La última tesis

Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así: que escondiera la tesis bajo mi colchón. Corría el rumor de que era el último documento impreso en papel. Temíamos que resultara destruido en la guerra, que fuera reducido a cenizas como la última de las hemerotecas, que nunca más pudiéramos leerla en formato físico, que siguiéramos regidos por el imperio de las pantallas. Me senté en el piso a esperar y me apoyé en la esquina de la cama. Temblaba imaginando a los técnicos llegar, con sus batas de médico y sus manchas de tinta. Los malditos «Pollocks». ¡Cómo los odié desde siempre! Con sus mocasines, sus camisitas por dentro, su pelito engominado. ¿Alguna vez fueron humanos o siempre estuvieron de su lado?

Desde hace varios años veníamos percibiendo algo extraño en las impresoras. Se desconectaban, se le atascaba el papel, no se relacionaban con otras máquinas. Podían sentir nuestra ansiedad. Add printer?, otra utopía que solo esos individuos lograban descifrar, con sus correítas de marca y la mirada condescendiente a través de sus lentes sin montura. ¡Los detesto! Pienso en ellos y vuelvo a temblar. ¿Cómo pudieron traicionar así a su propia especie? Los drivers; la falta de compatibilidad con los sistemas operativos. Mi PC / Preferencias / Impresoras / Terror. Pero el misterio les duró hasta que la Resistencia desveló la «Operación Paper Jam», una prueba de parte de las impresoras para calcular nuestra paciencia. Entonces, todo cobró sentido. Ese papel perforado no podía ser otra cosa que la evaluación de nuestros límites.

No recuerdo cuándo fue la última vez que pasé las páginas de una revista, que vi fotos pegadas en las hojas de un álbum. Yo, como todos, me dejé llevar. La pantalla es más cómoda y también más vívida. El formato nos hace hermosos. ¿O acaso piensan que soy tan feliz con mi novia como en Instagram? A veces la veo y la odio, sus ojos se apagan sin el brillo de la pantalla. Sus mejillas son pálidas y sus labios, secos. Si tan solo pudiera cargar mi cámara con ese rollo de diapositivas que guardo en la nevera y volver a la vida en asa 100. ¡Sería inútil! La última casa de revelado fue demolida hace más de una década.

Qué alegres fuimos cuando sustituimos todo con la imprenta digital. Nos creímos invencibles al entregar nuestra vida a esas macabras impresoras gigantes, los plotters. Y con ellos más experimentos, más problemas, más batallas. El cabezal que se averiaba, las chispas de tinta, la calibración errónea. ¿Quién estaba al servicio de quién? «¡Imprime, desgraciado, imprime!» «¿Por qué no me gusta tanto cómo se ve en CMYK?» Las impresoras fueron alcanzando poco a poco su objetivo. Querían desvincularnos de la realidad; que viéramos todo a través de los monitores. Terminamos sometidos al botón del encendido y presos del mundo RGB. Nuestra imperdonable ingenuidad fue creer que ellas y las máquinas eran enemigas.

En cualquier momento llegarán a buscar esta tesis. A quemarla, como lo han hecho desde las bibliotecas hasta los museos. Las impresoras nos tienen rodeados, y los Pollocks no nos permitirán salir nunca más de las pantallas. Quieren que solo hagamos sus tours virtuales, que veamos el mundo que ellos nos presentan. Es una persecución. La vigilancia es feroz… y las torturas, esas sí que no son virtuales. Cuentan que en el calabozo te amarran y te dejan inmóvil mientras una gota de tinta te cae en la cabeza– tac, tac, tac – hasta desquiciarte. Para eso guardaron los cartuchos supuestamente vencidos. ¡Miserables!

Sigo recostada en la esquina de mi cama, sudando frío, resguardando el trabajo de una estudiante de Letras de la Resistencia. Ciento veinte páginas sobre la lluvia en los relatos de García Márquez. ¿A quién carajo le importa eso? Me dijeron que la imprimió desde un 386 en un sótano blindado sin posibilidad de captar, o ser capturado, por cualquier onda de internet. Pero, ¿en verdad tiene sentido arriesgar mi integridad por una tesis de pregrado?

Entonces, sucede lo inevitable: escucho los pasos que se acercan y oigo que tocan a mi puerta. Toc, toc. Solo me queda abrazarme a la esquina del colchón.

—¿Qué haces sentada ahí en el piso, hija?
—Nada, mamá. La tesis, que me tiene loca.

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