Me detectaron la enfermedad hace un tiempo, 6 meses concretamente.

Me acuerdo porque fue en el cumpleaños de mi sobrina cuando el médico me llamó para informarme. Pocas ganas que tenía yo ese día de estar rodeada de niños y de dulces -que ya había conseguido mantenerme una semana a plan- como para encima recibir semejante noticia, os podéis imaginar el disgusto. A mí no me toca nada nunca… pero cuando me toca: me toca.

Ya lo he asumido. Tampoco me costó mucho si he de ser sincera. Si hay algo que le agradezco a mi madre -una santa- es que me enseñó a ver el lado bueno de las cosas. O bueno, me enseñó a evitar ver el malo. Recuerdo cuando de pequeña me decía: «Mariví, todo tiene solución, menos la muerte. Anda ve, friega los platos y a ver si se te pasa, guapa».Mi madre, si te digo la verdad, era una mujer positiva, resuelta y muy sabia. No sabia de Universidad, doctorados y esas cosas, no, de esas no; sabia de consejos herbolarios, recetas de cocina y cotilleos de barrios. Ajá, de barrios, porque se los sabía todos, toditos. Palabra. Que el Señor me la tenga en su gloria.

Reconozco que, al principio, al recibir la noticia, me quedé un poco confundida. A una no le dicen que se va a morir todos los días. Sí, sí, no exagero. Me dijeron que me iba a morir, así bonito, con florituras y todo lo que tú quieras, como hablan los doctores para suavizarte estas cosas. Pero el mensaje era: «Señora Mariví, usted la va a cascar. Y no a mucho tardar». Que una no es tonta.

Morirme. Ni más, ni menos. De lo poco importante que me había pasado en los últimos años. Y bueno… ya lo decía mi madre, todo tiene solución, menos la muerte: las cosas claras y el chocolate, espeso.

Yo creo que la noticia no me afectó demasiado porque no he sido yo una muchacha muy parrandera. Y yo eso lo sé, no hace falta que me lo diga nadie. A veces, hasta me he aburrido de mí misma. Por eso, me ha gustado estar rodeada de gente, no para hablar con ellos, nada de eso, sino porque muchas veces no soportaba quedarme a solas con mis pensamientos. Entonces, así cuando tenía a desconocidos cerca, podía pensar en ellos, mirarlos y, de alguna manera, divertirme y estar tranquila sin tener que pensar en mí.

Porque, si os digo la verdad, yo he vivido una vida en primera, no de primera. Frenando emociones, sensaciones… frenando vivir. ¿Infeliz? No hombre eso no… pero sí que he tenido esa sensación de estar perdiéndome un poco todo siempre, como que nunca lograba estar a la hora, ni en el sitio en el que había que estar.

Así que, pues eso de morirme no me parecía tan grave.

No he sido yo de tener muchas amistades. Habrá sido por mi timidez. Cada vez que iba a hablar sentía que tenía una miga gigante de pan en la garganta y oye, que nada, que no me salían las palabras. Creo que todos se acostumbraron a que no hablase mucho. Desde el colegio he hecho lo que se suponía que tenía que hacer, he dicho lo que tenía que decir y, por supuesto, lo más importante: he callado lo que no tenía que decir. Como cuando pasó eso con el Antonio, el marido de la panadera, en las fiestas de San Juan. Que yo nunca dije ná. Lo único que hice, fue dejar de comprar pan.

Me dijeron lo de que me iba a morir, y sin saber por qué, me vinieron a la cabeza un montón de memorias de infancia que lograron moverme algo por ahí dentro. Cosa que no solía pasarme muy a menudo. Yo lo tenía todo bien amarrado y quietecito. Calladita, más bonita.

No recuerdo mi adolescencia como algo muy especial, pero supongo que el tiempo es el que consigue distorsionar estas cosas y hacer que uno retenga lo que le dé la bendita gana. Y yo estos meses había estado haciendo eso. Añadiendo un poquitico de felicidad a todos mis recuerdos. Porque sí, porque me da la gana que para eso soy yo la que se está muriendo. Bueno, el caso, que últimamente pensaba mucho en las tardes de verano que pasaba con mi tío Mariano en el circo de mi pueblo. Él, mi tío, era de los únicos que me entendían.

Me gustaba hacer planes con él porque no teníamos que hablar. Íbamos juntos a muchos sitios, pero casi siempre en silencio. Solo intercambiábamos alguna frase suelta, sin mucha trascendencia. Me hacía sentir bien saber que no iba a ser juzgada ni reprobada por él.

Como os decía, los últimos días había estado pensando mucho en esas tardes calientes en el Raluy, un circo de mala muerte pero que, no sé por qué, en lo más profundo de mi ser, me maravillaba. Al contrario de lo que me pasaba a mí, allí a la gente le encantaba exponerse: bailarinas, equilibristas, payasos… todos ellos entretenían. Y yo… bueno, yo solo era una muchacha regordeta, con nombre de señora mayor que aburría a las ovejas. Pero, allí eso se me olvidaba. Y, por suerte, a los demás también.

Me fascinaban las luces, la música, la exageración con que hacían todo. Y, sobre todas las cosas, ÉL. Seguro de sí mismo, fuerte, masculino, valiente y con un torso estúpidamente sexy. El domador. Yo tenía para entonces 17 años y solo sabía dos cosas de él: que era bastante más mayor que yo y que me provocaba mucho calor en las orejas.

Mariano, por supuesto, no sabía nada de esto. Pero yo sabía que a él le pasaba lo mismo con la equilibrista pelirroja. Las mujeres, por suerte o por desgracia, siempre lo sabemos todo.

Hoy cumplo 45 y he decidido venir aquí otra vez, no sé muy bien por qué. Supongo que me apetecía sentir. Todo ha cambiado bastante. Ni rastro de los artistas de antes, de los sillones rojos y raídos en los que nos sentábamos esas tardes de verano. Aún así, me gusta la sensación de estar aquí. Me siento, no sé… tranquila. Como si no fuera a morirme.

Bueno, silencio que ya va a empezar.

¿Me está mirando? Sí, sí, me está mirando y mucho. Y además me sonríe.

Mariví, bonita, calma. ¿Pero, por qué me sonríe? La última vez que un hombre me sonrió, fue el dentista. Ay… ¿Y qué hago? Te voy a decir una cosa, para ser acomodador es bien, pero que bien apañado. ¿Os acordáis del calor en las orejas del que os hablaba antes? Pues ya no solo lo tengo ahí…

Uy, pero qué cosa tan rara, qué calores. ¡Qué agitada que me siento!

¡Ay qué viene! ¿Y si es la hora de sacar toda la vida que llevo dentro? Voy a meter segunda ¡a ver qué pasa!

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