Antes de este juego lee: 
Misión Jonrón, primera parte
Misión Jonrón, 2° inning

 

La primera noche de Humberto en 1969 fue de espantos y aparecidos. No era la vibra de la casa, ni la oscuridad a luz de velas que propiciaba el renacer de las leyendas llaneras, sino los recuerdos de la política venezolana los que traían de vuelta la culpa, los miedos y las angustias de todo lo que podía salir mal en la misión.

Desde que Laura y José Daniel arribaron a su vida, las noches de sueño corrido se habían convertido en un recuerdo del futuro. A pesar de que habían acondicionado la casa con una planta eléctrica, termo de agua caliente y aires acondicionados del 2020, el catre oxidado rechinaba con cada vuelta que daba, los ronquidos del Gato en el cuarto de al lado los sentía en la pata de su oreja y las sombras que se proyectaban en aquel sucio techo le comían la cabeza con preguntas sin respuesta: ¿quiénes eran ellos para cambiar la historia de manera tan caprichosa y arbitraria? ¿Y si, en lugar de corregirla, la empeoraban? ¿Qué tanta responsabilidad tenía él en el despeñadero que terminó convirtiéndose Venezuela?

Recordó su maldito voto en el circo electoral de las presidenciales del 98. Muchas veces en los últimos 22 años se había justificado reafirmándose que aquel único sufragio poco importaba frente a una avalancha de millones; Se repetía que la popularidad de Chávez era invencible y que las posibilidades de triunfo de las otras opciones eran ridículas ante aquel golpista que se había convertido en vengador popular: una miss que había tenido una gestión aceptable como alcaldesa, pero que también había comercializado su imagen como muñeca para niñas y copiado el lenguaje corporal de Eva Perón; y un exitoso hacendado, Henrique Salas Römer, que representaba a los partidos políticos de siempre, convertido en caricatura a lomos de su potro Frijolito. Ambos le generaban tanto rechazo que sintió justo su voto rebelde por el candidato más nulo, el de la última casilla de aquel gigante y colorido tarjetón electoral, Oswaldo Sujú Raffo, militar del Frente Soberano. Un candidato creado para dividir y quitarle votos a otros. Un cero. Un voto a la basura convertido 22 años después en un remordimiento. De eso estaban hechos sus fantasmas.

Sabiéndose derrotado en su pelea contra el insomnio, salió del cuarto y se fue al solar de la casa. Al menos, los desvelos le darían un asiento privilegiado para ver el espectáculo de los amaneceres llaneros. En México, eran distintos, casi siempre encapotados o con demasiados edificios alrededor para ver el cielo. La inmensidad del paisaje barinense intensificó su lado patriótico. Conectó con su infancia, su escuela, su herencia y con los alaridos de María Teresa Chacín cantando «En este país, mi país, tu país». Aquella tierra hermosa, poblada por gente noble, que madrugaba para trabajar, no merecía el futuro que se le venía encima. Por qué entonces no darle un segundo chance a la historia.

 

***

 

El Gato convenció al papá de Huguito de que, si en verdad quería que su hijo fuera escogido para las grandes ligas, este debía dedicarse a practicar, pensar, comer y respirar béisbol. Con el tiempo en contra, solo tendrían un mes hasta el día de la prueba final. Por ello requería de ambos, padre e hijo, una confianza completa e incuestionable ante la autoridad del grupo. La cual aceptó.

Huguito no iría a la escuela, mucho menos se reuniría con Ruíz Guevara ni con sus hijos. Cero lecturas izquierdosas, cero dibujo. Solo tendría espacio y tiempo para la pelota. Su papá le armó un bolso con ropa y, sin hacer preguntas, entregó a su hijo al tutelaje de estos extraños que habían preparado ya un cuarto en su casa para alojar al muchacho durante todo el mes de entrenamiento. A Hugo de los Reyes todo aquello le sonaba raro, pero le podía más la esperanza de ser el pae’ de un grandes ligas que los sacara de la pobreza a él y su familia.

Tener a Huguito bajo el mismo techo no ayudaba al insomnio de Humberto, pero ciertamente enfocaba, en él y en todos, la meta de transformar a aquel esperpento en un pelotero que pudiera dar un juego al menos decente como para impresionar al caza talentos que Laura y José Daniel cruzarían en su camino en 30 días. El cómo lo harían, aún no se lo habían explicado.

