Al recibir la llamada de la residencia de ancianos, ni siquiera había terminado de despertar. Continuaba dando vueltas en la delgada colchoneta que descansaba sobre el piso frío de su habitación y todavía no sentía las fuerzas para impulsarse hasta la cadena que guindaba del bombillo. Se despegó a medias las lagañas y enfocó el único hilo de luz que penetraba el cuarto, atascado entre el techo de zinc, el borde de la pared de bloques desvestidos y la densa presencia de la humedad. Del balde de agua que atesoraba junto al inodoro, recogió un poco en un frasco de compota y se restregó la cara. Luego se cubriría con el rojo tapabocas para no contradecir la ordenanza sanitaria. No creía mucho en su utilidad, pero lo venía llevando toda la semana con el fin de ser ignorado por los escuadrones que apresaban a todo aquel que se permitiera acariciar el rostro por el aire. 

La bajada a la redoma de Petare no fue igual a otros días. En el camino se encontró con pelotones de gente, cubiertos con las mascarillas rojas diseñadas por la dictadura, y con los escuadrones militares anti pandemia, que marchaban vistiendo un traje camuflado de bioseguridad, mientras entonaban cantos de cuartel. 

«Gracias comandante por mi mascarilla
(Gracias comandante por mi mascarilla)
El nuevo virus no me hace ni cosquillas
(El nuevo virus no me hace ni cosquillas)»

Detrás de los escuadrones militares anti pandemia, el camión ballena que normalmente se emplea para atacar las protestas ciudadanas. Pero esta vez descargando en el asfalto los millares de litros de agua que él imploraba recibir por las tuberías del puto antro ese que le alquilaba al mecánico de la cuadra.

La pandemia era real y el efecto en las personas mayores podía ser mortal. Se transmitía muy fácilmente por el aire y el contacto humano. Cualquier proximidad era peligrosa. El ancianato donde desde hacía unos años permanecía su madre cerraría las puertas a los visitantes para evitar contagios. Consciente de sus problemas respiratorios, él decidió regresarla a la casa donde había pasado toda su vida; la Quinta Piedra Negra, con los arbustos frondosos, las puertas de bronce y los cuatro cuartos de baño con bidet. Al llegar, contemplaron la majestuosa fachada en el más tenso de los silencios. La madre se sacó el fino collar de plata que se confundía en las arrugas de su cuello y del que colgaba la medalla de azabache en forma de la única llave de la mansión. 

– Nunca me debiste enviar a ese sitio – le reprochó al girar la cerradura.

Y mientras se abría paso al jardín de las flores multicolores, de las rozagantes guacamayas y de las fuentes infinitas, él comenzó a recordar cómo ocurrió todo. Ya no soportaba más cuidar de ella. Comprarle el periódico, enseñarle a usar el control remoto, darle de comer, limpiarle el culo. No siempre fue tan dependiente, pero siempre fue una anciana. Desde niño, él la percibía decrépita, caminando entumecida y encorvada, pero en todo momento con la energía suficiente para hostigarlo: «¡Qué mocoso que estás! ¡No sabes ni peinarte! ¡Qué has hecho con tu vida! ¡Cada día eres más inútil! ¡Mira todos tus amigos con familia y tú con esas bichas que me traes!» Muchas veces pensó que había sido adoptado, que no existía cuenta matemática que sustentara esa diferencia de años entre ellos. Su partida de nacimiento indicaba 70, pero él estaba seguro de que su madre ya rondaba los 110 años, unas seis décadas mayor que él. La corrupción hizo costumbre de la época que las damas de sociedad se restaran años en los documentos oficiales, «¡pero cuarenta!» Sin embargo, cuando volvía la duda de su ascendencia, él permanecía impávido y le detallaba los labios gruesos, la frente amplia como el horizonte, el cuello chato tan mal ajustado, el mentón estirado y curvilíneo y los ojos negros a medio achinar. Era como verse en un espejo del futuro, del futuro de quien soporta cualquier embestida de la vida. Su madre había pasado tres décadas anunciando su muerte, pero el mundo siempre la traía de regreso. 

