Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Malvenidas sean

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Christopher Sepúlveda parte a la Pitahayita a fotografiar cadáveres para un periódico de nota roja a pesar de sentir que se asfixia. Y la noche solo comienza…

 

—¿Quién eres?
— Sabes quién soy. Mejor dicho, quiénes somos.
—No puedo respirar.
—Es normal, no te preocupes.
—¿Me estoy muriendo?
—Depende de ti.
—¿Quién eres?
—Ven y te digo. Te decimos, mejor dicho.

Está soñando que se asfixia mientras conversa, pero esta vez está más cerca de morirse. El sueño es su radar, hacía años que lo había notado y lo usa para hacer su trabajo. Cuando sueña eso, significa que el evento será grotesco y es probable que ese tipo de fotos acaben en primera plana. O sea, son cincuenta pesos más. Desde hace varios años dicha quimera ha sido una herramienta muy útil, pero ahora se siente más real y los diálogos, nunca los mismos, se vuelven más personales, con las voces más definidas.

5 ejecutados en la carretera rumbo a la Pitahayita, los colgaron de un puente. 300 pesos la foto. ¿Quién le tupe?». En las oscuras horas de las tres de la mañana, Cristopher Sepúlveda lee en su celular el mensaje en la pantalla de su celular todavía medio dormido. Se sacude la sensación de asfixia con todo y piel chinita, toma un buen trago de una bebida energética copia de Red Bull, pero más barata y más pegadora envasada en un frasco de vidrio en forma de granada. Eructa. Después, un pasoncito de coca para que amarre. Contesta: «YO MERO», frase que ni siquiera alcanza a teclearla toda porque la usa tanto que el algoritmo la termina por él. Enciende su Tsuru II modelo 2006, color dorado, estacionado en una gasolinera de carretera, a veinte minutos de la desviación a la Pitahayita, Sinaloa. Un auto tan confiable como mortal en el caso de un accidente. Una paradoja disparatada. Lo sabe él y lo sabe más de medio México que todavía posee un automóvil de esos, aunque ya no lo fabriquen. Se encoge de hombros y sonríe, porque a su pueblo le encanta manejar la tragedia como si no existiera y, además, se divierte haciéndolo. Son reflexiones que se cuenta solo y nunca las escribe, a pesar de que se lo promete a sí mismo cada vez que se le ocurren. Prefiere ganarse la vida tomando fotografías de nota roja. Si no le falla su detector, calcula al menos podrá ganarse está noche unos dos mil, tres mil pesos. Depende de cuántos periódicos le compren sus fotos. Se persigna siete veces, hábito que se fue acentuando conforme su sueño era más intenso y recurrente. No es católico, bueno, lo es como todos los mexicanos que bautizan sin que les pregunten. Pero no practicaba hasta hace poco y lo de santiguarse las siete veces se lo inventó porque le hace sentido eso de que Dios creó al mundo en una semana. También alguna vez le escuchó decir a una tía bien beata, que era un número divino. En todo caso, promete ser muy mala noche para su cabeza, que siente a punto de desparramarse cual olla que se deja desatendida en la estufa y embarrar de sesos todo el piso de la cocina. Por eso el entumecimiento, por eso la coca; pero también promete ser muy buena jornada para su cartera. Debe una lana que nomás crece y crece sin que se dé cuenta. Como la humedad que sale en la pared detrás de un clóset. Mejor se arranca, ¿para qué estarse preocupando ahorita? La sangre seca no es tan fotogénica como la fresca y colgando de un puente hay cinco muertitos que le van a pagar las cuentas. Al menos, las de la quincena. Quizá, hasta una visita a un prostíbulo. Ojalá.

