo que poner anestesia y necesito algunos instrumentos específicos.

—No me voy a esperar unas horas más con el pinchi dolor, así que hágalo de una vez. A ver, vieja —Volteó a ver a su esposa que estaba a lado del doctor—, traime el mezcal y las pinzas; pídeselas al Seferino, está atrás del establo —y después murmuró—; cómo chingaos no se va a poder ahorita; ni que fuera cosa del otro mundo.

—Pero, don Justino, ¿y si se le infecta?

—Pues usté sabrá qué hacer después, ¿qué no? ¡Vieja! —gritó con fuerza—. ¡Ahorita pones las pinzas en el fogón y caliéntalas hasta que se pongan rojas, rojas!

—¡Ay, don Justino! No creo que sea la mejor opción… mire, ¿qué le parece si…?

—¿Cómo que no va a ser la mejor opción? Ya déjese de pretextos pendejos.

—Por favor, vamos a la clínica y allá lo resolvemos.

—¡Ya le dije que no voy a ir a jugar al pacientito con usté! ¡Esto urge! —le respondió adolorido—. ¡Ay, cómo me duele esta madre! Dígame, Doc, ¿qué quiere que le traigamos?

—No se trata de eso, es que usted es muy voluntarioso.

—Y usté como que opina mucho —rezongó—. Ándele, menos blablabá y más acción.

—Ni hablar. No lo haré cambiar de parecer —dijo el doctor con aliento resignado y dirigiéndose a doña Clarita que ya había regresado con las pinzas calientes—. Necesito agua hervida con sal y una toalla limpia. Si tiene algodón, ¿me puede traer bastante? También necesito una bolsa con hielos. ¡Ah!, y agua con jabón para lavarme las manos, por favor, Doña.

—Ah, qué mi Doc, cómo le gusta que le rueguen, chingao —le dijo casi riendo don Justino después de esperar a que su esposa trajera todo lo que había solicitado el doctor—. A ver, ¿ya está listo?

—Mejor dicho, ¿usted ya está listo? —dijo mientras se lavaba las manos.

—Qué preguntas hace. ¡Claro que lo estoy! Nada más le doy un sorbito a mi mezcalito —Y se empinó la botella para darle un buen trago—. Listo ¡Jálele sin miedo! Que el miedo es para los coyones.

—Es que es la primera vez que…

—¡Jálele, chingao! Ya le dije que habla mucho.

—Bueno aquí vamos, don Justino —dijo casi cerrando los ojos y dirigiendo las pinzas a la muela infectada—. A la cuenta de tres. Uno, dos…

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