De ese día que la recluyó en el asilo, recuerda el desahogo. Llevaba meses, tal vez años, reprimiendo sus sentimientos. Escuchó el continuo y despreciable sonido de la andadera, como si fueran tres patas agonizantes: Andadera – pisada uno – pisada dos, andadera – pisada uno – pisada dos.  Sabía que venía por él, a ordenarle que le calentara el café de la tarde o que volviera a doblar las sábanas elásticas. Ya ni siquiera podía refugiarse en su habitación porque la madre había dispuesto construir una puerta que clausuraba el acceso hacia la planta alta. Giró la cabeza y siguió sus pasos con una atención inquieta, ofendido por cada golpe de la andadera con el suelo. Andadera – pisada uno – pisada dos. No dejó que pronunciara la primera palabra y se destapó a gritarle sin control. Le dijo que no resistía más, que necesitaba una enfermera que se hiciera cargo para que él pudiera ir al cine, a conciertos, a beber con los amigos, ¡vivir!

– ¡Ese dinero es para que no te mueras de hambre cuando yo ya no esté! – le respondió ella, compitiendo de cerca con el volumen de su voz. 
– Es una fortuna, mamá. ¡Podrías pagar diez enfermeras por el resto de tu vida! 
– Tú sólo podrás abrir esa caja fuerte el día que yo me muera – sentenció –. Tu única misión es cuidar de la persona que te trajo a este mundo. ¿O es que no valoras todo lo que he hecho por ti?

Se quedó viéndola fijamente, como quien asesina desde dentro, y caminó de prisa hasta el closet. Tiró con furia dos maletas que retumbaron en el suelo y comenzó a empacar sus cosas. Las cuatro batas con las que siempre andaba, los collares, zarcillos, la Biblia y el estuche de maquillaje, sus lentes para leer, sus lentes para ver televisión, su colección de recortes de periódico, su rosario de oraciones y su réplica de Santa Bárbara.

– ¡Si me sacas de aquí, no podrás poner pie en esta casa mientras yo viva!
– Hoy mismo te dejo en un asilo.
– Sabes que la llave de la Quinta Piedra Negra sólo le responde al mayor de la dinastía. – le recordó. 
– ¡Que me importa un carajo! ¡Ya conseguiré un lugar donde vivir mientras espero ese día! – le soltó sin aparente remordimiento.
– ¿Con qué dinero? No tienes ni dónde caerte muerto.

La pandemia lo cambió todo. Él se sabía fuera de la población en riesgo, con sus menos de 50 años y su buen estado de salud, pero el caso de la madre era diferente; el nuevo virus representaba una sentencia de muerte para casi todos los ancianos, especialmente para ella, quien había sufrido un gran deterioro de sus pulmones en los últimos tiempos. Sólo bastaba verla en una visita al ancianato, dando pequeños pasos entre grandes bocanadas. El contagio no lo resistiría y él no podía soportar la incertidumbre de no tenerla a su lado.

En la Quinta Piedra Negra la empezó a cuidar como antes y, con el pasar de los días, fueron reencontrándose. Eran nuevamente madre e hijo. Le colaba el café por la mañana, le cepillaba el puente dental, le cocinaba arepa con queso rallado y las tajadas de plátano frito como merienda. A veces, hasta se sentaba a rezar con ella el rosario o veían juntos los programas de astrología. Pasaban las horas recordando anécdotas familiares, repasando álbumes de fotos de su infancia. 

