Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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La fuerza lo hace así

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Hay tormentas que lo cambian todo: los planes de vacaciones, el semblante de la ciudad, e incluso el curso de nuestras vidas.

—¿Cuál de estos te sirve? —le digo.

Mi madre al ver el manojo de cables, en vez de elegir uno, comienza a canturrear una extraña melodía:

—Ya me rompiste el cable, nené, ya me rompiste el cable.

Me le quedo viendo mientras ella tararea olvidándose que necesitamos encontrar un cable para recargar la batería externa del teléfono, pues en pocas horas nos quedaremos a oscuras al igual que toda la ciudad. Con su baile ignora la amenaza que estamos por enfrentar: un huracán se acerca peligrosamente hacia nosotras. Huracán. Sí, una de esas palabras breves pero que su significado apenas llega a contener la magnitud en cada una de sus sílabas.

—La zona hotelera debe estar evacuada a la 1 de la tarde —nos habían avisado en la recepción. «Evacuar» también es una palabra breve, pero básicamente implicó dejar atrás nuestra habitación con vista al mar y con ella todo lo que uno espera de sus vacaciones en el Caribe. Uno anhela tomarse una piña colada mientras se tumba escuchando el romper de las olas, no subirse a un autobús lleno de turistas confundidos huyendo de la lluvia.

Nos alejamos de la elegante zona de playas para refugiarnos en un hotel modesto, enclavado en lo profundo de la ciudad. El olor a humedad de la pequeña habitación era tan distinto al de la brisa tropical: el paraíso estaba cada vez más lejos. Nada de mojitos, ni juegos de bingo. Nos dieron velas, cerillos y los teléfonos de emergencia. Cada palabra de nuestros anfitriones tratando de tranquilizarnos nos hervía aún más los ánimos. Hablaban de alejarnos de las ventanas, de administrar la batería de nuestros teléfonos y avisar a nuestros seres queridos que nos quedaríamos incomunicados durante varias horas o, si el temporal fuera demasiado fuerte, quizá durante varios días.

No tenía idea de cómo es un huracán. He visto muchas películas y eso no ayuda. Me azotaban imágenes apocalípticas de casas volando por los aires y un remolino gigante que destruye todo a su paso. Pero no, esos son los tornados. Los huracanes deben ser diferentes. Mientras nos instalábamos en nuestro improvisado albergue, mis uñas se iban quedando cada vez más pequeñas. Afuera, la luz del día se apagaba en medio de una calma tan silenciosa que resultaba escalofriante. Las hojas del enorme árbol frente a nuestra ventana apenas y se movían. ¿En qué momento nuestro viaje madre e hija se había transformado en esto?

Yo me empeñaba en seguir con el celular la trayectoria de Katia, que se había convertido en categoría 4 con vientos de más de 240 kilómetros por hora. Los nervios nos comenzaron a jugar en contra, mi madre argumentaba que debíamos ahorrar la batería de los teléfonos, pues durante el huracán cortarían la luz eléctrica y no sabríamos cuando volverían a conectarla. Así comenzamos a hurgar las maletas en busca del cable para recargar la batería externa. No sé si fue el espíritu de lucha interna que buscaba una salida fácil, o si fueron sus propios mecanismos de defensa que no podían lidiar con la ansiedad, pero algo en ese cable tuvo el poder de volcar el recuerdo de mi madre llevándola a su salón de baile, donde a sus 14 años bailaba por primera vez con su gran amor, David.

—Ya me rompiste el cable, nené, ya me rompiste el cable.

Baila y canta al ritmo de la orquesta imaginaria, reviviendo la ilusión de estar cerca de ese chico que le recordaba a su ídolo de la época, su amor platónico: el señor Spock. Su narración de aquellos días se vuelve el verdadero refugio que necesitamos.

Así es como me entero de ese primer gran amor, con su chamarra de pana verde, junto a sus amigos, observando desde el otro extremo a las adolescentes que habían acudido al salón y esperaban sentadas a que alguien las sacara de su infancia y comenzaran juntos el baile del cortejo. Mi madre se había puesto por primera vez unos zapatos con algo de tacón y… unas medias. En ese tiempo las medias eran el rito de iniciación a la adultez de una mujer. No llegaban hasta la cintura como ahora, debían ayudarse de un liguero para detenerlas en lo alto de cada muslo. Ella apenas se estaba acostumbrando a esa sensación en sus piernas, cuando sus miradas se cruzaron tímidamente y David se aceró a su silla.

