Las muertas

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Por EBurger
@eduardoburger33

 

«Los tres castaños que ahora miraba con detenimiento no daban para emular el tono de la cabellera de Cynthia».
Los árboles. Antonio López Ortega.

 

Todo empezó con un par de memes que compartimos en el ascensor. Luego bailamos disfrazadas de la muerte frente a un espejo que ya no existe. Pusimos de esa música que tenías años sin escuchar y que te daba por explicarme con exasperante detalle mientras yo insistía en lo contrario, atascada mi lengua en las palabras que caían de mi voz cual ropa arrugada:

—La música no se explica.

Nos habíamos bebido todas las botellas de tu marido.

En primer lugar, nos habíamos bebido todas las botellas de tu marido porque ya, para cuando golpeé la puerta para hablarte de mi ascenso, yo estaba borracha hasta las metras, como quien dice.

En segundo lugar, nos habíamos bebido todas las botellas de tu marido porque te incité. Estaba feliz y estaba sola y, aunque no te conocía de verdad, yo siempre te había querido muchísimo y estaba ladillada de echar mis cuentos a través de la pantalla a una gente diminuta y contraída. En cambio, tú eras grande, tú eras colosal, preciosa, estabas viva y eras mi vecina y no tendría que explicarte un montón de cosas, incluyendo el significado de «ladillada» o «hasta las metras».

En cuarto lugar, nos habíamos bebido todas las botellas de tu marido porque tú también estabas disfrazada, pero no querías ir sola a esa fiesta no sé dónde y menos si implicaba el riesgo de contagio, por más que todo el mundo usara máscara y pretendiera guardar distancia.

En quinto lugar, recuerda que me dijiste con rabia que eran las botellas de tu marido y que te parecía un anacronismo -vaya, cómo me costó luego decir esa palabrota con las pantaletas abajo- aquello de guardar botellas, que no fueran todas de vino, que fueran suyas, que les dijera «mis botellas» aunque no las hubiera comprado el muy cabeza hueca infantil al que demasiado bien le habían enseñado a administrar su neurosis: «mis calzones», «mis familiares», «mi lado de la cama», «mi», «mi», «mi», «mi»…

En sexto lugar, también es cierto que apenas empezaste a canturrear el «mi-mi-mí» mientras te desbocabas haciendo pucheros y te ajustabas el disfraz de muerte y te resplandecían las mejillas sobre la blusa negra con las costillas hinchadas sobre las tetas erguidas (tus enormes tetas que envidiaba y admiraba y compadecía cada vez que coincidíamos en el ascensor), supe que no había vuelta atrás y que, o vomitábamos juntas, o no volveríamos a vernos jamás.

En séptimo lugar, porque, lo admito, yo igual odiaba el maldito trabajo donde me tocaba hacer el papel de la «veneca estrella» y aquello de la cuasi única fiestecita del año, fuera del Zoom, donde por fin celebraríamos nuestras pútridas metas del trimestre pasado y el jefe volvería a hablarme con esa saña amable que me había hecho enamorarme como una loca de él y preguntarme qué carajo le pasaba a ese tipo tan soltero, tan guapo, tan solo, ¿por qué no hacía un avance? ¿Es que era marico?

En último y octavo lugar, nos bebimos todas las botellas de tu marido porque te besé. Aclaro, mientras bailábamos y nos frotábamos las cejas sentí que me empapaba con tus latidos desparramados a través de los huesos fosforescentes del traje y quise atajar en el aire todo aquel reguero palpitante antes de que fuera demasiado tarde y te besé. Te besé, sí, lo hice para evitar tener que recoger el desastre yo solita, como cuando me tocaba cuidar a Miki y Mako por un año o un fin de semana. Estrujé mis labios contra los tuyos antes de que se me entumecieran de pavor y te arrojé toda mi lengua. Y tú la arropaste en la tuya y nos fuimos al piso muertas de la risa. Y me limpié la boca con el antebrazo, suspirando largamente de felicidad, clavados los ojos en el techo, enredados mis dedos en las minúsculas cuencas de los ojos tallados en las calaveras de mi collar, preguntándome si el octavo lugar era realmente el séptimo porque en algún otro lugar había perdido la cuenta de todas las vagas excusas para bebernos todas las botellas de tu marido a como diese lugar.

—¿Y ahora? ¿Qué hacemos?

Recuerdo que pregunté, casi ahogándome en mi propia saliva, bocarriba, enamorada y asustada como nunca. En eso, acurrucaste con torpeza infantil tu golosa pierna sobre mi torso y sentí que también reparabas en la dulzura de tu otro pie atrapado entre los míos, formando la extremidad puntiaguda de una monstruosa criatura intangible que respiraba por las dos.

