La combinación perfecta entre deseo, placer y un cambio de vida.
Podría decirse que lo nuestro comenzó como una cita a ciegas. Nos conocimos a través de Tinder, pero ninguno de los dos tenía foto propia en los respectivos perfiles.
Amé la descripción de su bio, pero luego me pareció raro, siendo los hombres tan visuales, y más en aquella época hiper entusiasta de la imagen, que no quisiera que nos enviáramos fotos, ni en ese momento ni después.
Varias conversaciones por chat más adelante, me sedujo la idea de que no quisiera ver mi apariencia, que le interesara más cómo era, que cómo me veía. Suponía que a él le sucedía algo parecido, porque aquella ausencia de estímulos tangibles encendía mi mente, y mis hormonas. Yo no paraba de imaginar todo tipo de hombres: estaturas, complexiones, tonos de piel y de voz, miradas… las posibilidades, en mi cabeza, eran infinitas.
Era mi segundo invierno en Barcelona, como estudiante de doctorado. Mas allá de los contactos en la universidad y las horas de trabajo de campo para la tesis, mi vida social cruzaba muy pocas veces los límites de una caminata eventual por la playa, un par de cervezas con los vecinos en el piso de arriba, o con colegas en el bar de abajo. Me gustaba lo que estudiaba, había logrado que me aprobaran el tema que quería para la investigación, pero debo admitir que en aquella época mi vida era bastante aburrida.
Tinder comenzaba a instalarse en todos los teléfonos de una generación de solteros y de infieles, porque el poliamor todavía no se había normalizado y la No Monogamia no llevaba la etiqueta de ética. Su popularidad iba en alza, convirtiéndose en el formato ideal para conseguir pareja estable o el revolcón de una noche.
Un día lo decidí, mandé a mis prejuicios a pasear un rato y me dispuse a crear un perfil, pero que no develara mi verdadera identidad, porque me daba vergüenza que alguien conocido me viera en esas lides, sólo por andar buscando un cuerpo que me ayudara a generar calor, en aquellos días de frío intenso, sobre todo para alguien que viene del Caribe.
No sé qué fue lo que exactamente me llevó a dar like a Goran. Su perfil me atrajo irremediablemente a causa de unas fotografías preciosas, que a todas luces fueron hechas con película, acompañadas de textos sugerentes que combinaban las palabras adecuadas para atraer a personas inteligentes… y con una vida algo anodina, como yo.
Se notaba que era un hombre muy culto y su vida era mucho más que cómoda. Luego lo confirmé cuando me contó que había heredado de sus abuelos una tienda de antigüedades en Belgrado, ciudad que compartía sus estancias más largas con Praga, donde tenía su residencia principal. La herencia incluía una fortuna que administraba muy bien y que hacía crecer, suponía yo, que con la compra y venta de reliquias, de esos hallazgos tan antiguos como bellos que iba cazando por el mundo.
Yo, del otro lado, era una estudiante latinoamericana, becada para estudiar en Europa, que pasaba de los treinta años y estudiaba un doctorado en filosofía del arte, investigando sobre lo abyecto en los albores de la fotografía. Y de pronto estaba ante la posibilidad de conocer a un semi-dios, culto, inteligente, con buen gusto… Era como estar en las puertas de El Jardín de las Delicias.
Cuando hicimos match, nos dimos los números de móvil y a partir de allí no paramos de enviarnos mensajes. Hablábamos de arte, viajes, música, de filosofía, de cualquier cosa en la que pudiéramos profundizar, mientras yo sentía que era lo más erótico y emocionante, que me había pasado. Claro que en casi todas esas conversaciones yo me mojaba. Sí, ahí.
Poco a poco fuimos creando un lenguaje particular, con códigos propios, un significado «nuestro» para los emojis, o frases que sólo nosotros comprendíamos. Las charlas se fueron haciendo más íntimas, más intensas, y cada día iban aumentando las ganas de vernos, conocernos, tocarnos.
Después de tres meses de contacto diario, un día me escribió diciendo que no aguantaba más, que viajaba a Barcelona para verme. Yo casi me caigo bajando las escaleras del metro, si no es porque un señor me sujetó en el traspiés y evitó que perdiera los dientes y la dignidad.
Cuando me dijo que me visitaría en primavera, se me ocurrió que lo ideal sería encontrarnos y disfrutar la ciudad durante la Nit dels Museus, una noche en la que todos los museos están abiertos y la ciudad resplandece. A él le pareció una buena idea y me confesó que siempre prefería salir en la quietud de las noches.
Le propuse encontrarnos en el bar El Glaciar, no era un lugar muy especial, pero era mi territorio, estaba a dos calles de mi casa y allí me conocían; lo hice como una pequeña precaución ante la mínima posibilidad de que fuera una persona distinta a lo que pensaba, y no me refería al aspecto físico, que a esas alturas era lo de menos.
Goran estaba sentado en una mesa pegada al gran ventanal del bar que daba a la calle, supe que era él porque no parecía pertenecer a ese lugar. Me detuve un momento antes de entrar, estaba nerviosa, así que respiré profundo y sentí ese frío perfumado que tiene Barna en primavera, luego entré al bar.
No era guapo. Para mi sorpresa, era guapísimo, alto. Aunque iba vestido de manera informal se veía muy elegante, como si la clase le viniera en el ADN, o fuera una herencia ancestral que tenía que llevar sin remedio. Tenía el cabello muy oscuro, los ojos grises y profundos, con una tez muy blanca. Me llamó la atención que fuera tan pálido y aún así tan atractivo.
