Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Los Guardianes del Cenote

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Dos niños mayas ayudan a recuperar la identidad de su comunidad bajo la guía de los espíritus protectores de la tierra.

Me llamo Juan Caamal Pech y vivo cerca de un cenote. Es el más bonito de toda la zona. La cueva es enorme, tiene un agujero entre las rocas del techo por donde llegan los rayos del sol. Para entrar hay que bajar por un túnel que está entre la vegetación de la selva. Aunque, ¿saben qué? Hubo un tiempo en que ese túnel estuvo cerrado y por eso casi nos quedamos sin cenote. Pero mejor les cuento desde el principio.

Era tanta la fama del cenote que todos los días venía gente a visitarlo. Venían de cerca y también desde muy lejos. Se metían a nadar para refrescarse del calor, y algunos trepaban y se balanceaban de las raíces que colgaban desde el techo. Gracias a esos visitantes, mi familia y otras del pueblo tenían bastante trabajo. Mi papá vendía artesanías que él mismo tallaba en madera y todos los días se acababan los vaporcitos que cocinaba mi mamá. Hasta a nosotros los niños nos iba bien, los guiábamos para bajar al cenote y les decíamos «bombas» yucatecas que les daban mucha risa. Mi tío Raúl, que trabaja en Tulum, nos enseñó a decir cosas en inglés, como: thanks for your tips, que quiere decir, «gracias por sus propinas». Y es que casi siempre nos dejaban algo. Era maravilloso.

A veces cuando iba con mi hermanita Nikté a jugar ahí, nos gustaba ver las rocas de la cueva e imaginar formas que podrían tener. A unas yo les veía forma de cocodrilo, de jaguar, o de jabalí. ¡Y ella llegó a ver hasta una tortuga gigante! Nos encantaba el cenote.

Pero un día pasó algo muy raro. Tempranito cuando bajamos, nos dimos cuenta de que la entrada del túnel estaba… ¡bloqueada! Había un montón de piedras que no dejaban pasar. Intentamos levantarlas o romperlas, pero pesaban mucho, parecía que estaban pegadas al suelo. Los turistas que habían ido ese día se toparon con un montón de hombres tratando de desbloquear la entrada. Fue imposible. Todos regresaron decepcionados. Y por más que mi papá y los demás del pueblo siguieron intentando durante días mover esas dichosas piedras, no lo consiguieron.

¡Vaya problema! Poco a poco se corrió la voz y los turistas dejaron de venir. Ya nadie vendía nada, ni había propinas. Comenzó a faltarnos la comida y mi papá se tuvo que ir con mi tío a Tulum a trabajar. A muchas familias del pueblo les pasó igual, mis amigos y yo extrañábamos a nuestros papás. Mamá dejó de cocinar vaporcitos y se puso a cuidar la siembra junto con mis tías, pero era muy pesado. Todos estaban muy preocupados. Lo peor era no saber cuando volveríamos a ver papá.

¡Esas estúpidas rocas lo habían echado todo a perder! Yo estaba muy enojado. Así que un día fui a la entrada del túnel y empecé a pegarles con todas mis fuerzas.

—¡Todo es por su culpa! ¡Asquerosas!

Mientras reclamaba, lloré un poquito del coraje. De pronto escuché un ruido bien raro, como si viniera de adentro de las piedras. ¡Uay, me asusté! Dejé de golpear. Me empezaron a temblar las manos. Luego estuvo muy curioso, porque parecía como si el ruido dijera algo:

—…no lo merecen…

—¿Quién dijo eso? —grité volteando alrededor—. ¿Hay alguien aquí?

De repente, me di cuenta de que unas de las rocas parecían tener forma, como estatuas. Una se me figuraba como un jabalí enorme hecho todo de piedra.

—¿No te acuerdas de mí? —sonó ese ruido otra vez desde dentro del jabalí. Yo no podía ni hablar, estaba paralizado. Aunque viéndolo bien sí se me hacía conocido.

¡De pronto lo reconocí! Me acordé de cuando Nikté y yo veíamos formas entre las rocas, habíamos visto unas que parecían tener forma de jabalí. Siempre habíamos creído que era nuestra imaginación. Pero ahora ahí estaba, justo frente a mí.