A pesar de que el plan estaba cronometrado y calculado, mucho dependía del entrenamiento que le diera el Gato y de que el joven Chávez realmente mejorara. A Andrés nunca le gustó perder y desde el primer momento tomó la actitud de que, si la misión fracasaba y el chamo seguía siendo un «maletas», no sería por él. Así que diseñó un plan de adiestramiento desquiciado, duro, casi tortuoso, que iniciaría todos los días a las cinco de la mañana, después de una ducha y un guayoyo.

El régimen del Gato los arrastró a todos. Humberto, Laura y José Daniel no querían perderse ni un segundo de aquella evolución, así que también se pegaron al trote y al desvelo. Sin embargo, esa primera mañana, al llegar al campo, Andrés pidió un minuto a solas con Huguito. Caminaron unos metros lejos del resto y, cuando se sintió en confianza, Andrés y el muchacho pusieron rodilla en tierra para hablar.

—Bueno, Tribilín, hay una diferencia entre que te guste el béisbol y querer ser un jugador de verdad. Yo quiero saber por qué quieres ser pelotero —le preguntó Andrés.

Huguito no se esperaba la pregunta. Miró al piso para ganar tiempo y pensar qué responderle al Gato.

—Para ser como el Látigo —fue lo único que dijo.

«Aún no tenía activada la verborrea», pensó Andrés.

—Ajá, pero, ¿por qué quieres ser como él?

—Bueno, porque es bueno. Es grandes ligas, famoso. Gana plata. Está hecho.

—Ok. Lo de la fama y los reales, no es razón. Si es así para ti, entonces no es aquí. Ahora, si tú quieres ser como él porque es bueno, ya es otra cosa. El Látigo no es bueno, es el mejor. Pero pasa que tú no eres bueno y estás lejos de ser el mejor —dijo Andrés muy serio.

—Eso es porque no me dejan jugar bien —saltó excusándose.

—No, ya va —lo cortó en seco—. ¿Quién no te deja? Porque yo te he visto. Cuando estás ahí parado en el campo no hay nadie diciéndote qué hacer o cómo. Eres tú y la pelota. Mira, una cosa es pegarle a las chapitas en las caimaneras y otra es saber darle a la pelota. Y chamo, te hablo claro, tú no sabes darle a la pelota, ni tampoco sabes lanzarla. Ni atajarla.

Huguito se puso serio, como si le hubieran quitado toda la confianza de encima de un tirón. Andrés supo entonces que lo tenía en las manos.

—No es solo fuerza, chamito. También importa el contacto. Importa dejar pasar la bola mala. Si te gusta el béisbol de verdad, tienes que aprender a hacer equipo y aceptar tus metidas de pata. Te tiene que gustar perder, te tiene que gustar que sean otros los que la boten de jonrón, que sean otros los que ponchen. Te tienen que gustar mis regaños, despertarte temprano, hacer dieta para estar en el peso, entrenar hasta que no puedas con tu alma y seguir intentándolo todos los días, aunque pongas la torta. Eso es el béisbol. Y mientras más te gusten todas esas cosas, mejor vas a jugarlo.

El muchacho miraba el piso en silencio. Tenía los ojos aguados. Andrés puso una mano en su hombro y le preguntó:

—Entonces, ¿estás seguro que te gusta el béisbol? ¿Estás seguro que quieres ser pelotero?

Huguito asentó mirándolo firme a los ojos. Andrés sonrió.

—Di lo contrario y te doy un batazo en la cabeza —bromeó el Gato.

Satisfecho, Andrés puso el bolso en el suelo y lo abrió. Adentro había por lo menos quince pelotas y cuatro bates. Todo nuevo, brillante. Huguito quedó boquiabierto. Nunca había visto pelotas así. Las que estaba acostumbrado a usar en todas sus caimaneras eran viejas, heredades de algún tío de alguien o hechas con cartones de jugo recubiertos de «teipe». Las que Andrés le daba hubiera preferido ponerlas de adornos en la sala antes que golpearlas o ensuciarlas.

Quitarle ese miedo al uso y que le agarrase el gusto a curtirlas, e incluso, a perderlas, sería el primer paso del entrenamiento. Era un ejercicio que implicaba por un momento que se olvidara de su pobreza.

 

***

 

Huguito tenía un genuino deseo de ser lanzador, pero en la práctica era como enseñar a lanzar a un mocho. Aquellos primeros entrenamientos fueron frustrantes. Andrés lo daba todo, era amigable y divertido con su alumno, aunque severo cuando correspondía. A pesar de su paciencia, su pupilo no pegaba una. Humberto, José y Laura veían todo con pavor. Los días transcurrían y el chamo no presentaba mejoras.