Una ráfaga de viento azota contra la ventana del hotel, haciendo vibrar el cristal. La calma se ha escapado. Katia comienza hacerse notar con vientos cada vez más fuertes. Quizá esa vibración le recuerda a mi madre su sentir ante la mirada de David, quien le ofrecía su mano para bailar. Quizá se deja llevar por el ritmo de la melodía, al igual que las ramas del gran árbol danzan en ese baile salvaje del cual es imposible escapar. Torpeza, sudor, tensión, pero todo fluye, y las risas y las ilusiones de mi madre adolescente surgieron a través de las canciones y las vueltas.

—Ya me rompiste el cable, nené…

Algo en su parecido al famoso extraterrestre de Star Trek la atrapó, algo en su primera cercanía a un hombre la hizo transportarse a un futuro juntos, donde se amarían para siempre. Esa noche, entre giros y risas tensas, ella le entregó su corazón. Nadie lo notó, ni siquiera ella misma. Fue como un hechizo imperceptible que se cuela entre el vaivén de lo cotidiano, sin que nadie lo vea, y a la vez cambiándolo todo. La muchacha que volvió a sentarse de nuevo en su silla ya no era la misma. Brillaba desde dentro, y esbozaba una sonrisa tonta, esa tan característica de los enamorados.

La negrura de la noche cae de golpe. Carajo, esto va en serio. Como medida de seguridad, acaban de desconectar la electricidad en toda la ciudad. El silencio de mi madre me hace notar que el viento ha subido en intensidad. Ahora se escucha como un bramido profundo que me enchina la piel. Por las rendijas se cuela su soplo como una voz aguda, casi fantasmal.

Mamá enciende una vela y la coloca en el buró. Esa tenue luz se vuelve nuestro amparo, al cual nos cobijamos como una hoguera que ahuyenta a los depredadores. Es en situaciones como esta que se despiertan nuestros instintos más básicos. Me apresuro a arrastrar muebles, hasta colocar la única cama lo más lejos posible de la ventana. Nos sentamos en ella y abrazo mis rodillas, deseando que todo pase pronto. Pero el viento y la lluvia azotan cada vez más, como si afuera rugiera un animal gigantesco que agoniza, llorando por su vida. No hay forma de ignorar esta explosión húmeda y constante que detona a todo alrededor.

—¿Y qué pasó con David?

Es evidente que no es mi papá, pues él se llama Reynaldo. Y yo no quiero estar aquí. Las ramas del árbol comienzan a golpear con fuerza la ventana. Desesperada, me sumerjo en esa vuelta al pasado de mi madre. Quizá así pueda distraer este fuego que se me remueve dentro con cada golpe en el cristal. Me entero que ella no sólo soñaba con David. Incluso él la acompañaba en las historietas que ella dibujaba imaginando que viajaban juntos a otras galaxias a bordo de una nave espacial. Vivieron juntos cientos de aventuras cósmicas de las que él jamás supo.

Un par de semanas después de «esa noche», mi mamá lo volvió a ver en la parada del camión. Empezó a sudar. Llevaba el uniforme de la secundaria, estaba acalorada y despeinada. Su imagen era tan distinta llevando puestas esas largas calcetas blancas en lugar de sus añoradas medias. Sin embargo, al verla él le invitó una paleta helada y ella sintió que estaban abordando juntos la Enterprise para emprender una misión al planeta Vulcano.

Mientras saboreaban el limón de sus paletas, fue fácil acordar un siguiente encuentro. Con el pretexto de necesitar más chambelanes para los quince años de su prima Gaby, ella lo invitó al ensayo del jueves. Esa tarde ella se había vestido especialmente para la ocasión. Se miró al espejo. La hermosa blusa de seda que le había tomado a mi abuela se deslizaba por su torso, dándole la bendición de todas nuestras antepasadas para continuar con el linaje. Y sus nuevos pantalones de mezclilla ceñían su reciente despertar, más allá de lo que ella hubiera imaginado.

Llegó casi flotando a la casa de su prima. En la enorme sala un grupo de muchachos y muchachas se disponían a aprender coreografías para celebrar que Gaby ya se había convertido en «una señorita». Los ojos de mi madre brillaron al verlo de nuevo, al sentir su cercanía, su figura espigada. Después de saludarse se aceró su prima.

—Ella es la quinceañera —los presentó.
—Mucho gusto, soy David.

Ahora fueron los ojos de él los que brillaron. No pudo disimular el gozo que se le encendía dentro al ver a Gaby. Esa tímida sonrisa en el rostro de su amado extraterrestre, fue como un látigo para mi madre. A ella nunca le había sonreído así.