—¿Quién eres? —pregunté temblando de miedo—. ¿Por qué bloqueaste la entrada al cenote?

No me respondía. Entonces, poco a poco, me di cuenta de que todas las rocas que estaban frente a mí, también tenían formas de otros animales y criaturas. Reconocí al cocodrilo que siempre veíamos en la esquina de atrás, a la tortuga gigante, al venado, al jaguar y vi también otras figuras que no alcancé a distinguir. ¡No lo podía creer! De pronto se escuchó un sonido muy fuerte, como de varias voces misteriosas que se unían, diciendo:

—Somos los guardianes del cenote.

¡Jesús! En ese momento quise salir huyendo de ahí. Pero también pensé que quizá ellos podrían ayudarme a que papá volviera a casa. Me armé de valor y volteé a mirar a las figuras de piedra.

—¿Guardianes del cenote? —balbuceé.

—Ya nos conocías —se escuchó desde dentro de la figura de tortuga.

Entonces me di cuenta de que yo no me había imaginado ninguna figura, sino que las había descubierto junto con mi hermana dentro del cenote, haciendo su labor de guardianes. De pronto, surgieron más voces desde las rocas, cada una con un tono diferente:

—Tu ofrenda de lágrimas nos ha conmovido, por eso te obsequiamos este mensaje.

—Nosotros protegemos este lugar sagrado.

—Estamos hartos de que los hombres se beneficien de él olvidándose de sus orígenes.

—Le han perdido todo el respeto.

—Solo les preocupa el beneficio que puedan obtener.

—Han olvidado la leyenda del cenote.

—Incluso su nombre.

—Ya no merecen entrar aquí.

Me quedé helado. Apenas pude reaccionar a lo que acababa de oír. Solo se me ocurrió decir.

—Tienen razón. ¡Discúlpenos!

Silencio.

—¿Cuál es esa leyenda? ¿Podrían contármela?

Pero no se escuchaba nada. Solo el ruido del viento moviendo las hojas de la selva.

—¿Guardianes? —insistí—. ¿Siguen ahí?

Pero no volví a escuchar nada más. Las voces se habían esfumado. Comencé a desesperarme.

—¿¡A dónde se fueron!? —grité.

—¿Quiénes? —volteé y de pronto me topé con Nikté, mi hermanita, que me estaba mirando extrañada—. ¿Con quién hablas?

Me sentí como un tonto. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí parada.

—Mamá te anda buscando —me dijo.

Dejé entonces a las rocas y nos pusimos en camino de regreso.

—¿Crees que, si les hablas a las piedras, se van a ir? —se burló Nikté de mí.

—Cállate —me defendí.

Preferí guardar el secreto de lo que acababa de pasar. Pensé que si lo contaba nadie me iba a creer. Yo tampoco lo hubiera creído. ¿Será que sí pasó de verdad?

Mientras le ayudaba a mi mamá a recoger las calabazas de la siembra, me pareció que seguía escuchando esas voces. ¿Cuál sería esa leyenda que mencionaron? ¿Será que si logramos recordarla se podría desbloquear la entrada del cenote? Eso sería muy, muy bueno. ¿Pero quién podría saber esa leyenda?

Ya por la tarde, cuando veníamos de regreso cargando la cosecha, comencé a tener mucha comezón en mi brazo. Me di cuenta de que tenía unas ronchas en la piel. «Ay, ya me quemó el chechén», pensé.   

Entonces busqué en el monte un chechén, un árbol de tronco rojizo que es venenoso al tacto. Cuando por fin encontré uno, vi que, como siempre, junto a él había otro árbol, el chaká. Arranqué algunos pedazos de la corteza del chaká y ya en la casa se los di a mi mamá para que me hiciera la medicina contra el chechén. Mientras mi mamá hervía las cortezas para sacar la resina, me acordé de la historia que me había contado el abuelo. Me dijo que dos hermanos guerreros, uno bueno y otro malo, se habían convertido en dos árboles, el chechén y el chaká, por estarse peleando por una doncella. ¡Ah, entonces fue cuando recordé! ¡El abuelo sabía muchas historias! En ese momento corrí a buscarlo.