Su actitud obediente y entusiasta comenzó a desaparecer después de las primeras dos semanas. A pesar de que era un púber delgado, Andrés insistía en que Huguito perdiera unos kilos y se alimentara mejor para sacar músculo. Ni dulcitos, ni empanadas, ni malta, ni chicha. Laura y José Daniel se burlaban en secreto diciendo que lo habían puesto a hacer la famosa «Dieta Chávez» que el venezolano promedio del siglo XXI tuvo que padecer cuando la economía entró en modo socialismo.

Recordar aquel futuro no hacía sino despertar las contradicciones que se escondían bajo de las buenas intenciones del plan. Aunque Laura y José Daniel querían estar por encima del resentimiento, en el fondo les daba arrechera ver que al que consideraban responsable de la debacle del país tenía posibilidades de lograr su sueño. Pero, ¿y si Huguito no mejoraba? ¿Qué tal si el fulano tío Ruíz Guevara terminaba envenenándole la cabeza con ideas comunistas después de todo? El fracaso comenzó a manifestarse como una posibilidad real y esto conectó a los viajeros del tiempo con un instinto primario que desde el principio habían intentado esquivar: la necesidad de catarsis.

Poco a poco, los chistecitos se convirtieron en acciones contra Huguito. Primero, le quitaron el agua caliente; y, cuando se dieron cuenta de que el chamo estaba acostumbrado de nacimiento a bañarse con agua fría, empezaron a cortarle el suministro, poniéndosela a placer en horarios cortos e imposibles para que llenara a medias un tobo grande que le habían dado. Hasta Andrés se moría de risa escuchando las mentadas de madre del muchacho cuando no le daba tiempo llenar su tobo o le cortaban el agua en medio de una ducha. Hubo días enteros en los que Huguito no pudo bañarse después de los entrenamientos y los olores de su cuarto comenzaron a afectar aún más su humor.

Luego empezaron a cortarle la luz para que experimentara parte de lo que la futura crisis energética haría con el resto del país. Así, Huguito se quedó sin luz, sin agua y sin ganas de vivir en su cuarto. Para este momento, Humberto y Andrés también se sumaron a la joda y quisieron darle más probaditas de socialismo del siglo XXI. Un día, luego de un «buen» entrenamiento, y sabiendo que Huguito empezaba a sentirse más como un prisionero que como un alumno, Andrés le regaló un guante magnífico junto con un «bono» de 50 Bolívares, una cifra exorbitante para un chamo de su edad en esa época. Al llegar a casa, Humberto le expropió el guante y le quitó 45 de los 50 bolívares por costos de manutención y alojamiento.

—Aquí estamos en socialismo, Tribilín —repetía José Daniel cada vez que pasaba algo así, intentando plantarle la idea de que ese sistema solo traía este tipo de penurias.

Aquellos serían los días más largos en la, hasta ese entonces, corta vida de Huguito. A veces, el chamo se encerraba a llorar en la hediondez de su cuarto, y a Humberto aquella imagen le parecía hermosa. Pero pronto se dio cuenta de que entre todos comenzaban a cruzar ya demasiadas líneas.

Un día Huguito se cayó en una de las prácticas y se rompió la nariz con una acera. José Daniel se agachó frente a él y, en lugar de ayudarlo a levantarse, le dijo:

—El árbol de la libertad debe regarse a veces con sangre.

Humberto sintió escalofríos. No solo por comprobar cómo el rencor se había agudizado en el grupo, sino porque aquel accidente era un hecho que él ya había documentado en su Chávez en pelotas. ¿Estaba frente a una paradoja temporal? ¿Eran ellos los responsables del Chávez que conocieron en el futuro? ¿Acaso sus acciones estaban en realidad creando al tirano que querían neutralizar?

Las preguntas quemarían su cabeza durante las siguientes noches de desvelo. Pero, más que la certeza de que estaban dándole forma al tirano, le angustiaba la idea de que tendría que enfrentarse a sus compañeros de viaje.

 

***

 

Al día siguiente, en medio de un descanso, Humberto se acercó a hablar con Huguito. Quería indagar si había para ellos una última esperanza, algún otro camino que se les hubiera escapado de vista. Capaz aquel chamo tenía otra vocación que pudiera alejarlo de los cuarteles.

—No. Yo quiero ser pelotero —le decía jadeante Huguito mientras tomaba agua.

—Bueno, pero y si no… ¿qué más serías? ¿Profesor como tu papá? —preguntaba Humberto.

—No. Pelotero, como el Látigo.

