Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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La virtud de recordar un mal chiste

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Un hombre recién divorciado busca su segunda juventud, pero la vida muestra su propio sentido del humor al jugarle una broma en forma de amnesia.

En unos tres minutos, el que será el paciente de la cama catorce en la sala de emergencias de un hospital en el sur de la ciudad, quisiera pedalear más duro de lo que pueden sus piernas. Tan duro como se ha puesto su vida en estas últimas semanas. Quiere sacarse el veneno del divorcio, junto con la resaca que trae. Un amigo de la oficina que hace un año pasó por la misma situación y ahora anda por la vida comportándose como una suerte de sabio en el tema, no se cansa de repetirle que divorciarse es como inaugurar una segunda juventud. Sin embargo, sus músculos de cuarentón que empiezan a engarrotarse e implorar descanso, no se compran el cuento y mucho menos esos pulmones de recién ex fumador que bien podrían ser de alguien en sus cincuenta-y-largos. Pero «la voluntad de un macho en proceso de divorcio, debería ser como templar acero: uno es el herrero de su propio carácter». Bueno, al menos eso también le dice repetidamente su amigo de la oficina, quien tuvo varios retuits cuando publicó dicha frase insípida.

El que será paciente de la cama catorce en… unos dos minutos ahora, casi conquista la calle empinada mientras intenta recordar el chiste que su amigo y también maestro en la nueva y emocionante ciencia social del Tinder, le contó ya bien entrada la madrugada entre un ron y otro. Era un chiste tan malo, que era bueno. Lo hizo reír mucho. ¿Cómo era? No, esperen. Lo logró. Necesita antes tomar un poco de la bebida energética mezclada con suero dentro de su botella. Carajo, sí es cierto que uno puede ser herrero de su carácter, se congratula a sí mismo. Se imagina con las alas extendidas de un imponente águila real, se acomoda el casco y pedalea con ganas renovadas. Es libre de años de peleas y reclamos. La calle de bajada se siente como su vida antes del fracaso matrimonial: impredecible y excitante, según él.

—Pero, ¿cómo era el chiste aquel?

Se viene preguntando, mientras siente feliz la brisa del aire contaminado que un colectivo de pasajeros dejó detrás de sí. Nunca antes se había sentido tan bien siendo un cliché. Sin embargo, la impredecibilidad y excitación de la vida se le presenta en forma de un camión de basura que se atraviesa a media calle.

El que es ahora el paciente de la cama catorce, en una sala de emergencias en el sur de la ciudad, se encuentra estable. Anestesiado, pero con signos vitales aceptables según la valoración del doctor. No le indujeron el coma, porque el médico se tenía que ir a una despedida de soltero a la que ya iba tarde y dejó a su segundo a bordo que valorara tal decisión. Este, que se estaba radicalizando en secreto como testigo de Jehová, prefirió rezarle con fervor antes que administrarle un agente externo más que no fuera el espíritu divino, a través de la transfusión de sus oraciones. Era una prueba. Si funcionaba, dejaría la medicina para dedicar su tiempo a su credo y evangelizaría a multitudes de cínicos. A la mañana siguiente, renunciaría a la profesión con lágrimas en los ojos sintiéndose iluminado y escogido como un soldado más del ejército de la resurrección. Mientras, el que es ahora paciente de la cama catorce, trata de sonreírle a la enfermera que le está cambiando el suero.

—¿Cómo se siente?

Se mira los brazos, quiere levantarse y sus hasta sus ancestros se quejan, con todo y morfina en la sangre.

—Drogado, adolorido… ¿dónde estoy?
—Trate de descansar señor. Le voy a avisar a su esposa que ya despertó.

Su esposa… cierto. Está casado, ¿tienen hijos? No porque se iban a dar unos años para conocerse antes, aunque ya pasaron diez. Se casaron en octubre, el día diez. Una fiesta con mucho mezcal y casi doscientos invitados. Lo único que le dejó escoger fueron las torrejas que se dieron de postre. A la mitad de la fiesta se empezaron a pelear sus tíos por un terreno. Ella se lo sigue reclamando hasta la fecha en cada aniversario y acaban peleándose igual que los tíos.

Ella llega con un caramel macchiato en la mano y con los ojos hinchados de haber llorado un océano. Le da un beso que apenas le toca con la punta de los labios la mejilla. Tiene miedo de que su marido se termine de romper.

—¿Te acuerdas qué te pasó?
—No…
—Ibas a dar un paseo en la bici antes de ir a comer a casa de mis papás. ¿No te acuerdas?
—Creo que sí…
—Te llamé para ver si pasabas por un postre y de repente se cortó. Llevas casi treinta horas dormido, parece que un camión de basura se pasó un alto. El doctor dijo que no te acordabas de tu fecha de nacimiento t ni siquiera de tu nombre cuando llegaste. Me tenías preocupadísima. No he dormido nada, mira estas ojeras. Tuve que caminar varias cuadras para encontrar un café decente. No sé bien dónde diablos estamos. Este hospital huele horrible.
—Perdón, la verdad que no quería preocuparte.

Ella lo perdona con una mirada magnánima. Por unos segundos, él tiene una sensación de estar dentro de alguien más, pero ella interrumpe el momento al percibir que la mirada de él se extravía en la reflexión.

—En tres días, si todo sigue bien, nos vamos a la casa.

