Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Me Tiré por Vos

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Un fan de Charly García viaja a Mendoza para seguir los pasos de su héroe y repetir la escena que el rockero argentino protagonizó en el hotel Aconcagua en el año 2000.

A Mati se le habían muerto casi todos los ídolos, pero aún le quedaba su «Mozart». Lo de él con Charly García era como las mamás cursis que dan gracias a sus hijos por haberlas elegido, decía: «gracias por elegirme como fan». Charly ni lo conocía. Pero ya eran tantos años de seguir su música y admirar su actitud rebelde y demente hacia el mundo, que Mati lo sentía cercano, como un amigo de toda la vida que lo había acompañado, en las duras y las maduras, por 40 años.

A veces pensaba que su vida sería más fácil si le gustara Maluma, Bad Bunny, J. Balvin o cualquiera de esos que ponen en la radio. Justificaba su soledad repitiéndose a sí mismo que, cuando eres fan de un artista popular, es fácil conectar con gente. Pero cuando tu ídolo es un viejo raquítico (ahora obeso) que aparece en las noticias solo cuando anda demoliendo hoteles, pues ya la cosa se pone cuesta arriba.

La gente de su oficina ni sabía quién era Charly. Pobres. Su familia apenas sabía de su existencia gracias a él, por los pósters en las paredes de su cuarto o el brazalete de Say No More. Obvio les daba asco y lo tildaban de drogadicto y loco. Mati disfrutaba aquel repudio y, a sus cuarenta, no ser como el resto.

Por eso, cuando encontró a Sole se le explotó la cabeza. ¿Cómo no se iba a poner intenso, si la flaca, ¡la flaca!, era bella y tan fanática del flaco como él? Ella había dejado un comentario en una foto que puso en Instagram donde reproducía la carátula de Clics Modernos. Discazo y obra maestra absoluta del rock en español, coincidían. Mati descubrió stalkeándola que ella también había posteado algunas reproducciones de carátulas de Charly. Cómo Conseguir Chicas (con las flores de la portada y todo) y hasta una foto en una fiesta de disfraces encarnando al Charly aquel que se pintó de plateado. ¡Flechazo instantáneo!

De comentarios en sus posts pasaron a los mensajes directos; y, de allí, al WhatsApp. Ella estaba en Buenos Aires y él en Ciudad de México. Se compartieron frases, anécdotas de conciertos y prácticamente toda la discografía del flaco en un intercambio de tres meses que ya no daba para más. Era urgente verse. Arrebatado por el romanticismo, soltó la propuesta: 3 de marzo, en Mendoza.

Sole aceptó sin chistar porque sabía lo que había detrás de aquella fecha y aquella ciudad. Ese día se cumpliría otro aniversario del infame salto de Charly a la piscina desde el noveno piso del hotel Aconcagua. Un salto de veinte metros que acrecentó su leyenda y que, para la relación Mati-Sole, representaba también una apuesta y un salto al vacío. Había que celebrar el día en aquella gloriosa habitación, la misma que hace más de dos décadas fue escenario de uno de los momentos más icónicos del rock latinoamericano.

Éxtasis. Mati nunca había sentido algo así. Compró el boleto de avión el mismo día y pidió los días en el trabajo. Reservó la misma habitación del Aconcagua que albergó al maestro, el noveno B. Le sorprendió que nadie sospechara de su plan. ¿De verdad en 20 años nadie había intentado hospedarse y saltar desde ese noveno glorioso? Se compró una malla roja y hasta un inflable del gato Silvestre para emular cada detalle de aquel día. Durante las semanas siguientes se pintó una película sordomuda en su cabeza con tantos escenarios, que no se dio cuenta que las comunicaciones de Sole comenzaban a distanciarse entre sí.

Fueron diez horas en avión, más doce en bus, para llegar a Mendoza justo el 3 de marzo. Rodando en medio de la nada le llegó un mensaje de Sole, largo como un testamento. Y bueno. Lo esperado. Que era una locura, que nunca quizo hacerlo «flashear» tanto, que además de Charly no tenían nada en común, que si se iban a echar semejante viaje solo para hablar de las mismas canciones de toda la vida, que no quería arruinar «lo que tenían».

¿Y qué tenían, che?, se preguntaba Mati pensando todas sus respuestas con acento argentino. ¡Por favor! ¡La que estaba «flasheando» era ella! ¡Vamos! Qué mal plan y qué desubicada. Iban a pasarla bien, ya está. A celebrar a un grande en su día. ¿Quién habló de amor aquí? ¡Nadie! Ni Charly canta de amor, por favor. Si se le nublaban los ojos era por la risa que le daba todo aquello, nada más.

Mati se puso los lentes de sol y los audífonos con el Me tiré por vos, en loop. Vamos a reírnos y a recordar por qué estamos aquí.

—Deberías saber por qué, boludo —Escuchó que le decía el Charly de los noventa, mal sentado a su lado en el bus, riéndose de él—.