Me miraste. Llegué a presentirlo. Sin parpadear. Lo hiciste largamente. Estuviste a punto de decirme algo estúpido, sin parpadear. Era obvio que ibas a recular en tus intenciones antes que yo y para nada iba a permitirte semejante ridículo, no así, no frente a mí, porque he aquí que yo te amaba ya, porque ya sabía al fin lo que implicaba amarte, aunque tuviéramos que recurrir las dos a estos disfraces de mierda, quiero decir, de muerta.

Siempre tuve ese talento, el de sentir cuándo y quién me estaba mirando, especialmente si estaba casi a punto de espetar una frase comprometedora. Se trata este de un sentido que todos poseemos, que el arte teatral contribuye a perfilar y que, no obstante, nadie nunca ha querido explicar a cabalidad. ¿Cómo podemos percibir una mirada de la que no tenemos noción alguna justo cuando su dueño está a punto de exponerse más de la cuenta? En mi caso, ese sentido había sido exacerbado por la triple entente del exilio, la cuarentena y los años lejos de las tablas –a la cual añadiría un divorcio atroz–, así que de inmediato entendí tu perplejidad y quise salvarte dado que, en ese momento, no me cansaré de repetirlo, te amaba más que a mí misma –lo cual es mucho decir porque solo a Miki y a Mako los amaba más que a mí misma–. Así que decidí representar mi mejor papel hasta la fecha y me hice la pendeja para librarte de toda vergüenza, tanto la de atreverte a dar el primer paso como la de aceptar que daría igual arrepentirte frente a mí para descubrir que así como estabas, con las ojeras de colores y los pómulos acentuados y la pintura de labios púrpura y la telaraña de juguete enredada sobre el mechón pintado de blanco, te hallabas más desnuda que el día en que te parieron y que ni siquiera yo estaba tan desnuda, por más trabajo que hubiere puesto en bañarme las manos con alcohol, embutirme en los hotpants de tornasoles negros y afincar el rostro bajo la máscara de la muerte, preparada cabalmente esa noche para buscar lo que no se me había perdido, aunque ignoraba desde un principio que sería contigo, es decir, que te había amado toda la vida sin saberlo, sin comprender que existías, así como el espejo de tu sala, que ya no existe. O que jamás existió, porque es un tremó, no es un espejo: «es un tremó, un tremó», eso repetías sin cesar tras nuestros mejores estallidos de risa. No sé si me explico.

Bamo a bebernos todas las botellas de tu marido.

—¿Ah?

—Eso, ven —dije mientras me levantaba—, vamos a bebernos todas, ¡todas!… las botellas… de tu marido. No el mío, ese que se muera. Sino del tuyo, a ver si aprende.

Sonreíste. Tu mano extendida reveló uno a uno tus preciosos dedos finos y estirados, torneados tus brazos algo regordetes, torcidos a más no poder tus dientes de mentira, los mismos que quise lamer y desbaratar con ternura cuando tu rostro se vino contra el mío apenas te levantaste de un antuvión.

Subimos la música y n os bajamos todas las botellas de tu marido. Qué felicidad, bajarse todas las botellas de un marido sin tener que explicarle a nadie de qué se trata la expresión, mucho menos el gesto. Tampoco es que eran tantas, ni a cuatro llegaban y eso nos causaba aún más gracia, sobre todo por el modo en que remedabas su petulancia y arqueabas los hombros y fruncías el ceño al imitarlo, escena a la cual me sumé como la profesional que era, haciendo el papel de ti, y juro que ahí mismo nos habríamos amado como nunca sobre el piso de madera pulida si no fuera por los golpes durísimos a la puerta.

Un golpe, luego otro.

Al tercer golpe nos dimos cuenta de que el timbre llevaba horas repicando.

Tras el cuarto golpe con un mismo gesto apagaste la música y de lo más turuleca te ajustaste asustada la blusa, a medio camino la falda, las arrugas del frufrú en el derrière y el cinturón de murciélago donde metiste la panza. Me conmovió presenciar aquella farsesca rutina dedicada a recobrar la compostura. De inmediato llegó el eructo. Luego el quinto golpe a la puerta y tu rostro palideció. No sé si amagaste una seña para que me escondiera o si la malinterpreté o qué. Casi me hice pipí encima.

—Ya voy, corazón, ¡ya voy…! —gritaste, como quien finge distancia.

Sexto golpe. Logré levantarme del sofá y no sé cómo, ni por qué, encontré el baño.

