La fiesta del fin del mundo

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Ella había convertido el departamento en el lugar más seguro sobre la faz de la tierra y, sin embargo, no había lugar del que necesitara escapar más desesperadamente que ese. Esa noche se decidió. Se puso los guantes y armó un bolso con ropa, agua, comida, medicinas, gel anti bacterial y baterías. A falta de bate para defenderse, tomó el trípode de Oscar. Dejó su llave sobre la mesa y parada en el umbral de la puerta lo miró. Con el rostro cubierto por el tapabocas le dijo: “Y pensar que todo esto lo hice para cuidarte a ti”. Los ojos se le aguaron, pero la furia no iba a permitir que botara una sola lágrima. Salió de un portazo.

El silencio inmediato fue aplastante. Muchos estarían descolocados con tanto vacío, pero a Oscar le permitió pensar con claridad. Nunca iría tras ella. Ya ambos habían tenido suficiente. Estos últimos nueve meses en cuarentena les habían revelado más de ellos mismos que los tres años previos que llevaban juntos. Luego de cuarenta minutos sin moverse del sofá, sintió que el depa había crecido unos cien metros dentro de los sesenta que en realidad tenía. Fue en ese momento que explotaron la asfixia y el vértigo que dejan las despedidas. Tragó grueso, se levantó y de un tirón arrancó la cinta adhesiva que sellaba las ventanas del balcón para abrirlas de par en par. 

“Que delicia la brisa de la noche, maldita sea”. 

La vista de la ciudad totalmente desierta, apagada y encerrada, le dejaba claro que el miedo era el único vínculo que unía a la humanidad en este momento. Quién sabe en qué se habrían convertido los habitantes de esos apartamentos a puerta cerrada.  

Oscar pudo haber respirado aquel aire tóxico hasta la mañana, disfrutando del silencio de la calle con los ojos cerrados, pero recordó que arriba estaba Jorge. Se echó algo de agua en la cara para borrar cualquier vestigio de tristeza y subió a la azotea preparado para lo que fuese. 

Hasta hace semana y media, Jorge había sido el roomie de ambos, pero su actitud laxa ante el aislamiento lo había convertido en un peligro a los ojos de ella. Salía y entraba a placer del apartamento para verse con sus amigos, no usaba tapabocas ni traje aislante, tampoco se desinfectaba las ropas al volver y mucho menos usaba los guantes en casa para tocar las áreas comunes. Era el tipo más libre del vecindario y Oscar lo envidiaba en silencio.

Ella, en cambio, no dormía. Trató de hablar con Jorge para hacerle entrar en razón que su “descuido” ponía en peligro a todos los que vivían bajo ese techo. Pero pronto se dio cuenta que no podía contener a tipos como él. Por eso lo sedó poniendo calmantes en su cereal. 

Cuando Jorge despertó, estaba encerrado en la jaula de secado de la azotea. Tenía el traje aislante puesto. Le habían dejado con una colchoneta, cobijas, su laptop, sus asquerosas galletas Oreo de vainilla, un pote de arroz chino para usar como bacinilla y su secador de pelo conectado a una extensión que bajaba hasta el apartamento. Jorge se quejó, claro, pero ella le explicó que era por el bien común. Tendría que estar allí aislado durante dos semanas para ver si presentaba algún síntoma de infección antes de permitirle bajar.

Cuando Oscar abrió el candado, recibió insultos de Jorge y un puñetazo. Sabía que se los merecía. No había tenido carácter suficiente para que privara la razón en su momento. Bajaron en silencio. Jorge tomó sus cosas y se fue sin siquiera pedir el reembolso de su depósito. El depa seguía creciendo.

El vacío la trajo de vuelta a su cabeza. De pronto estaban riendo juntos en la excursión que hicieron a la sala meses atrás, acampando por primera vez bajo la carpa de sábanas. Tres pestañeos más tarde, cenaban vestidos de gala en la cocina, comiendo las sobras de la pizza que cocinaron para celebrar su aniversario y pisándose torpemente los pies mientras ella intentaba enseñarle por enésima vez cómo bailar salsa.  