—¿Te gustó lo que viste Christopher?
—No es que me guste, es de lo que vivo.
—¿Te gusta vivir?
—Sí… como a todos.
—¿Quiénes son «todos»?
—La gente, las personas, todos.
—Si yo te contara que no a todos les gusta. Solo lo creen. La mayoría espera que las cosas se acaben. La especie humana tiene muy poca tolerancia a la frustración, no saben distinguir la ilusión de la esperanza. Ilusión, quiere decir engaño ¿Sabías? Viene del latín. Cuando ya no aguantan el engaño, entonces anhelan el fin. A muchos les ocurre años, décadas antes y aun así siguen medio viviendo o mejor dicho: medio muriéndose. Yo disfruto mucho, siempre hay algo que ver. Disfruto verte. Disfrutamos, pues.
—¿Y tú cómo sabes?
—Porque te conozco, mosco. ¿Crees que a ti te pasa lo mismo?
—¿Qué cosa, lo de la ilusión o lo de la esperanza? Esas son mamadas.
—O sea que vives medio muriéndote.
—Vivo como me da la chingada gana…
—¿Por qué te enojas? Estamos platicando.
—Hace frío.
—Es normal, no te preocupes.
—¿Qué haces?
—Solo te toco.
—No, no. Espera.

Cristopher Sepúlveda se mete otras dos líneas en el baño del Dancing Queen, un téibol de traileros rumbo a Mazatlán. Durmió durante tres días después de tomar las fotografías de los ejecutados rumbo a la Pitahayita y ha estado despierto casi otros tres. Se ve mal. Pálido y el frío no se le quita. Fue al doctor de la Farmacia de Similares que cobra veinticinco pesos la consulta en la esquina de su casa, pero el doctor que se veía recién egresado le dijo que estaba perfectamente bien. Le recomendó que no se preocupara luego de tomarle la temperatura y revisarle la respiración.

—Lo que usted tiene que hacer es descansar, asolearse un poco y comerse unos buenos mariscos.

Cristopher no se animó a decirle que se había ido a dormir el jueves y se despertó hasta el domingo, pero se sentía como si no lo hubiera hecho. Temía que le dijera que tenía que hacerse más exámenes y que después le encontraran algo feo. Era el maldito sueño ese, otra vez a las tres de la mañana. No eran los mismos diálogos, pero sí la sensación de asfixiarse mientras conversaba. Y la piel chinita al despertar. Esta vez no había mensaje en su celular de un posible trabajo, solo la notificación de un depósito en su cuenta. Poquito más de cinco mil pesos. Había vendido todas sus fotos. La sangre fresca sí es fotogénica y el morbo paga bien. Le fue mejor de lo que esperaba. Lo suficiente para irse a calentar unos días a la playa, comer bien. Mariscos, ostiones, muchos. Necesita recuperar su potencia sexual. Eso lo va a hacer sentirse mejor.

El viejo sesentón y cuidador del baño del Dancing Queen, el Cadáver, ya lo conoce. Tiene una lágrima tatuada debajo del ojo izquierdo. Cristopher Sepúlveda piensa que es un cliché de película barata, pero no por eso deja de ser escalofriante cuando le pone atención. Tiene la mirada de un matón desgastado. Se ha preguntado más de una vez a quién o quiénes habrá mandado al panteón y los vellos en la nuca se le crispan cuando especula sobre la manera. Nunca se ha atrevido a preguntarle, ya tiene demasiadas imágenes así en la cabeza. Mira al viejo y cree que, para acabar en el baño de un lugar como ese, debe estar cumpliendo una suerte de penitencia auto-impuesta. El ojo izquierdo es con el que lo mira cuando dobla levemente una de las esquinas del periódico La Policiaca para verlo por un momento fugaz que se siente eterno. En primera plana está una de las imágenes que Christopher capturó: cinco cuerpos están semi-sentados y decapitados a media carretera. Lo que colgaron del puente son las cabezas y cada una se suspende de una cuerda larga, justo arriba del difunto al que pertenece. Las gotitas de sangre salpicada sobre el asfalto, componen una torcida obra de arte abstracto. Cosa que no le pasa desapercibida al titular con un lenguaje menos sofisticado: «SALPICADOTA EN LA PITAHAYITA».

—Esta pictur te quedó chingona, Sepulturero. Pero si me permites opinar, a lo mejor más de cerca te hubiera salido mejor. Enseñar más la sangre, pues.