El séptimo golpe lo escuché mitigado por una gruesa puerta y el rumor de un extractor de aire.

Para el siguiente golpe perdí la cuenta. El timbre había dejado de sonar y te escuché pedir perdón, sugerir un cambio, algo más. Entonces un noveno u octavo golpe hizo temblar el baño. Suspiré de miedo, di un par de pasos hacia atrás. Abrí.

—Llegó la pizza —dijiste, manchada tu barbilla en salsa.

Tardé en comprender la situación.

—Puse salsa. Te fascina la salsa, ¿no? —añadiste, mordiendo un pedazo.

Ahora estaba más confundida que nunca. E n la sala sonaba Maelo.

—¿Qué haces con las pantaletas abajo? —preguntaste, señalando hacia mi ombligo con la punta del pedazo de pizza.

—Nada… —respondí—, estaba escondida en el baño.

Fui interpelada por tus ojos entrecerrados. No tenía ni idea de cómo iba a hacer para explicarte que había decidido bajarme las pantaletas para pretender ante tu marido que te había pedido prestado el baño.

—Pero si ese no es el baño —dijiste, con la boca llena.

Cuando volteé, noté que a mis espaldas había una alacena copada de productos químicos, implementos de gimnasia, paños roñosos, herramientas, cajas con archivos, maletas y adornos que parecían venir de otra vida. Una vez más, tu risa me atravesó, remeció los músculos de mi espalda hasta dar por dentro con mis pechos e hizo nítidas cosquillas al revés de mis pezones. Y me tomaste de la muñeca. Y me llevaste como una muñeca a donde estaba la pizza. Y me dijiste «ven, muñeca, come» y lo volviste a repetir, pero hablando más lento, «vamos, ven, muñeca, come». Y comí, comí como una muñeca de trapo. Y me viste comer como nunca ningún hombre lo había hecho. Y recuerdo que, mientras mordía los pastosos triángulos de pizza, acariciaba como una niña los huesos de tela en tu traje, rascando risueña sus estampados ásperos y brillantes, mientras te decía «muñeca» mirando tu mano ensortijada sobre mi muñeca, iluminado tu rostro ante mis ojos que se expandían espléndidos para darle cabida entera a tu existencia a fin de percibir, como quien ajusta el foco, que ahora eras tú quien intentaba enarbolar un momento apropiado para llegar hasta mi cuerpo y rendirte a él. Tanto quise, por ende, degustar tu delicadísimo escarceo, que me inventé una excusa para demorar el zarpazo del próximo beso y te pedí que fueras por las dos botellas restantes, las mismas que supimos bajarnos renovadas nuestras fuerzas y mejorados nuestros estómagos y que igual, luego de poner otro tanto de música, nos vomitamos encima con todo lo demás.

Bueno, primero fue tu vómito. Luego el mío, apenas me agaché a limpiar los restos de queso y pepperoni enchumbados de jugo gástrico y jerez y ginebra y yo no sé qué.

—Lo siento, es que se me olvidó que soy vegetariana.

Al escucharte solté otra carcajada y de tanto hacerlo frente al charco maloliente volví a vomitarme. Y entonces tú lo hiciste conmigo. Así que, entre el huevo y la gallina, primero fue la resurrección de la pizza.

Dos enérgicas cepilladas de dientes con tu ecológico y siniestro cepillo de bambú me ayudaron a volver en mí para comprobar que ya era tarde. Tenía una dormilona tuya encima. Me agradaba el vuelo de su tela levísima sobre mis grandulonas caderas. Un par de veces me erguí de puntillas frente al espejo –el espejo, no el tremó– para sopesar a qué altura de las piernas me llegaba la dormilona en comparación contigo. Mejor dicho, con la idea que me había hecho de ti. Tu lavamanos era espléndido. Oí ronronear una lavadora a lo lejos. Acaso adivinando mis pensamientos, alzaste la voz desde el otro lado de la puerta:

—Metí nuestros disfraces juntos.

Afuera se escuchaban las sirenas de la policía.

Abrí la puerta.

—Bueno al menos ya sabes cuál es el baño de verdad.

En el televisor, varios coches de policía rodeaban la fachada de un banco. El resplandor de la pantalla adosada a la pared salpicaba tu cuerpo sobre la cama. Apenas te quedaba el pijama.

—Es de él, la dormilona es mía, así que me la cuidas, mira que es la única que tengo. Me gusta usar más bien franelas enormes, las suyas, sobre todo. Si están rotas, mejor. Creo que este pijama es de cuando nos casamos.