Un día le pidió dinero para hacer algunas compras y salir a tomar un poco de aire. Llamó a los dos amigos que quedaban en el país, pero ambos preferían permanecer en cuarentena voluntaria. No sabía a dónde ir. Necesitaba contacto con gente, con mucha gente. Urgía de la piel, del sudor, de los destellos del aliento, de las caricias, de los roces. Pasó por restaurantes, por comercios. Todo cerrado. Las calles muertas como médanos. El viento indescifrable que anunciaba la lluvia. Entonces comprendió dónde podría encontrar la muchedumbre. Llamó a un taxista y ofreció pagarle cinco veces el costo del viaje hasta el Hospital Clínico Universitario. Entró, subió las escaleras a oscuras y se dejó caer la roja mascarilla al cuello. Se sentó a darle ánimos a cada paciente que encontró, cada enfermero, cada doctor; tan cerca que hasta lograba incomodarlos. A la última enferma que vio, una mujer que se ahogaba esperando poder conectarse a algún respirador artificial, la tomó de su rostro azul y la penetró con un beso explosivo y apasionado, y fue entonces cuando vio a dos integrantes del escuadrón anti pandemia venir hacia él. Se subió el tapabocas y corrió hacia las escaleras de emergencia. Escuchaba las zancadas que lo perseguían; lo acechaban las sombras de los trajes de bioseguridad. Eran la amenaza de la prisión preventiva, de la celda de aislamiento que acabaría con todos sus sueños. Sería señalado de terrorista biológico en el noticiario de la noche y su foto aparecería en la única página web que cargaba en la nación. Siguió bajando los escalones lo más rápido que pudo hasta que tropezó con la pared de lluvia, la atravesó y logró escabullirse en la oscuridad del estacionamiento. Se tiró al piso, jadeando en silencio, y terminó de burlar a sus perseguidores. Bendijo la desidia y las luces averiadas de los alrededores del hospital, y permaneció acostado unos minutos escuchando las gotas caer. 

Regresó a la casa adolorido, cansado y mojado de tormenta; pero encendido de optimismo. Sentía que estaba a pocos días de su renacer. Allí vio a su madre, recostada en su poltrona y,  por primera vez en años, la abrazó. Estornudó un par de veces, sonrió y la tomó de la mano. Se acercó a besarle ambas mejillas y la arropó en la niebla de un suspiro. 

– Hola, viejita. 
– Límpiate bien esos mocos, que estás como resfriado.

Trajo una silla junto a ella y permaneció a su lado toda la noche.

11 comentarios

El estilo «cinema-literario» de Raúl Sojo hace gala en este cuento, cuyos dos primeros párrafos se leen como un rápido montaje de imágenes que transmiten mucha más información en conjunto que la suma de sus oraciones. En diez líneas o menos vemos la situación precaria no solo del personaje, sino de su entorno y, de paso, una crítica a la «normalidad» con la que Venezuela se ha visto sumergida años antes del coronavirus.

La sección del medio es mi favorita. El ritmo baja y la acción se centra en el origen de la relación entre el hijo y su madre. Aquí Sojo se destaca con pasajes virtuosos, negrísimos en su humor, como cuando describe la moda de quitarse años entre las aristócratas, la temible triada sonora de la andadera, el collar que se pierde entre los pliegos del cuello de la vieja… Un detalle a mejorar es que, como lector, habría preferido que el narrador no tomase tanto partido con el hijo y le diera alguna virtud (o cierto beneficio de la duda) a la madre, que queda como un ogro al ser retratada solo desde el punto de vista del hijo.

La Quinta Piedra Negra tiene elementos de suspenso, por lo que considero un acierto darle personalidad a la casa al punto de bautizar así el cuento. Pasa de ser una mera locación para espesar el ambiente y sugerir que los muros son testigos de sucesos pasados y guardan secretos innombrables. Funciona además para entender la relación entre los personajes, especialmente el hijo, que prefiere vivir en un antro y perderse las comodidades de la quinta con tal de no ceder a las condiciones que le impone la madre. Y es que algo se trae la casa: puede que tenga jardines palaciegos y mil baños con todo y bidet, pero yo no viviría ahí.

Sobre ese mal rollo me di cuenta de un detalle cuando volví a leer el cuento y tiene que ver con la vuelta de tuerca que Sojo le da al género de horror gótico y su semptiterna mansión antigua, o en ruinas. Esta vez, la casa está en perfectas condiciones, pero es la dueña quien está en decadencia: se crea entonces una asociación demasiado potente entre la madre y la casa, al punto de amalgamarlas. No existe una sin la otra (y mucho me temo para el protagonista, que el fantasma de la madre quedará por siempre en esas paredes).

Voy a hacer como el Charles en María Pandemia y hablar un pelín de mi proceso creativo. ¡Va con spoilers! Cuando Italia y España estaban colmados con el coronavirus, entendí que iba a venir a los Estados Unidos con todo, especialmente a las grandes ciudades. En seguida mi madrina se convirtió en mi preocupación. Ella vive sola en NYC y está algo mayor. No como la mamá del cuento, pero sí para pensar que el virus podía al menos mandarla al hospital. La llamé y le dije que se viniera a mi pueblo en Carolina del Norte, pero no quiso. Empecé entonces un debate interno: Una parte de mí pensaba que ella estaba en alto riesgo en NYC y otra parte de mí temía que yo me fuera a contagiar y la terminara infectando. Seguí pensando en eso y decidí invertir los papeles: imaginarme a un hijo que tuviera la intención de acabar con la vida de la mamá. Me empecé a tripear la idea, pero no tenía clara la motivación del hijo. Y, no sé cómo, llegué a esa especie de herencia maldita que es la Quinta Piedra Negra.