El Cadáver así le dice a Cristopher, haciendo un juego de palabras macabro, compuesto por su apellido y su profesión, que solo él entiende. Usualmente tiene algo que mencionar sobre su trabajo. Cristopher se echa agua en la cara, se la limpia y le trata de sonreír.

—Gracias, Cadáver. Ya sabes, se hace lo que se puede. Véndeme dos grapas que ando volando bajo.
—Lo que usted diga, Sepulturero. Ándele, aquí están… con todo y su pilón. ¿Vas para Maza? Te urge una buena tatemada.
—Sí, eso me recetaron.
—¿Te gusta vivir?

Cristopher Sepúlveda se sacude la sensación de asfixia de nuevo. Por un momento duda si está despierto y si está en el lugar en donde está.

—¿Disculpa?
—Que si te ya te vas a ir… dicen que la nueva está que arde. Además, me dan comisión si dices que yo te dije. Ya te la you know, Sepul. Ponte guapo.

Se sale del Dancing Queen dos horas después de tratar de darse un agasajo que no le supo a nada con Zafiro, la nueva. Quiso pagarle el favor al Cadáver por ponerle el extra de cocaína. Pero fue como comer sin hambre. Tiene la sensación de ser testigo de su vida a través de un cristal blindado y paredes a prueba de sonido, se siente una langosta dentro de una pecera en un restaurante. Se toma de un jalón la bebida energética, copia barata de Red Bull, envasada en una granada de vidrio que se llama Bomba. Piensa que es un nombre con poca imaginación, muy literal. Se pudo haber llamado Chingue Su, sería un nombre más evocativo y cercano a lo que las almas tan jodidas como las de él sentían al tomarse semejante cosa. Odia sentir lástima por sí mismo.

—Me asfixio.
—Solo te estoy tocando, te estamos tocando… como te gusta.
—Hijo de la chingada, espérate. Espérense. Me duele.
—Cállate y disfruta, cabrón.
—No, por favor. Por favor… Me duele, me asfixio.

No sabe cuántas horas han pasado, solo tiene la vaga idea de que llegó la noche anterior. Según él. Tiene frío y la temperatura ambiente es de casi cuarenta Celsius, según su celular. Pasaron casi dos días. Dos pinches días dormido, no puede ser. El aire acondicionado del cuarto en el motel Marley, en plena Zona Dorada de Mazatlán, no sirve. O sirvió, pero hace mucho. Como en los noventa. No se sorprende, se acostumbró a maltratar sus expectativas a costa de pagar casi por doctrina durante años, doscientos pesos por noche a donde fuera. Anoche colocó su celular en la cómoda frente a él para grabarse. Siente que desde que sus sueños empezaron a ser más vívidos, algo está dejando de pertenecerle y, después de todo, es un periodista. Por instinto investiga y documenta. No cree, pero está comenzando a creer. Estupideces. Enciende un cigarro. Uno de verdad, el electrónico lo tiene hasta la madre. Se toma un trago de whisky barato, el primero que encontró en un OXXO. Es nada lo que queda y tira la botella, encabronado. Se mete otro pericazo y, al hacerlo, ya no siente que son sus fosas nasales, no es su nariz. Son de alguien más. Vaya, ni siquiera es el sabor conocido de su propia saliva pastosa. No es su boca, no es su lengua. Pendejadas, debe ser por tanta coca. Se promete rehabilitarse, hoy comienza. No, mañana. No, nada más que regrese a Culiacán. Nunca es tarde, dicen los folletos que sus primas demasiado maquilladas le han dado varias veces, casi cada vez que lo ven. Las puntas de los dedos de sus manos, tampoco las siente. No es entumecimiento. Es la ausencia de vida. Los dedos meñiques están más largos que todos los demás, huesudos, como las patas de un gallo deforme. Está asustado, pero no se lo quiere permitir. Tiene la sensación de estar siendo enterrado vivo dentro de sí mismo. Está dentro del ataúd, gritando, pero también está afuera presenciándolo sin poder hacer nada emitiendo alaridos sordos. Se da una cachetada. Quiere reproducir el video. Que venga lo que tenga que venir. «No seas puto, Sepúlveda. No seas chillón, Christopher. No le saques, Sepulturero. Pícale al play», Christopher Sepúlveda se regaña como lo regañaba su mamá. Se tarda varios minutos convenciéndose, provocando a su macho más macho. Picoteándole el orgullo.