¿Qué? Siento mis pies mojados. El relato se interrumpe al ver que un inmenso charco ha llegado, ¡hasta las patas de la cama!

—¡Nos inundamos!

Horrorizada compruebo que la potencia de la lluvia encontró la manera de introducirse por un resquicio de la ventana y ha formado un gran lago en la habitación. Sin pensarlo, corro al baño para buscar un par de toallas, y al acercarme a la ventana para tapar el hueco… un golpe seco me obliga a dar un brinco atrás.

—¡Quítate de ahí! —su grito tiene ese matiz que de niña me hacía imaginar las puertas del infierno.

No sé qué fue lo que golpeó el cristal, pero no quiero averiguarlo. Nos habían advertido que ante la fuerza del viento sillas, macetas, tanques de gas, basureros, cualquier cosa que hayan dejado afuera puede convertirse en un veloz proyectil. Hirviendo en adrenalina vuelvo a la cama. Trato de calmar mi agitada respiración tratando de no pensar en todas las desgracias que podrían suceder. Finalmente, no hay policías, ni ambulancias, ni hospitales funcionando. No hay forma de circular en la calle, absolutamente todos se encuentran en resguardo, ocultos ante esta monstruosa muestra del poder de la naturaleza.

Me quito los calcetines y mientras los exprimo descubro en el rostro de mi madre otras gotas que también escurren. Instintivamente la abrazo y a pesar de mi tormenta interna, intento volverme un sostén para ella. Las palabras fluyen de manera automática de mi boca.

—¿Y entonces qué pasó, mami?
—¿Cuándo?
—Ese jueves, en casa de Gaby.

Respira profundo. Tras unos momentos comienza a balbucear:

—Eeehh… ese jueves —su mirada perdida hacia la pared trata de ignorar el violento sacudir del vidrio.

—Esa vez se me rompió el corazón —recuerda— así en pedacitos.

Cada vez que David tomaba a su prima por la cintura, cada canción que ensayaban, cada risa que compartían se llevaba un trozo del corazón de mi madre. Ellos no lo notaron, pero esa tarde todos bailaron pisoteando ese amor intergaláctico que ella había anhelado.

Si la ilusión había llegado como un hechizo, la primera decepción llegó como un balde de agua fría. Mi madre se volvió una autómata, siguió practicando mecánicamente las coreografías. Apenas si miraba al pobre muchacho que le tocó de pareja. Le dolía que su rostro no tuviera ningún rasgo como el extraterrestre de sus sueños. Era un simple terrícola cualquiera.

Y entonces, sin saber cómo, sintió una descarga, un llamado silencioso. Volteó hacia donde provenía la música y lo vio. Un joven alto de cabello negro la observaba. Estaba recargado en el tocadiscos y llevaba un vinilo en la mano. Ella continuó con el baile. Y cuando volteó de nuevo, esos ojos color miel seguían clavados sobre ella, invadiendo cada fibra de su blusa, de su piel, de sus cabellos, acompañándola en sus movimientos en una danza inmóvil y a la vez infinita. Su mirada contenía esa fuerza implacable capaz de romper los cristales de la ventana, con el impulso de un inmenso árbol que se desploma, explotando en un revoltijo de vidrios, ramas, hojas, polvo, miedos, gritos, torrentes, que todo lo arrastra a su paso, que arranca de fondo las raíces, que nos viene a revelar lo que nos corresponde y nos recuerda lo limitados que somos ante el poder inconmensurable del universo, más allá de nuestra diminuta voluntad.

Finalmente, el caos siempre se vuelve cosmos y sigue su curso, aunque no podamos entenderlo.

O quizá, con suerte, sí.

La luz del sol se cuela por el piso, acaricia mis párpados. El bramido de la tormenta se ha ido, y en su lugar reina un silencio soberbio. El desastre a mi alrededor adquiere otra dimensión con el nuevo día. Apenas puedo concebir el colapso que debe reinar en las calles. A lo lejos alcanzo a vislumbrar lo que anoche parecía inimaginable: la copa de ese enorme árbol yace dentro de nuestra habitación.

Mi madre sigue dormida junto a mí, acurrucada en un rincón sin ventanas del pasillo al que huimos anoche en medio del terror. Se despierta y nos miramos en silencio, agradecidas por estar vivas e ilesas. Nos abrazamos y reímos entre lágrimas, pensando en la señora anécdota que ahora tenemos para contar.

—¿Cómo te llamas? —al terminar la canción el joven de ojos color miel se acercó a mi madre.
—Ana, ¿y tú?
—Reynaldo.

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