—OK, pero, ¿qué más te gusta? Imagínate si, además de pelotero, pudieras ser muchas cosas. ¿Qué más serías?

El niño pensó un instante sin entender el puje. Finalmente, como por decir algo, la soltó:

—Pintor.

Humberto explotó frustrado.

—Marico, pero estamos en Sabaneta, ¡¿no tienes algo más sencillo?!

Laura lo escuchó. Le dijo a Huguito que volviera a su entrenamiento, tomó a Humberto del brazo y lo apartó para regañarlo porque, según ella, esa manera de hablar no conectaba con la filosofía de toda la misión.

—Ah, ¡pero sí encaja vengarse cortándole la luz y el agua! —respondió Humberto muy molesto.

—Eso es en broma. No altera el propósito de lo que estamos haciendo —dijo Laura con tono aleccionador—. Cuando esta historia se cuente, queremos que quede claro por qué, para nosotros, el único camino era cumplirle el sueño a este niño. Como historiador deberías saberlo, Humberto. La historia se supone que debe inspirarnos. Debemos aprender de ella. ¿Qué mensaje quieres darle a tu nieta? La idea es cumplirle el sueño a Huguito, no frustrarlo diciéndole que los sueños no se hacen realidad porque nació entre monte y culebra.

Humberto supo por dónde venía todo. La misión reposaba sobre los hombros de unos carajitos que pertenecían a la llamada «generación de cristal», a la escuela de los coaches y al positivismo tóxico que le tiene alergia a la palabra «fracaso» y la reemplaza por «oportunidad de aprendizaje». No estaba para esas mamadas.

—Perdón mi cielo, pero yo soy vieja escuela —le dijo en un tono burlón—. No es suficiente tener ganas. No es cierto que cuanto más fuerte sea el deseo, mejor será el jugador. Y no, no puedes educar a un carajito de 1969 con una paja irreal porque el mundo se lo va a comer. Ubícate. Estamos rodeados de pobreza. Aquí el arte, el juego y los sueños, vienen mucho después del trabajo infantil y de conseguir un plato de comida al día. Esta es la realidad del país por más que tu mentalidad del 2020 quiera que fuese otra. Enseñarle a Huguito que puede ser lo sueñe es bien coño e’ madre, porque es mentira.

Laura lo miró en silencio tragándose un volcán. Le respondió con calma.

—Caramba Humberto, no sabía que pensabas así. Quizás por esa mentalidad es que tenemos el país que tenemos en el futuro. Gente que piensa como tú fue la que convirtió a un militar resentido en presidente. Yo no tenía edad para votar entonces, pero tú sí. Piénsalo.

José Daniel se había acercado y colocado detrás de Laura respaldando sus palabras. Para Humberto, aquel sermón era un golpe bajo. La miró molesto, pero antes de que pudiera responderle, ella remató:

—Así que chévere. Si no crees en lo que estamos haciendo y te quieres bajar, dínoslo para tomar medidas.

Humberto tragó grueso. Aquello era claramente una amenaza por parte de unos chamos que, encima de que manejaban el tiempo a su antojo, nunca habían tenido a alguien que los pusiera en su sitio. Mentalmente, se despidió de la vida que conocía, de su carrera, de su esposa y de su nieta. Apretó el puño y los ojos para decirles sus cuatro vainas… pero, de pronto, el sonido de un bate dándole a la pelota silenció su furia y el resto de los sonidos del mundo.

Apenas voltearon se encontraron con Huguito viendo hacia arriba. Buscaron la bola con la mirada y la alcanzaron ya cruzando la cerca. Tribilín la había sacado del parque. Incrédulo, Andrés los miró desde el montículo del pitcher con una sonrisa de oreja a oreja. Aquel batazo era un ápice de esperanza.

 

***

 

En Sabaneta, los rumores corrían rápido y, a los días, la parte frontal de la casa se convirtió en un mercado popular con buhoneros y campesinos que sabían que quienes dormían allí tenían billete y quizás maneras de sacar a otros de aquel pueblo. Por eso, los viajeros del tiempo tuvieron que extremar precauciones. Las salidas se restringieron al mínimo. Nadie que no fuera del grupo podía pasar de la puerta, ni podía ver más allá del zaguán. Esto le dio a aquella casa un aura de misterio que, a su vez, dio pie a rumores cada vez más descabellados. Unos decían que eran del Gobierno; otros, que eran guerrilleros; y los más creativos decían que, en realidad, venían por el descubrimiento de un supuesto pozo petrolero en el suelo de Sabaneta. Si supieran.