Lo encontré sentado en su hamaca desgranando una mazorca.

—Abuelito, ¿tú sabes alguna historia sobre el cenote? —le dije así de repente.

—Pues… —él, como siempre, se tomó su tiempo para hablar— solo que la gente se la pasaba explotándolo y de repente ya no pudieron, porque…

—Si, abue, eso sí lo sabemos. Me refiero a una como… ¿leyenda?…

Pero el abuelo no me escuchaba, siguió hablando…

—…yo se los advertí, pero en este pueblo ya nadie escucha a los viejos. Los aluxes deben estar muy enojados y con toda razón.

—¿Aluxes? ¿Qué es eso?

—¡Por eso estamos como estamos! Ya nadie se acuerda de lo importante.

—A mí sí me importa, ¡cuéntame!

En eso, Nikté llegó de metiche y también se puso a escuchar al abuelo. Él nos platicó que los aluxes son los espíritus protectores de la tierra y que se les rinden ofrendas para que sigan cuidando un terreno, un río o una cueva, o en este caso un cenote.

—¡Eso es! Los guardianes están molestos porque nos hemos olvidado de ellos —dije.

—Sí, yo les he dicho que hay que ponerles su ofrenda, pero no me hacen caso —explicó el abuelo.

—¿Su ofrenda? ¿Cómo es eso? —pregunté.

—Pues se pone una vela y algunas frutas o semillas y se pide el permiso y la bendición de los guardianes para que los hombres podamos disfrutar de la tierra.

—Pues vamos a ponérsela, abue —lo jalé para que se levantara.

Pero, al parecer, no era tan sencillo. Según el abuelo, para poner una ofrenda así, necesitábamos de un batab o una especie de sacerdote que sabe de la tierra y de sus espíritus. Nikté y yo nos la pasamos buscando por todo el pueblo, pero no encontramos a ninguno. Según los viejos, el último batab sobre el que escucharon había muerto cuando ellos eran jóvenes.

¿Qué podíamos hacer? Decidimos hacer la ofrenda nosotros mismos, lo mejor que pudiéramos. Total, no teníamos mucho que perder. Recogimos flores de las matas de mi mamá, frutas del jardín y algunas semillas. Esa noche las llevamos a la entrada del túnel donde estaban las piedras. Yo encendí la vela y mientras colocábamos la ofrenda de flores y frutas, solo se me ocurrió decir:

—Perdón.

Esperábamos que cuando pusiéramos la ofrenda las enormes rocas iban a desaparecer como por arte de magia. Pero no. No pasó nada. Todo siguió igual. Decidimos quedarnos ahí hasta que se acabara toda la vela, como nos había dicho el abuelo. Y, como la vela se tardó mucho, nos empezó a dar sueño.

Así, nos sorprendió la mañana siguiente. ¡Me di cuenta de que nos habíamos quedado dormidos toda la noche! «Quizá ya se hayan ido», pensé. Volteé y cuando vi que las rocas seguían exactamente en el mismo lugar me sentí muy mal. Todo lo que hicimos no había servido de nada. Luego pensé que nuestra mamá… ¡debía estar muy preocupada! Me apresuré a despertar a Nikté que dormía junto a mí. Le costó trabajo despertar pues se había dormido muy profundo. Como pude, hice un esfuerzo para cargarla dormida y así llegar prontito a la casa.

—¡¿Cómo se les ocurre!? ¿¡En qué estaban pensando!? —vociferaba mi mamá desde la puerta cuando nos vio llegar.

Nos seguía gritando furiosa sin que me dejara explicarle nada. Decidí echarme toda la culpa para que no regañaran también a mi hermanita.

En eso el abuelo tomó a Nikté de mis brazos, y ella entre bostezos y con los ojos aún cerrados dijo:

—Tuve un sueño muy raro.

Mientras continuaba el regaño de mi madre, mi hermanita le contó al abuelo lo que había soñado: que un cazador estaba persiguiendo a un jabalí y que lo intentaba capturar, pero no podía, solo lo dejaba herido. Y que, entonces, el cazador observaba el rastro de sangre del jabalí que había dejado en la selva y decidía seguirlo.