El que era el paciente de la cama catorce en la sala de urgencias, ahora es el marido arrepentido que riega las plantas como autómata. Ya pasaron tres meses desde el accidente. Lo trata con cariño, pero hay algo en sus ojos que lo hacen sentir como mascota herida. Los recuerdos que van regresando por goteo, son enriquecidos generosamente en cada conversación y difuminan la línea entre lo que le pertenece a su memoria y lo que no.

—¿Te acuerdas cómo repetías lo que te gustaba la pasta a la livornese?
—La pasta me gusta, pero no sé qué es livorn ese.
—Luego te explico, el caso es que estaba pensando que podríamos ir a la Toscana. A Livorno. Así celebramos tu renacimiento. Tenemos promoción de meses sin intereses con Aeroméxico.
—Pero, ¿cómo es la pasta livornesa?
—Te encanta, luego te la hago.

El que era el marido un arrepentido, ahora es un turista en Livorno comiendo parpadelle sin alegría. Fueron varias conexiones hasta llegar ahí, casi veintitrés horas. Se come la pasta y no entiende por qué no le está gustando tanto como ella le recordaba. Es algo con las almejas, con la albahaca, con el tomate. Mastica la pasta como se masca un pensamiento incompleto. Ella lo mira a través de sus lentes de sol nuevas.

—Antes te volvía loco esta pasta. No eres el mismo de antes.

En la noche mira el techo del cuarto diminuto del Best Western donde están y sigue masticando el pensamiento incompleto, pero se queda dormido antes.

El que era un turista en Livorno comiendo sin alegría, ahora es el que le abre la puerta a su amigo de la oficina con las ganas de un fantasma que necesita antidepresivos. Un año después, su amigo ya es influencer en varias redes sociales y pasa del millón de seguidores en Twitter. Casi llega al triple si le suma otras cuentas. Sus consejos y pensamientos para divorciados se convirtieron en pólvora en Internet y los convirtió en un libro que más bien es una recopilación de sus publicaciones más compartidas y con más likes. Son casi mil joyas de sabiduría en forma de «tuitazos». Somos hombres o payasos, se llama el libro.

—¿Te gusta el título? Este ejemplar es la primera impresión. La verdad que tú me inspiraste para escribirlo. Tu accidente me hizo pensar en lo efímero de la vida y decidí hacer realidad mis sueños antes de los cincuenta. También tengo un e-commerce con diferentes artículos. Te traje una taza, con un código QR en el fondo. Cuando lo escaneas, te saca un contenido motivador para cada día. Así cuando terminas tu café, tienes la oportunidad de empezar el día de buenas. Entre nos, quienes escriben ahora son unos becarios que estudian periodismo. Yo ya no tengo tiempo.

Se lo dice sonriendo con una dentadura que asoma dientes de un blanco perfecto y se acentúa por el color uniforme que solo puede proporcionar una cama de bronceado. Sin embargo, no encuentra nada falso en lo falso, ni en lo prefabricado. Su amigo es lo que se cree que es. Es un charlatán y se sabe adorable. Lo curioso es que es lo más real con lo que ha tenido contacto en un año. Platican un buen rato, lo felicita por su vuelta al ruedo del matrimonio. Suena sincero.

—¿Estás bien?
—Sí, sí… muy bien. Estamos contentos. Fuimos a Livorno, en la Toscana hace unos meses, la pasamos bien… aprovechamos una promoción de meses sin intereses. Teníamos muchas ganas de probar nuestra pasta livornesa favorita, que no me acordaba que lo era.

Su amigo se le queda viendo por unos segundos. Lo escudriña y comienza a reírse.

—¿Te acuerdas del chiste que te conté la noche antes de que te accidentaras?

Ella entra en ese momento. Viene empapada quejándose del aguacero que la agarró desprevenida. Él se presenta con un exceso de buenas maneras y se disculpa porque ya es hora de que se vaya, no quiere molestar.

—Ese tipo te caía muy mal, ¿te acuerdas?
—¿En serio? No se me hizo mala gente… vino a dejarme un libro que publicó. Mira.
—Definitivamente, es más payaso que hombre.

El que antes era el hombre que le abrió la puerta a su amigo con las ganas de un fantasma que necesita antidepresivos, es ahora un sujeto con muchas sospechas sobre el último año de su vida, mientras se toma un café a la mañana siguiente. Ella salió corriendo hace media hora a su trabajo. Mira el fondo de su taza y descubre el código QR. Sonríe. Lo activa con su teléfono y se abre un texto. La tipografía es garigoleada, se toma muy en serio a sí misma. Le sorprende que su amigo haya pensado en esos detalles y casi lo admira. No tenía cara de genio del marketing.

¿CUÁL ES LA ENFERMEDAD CRÓNICA DE LA GENTE DIVORCIADA?

LA AMNESIA.

El que era el paciente de la cama catorce de una sala de urgencias y un marido arrepentido que regaba las plantas como autómata y también un turista en Livorno comiendo parpadelle sin alegría; el que era el hombre que le abrió la puerta a su amigo con las ganas de un fantasma que necesita antidepresivos y el que hace unos segundos, era quien tenía muchas sospechas sobre el último año de su vida para, en seguida, llorar de risa después de leer el texto en su celular, ahora es el hombre que después de un año, empieza a buscar desesperado el teléfono de su abogado al cual le puso un nombre clave en sus contactos.

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