Padres de otros niños abordaban a los viajeros para intentar demostrar que sus hijos eran tanto o más merecedores de la oportunidad de oro que se le estaba dando a Hugo Rafael. Tras los entrenamientos, en una mezcla de masoquismo y curiosidad, Andrés había dado algunos paseos para observar las caimaneras de los otros chamos con los que Huguito tendría que demostrar su juego. Con pavor comprobó que la falta de talento de su alumno no era el peor de sus problemas. Entre aquella muchachera había un pelao’ de 14 años que era un verdadero prodigio de la pelota. Se llamaba Martín Araujo y además de poderoso en su técnica, era disciplinado, metido en el juego y muy querido por el resto de sus compañeros.

Verlo jugar era un deleite. Le hacía recordar a Andrés las razones por las que amaba el béisbol al punto de reconocerse a sí mismo en el gozo, como si se tratara del niño que una vez fue en el barrio Chapellín de Caracas. Tras verlo jugar un par de veces, Andrés regresó a la casa cargado de velas y estampitas para rezarle a la Virgen de Betania y a José Gregorio.

Ver al Gato pidiéndole a los santos no era la imagen más alentadora para el resto de los viajeros. Laura entró en pánico e intentando transmitir calma al resto del grupo, convocó una reunión privada, sin Huguito, para poder evaluar el status de la misión y levantar los ánimos con una sensación de control que Humberto reconocía más falsa que un billete de quince. Tras un empalagoso discurso de apertura, nadie tomó la palabra. Entonces ella rompió el silencio incómodo con una pregunta directa:

—Andrés, ¿Tú qué opinas? ¿Sí llegamos?

—El batazo de ayer fue pura suerte —dijo sin rodeos el Gato—. Ni entrenándolo con los más grandes de la historia del béisbol venezolano, ni rezándole a todos los santos puedo convertir a ese chamo en pelotero.

—Me parece que le estás apostando al fracaso, Andrés. Si no crees que lo que estás haciendo no tiene sentido, ¿entonces para qué tanta vela y tanto rezo? —preguntó Laura tratando de ocultar su molestia.

—Yo estoy rezando para pedir perdón. Que todo lo que estamos haciendo no nos vuelva leña el futuro.

Andrés se levantó y se encerró en su cuarto dejando a todos con la palabra en la boca y el miedo en el aire.

 

***

 

La noche previa al gran juego, Humberto ni siquiera intentó dormir. Dio las buenas noches y se fue a su cuarto a sabiendas de que no pegaría un ojo. Como en noches anteriores, meditó, contó ovejas, recordó momentos felices, escuchó el canto de las ranitas, pero no así los ronquidos de sus compañeros y supo que, tras la reunión, él no era el único desvelado. Salió de su habitación y escuchó un murmullo proveniente del patio. Laura y José Daniel discutían entre gritos ahogados y lágrimas. A Humberto le bastó una mirada para saber que aquella era una pelea de novios y que había mucho más que la misión en el temario de sus reclamos.

—Entiende, ese carajito no tiene la culpa de haber nacido en Sabaneta. Aquí no se puede soñar con otra cosa que no sea sobrevivir —decía Laura.

—Me sabe a bola. Hay límites, hasta para esto. Si lo haces me voy con mi máquina a otro lado.

—No seas infantil, José.

En ese momento Andrés prendió la luz obligando a Humberto a salir de su escondite. Los cuatro insomnes se miraron con bochorno por un instante. No había que decirlo. Estaban claros de que el plan era un fracaso.

—¿Todo bien? —preguntó Andrés.

—No. Todo mal —respondió José Daniel.

Humberto tenía pavor de abrir la boca, pero Andrés les devolvió la bola a los dueños del plan.

—Miren, el chamo no juega nada. Peleándonos no lo vamos a hacer mejor. ¿Qué hacemos?

El momento de caerse a mentiras y a reclamos ya había pasado. Era hora de sincerar el plan y trabajar con lo que tenían: plata y una máquina del tiempo. Cada uno quería tomar un camino distinto. Nunca se habían parecido tanto a la oposición venezolana como en ese momento y Humberto se preguntó si el desacuerdo era acaso algo que el venezolano llevaba en el ADN. Entre desencuentro y desencuentro, pensó en decirles que la mejor opción era volver al futuro para detener la invención de la máquina y hacer como si esto nunca hubiera pasado, pero antes de que pudiera abrir la boca, José Daniel lanzó su propuesta de plan B.

—Llevémoslo a Disneylandia en California. ¿A qué chamo no le gustaría eso? Lo llevamos y lo enamoramos del imperio.