Buenos tiempos. No podía negarlo. El encierro les había dado el espacio que les había faltado antes para preparar todas las recetas del libro, ver y rever todas las series del catálogo, leer y conversar sobre los títulos de su biblioteca, sudar y renunciar a las rutinas de ejercicio, quemar neuronas en video juegos, organizar su pasado en carpetas, pintar, limpiar y redecorar su presente tantas veces como desearon. Le había dado tal pelea al hastío que, en su geografía compartida, vislumbraron un campo bautizado con sus nombres y coronado con un monumento que conmemoraba aquella guerra hermosa.

Pero hacía rato que las naves, los puentes y las ganas se quemaron. La noche en la que los vecinos de la colonia se pusieron a cantar en los balcones el Color esperanza de Diego Torres, Oscar tuvo que pelear a muerte con sus ganas de lamer toda la ciudad para que el maldito virus lo matara rápido. Aquello abrió la puerta de las diferencias entre ambos que se habían acumulado en el camino. De pronto los chistes dejaron de dar risa y comenzaron a ofender, las recetas se volvieron insípidas y los esfuerzos por vencer la rutina se hicieron cansones. El más fuerte y definitorio de sus desencuentros era el concepto de lo que cada uno entendía por miedo.

Ella temía a la muerte más que a cualquier otra cosa. Ese miedo comenzó a tomarla por sorpresa en los momentos de soledad, luego apareció en sus lecturas, en sus tiempos de ocio y en sus sueños, hasta colonizar cada una de las decisiones de su día. Mantenerse con vida, a ella y a quienes quería, se convirtió en su única prioridad. A Oscar, en cambio, le aterraba el encierro. El miedo a tener una existencia aséptica, sin placer, sin riesgo, sin energía de vida. Para él, la mera supervivencia no era vida suficiente. Calidad mataba cantidad.

Recordar todo esto le reafirmó a Oscar la decisión de ser todo menos una víctima. Redactó un mensaje corto en su celular y lo mandó a sus amigos sin leerlo una segunda vez. Se paró del sofá, entró al baño y se dio una ducha de agua caliente de 70 minutos. “A la mierda el tanque del edificio y el racionamiento”. Salió de la regadera e hizo algo que tenía meses sin hacer: Se afeitó la barba, se perfumó y se vistió con su ropa favorita. A pesar de estar en abril, puso la navidad en la casa porque era su época favorita del año.

Cuando sonó el timbre, media hora después, Oscar sintió alivio. Desapareció la sensación de ser un idiota irresponsable pues supo en ese momento que no estaba solo. Era Pedro, quien minutos antes se había hecho a sí mismo el hombre más feliz del mundo botando a su madre de la casa. Algo en el mensaje de Oscar había desvanecido todas sus inhibiciones y cuando ambos amigos se vieron por primera vez después de una eternidad de encierro, no necesitaron decirse nada para entender que ambos estaban allí libres para jugar sus últimas cartas. Se dieron un abrazo y abrieron las primeras birras.

No habían terminado la primera cuando volvió a sonar el timbre. Mónica venía cargada de todo lo que pudo sacar de su despensa. Licores, quesos, botanas y una magnífica pierna de jamón manchado de jabugo ibérico puro, todo muy caro y delicioso. Ella ya había pasado por un aislamiento en Caracas a causa del socialismo. Ya había vivido la escasez, los racionamientos, los supermercados vacíos. No estaba dispuesta a pasar por lo mismo en una misma vida.

Poco a poco siguieron llegando invitados y con ellos, gente que Oscar jamás había visto en su vida. La reunión que esperaba era solo de 10 personas, pronto tenía más de 70 irresponsables tomándose hasta el vino de cocina. Lo único que tenían en común quienes entraban por esa puerta, era la suspensión del miedo gracias a su recién descubierta vocación de kamikazes. Oscar se dio cuenta que el depa seguía siendo tan pequeño como antes, así que para hacer espacio metió todos los muebles en el cuarto de Jorge. En medio de aquel movimiento, se encontró de frente con el portarretratos que tenía la foto del viaje que hicieron juntos hace dos años. Aunque estaba seguro que ella habría detestado lo que estaba ocurriendo en el depa, sintió una leve angustia por no saber dónde andaría. Pero esa noche no había tiempo para pausas. Las angustias se ahogaban en mezcal, en porros o en las rayas que pasaban de un lado a otro con la misma libertad y deseo que una bandeja de tequeños en un matrimonio.