LAS SIGUIENTES IMÁGENES, CONTIENEN FUERTES SECUENCIAS DE VIOLENCIA SEXUAL Y LENGUAJE PROCAZ, NO APTOS PARA TODO PÚBLICO.

Está tirado sobre la alfombra verde que huele a polvo, también huele a aromatizador de piña colada y mil lociones de mil almas decadentes. Está llorando o riendo; riendo y llorando. Ya parecen lo mismo, ya son lo mismo. Se imagina que la leyenda anterior, esa que le ponen a películas imbéciles los beatos de Hollywood, no es nada contra varias horas de verse a sí mismo siendo violado. Por nada, por nadie, por una fuerza invisible que no se registra en la grabación. Solo su resistencia, sus chillidos y su impotencia quedaron en el video. Vomita. Vomita mucho. El sabor no es el que conoce de sus propios jugos, sino el gusto del semen de varios.

—¿Te gusta vivir? ¿O medio morir?
—¿Me estoy muriendo?
—Es de mala educación responder con una pregunta. Depende de ti. ¿Ahora sí ya sabes quiénes somos?
—Creo que sí.
—Somos tú y tú siempre has sido nosotros. Nos has estado buscando y nosotros, hemos estado tratando de encontrarte. Tiene varios años que nos has estado invitando, llamando ¿O crees que hacías tan bien tu chamba tú solito?
—¿Me estoy muriendo?
—Solo si quieres. Hace mucho que estás medio muriéndote y nosotros, si así lo decides, podemos hacer que medio vivas. Es lo mejor que podemos ofrecerte. No es un mal negocio. Mírate, hace tiempo eres una desgracia.
—¿Y si digo que no?
—Puedes, no te lo recomendamos.
—¿Y si digo que sí?

Christopher Sepúlveda siente que su cuerpo ya es una vasija en un mercado de cosas usadas que vio algún día y decidió vender para sacar algo, lo que sea. Se mira a sí mismo corriendo entre una jauría de alimañas carroñeras, indefinidas de caras y de cuerpos. Corre en cuatro patas. Tiene muchísima hambre, hambre de adentro, de la que no se quita. Hambre lujuriosa, contagiada de milenios. Reconoce a poca distancia a Agustín Cruz, un ex compañero de la facultad y con quien comparaba su colección de fotos sanguinolentas cuando se quedaban de ver en el Dancing Queen. Cruz le toma fotos al cadáver tieso de Cristopher, colgando del ventilador del cuarto del motel Marley, todavía dando vueltas. Agustín se encoge de hombros y piensa que ni modo, así es esta vida. Le intriga que el aparato haya aguantado el peso de su colega sin venirse abajo. «¿Cómo lo habrán fijado tan bien al techo?», se pregunta. Sale del cuarto y camina hacia su Nissan Tsuru II, color verde pino. Una vez adentro, se toma un trago de Bomba, la bebida energética copia barata del Red Bull y más pegadora, una sopa tibia ya por tanto calor. El Sepulturero se acerca jadeando lascivo, mientras se abre paso entre la manada de almas malvenidas que empiezan a rodear a Agustín. A la misma velocidad que su compadre se mete una línea de cocaína, Christopher Sepúlveda le susurra en el oído derecho:

—¿Te gusta vivir, Agus?

4 Comments

  1. Wow, sin palabras. Me encanta el tono macabro del relato y ese final que te deja con los pelos de punta. Felicito al autor por su imaginación y pasión al escribir, ya que me tuvo pegado a la pantalla de mi teléfono desde la primera línea, y no cualquiera puede lograrlo. Me gustaría mucho leer más cuentos como este, acabo de descubrir esta web y me parece sensacional. Gracias por compartir sus ficciones.

    1. Millones de gracias por tu lectura. Como autor, es motivante leer una opinión así. Ojala el próximo que venga, te guste igual o más.

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