Humberto se quedó en blanco. No daba crédito a sus oídos. Una cosa era querer cumplir el sueño de infancia de Hugo Chávez y otra más absurda era patrocinar el primer viaje internacional del que llamarían «el presidente viajero».

—Pana, imagínate, gozaría un pullero. Le damos todo. Lo atascamos de hamburguesas y Coca-Cola en McDonald’s, lo montamos en Qué pequeño el mundo es, gorras, juguetes, franelas, que goce una bola y, entonces, el momento cumbre: que se tome una foto con Tribilín y guarde el recuerdo para toda su vida. Listo. Cancelado Chávez.

La propuesta era delirante y alargaría la misión por lo menos un mes más, pero a José Daniel le resultaba mejor que la opción que manejaba Laura. Ella quería seducir al scout para garantizar la elección de Hugo. Humberto y Andrés entendieron entonces el porqué de la pelea de los tórtolos. Humberto solo alcanzó a decir:

—Estoy caga’o, mal.

El gallo les avisó que amanecía y se les había acabado el tiempo.

 

***

 

Luis Eduardo «Coco» Morales, verdadero scout de grandes ligas, no debía ni siquiera pasar por Barinas. José Daniel y Laura habían estudiado su carrera y su vida privada durante meses para saber cómo desviar su trayectoria y ponerlo justo frente al joven Hugo Chávez en el campo de juego en aquella fecha específica. Habían depositado puesto demasiada fe en el entrenamiento de Andrés y en las facultades del chamo. Allí radicó su error.

La mañana elegida, Laura se puso coqueta y se fue a la carretera fingiendo estar accidentada y desvalida, Luis Eduardo trataría de auxiliarla y, ante la imposibilidad de arreglar su carro, la llevaría encantado a ver el juego en el que Hugo debía lucirse. Tiempo suficiente para enamorar a aquel poco agraciado hombre con sus encantos de pelirroja capitalina.

Humberto miraba su reloj impaciente mientras los niños comenzaban a llegar al campo de juego. Andrés hacía lo mismo, apretando la estampita de la virgen que él juraba lo había salvado del cáncer hace años y haciendo que Huguito llevara otra en uno de sus bolsillos.

Mientras tanto, José Daniel esperaba en casa el resultado final de aquel día, ardiendo de celos y odiándose a sí mismo por no haber tomado en cuenta la falta de talento deportivo del futuro presidente de Venezuela. En medio de aquella tormenta, se le salieron dos lágrimas y luego tuvo una revelación. Tomó un bate del cuarto del Gato y salió a la calle. Sabía que no podía cambiar el hecho de que Hugo fuera tan mal jugador, pero al menos podría anular la competencia y capaz evitar así que Laura tuviera que entregarse al «Coco» Morales.

Esperó en un callejón al niño Martín Araujo, el más talentoso de aquella camada, y, sin mediar palabras, le rompió la pierna a batazos pensando que lo que hacía no era un crimen, sino un acto liberador para el futuro del país. Con cada golpe evitaba que sus amigos y familiares emigraran del país, borraba los supermercados de anaqueles vacíos y las colas de gasolina.

En el campo, los niños esperaron a Martín tanto como pudieron. Laura estaba sentada manoseándole la pierna al caza talentos con intenciones bastantes claras. Cuando le tocó el turno de jugar a Hugo, Andrés y Humberto se miraron con miedo, pero, para sorpresa de todos, comenzó a hacerlo bastante bien. El milagro de la virgen estaba ocurriendo, pensó Andrés. Pero este solo duró siete minutos. A partir de ese momento, todo se fue al carajo. Lo que empezó como un juego, fue convirtiéndose en un infierno. Cada vez que Huguito perdía una bola, Laura besaba en los labios al scout tratando de robar su atención. El público se reía a carcajadas y abucheaba a Huguito con cada metida de pata. Llegado el tercer inning, Huguito no aguantó más y, entre lágrimas, salió corriendo del campo de juego. Andrés, Laura y Humberto corrieron detrás de él. Coco, embelesado, la siguió. Cuando finalmente lo alcanzaron, estaban en la plaza central de Sabaneta. Andrés fue el primero en preguntarle.

—Coño, Huguito, ¿qué pasó?

Hugo se secó las lágrimas. Respiró hondo y les dijo:

—Asumo mi responsabilidad. No quedé. Por ahora.