Me da risa lo que dice Carlos, que la puse a ella demasiado mala y al hijo no le eché nada de tierra. ¡Cierto! Creo que me enfoqué mucho en dar a entender por qué el hijo hizo lo que hizo. Al comienzo me lo imaginé yendo que si a fiestas clandestinas, a burdeles. Pero después se me ocurrió mandarlo al hospital de una; cortar con todos los intermediarios. Y bueno, aprovechar para patear un pelo a la dictadura, como haré cada vez que tenga chance.

En la vida real les cuento que a mi madrina sí le dio el virus, pero por suerte no le pegó tan duro como para mandarla al hospital. Fueron días estresantes, pero ya está aquí en mi pueblo, recuperada 100%.

Gracias por leer y por los comentarios. De verdad escribir el cuento y su proceso de corrección es lo más divertido que hice hasta ahora en la cuarentena. Nos vemos en el siguiente ¡que viene rock and roll!

Me gusta que una historia marque un ritmo con aire cinematográfico en sus secuencias de acciones, eso en la parte del hospital y hacia el final fue muy bien trabajado. El guiño de humor, elocuentemente puesto, ese contacto con nuestro «Macondo» de la vida real siempre se agradece. Sojo, ¡eres de esos autores que seguiré leyendo! porque nunca se con qué me vas a salir.

Raúl, gracias por este cuento!
Me ha desconcertado al punto de ser el que he leído más veces en esta antología. Llevo 3 y creo que voy por más.
No tengo las herramientas para darte un comentario tan elaborado como el de Carlos, pero sí puedo describirte lo que sentí mientras lo leía.
Primero: Me reí mucho con los cantos de los soldados al comandante y el mundo de la pandemia venezolana. Es tan real y vomitivo que casi me voy a youtube a buscar videos para asegurarme de que esto no estaba pasando ya.
Luego… la relación madre e hijo entre el amor y el odio me pareció bien planteada hasta que el personaje decide salir desesperado a buscar contacto humano. Allí me perdí, pues a pesar de decir que habían vuelto a ser madre e hijo y que su situación cambió durante la convivencia, esa salida, el destino, el beso y el desenlace me regalaron (a mi, al menos) un plan muy divertido y muy negro para acabar con la madre de la primera mitad del cuento. En dos platos: Sentí que hubo un salto de intención muy abrupto y que no sentí tan justificado. Me perdí en ese momento. Tal vez estoy proyectando algo que yo mismo siento con respecto a mi propio cuento, no lo sé.
Me gustó mucho el final y es el tipo de humor negro que disfruto y me recordó a historias como «Bota a Mamá del Tren».
Gracias además por compartir tu proceso creativo, hizo crecer la historia para mi.

Tienes un don para la fluidez narrativa, Raúl. La oscuridad (que no el humor) me parece el punto fuerte del relato. Una maravilla el retrato del Petare distópico. Me encantó.

Con cuánta vehemencia solemos justificar, los seres humanos, nuestros deseos indecibles, nuestras más oscuras fantasías. Y con qué facilidad las disfrazamos con tareas cotidianas.

Leer La Quinta Piedra Negra, no sólo me hizo viajar a una Venezuela que desconozco (dieciséis años de distancia hacen del acontecer noticioso, una ficción cercana al camino a la redoma de Petare descrita por el narrador). También me hizo viajar a lugares imaginarios de esa Caracas inextirpable a pesar de sus embestidas. Comenzando por “La Quinta”, esa manera tan única de referinos a las casas grandes de gente adinerada y terminando por la pobreza siempre al acecho.

No sé si el relato retrata una relación de codependencia, pero sin duda retrata una relación en la que las pérdidas y las ganancias, el amor y sus heridas, se confunden perversamente.

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