Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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En el hotel de las segundas oportunidades, nuestro protagonista tendrá 24 horas para revivir el momento más importante de su vida.

1.

Tú también tamborilearías tus dedos sobre ese folleto si estuvieras esperando turno para hacer check-in en este hotel. Unos, muchos… casi todos sentirían impaciencia por acceder al servicio que revolucionaría la vida de todo el que aquí se hospedara. Pero, llegado el momento de la verdad, algunos pocos, como nuestro protagonista, sentían incomodidad ante el umbral que estaban a punto de cruzar y que implicaba el final absoluto de sus vidas como las conocían.

«Debe ser una simulación», se repitió por enésima vez. «El truco es pensar que nada de esto es real. En 24 horas acabará esta película y estarás de vuelta a la oficina».

Se llamaba Morning Star, pero todo el mundo lo conocía como el hotel de las segundas oportunidades. Y la demanda por conseguir habitaciones era tan brutal que, tras atender peticiones de mandatarios internacionales y celebridades, la gerencia solo admitía reservas mediante un sistema intransferible de lotería.

Así fue como nuestro protagonista llegó al lobby del Morning Star. Volvió a leer el enunciado del folleto: «Está usted a punto de revivir el momento más importante de su vida. ¿Sabe cuál es o prefiere dejarlo en manos de nuestro staff?».

Pero, qué demonios se creía esta gente.

Sacó de su bolsillo una cajita forrada en terciopelo y la abrió para ver el anillo. En minutos se lo volvería a dar a Margarita y de nuevo la haría tan feliz en lo que ya parecía otra vida.

¿Has escuchado a alguien decir que daría lo que fuese por poder pasar un día con una persona que ya no está con nosotros? Nuestro protagonista solo tuvo que firmar la cláusula de confidencialidad del Morning Star y pagar la habitación. Eso, y aceptar que no había vuelta atrás. La letra no tan pequeña de la reserva del hotel advertía que el servicio solo duraba 24 horas. Tendría entonces un día para agasajar y consentir y amar a su difunta esposa, aunque a él le reventara las cicatrices de su corazón. Tras su estadía, solo volvería a verla en fotos.

Una campanita lo sacó de sus pensamientos. Era su turno de hacer check-in. Entregó en el mostrador su cuestionario vacío y tras un sencillo trámite se vio andando hacia los ascensores acompañado por un botones. El chico lo guio en silencio hasta su suite. Solo le dijo que, ante cualquier eventualidad, llamase a recepción presionando el número nueve en el teléfono de la mesita de noche.

Metió la llave en la ranura de seguridad y esta se puso en verde, estremeciéndole más de lo que anticipó. En su mente vio la sonrisa de mil soles de Margarita y sintió que, si abría la boca, se le escaparía el corazón. Aquella lucecita anunciaba la oportunidad de ver de nuevo a su esposa, justo en el día más feliz que compartieron antes de su repentina partida. Inhaló y abrió la puerta.

Dentro, en el medio de la preciosa habitación, vio a un niño coloreando en el suelo.

2.

Nuestro protagonista comprobó el número de su llave con el de la puerta de la suite.

Coincidían.

Entró, pasó al lado del niño y marcó el nueve en el teléfono de la mesita de noche. Tras escuchar su queja, desde recepción le aseguraron que se encontraba en la habitación correcta, que todo funcionaba en orden y que, por favor, se relajara y disfrutara de su estancia.

Colgó el teléfono con violencia y en seguida sacó su móvil para llamar a su abogado. Aquello era una broma del peor de los gustos y estos charlatanes se habían metido con la persona equivocada. Mientras el teléfono repicaba, observó al chico. Al principio, solo se había percatado que era eso, un niño. Un intruso. Pero ahora notaba que el chaval le resultaba íntimamente familiar, por su forma rara de sujetar el lápiz con la izquierda, su lunar en el codo derecho, el remolino de pelo.

Era él mismo.

Caminó hacia el mini bar y cogió una botella sin fijarse cuál. La abrió y sirvió el licor en un vaso.

—¿Sabes dibujar un cohete? —le preguntó el chaval.

Claro que sabía. Es más, era un experto. Habría dibujado ¿qué?, ¿miles de cohetes? Pero este no era el momento. No tenía tiempo, ni ganas. Se bebió de un trago lo que tenía en el vaso y eso lo tranquilizó un poco.

El niño siguió coloreando su cohete.