El destino estaba escrito. Este fracaso haría que Huguito se desencantara del béisbol y se metiera directo al ejército pocos años después. Cambiaría los sueños de fama y fortuna, por la certeza de techo y comida. Del ejército al golpismo y de allí a la historia. Aquella derrota le recordó que más que perder, detestaba ser pobre.

De pronto, José Daniel apareció en la plaza empuñando el bate con la franela manchada de sangre.

—¿Qué hiciste, José? —preguntó Laura con miedo a la respuesta.

José Daniel se puso a llorar y soltó el bate. Humberto trató de atar cabos, pero no fue hasta que apareció una turba armada con palos y machetes, cargando a un Martín Araujo malherido, cuando entendió que el juego se había acabado.

El padre de Martín gritó desde la distancia:

—¡Agárrenlos, que ahí están los que me malograron al muchacho!

Ruíz Guevara también iba machete en mano gritando con ellos: «¡Muerte a los esbirros del imperio!»

Todos corrieron hasta el carro de Coco y escaparon a punto de ser linchados en el sitio. Totalmente aterrado, y sabiendo que varias camionetas, motos y llaneros a caballo lo perseguían, el scout los obligó a todos a bajar, dejándolos botados en medio de la sabana. El monte les dio resguardo, pero no a la casa que los había acogido el último mes. La gente del pueblo le prendió fuego con la máquina del tiempo adentro.

 

***

 

La torre de humo de la casa se veía desde la sabana. Laura no dejaba de llorar, golpear e insultar a José Daniel. Andrés rezaba con la cabeza entre sus rodillas y Humberto pensaba en que más nunca volvería a ver a su esposa, a su hija y a su nieta.

Laura perdió todo glamour y le escupió en la cara a José Daniel. Comenzó a tirarle piedras y este corrió hasta perderse en la sabana cual Doña Bárbara. Todos lo vieron alejarse a lo largo de una hora hasta desaparecer. Entonces, sin apenas tiempo para asimilar la idea de que tendrían que revivir la historia de Venezuela a partir de 1969, se encontraron de frente con un hombre de 55 años de aspecto más que familiar.

—Sé que la cagué, pero yo no los iba a dejar morir aquí —dijo.

Laura fue la primera en reconocerlo y se llevó las manos a la boca para contener el llanto. Cuando Andrés y Humberto lo detallaron se dieron cuenta de que se trataba de un José Daniel demacrado y envejecido. Le había tomado 20 años de pobreza y de peleas de gallos reunir el capital suficiente para sobrevivir solo y reconstruir la máquina del tiempo.

—Vámonos —les dijo dándose media vuelta.

—¿A dónde? —preguntó Humberto sin dar un paso.

Laura lo miró y le respondió:

—A lo que vinimos, ¿no? Ya sabemos lo que va a pasar, solo tenemos que viajar unas pocas horas para corregir lo que hicimos mal.

Humberto negó con la cabeza y le dijo:

—Laura, ¿cuánto tiempo más quieres perder salvando a Venezuela? Ya José perdió su juventud. No lo lincharon de vaina. Disfruta al menos lo que te queda de vida.

—¿Quieres que te dejemos aquí? —dijo Laura confrontándolo.

—Mija, no importa. Todo ese mierdero que vivimos es lo que nos hace lo que somos. Ya déjenlo ir. Se les ha ido la vida y la juventud en este peo. Han estado dando vueltas a través del tiempo para terminar siempre en el mismo sitio, repitiendo los mismos errores y con la misma suerte. Basta. Vayan y vivan. Conmigo ya no cuenten.

José Daniel tomó la mano de Laura y mirándola a los ojos le dijo:

—Hazle caso. Tiene razón.

José Daniel comenzó a caminar rumbo a la nueva máquina. Andrés y Humberto lo siguieron. Laura, al verse sola en medio de la sabana, no tuvo más opción que ir tras ellos.

El viaje de regreso al futuro transcurrió en silencio.

Después de un mes de haber partido y 51 años de trayecto, Humberto llegó finalmente a casa. Al verlo, su esposa pensó que se le había quedado algo. Él solo respondió que a última hora, el viaje se había cancelado.

Tras comprobar que todo estaba en orden, con su nieta dormida al otro lado del mundo y el «legado» de Hugo Chávez intacto, Humberto revisó la foto de Barinas. Puede que nunca más volviera a ver a Laura y a José Daniel, pero siempre estarían en la fotografía, así que la sacó, la puso en un portarretratos y la colocó en un lugar privilegiado de la sala para recordarse de aquella experiencia secreta. Lo mismo hizo con la pelota autografiada que le regaló Andrés en el camino de regreso. Contemplando la foto, sintió hasta un halo de nostalgia por todo lo que pudo ser y no fue.