Los policías tuvieron que esconderse bajo una ráfaga de tiros. En las puertas de sus coches figuraban humeantes agujeros. Luego, una enorme silla de oficinas reventó contra un parabrisas.

—Oye, ¿podrías apagar la luz del baño? Es que me duele la cabeza.

Te vi ligera y agradable, algo mancillada, el control remoto en la mano, la espalda contra el tope de cama. «Nube Encallada», así te bauticé en mi lengua. Era una lengua indígena que recién había descubierto para ti.

Apagué la luz, me acerqué de puntillas. Los rehenes lloriqueaban agazapados entre los escritorios del banco.

—Se supone que para mañana estarán listos.

Al parecer, los asaltantes se habían salido con la suya. No había ni rastro de ellos.

—O sea, me dio pena que tuvieras que regresar hedionda a mi vómito, sé que vives casi al lado, pero uno nunca sabe, la verdad es que quería que te quedaras.

Bajo el brillo de la televisión, tu honestidad lucía concisa y brutal. Parecías otra persona, más acabada y musculosa, es decir, más destruida, y heroica: una cosita dura que provocaba abrazar con todas tus fuerzas. La nuez de la mujer. Un peluche de verdad.

—Ven —dijiste—, desplegando una punta de la sábana.

El dolor de cabeza te sentaba bien. La imagen de nuestros disfraces de Halloween meneándose juntos en la lavadora me hizo bien. Todo estaba bien.

—Estás bien, ¿no?

Asentí como lo haría un fantasma al borde de tu cama. No sé por qué yo, que siempre he sido tan hablachenta y segura de sí, me había quedado sin palabras. A lo mejor apenas estaba aprendiendo a hablar la lengua indígena que había descubierto para ti.

—Yo también estoy bien —añadiste, como leyendo la vacilación y el estupor fatigado en mi rostro—. Aunque tampoco recuerdo nada. Es decir, tengo lagunas. Supongo que tú también, o sea, no creo que pasó nada. M e explico, digo, eso, solo te quité la ropa, creo que me quitaste la mía. No la ropa, sino los disfraces de muerta y como debajo no teníamos casi nada, también eso se fue al agua, casi nada. Luego… tampoco es que recuerdo mucho, te presté mi dormilona, me puse este pijama que me asfixia y ya está.

Antes de que terminaras con tu explicación, ya yo me había echado entre tus brazos, apoyado todo el peso muerto de mi enorme cabeza palpitante en tu pecho derecho.

—Además, no podemos —comentaste.

Los investigadores discutían frustrados. Los paramédicos asistían a los rehenes. El resplandor de la televisión te empapaba con su oleaje. Contuve las ganas de acariciar el borde aborlonado del pijama justo ahí donde se ondulaba sobre tu otro pecho, el izquierdo. A cambio, le hice cosquillas a un ojal.

Nop, hoy no podemos —dijiste—, es que tengo la regla.

Esta vez, las carcajadas mutuas fueron brumosas, casi inaudibles. Pensé en mantequilla. Desgrané cada mínimo estertor de felicidad antes de acunarme, aún más, en tu cuerpo. Las imágenes del banco recién asaltado herían la madrugada. Una procesión de subtítulos bailaba frente a nosotras.

—¿Has visto esta película?

Supe que hablabas para mitigar el dolor de cabeza o para quedarte dormida, que al igual que yo, estabas encandilada.

—Es malísima. Los asaltantes se hacen pasar por rehenes para salir desapercibidos y huir con los billetes apurruñados, escondidos en las entretelas de sus ropas, hasta en los calzones y en los sostenes. Casi todos ignoran que entre ellos hay un policía infiltrado, uno de esos policías disfrazados de ladrón que ahora también se hará pasar por rehén y que, para más colmo, en esta peli, anda pretendiendo ante el jefe de la banda que no tiene un «jujú» con la novia. Esta actriz, cómo se llama, bueno, esa a la que ahora sostiene de la mano mientras ambos lloran. Creo que ni ellos mismos sabrían decir si de mentira o de verdad, porque el plan es que, para escapar, el que está disfrazado de rehén se ha de pasar por esposo de la mujer del jefe, de la novia, una idea que hace al policía dudar si ha sido o no descubierto y cómo, acaso, ha sido descubierto, si como amante o como policía. O como ambos a la vez. Y si fue precisamente la novia del jefe quien lo delató, esta actriz vale, parecida a Julianne Moore pero con el pelo negro, bueno, a ella le sostiene de la mano atravesando el umbral del banco mientras pretenden que su amor realmente es verdadero. Y ahí termina la cosa, justo cuando están a punto de poner los pies en la calle, la luz baña la escena, llegan los créditos y ya está.