Mati lo vió de arriba abajo y se cagó de risa. ¿Acaso estaba entendiendo al flaco más de lo que ya creía que lo hacía? Claro que sí, pensó. Si hasta mirándose en el reflejo de la ventana pensaba que se parecían físicamente. Solo le faltaba el bigote bicolor. Somos lo mismo. Somos iguales.

Volteó entonces a ver a Charly, pero este le negó con su dedo artrítico y larguísimo muy cerca de su rostro diciéndole:

—Como sho, no hay dos.

Por primera vez Mati estuvo en desacuerdo con su ídolo. Sonrió y siguió repasando la discografía del maestro en sus audífonos. Supo que no necesitaba de Sole para seguir hasta Mendoza. «No se va a llamar mi amor, sé que me siento mucho más fuerte sin tu amor».

Nada le importaba. Se sintió tan capo y renegado que buscó el contacto de Sole, echó un último vistazo a su lindo rostro y la bloqueó. Al ver aquel gesto, Charly le repitió la frase que dijo en aquella rueda de prensa en Caracas, cuando un chavista con franela del Che Guevara le preguntó por la revolución bolivariana:

—Nunca falta alguien que sobra.

Ya en Mendoza, ojeroso y con hambre, Mati se paró frente a la fachada del Aconcagua y tomó un par de fotos, incluyendo una selfie. Serían las primeras de las pocas que registrarían su hazaña. No habría periodistas para su salto, qué carajo. Al menos tenía la agresión de Sole para emular la que una mujer en un bar le había hecho la noche antes a Charly. Claro que eran iguales, pensó.

Hizo el check-in con lentes oscuros, tratando de pasar de incógnito. La recepcionista lo miró raro, pero no porque sospechara lo que iba a hacer, sino porque parecía drogado. Esto volvió a decepcionar a Mati. «Ni los empleados saben que están en un sitio histórico. Qué boludos».

Tomó foto del número de la habitación. 9-B. Tomó foto del cuarto y de la pileta vista desde la ventana. ¡No había barrotes! Nada más mirar hacia abajo le temblaron las rodillas. Al mismo tiempo, creció aún más su admiración por Charly. Una cosa es ver los reportajes en la tele o los documentales de History, otra muy distinta es estar parado en el mismo balcón que el flaco mirando para abajo. Qué grande, boludo. Qué grande el flaco. Say No More.

Puso a sonar la Máquina de hacer pájaros, tratando de pensar en lo sublime y no en el miedo que lo hacía mortal. Se puso el traje de baño rojo e infló a Silvestre.

Abrazándolo se vio al espejo. Y se tomó las últimas dos fotos. Desbloqueó a Sole solo para poder mandárselas junto a la letra de la canción que Charly compuso tras el episodio:

Estaba muy aburrido,
En mi Mendoza fatal.
Dije qué me falta ahora,
Solo aprender a volar.

Pero borró el mensaje de inmediato. No se tiraba por ella, la verdad. Se tiraba sin pedir permiso. Se tiraba porque él también se sentía García. Porque necesitaba sentir que algo en su puta vida era más grande que él mismo. Porque si Charly pudo, él también.

Unos locos se lanzan a molinos de viento, otros a piletas.

Miro de nuevo para abajo y tiró a Silvestre para, como hizo Charly, calcular el viento. Cayó perfecto en el agua. Abajo, un mesero que sí conocía la historia, se dio cuenta de lo que estaba a punto de pasar.

Desde arriba, Mati pensaba que le daba miedo no tener miedo. No tenía un Sabina o un Nito que le celebraran la gracia. Tampoco habría periodistas de farándula a los que partirles la cara al salir de la pileta. Ni siquiera amigos grabando videos. Esto sería para él solo. Un nuevo bautizo. Una prueba personal de sus límites. Y un divertimento para sentir, al menos por una vez, qué se siente ser el genio volador.

Fue en ese momento que el botones, el mesonero y el de seguridad abrieron la puerta. Mati se sorprendió y emocionó al máximo. Cada vez se parecía más a la escena original con la que tanto soñó. La providencia había conspirado para que las condiciones fueran perfectas. Tiró el celular a la cama y les dijo, chau. Carrera a toda velocidad y salto.

Así que esto era ser gigante. Ser el puto amo. Ser Charly. Say No More.

El éxtasis duró unos instantes. A medio camino entre el cielo y el suelo, Mati se dio cuenta de que había calculado mal la distancia. Puta madre. Antes de saltar, le faltó impulso. Le faltó la presión de los policías y la urgencia del perseguidor. Le faltó locura.

Mientras caía, comprobó, con tristeza y alivio, que Charly solo hay uno.

2 Comments

  1. No se si siendo Fan de Charly me hubiese gustado más, pero los cuentos con finales darkssss como este siempre tendrán un espacio en mi corazón

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