Se puso su pijama y apagó el despertador. Estaba listo para irse a la cama con sus fantasmas de siempre. Había tenido tiempo suficiente para reconocer y aceptar sus errores. Lo hecho estaba hecho. El país no sería otro por cambiarle el destino una sola persona, fuese quien fuese. Si acaso, tendrían que hacerse tantos viajes como venezolanos existen en el mundo. Tras esta visita a los tiempos que la memoria engañosamente guardaba como mejores, no sentía culpas por aquel país perdido. Había cumplido con su parte en el equipo. Su conciencia estaba tranquila. Entendió que lo mejor que podía hacer por Venezuela era dejar de pelearse con su pasado y accionar desde su presente hacia el futuro. Apagó la luz de la lámpara y cerró los ojos en paz. Sabía que caería como piedra y que por fin dormiría corrido y hasta tarde.

FIN

11 comentarios

Wao que duro… te confieso que mi lado ingenuo quería que Huguito al ver a Mickey se enamorara del imperio y la historia fuera otra. Pero tu desenlace mucho más atado a tierra, nos refleja a muchos cómo se ha perdido tiempo y juventud en marchas y protestas estériles.
Tienes razón, para que Venezuela fuese otra, La máquina del tiempo entonces habría que tener capítulos reservados para Diosdado, Maduro y demás secuaces. Y quizás también un capítulo para Renny Otolina de “no te montes en esa avioneta”.
El cinismo del cuento me llegó al alma. Es doloroso, pero yo al emigrar, también me monté en la máquina del tiempo rumbo al futuro, vencida y desesperanzada. Con una mirada más egoísta de tratar de vivir mi vida y construirla a partir de un nuevo comienzo.
Me gustó, pero me deja triste. Estos cuentos a uno a veces lo hacen escapar en una fantasía agradable y fugaz, el tuyo tuvo un final de cachetada.

Wow!
Gracias por ese comentario.
Lamento dejarte triste. Yo creo que hay una arista optimista, pues creo que estos personajes solo van a poder avanzar si se sacuden definitivamente la idea de cambiar el pasado. No se puede. Seguramente cambiarán de plan.

Wow!
Gracia spor tu comentario y por apoyar al equipo hasta cuando etse te deja triste.
Yo siento que hay algo de optimismo en el cuento porque, para estos personajes, solo dejando quieto el pasado van a poder echar pa’ lante. Seguro se inventarán otro plan.

Caqué, más allá de que este cuento debería ser una película, o al menos un unitario de la RCTV que existiría de haber resultado el plan (aunque entonces no existiría esta historia 🤯), hay cosas que me intrigan en tu proceso creativo. Por ejemplo: ¿el conflicto entre los personajes fue saliendo solo o lo tenías planeado antes de escribir? Me pareció genial el enfrentamiento entre Humberto y los chamos de la nueva generación al asumir los fracasos, por eso lo pregunto.

Me divertí mucho leyéndolo. Brillante idea, sobre todo la decepción al verlo jugar, jaja ¡Gracias por el viaje!

Gracias, Raúl por tus palabras!
Me alegra mucho que te hayas tripeado el viaje. El proceso creativo fue largo y lleno de dudas. Tipo que en un momento pensé en llevarlos a Disney de verdad, pero esa opción era anticlimática.
Desde antes de salir tuve claro que la misión debía fracasar pues no quería que este cuento fuera un meme de esos que dicen que Venezuela sería una metrópoli tipo Dubai si el chavismo no hubiera existido.
Entonces, por qué fracasaban?
Pues el conflicto debía venir de ellos mismos. Un poco como pasa en la vida real con los venezolanos que no se ponen de acuerdo.
Lo demás me lo dictaron los personajes. Ya con edades y posturas diferentes en torno a su “compromiso” y “activismo”, pues fue saliendo lo que quedó en el cuento.
Gracias por llegar hasta el final!
Sé que fue largo!

¡Qué buen relato, Caque!
Me encantó por la originalidad con la que abordaste nuestra pesadilla nacional. También tenía esperanza que el final fuera diferente por pura ilusión, pero la verdad es que te quedó genial. Llévalo a audiovisual.

Jorelyyyyy!
Que chévere que te gustó!
Gracias por ese comentario.
Creo que el final ha bajoneado a varios 🙁
Ojalá podamos inventar algo con este cuento más adelante. Por ahora estoy feliz de haberlo terminado y de que lo hayas leído!
Gracias totales!

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