Siempre me gustó eso, la forma en que decías «y ya está».

En cambio, yo carecía de esa clase de muletillas. Ay, cómo las envidiaba, pero no me salían, no que yo sepa. Al rato las olvidaba. Si necesitaba dormir tampoco hablaba hasta por los codos. L o que hacía más bien era callar, callar todo a mi alrededor, poco a poco, de a poquito como quien dice y como si en vez de callar, estuviese amasando cada manifestación del silencio con la punta de mis dedos hasta formar una bolita lo más redonda y concisa posible. El silencio amoblado por la habitación, el silencio menospreciado por el televisor encendido, el silencio en el marco de la ventana, modesto y angular, el silencio de la realidad pegada al vidrio, escandaloso como ninguno y, no por ello, menos mudo; el silencio de la prestigiosa lámpara en tu mesa de noche y de nuestros muslos entrelazados, igual de prestigioso y casi idéntico al silencio de mi ropa y de la tuya, dando fe del arrullo que nuestras almas compartían, y que también giraba en tus rulos ensortijados, rendidos en mi cabello liso y en mis dedos que tamborileaban sobre tu cintura huesuda, camino hacia la tersura de tu entrepierna, coqueteando distraída con llegarte al pubis antes de fracasar, sumida en el silencio de tus ronquidos y los míos.

Cuando por fin desperté, tenía una planta exótica entre las manos y tronaron las puertas del ascensor.

Otra vez, por enésima vez, había perdido la cuenta.

Diciembre había llegado y se había ido. Enero había entrado. Otro año corría y, a pesar de la vacuna prometida, las máscaras seguían ahí. Tu marido continuaba atrapado muy lejos en sus excusas. A mis niños no podría visitarlos por los momentos y, aunque a ambas nos costaba admitirlo, empezábamos a vivir juntas, o casi juntas.

La verdad, esa que me repetía mientras caminaba de tu piso hacia el mío y de regreso, es que todo era temporal, que la tregua duraría lo que la pandemia, que el dos mil veintiuno sería distinto y, por ende, peor, aunque el momento aún era ideal para aprender un idioma, mientras más desconocido, mejor; a fin de cuentas, sería esa la distracción ideal ante las presiones crecientes del trabajo remoto. Si me había encargado de cuidar tu casa era para ayudarte mientras pasabas más y más días en la clínica atendiendo el repunte de casos. A estas alturas no tenía idea de quién volvería primero, si tú o tu marido, y, por tanto, daba casi lo mismo.

Tantas cosas habían cambiado en el mundo que, llegado el momento de dar explicaciones, nada más podría cambiar para siempre. Lo cual en modo alguno reducía la cantidad de plantas tropicales que había empezado a solicitar compulsivamente y cuyos tallos y hojas y flores y aromas me fascinaba imaginar en su recorrido por esta frígida ciudad, apretujados sus carnosos pétalos, púas, cortezas y pecíolos en límpidas cajuelas de coches y furgonetas. P ero, sobre todo, acurrucados con suntuoso cariño en los relucientes bolsos de las motos y bicicletas conducidas por guapísimos chicos vestidos para el delivery, no menos venecos que tú y que yo, «pedal y bomba», «date con furia, que para atrás ni para coger impulso y el golpe avisa», la Gran Sabana móvil, mi Apure tráfico, mi Choroní portátil, salvaje, selvático y sibilino, como un reloj malévolo y festivo, doblando omnipresente y ubicuo, redundante y reverdeciente, cientos de esquinas en calles y ciclovías arruinadas por los excesos de civilización, el cadáver del barón Humboldt, enterrado a tres metros bajo el suelo, a punto de estallar de orgullo en el Schloss Tegel de Berlín como una pepa de aguacate. Y yo, más pepa aún, más pepa que todas las pepas, reinita y pepeada, recibiendo y revisando y sonriendo a los mensajeros en su complaciente trajín de ida y vuelta a través del lobby, mientras aniquilaba mis ahorros y reventaba al algoritmo de Amazon con mis curiosos pedidos destinados a orquestar aquella sinfonía de paisajes en tránsito capaz de proveerme el arrebato que experimentan las villanas de comiquita, al fin consolada por el frenesí de todas las pérdidas que redimía con mi teléfono celular en mano, pedido por pedido, plantita por plantita, un clic tras otro clic, tras otro clic, así no más y sin solicitarte permiso para hacerme un desproporcionado vivero en tu clóset, es decir, en el baño, bueno, tú me entiendes.

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