Saltó el contestador de su abogado y estuvo a punto de dejarle un mensaje cuando recordó a su socio. Apagó el teléfono y se sentó sobre el escritorio de la habitación. Meses atrás, nuestro protagonista había perdido a un cliente importante, y su socio lo citó para controlar los daños que eso suponía para la empresa. Tras unos whiskys, este le insistió que pusiera su vida en orden y visitara el Morning Star, que él tenía contacto con la gerencia y podía conseguirle una reserva. Bueno, más que insistir, fue un ultimátum. O accedía a hospedarse, o presentaba su renuncia. Pero eso no fue lo que nuestro protagonista recapituló, sino la confidencia que su socio le había contado. Sí, en el hotel había vivido el momento más importante de su vida, pero había sido distinto a como él lo había imaginado.

No pudo sacarle más información, por acatamiento a la cláusula de confidencialidad del Morning Star, pero el socio sí le advirtió que le sacara provecho al servicio, mencionándole la letra de la canción esa de Miguel Ríos que «al lugar donde has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar».

—Yo no, pero este chico sí va ir para allá.

Se arremangó los brazos de la camisa y se agachó junto al niño. Cogió un folio de papel y se puso a dibujar el transbordador espacial STS. El chaval se quedó fijo mirándolo.

—Déjame que te cuente algo —le dijo—. Es importante que no lo olvides. En unos años vas a conocer a una persona muy especial que te va a querer mucho. Y tú a ella. Por eso debes cuidarla, no dejar que le pase nada malo.

A nuestro protagonista se le anudó la garganta.

Dejó el dibujo a medio hacer y le preguntó al niño si tenía hambre. Lo llevó al restaurante principal del hotel.

Continuó en su mente. Si ese chaval obedecía su pasión por la pintura, no habría estudiado finanzas, ni abierto la firma y no habría hecho el viaje en el que Margarita tuvo el accidente. Pero, no era tan fácil. Se conocieron en otra gira de trabajo. Si se hubiese dedicado al arte no habría vivido con ella. Él se habría ahorrado el dolor de perderla, sí. Pero, ¿habría sido ella feliz? Eso era lo único que a él le importaba. Vivía con la tranquilidad de saber que los años compartidos habían sido plenos para ambos. Lo malo es que fueron menos de los que él habría querido.

El camarero les trajo una enorme pizza y justo cuando iba a darle el primer bocado, el niño le pidió que le cortara su rebanada. Cierto, así había sido él de pequeño, con esa manía de que le picaran la comida. Nuestro protagonista se levantó de su silla y, tras tajar la pizza en múltiples trocitos para el chaval, le quiso dar un golpecito de afecto sobre la cabeza, pero su mano pasó a través del niño.

Y eso no fue lo más asombroso.

Sus ojos veían a un ser de carne y hueso, aunque su tacto le confirmaba que estaba ante una proyección. O eso creía. Lo más lógico sería pensar que el Morning Star se apoyaba en trucos con hologramas y no en técnicas de clonación. Pero no podía procesar la información contradictoria que le dictaban sus sentidos de vista y tacto, pues el gusto acaparaba su atención.

Así fue. Al posar su mano sobre el niño, sintió su paladar rejuvenecido. Lo que el chico experimentaba, él también lo percibía, amplificado a una intensidad que apenas recordaba. Entonces pidió todos los platos del menú que su médico le había prohibido, en especial de la sección de postres. Cada bocado lo hizo viajar a tiempos más simples.

3.

Nuestro protagonista no se detuvo en el restaurant del hotel. En lo que restaba de tarde se dedicó a agasajar y consentir al chico. Lo apuntó a todas las actividades que le parecieron divertidas. Mientras el niño gozaba en paseos en lancha, videojuegos y shows, nuestro protagonista tuvo una revelación. Ese chaval no viviría más de un día.

Lo llevó a la piscina de toboganes de agua y en el camino le hizo la misma pregunta del folleto del hotel.

—¿El momento más importante de mi vida? —repitió el niño mientras pensaba—. ¡Hoy!… no, bueno, ayer también estuvo genial. Aunque seguro la semana que viene va a estar mejor con la fiesta de inicio de vacaciones. O el cumple de mi vecino.

Para el chico no había un momento más importante en la vida. Unos estaban convertidos en recuerdos. Otros esperando ser vividos en el futuro.

Nuestro protagonista sacó su móvil y lo encendió para ver a Margarita en el fondo de pantalla. Su corazón se arrugó y se hinchó al mismo tiempo. Le mandó un beso hasta las estrellas y se propuso terminar de colorear su transbordador espacial.

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