Reventamos, estamos que reventamos… La música vibraba a todo volumen y seguía atrayendo a gente dispuesta a abandonar su encierro por unas últimas horas de joda. No había DJ, solo una fila de gente esperando su turno para poner a bailar a los demás. Era como si todos hubieran usado la cuarentena para armar un playlist para esa noche. Sonó de todo sin distinción de género o artista.

Por la forma en que bailaban, se drogaban, bebían y cogían en medio de la sala, a Oscar no le quedó duda que eran la peor especie del planeta. Por un instante se sintió separado de todo aquello que tanto había necesitado durante los meses de encierro y cayó en cuenta que temeridad y valentía era algo muy distinto a lo que estaba sucediendo a su alrededor. A pesar de sus alardes, nadie en ese lugar había mirado al miedo tan a la cara como ella antes de salir. Se había ido sola a enfrentarse precisamente a eso que más temía. Cuán insoportable tenía que haber sido vivir con él para que fuera preferible luchar contra un virus mortal que contra sus malcriadeces. Entendió que nunca volvería a conocer a alguien tan valiosa. 

Antes de que llegara la policía, Oscar bajó al estacionamiento, encendió su coche y tomó la carretera sin un rumbo claro. Solo sabía que debía alejarse lo más que pudiera de aquel lugar. Quizás la playa estaría bien. Necesitaba despedirse del mundo viéndolo y saboreándolo a solas, respirando tanto como el virus se lo permitiera y cantando a todo pulmón sus canciones favoritas. Todo lo que fue ayer se atenuaba e iba desapareciendo conforme se alejaba de la ciudad. Si el ayer se estaba borrando, anteayer ya era un recuerdo y la semana pasada ni siquiera había nacido. 

Ya no había más que ahora.

18 Comments

  1. Desde que arranca el relato me gusta esa tensión de ir In Crescendo. Al menos a mí me transportó, percibí murmullos, ruido, música, todo eso junto al encierro. Momento épico: nombrar los Tequeños ( mi aplauso de pie, porque –>» Fiesta sin tequeños es como álbum sin bajaritas» – L.Ñ – ).

  2. Además de la enfermedad y la muerte, esta pandemia ha dado una vuelta de tuerca a las relaciones de convivencia en el mundo entero. Es fácil sentirse identificado con el dilema que separa a la pareja del cuento de Caque, en el que diferencias sobre el nivel de prudencia terminan por distanciarlos. Es poético que este hecho suceda en un espacio de confinamiento, que además cobra protagonismo dentro de la historia: un apartamento que evoluciona, de atesorar recuerdos, a cápsula de aislamiento, a escenario del fin del mundo… Fue de las cosas que más disfruté de la lectura, porque sin detener la narración para describirnos los colores de las paredes o los muebles, creo que todos nos lo imaginamos. Y esa economía descriptiva se logra precisamente por adjuntarle emociones al «depa».

    Los muchos años de experiencia de Caque como storyteller en diversos medios (teatro, tv, cine) hacen su agosto en la secuencia central, la fiesta que da nombre al cuento, que es muy cinamtográfica. Caque nos lleva de un detalle a otro mientras cuenta dos acciones en paralelo, la bacanal en sí, y el proceso interno de Oscar. Todo esto va in crescendo y casi puedo «ver» el montaje de la acción y la cámara en mano (y ya puesto, hasta los vasitos desechables de plástico de rojo). La fiesta es el marco perfecto para mostrar el cambio del protagonista en el momento que se entera que lo que creía que quería era distinto a lo que realmente necesitaba. Por supuesto, fue perfecto que no fuera a buscarla.