De pronto, el abuelo lanzó un grito muy fuerte.

—¡Aaaah! —nos espantó a todos. Mi madre también se calló y lo volteó a ver.

—¿Qué pasa? —preguntó mamá extrañada,

—¡Ya me acordé! —exclamó entusiasmado— de niño me contaron también esa historia: un cazador persiguió a un jabalí herido y gracias al rastro de su sangre encontró la guarida del animal, una cueva enorme donde vivía con su cerdita y sus lechoncitos —el abuelo continuó hablando con una voz solemne—. Luego el cazador descubrió que en la cueva también había un cenote precioso. Se maravilló ante la belleza del lugar y se enterneció ante la familia de cerditos y por eso decidió llamar al lugar X’kekèn.

El abuelo mostraba una enorme sonrisa en su rostro y sus ojos tenían un brillo muy especial. Todos nos quedamos en silencio sin saber qué hacer. De pronto yo reaccioné.

—¡Esa debe ser la leyenda del cenote!

—¡Y su nombre! —gritó Nikté todavía adormilada.

Nos alegramos mucho y nos abrazamos.

—Gracias abuelo, ¡por fin los descubrimos!

Mi mamá no entendía nada. Se había quedado con ganas de seguir regañándonos, pero nuestra celebración y abrazos la dejaron confundida.

En eso comenzó a escucharse algo de relajo que venía desde la calle, no sabíamos qué pasaba. Nos asomamos y observamos que unos niños estaban corriendo por la calle mientras gritaban felices:

—¡Ya no hay piedras! ¡Se han ido!

—¡Podemos entrar!      

¡Por Dios! Esas palabras parecían mágicas. ¿Sería cierto? Nadie lo podía creer. La gente que los escuchaba salía de prisa de sus casas a ver si lo que decían era verdad.

—¡Vengan a verlo!

Y sí. Esa mañana ante la sorpresa de todos, observamos cómo… ¡ya no había ninguna roca! El túnel estaba completamente despejado, como antes. ¿En qué momento había pasado? Nadie lo sabía. Nikté, el abuelo y yo nos volteamos a ver en silencio, y solo pudimos sonreír.

El pueblo entero se amontonó en el túnel para comprobarlo con sus propios ojos, algunos rieron de emoción, otros gritaron felices y otros más se pusieron a celebrar con cantos y baile. De pronto, cuando la celebración ya empezaba a subir de tono se escuchó un grito grueso.

—Ohhhh —era la voz del abuelo que quería pedir la palabra.

Gritó tan fuerte y tan hondo que todos en el pueblo se callaron y lo voltearon a ver. Entonces se puso muy serio y habló con voz firme. Les compartió lo que había pasado y cómo, por habernos olvidado del respeto por el lugar y por sus guardianes, habíamos perdido a nuestro amado cenote. Todos escucharon al abuelo con mucha atención. Hablaba con tanta serenidad y sabiduría que, en ese momento se convirtió en el nuevo batab del pueblo.

Desde ese día, todos pudimos volver a disfrutar de nuestro amado cenote, volver a nadar en sus aguas y compartirlo con los demás visitantes. Las personas del pueblo volvieron a tener trabajo gracias a los turistas, y lo mejor fue que… ¡papá volvió a casa! Nos pusimos felices cuando lo vimos, lo habíamos extrañado tanto.

Es por eso que, desde entonces, ahora todos los que entramos en el cenote les pedimos permiso a los guardianes y les dejamos ofrendas con respeto. Y cada vez que veo al jabalí, al cocodrilo o a la tortuga entre las rocas, les sonrío. A veces hasta les platico cosas y ellos se ríen conmigo. Me encanta tener amigos así. Una vez al año el abuelo hace una ceremonia de agradecimiento a los guardianes en la que participamos todo el pueblo. ¡Tenemos tanto que agradecerles! Y nosotros, los niños, nos encargamos de que cualquier visitante escuche la leyenda del cenote. Solo así podremos estar seguros de que nunca más la olvidaremos, como tampoco olvidaremos el nombre de nuestro querido Xkekén.

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