Me saludó como si me conociera de toda la vida. Se levantó y me dio un abrazo que me hizo crujir por dentro, y me dejó impregnada de un aroma que no sabría identificar con precisión, una especie de almizcle que hacía que no quisiera separarme de él y que parecía hipnotizarme.
Cuando logré algo de distancia nos sentamos y pedimos una cerveza que nos ayudara a liberar tensiones, las mías más que nada. No nos importó el bullicio de la gente alrededor, ni la música ruidosa… todo era suave y misterioso entre nosotros, como un preámbulo de lo que sería aquella noche que jamás pude olvidar.
Salimos a caminar en medio del frescor nocturno. A sus cuarenta y siete años, que parecían menos en lo físico y mucho más en lo psicológico, conocía el mundo entero, y a Europa en especial, como a la palma de su mano. Sabía de rincones que ni siquiera figuraban en los mapas, hablaba varios idiomas, entre ellos serbio y croata por su origen. Conversar con él era como tener acceso directo a los volúmenes más cuidados de la Biblioteca Strahov de Praga o la British Library de Londres, o como si se revelaran ante mí los Vedas de la sabiduría india… Estaba absurdamente seducida por aquel hombre.
«¿Será humano?» me pregunté, «no puede ser tan perfecto». Tenía una capacidad sensorial especial y la dejaba ver de vez en cuando durante la noche: distinguía el aroma de los jazmines mucho antes de que llegáramos a ellos. «¿Cómo será en la cama? ¿Cómo es posible que yo esté con este hombre? ¿Me lo merezco?». Recuerdo que pensé en un breve momento en el que los humores de mi cuerpo me dieron una tregua, y pude escuchar lo que decía mi cabeza.
Paseamos, nos reímos, yo comí y él me acompañó divertido, hasta que en un momento de mucha cercanía me miró a los ojos, sentí un corrientazo por todo el cuerpo, me tomó de la mano y me dijo susurrando:
—¿Nos vamos?
Yo con cara de borrego a medio matar y la voz temblorosa, le respondí:
—A dónde tú quieras.
Fuimos al hotel en el que se estaba hospedando. Subimos a su habitación magnífica, con vista al mar. En el balcón me besó por primera vez, mientras el sonido de las olas lo inundaba todo. Su boca tenía un sabor dulce mezclado con algo metálico y salado, delicioso y embriagador.
Me pareció curioso que no quisiera tomar nada, le pregunté si tenía sed y me dijo que sí, pero no bebió en ese momento; en su lugar puso una melodía que parecía tocada por ángeles, y me llevó lentamente hacia la cama. No sé si el blanco de las sábanas tuvo también algo que ver, pero me sentí flotando en una nube gigante. Todo se deshacía a mi alrededor, el mundo se volvía borroso, tan solo quedaban frente a mí sus ojos ardientes que me subyugaban.
Había algo animal y a la vez sublime en su forma de aproximarse, sus caricias que tocaban los lugares precisos, su mirada que me hacía sentir como una diosa bajando del Olimpo para caer en la tentación de desnudarme frente a él. Su olor era irresistible, esa sonrisa hipnótica que hacía que obviara el afilado ligero de sus dientes incisivos, tan blancos… estaba allí con su cuerpo liviano y pálido sobre el mío voluptuoso y moreno, haciéndome sentir un placer que parecía de otro mundo.
No había forma de no sucumbir, de no entregarme. Tenía la certeza de que no había nada que pudiera o quisiera hacer para evitar que me poseyera de todas las formas posibles. Yo era en ese momento como el personaje más irracional de cualquier obra del Marqués de Sade, estaba fuera de mí mientras él estaba muy dentro, me sentía cautivada y no me importaba, estaba absolutamente sumergida en el mar de mi propio placer, que se mecía al ritmo de nuestros gemidos y jadeos.
Cuando estuve a punto de llegar al primer orgasmo de esa noche, se detuvo, dejó de embestir, deteniendo la avanzada de mi éxtasis, produciendo en mí todavía más deseo… acercó su boca a mi oído, erizándome de nuevo con el calor de su aliento, y me dijo:
—Soy un vampiro y voy a morderte, apenas te va a doler.
Mientras yo intentaba descifrar sus palabras en medio del embrujo, me mordió. Su sexo estaba todavía dentro del mío y exploté: tuve el orgasmo más increíble de toda mi vida. Sentí satisfacción en cada poro de mi piel, mi cuerpo entero se estremeció de una forma abrumadora.
Hubo más órganos esa noche. Comprendí el significado del verdadero goce, una sensación que jamás olvidaré y que puedo revivir con facilidad, porque fue para mí la ceremonia iniciática, el momento en que comencé a convertirme.
Aunque han pasado algunos años desde aquella noche, 107 para ser exactos, la recuerdo como si fuera ayer. Desde ese momento nunca más fui la misma. Sin embargo, sigo luciendo como si tuviera 33 años, pero me siento extremadamente atractiva e irresistible, sensual, poderosa, y no, no voy intentar disimularlo con falsa modestia.
Me doctoré y ahora doy clases nocturnas en la universidad. Confieso que soy adicta al brillo en los ojos de mis alumnos cuando me ven por primera vez. Y no voy a mentir, extraño el Caribe. Todavía faltan unos cuantos siglos antes de que mi piel pueda resistir tanta luz y esa temperatura abrasadora. Mientras tanto, tengo muchas formas de compensar esa carencia, mi vida ahora es todo lo contrario a solitaria y aburrida, así que puedo esperar pacientemente el momento ideal para poder probar el sabor de la sangre tropical.