    Los toques de humor son muy bienvenidos. Lejos de restarle relevancia al cuento, le dan realismo: a diario no todo es 100% de un estado anímico. Y la historia central es bastante dramática de por sí sola, con lo cual se agradece el balance.

    Como siempre, hay detalles que pulir, pero son estéticos más que de fondo: como dos párrafos seguidos que empiezan más o menos igual («Cuando Oscar… Cuando Jorge…»), o frases un poco largas que podrían recortarse para transmitir la misma info («…se encontró de frente con el portarretratos que tenía la foto del viaje que hicieron juntos hace dos años», por «se encontró con el portarretratos que tenía la foto de aquel viaje que hicieron juntos»).

    Muchas, pero muchas ganas de leer el próximo cuento de Caque.

  3. Tal como nos lo planteamos desde la creación del blog, va a continuación una breve crónica de lo que fue para mi escribir este, mi primer cuento, no sólo en Bandapalabra, sino en mi vida.
    De entrada me plantee dos tareas:
    1. Alejarme del diálogo lo más posible. He escrito teatro y me gano la vida siendo guionista. El diálogo se roba el espacio de prácticamente todo lo que hago, así que evocar emociones e imágenes sin verbalizarlas era un reto importante para mi. Descubrir el formato, pues.
    2. Drenar un poco el ahogo que me causaba (causa) el encierro a un mes de cuarentena.
    Esto último, confieso, no lo he llevado nada bien. Así que muchas de las posturas del protagonista con respecto al encierro son catarsis propias. Comencé a pensar sobre la idea de la liberación, el fin de la cuarentena aunque representara el final de otras cosas. Calidad sobre cantidad. Si esto se va a acabar, no quiero que se acabe en semejante ladilla. Recordé entonces esa hermosísima escena de «Nosferatu» de Werner Herzog, en la que toda la ciudad es invadida por una plaga de ratas y ante la inminencia de la muerte, los habitantes se van bailando y comiendo en espíritu festivo. Quería que fuera divertido, así que una parte de mi evocó los recuerdos de películas que me hacían reír de niño como «Animal House», «La Venganza de los Nerds» y «Despedida de Soltero». Ninguna de esas películas me gusta hoy, pero el Caque de 12 años las había idealizado como el tipo de fiestas locas y salvajes a las que quería asistir cuando fuera grande.
    En la primera sentada salió como el 60% del cuento. Tenía la estructura y el inicio muy claros. Pero luego vino una pausa. El miedo era el motor de uno de los personajes y eso hizo aparecer la situación con el roomie. Me gustó tanto lo que esta situación ofrecía, que me hizo dudar en apartarme del camino de la relación de pareja, que hasta este momento había sido el motor principal a la hora de escribir.
    La pausa hizo que la historia creciera demasiado en mi cabeza. Quería dedicarle espacio a muchos personajes invitados y la fiesta sería mucho más detallada y salvaje, el epicentro de los disturbios que iniciarían el fin de los tiempos. El roomie regresaría y su historia tenía muchos más recovecos con Oscar.
    Pero me comió el deadline. Acepté que había perdido el norte, que de pronto eso que escribía ya no era un cuento y que se me había salido de las manos. Corté rabo y orejas. Procuré quedarme con mi columna vertebral y aún así, siento que algunos cambios quedaron apresurados.
    Tengo intenciones de revisitar este cuento en el futuro. Ya veremos a dónde me lleva.
    Gracias a todos por leerlo!

  4. Caque, si hay una imagen que voy a recordar de esta primera antología, es la de Jorge encerrado en la jaula de la azotea. Es genial, divertida y a la vez una metáfora a las diferentes posiciones que hemos tenido sobre la pandemia en la vida real. Entiendo perfectamente que te hayas sentido tentado a basar la historia en él; es que da para un spin-off. Qué gran desahogo el de este cuento. ¡Excelente!

    1. Apenas hoy es que veo tu comentario, Raúl!
      Gracias por ponerlo.
      Yo creo que ese spin off viene jejeje
      Vamos a ver qué flow.

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