Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Al protagonista de este cuento le quedaron debiendo. Es hora de pagar.

—A la primera pregunta aburrida o cliché, me paro y me voy —me dijo.

Era linda y su jueguito para conocernos y romper con el patrón de la primera cita entre dos desconocidos me pareció simpático. Creo que los dos queríamos que funcionara. Nos reímos, disparamos un par de tonterías y, ya metidos en el juego, pensando mejor sus áreas de interés, me lanzó:

—¿Cuál es tu mayor remordimiento?

Joder. Esto iba a ser corto. Intenté torear la pregunta con chistecitos, pero fue inevitable. Más pronto que tarde, todos los caminos y conversaciones me llevan a Margarito Hernández, el nombre que partió mi vida en dos.

Callé por un instante, me bebí el vaso de un trago y, sin darle más largas, me solté sin guardarme nada de aquel remordimiento con nombre propio.

Hoy me avergüenzo de mis actos. Reconozco que me pasé. Pero tampoco pueden culparme. Cualquier persona que se sepa estafada hubiera hecho algo parecido. Y más después de la pandemia, que mi situación económica estaba complicada. Yo solo espero que quienes oigan esta historia sepan entender.

La primera vez que vi el nombre de Margarito Hernández fue en el manuscrito de una novela. Los Crímenes del Parque, se llamaba. Era menos que un bodrio. Era la nada misma. En lugar de historia o personajes creíbles estaban todos los lugares comunes del género policial en quinientas cincuenta y dos páginas de aburrimiento. Lo más memorable de aquel texto era el peso de las hojas, porque claro, me lo dieron impreso.

Al principio pensé que aquello era un seudónimo, ¿quién diablos se llama Margarito en el siglo XXI? Pero no, así se llamaba. El tipo se había financiado la publicación de su propia «novela» con una casa editorial mercenaria que no se tomó el más mínimo trabajo en pulir el texto y, sin poner ningún cuidado, lo lanzó al mercado a través de una cadena de tiendas departamentales con la que tenía un convenio.

No sé cuántos ejemplares vendió o no vendió y no me pregunten cómo, pero mi amigo Chava entró en contacto con este personaje y vio en sus ganas de ser escritor un mango bajito para ganar dinero. Semana y media después, me buscó para convertir aquel mamotreto en una radionovela para plataformas. Aparentemente era la última moda entre productoras y guionistas sin trabajo. Un revival del género que nos daba una bocanada de oxígeno a todos los que estábamos comiéndonos un cable. Chava produciría, yo escribiría los guiones. Margarito, a quien jamás tendría que conocer o ver, pagaría por todo, incluso por el sueldo de los actores y las sesiones de estudio de los 90 episodios de una hora en los que quería convertir su «ópera prima».

La verdad, me tenía sin cuidado quién fuera el autor o de dónde sacaba el músculo para financiar todo aquello. Yo necesitaba dinero y estaba dispuesto a escribir hasta hojas dominicales para salir adelante. La parte más dura del proceso fue imaginar que el tal Margarito se tomaba en serio a sí mismo como escritor con este delirio de proyecto.

Asumí la adaptación como un encargo, sin ningún compromiso moral o emocional. No la firmaría, por supuesto. Seudónimo con eso. Solo me interesaba cumplir a tiempo con las entregas y recibir mi pago. Más nada.

Lo bueno de una trama tan vacía era que podía llenarse con cualquier cosa, así que comencé a meterle versiones libres de otras historias que encajaban en el género. Durante mes y medio escribí sin parar. Incluso sacrifiqué algunas noches y fines de semana porque me vi sumergido en lo que estaba creando. Modestia aparte, mejoró mucho. Muchísimo. Vamos, ahora sí había una historia interesante. Si yo estaba enganchado, el público se la escucharía completa en una sentada, gritaría pidiendo segunda y hasta tercera temporada y yo tendría la renta asegurada por el resto del año.

Tanto me metí en la historia, que no me di cuenta que el primer pago se retrasó. Varias llamadas a Chava me confirmaron lo que temía: el proyecto se había cancelado. Chava me juró que nos pagarían el trabajo realizado, pero pasaron semanas entre llamadas y correos sin señales de nuestro empleador. El maldito nos estaba dejando en azul.

Meter abogados de por medio fue como hacerle una señal a Margarito para que desapareciera. Los cobradores nos dijeron que cambió de número de teléfono y de dirección. Hice a Chava responsable, para efectos prácticos, él era mi empleador, fue él quien me trajo al proyecto, era él quien debía responderme. ¿Pero qué iba a hacer? A él le fue peor pues tuvo que vender su coche para pagarle a los actores que dejaron grabados varios episodios. ¿Por qué demonios priorizó pagarle a los actores antes que a mí, que trabajé desde mucho antes escribiendo los libretos y se suponía que era su amigo? Terminamos peleándonos y cortando relaciones.

Antes de nuestra última conversación, me pasó el número del abogado para que yo me entendiera con él en caso de que este lograra ubicar al moroso. Me sentí burlado, timado. Pero esto no se iba a quedar así. Margarito me debía dinero y me iba a tener que pagar, fuera como fuera. Ya no era un tema de plata, era un tema de dignidad, y sí, de ego. Me cansé de que me vieran la cara de pendejo. Yo le iba demostrar a Margarito, y también al mundo, que de mí no se burla nadie.

Decidí hacer justicia por mi propia mano y comencé a investigar al tal Margarito. Sus crímenes literarios venían perpetrándose dede hace décadas. Comenzó su carrera en los años noventa traduciendo al español la letra de canciones pop de grupos estadounidenses para un sello discográfico. Fue él quien convertía un título como Spending my time en Un día sin ti, y This ain´t a love song en Como yo nadie te ha amado. Claramente un hombre sin escrúpulos.

Stalkeándolo en redes sociales vi que teníamos un conocido en común, Richie. Lo llamé sin contarle mayor cosa de Margarito y, sin desconfiar de mis intenciones, me pasó el contacto del mal nacido.

¿Qué iba a decirle?

«¡Maldito desgraciado, devuélveme mi dinero!».

No, al final, no era tanta plata. Era mi orgullo lo que estaba roto. Quería humillarlo, frustrarlo, hacerlo pasar por lo mismo que su ligereza como productor y financista me hizo pasar. Tuve entonces claro que el mejor camino para castigar a alguien con semenjante sed de reconocimiento era ilusionarlo con una oportunidad mayor para después quitarle el tapete de los pies. Entonces tuve una visión, una venganza hija de puta, pero hermosa: iba a hacerme pasar por un productor de televisión interesado en llevar su novelucha a la pantalla. ¡Touché!

Marqué su número de teléfono y puse mi mejor voz de productor de televisión, intercalando palabras en inglés aquí y allá para confundirlo y, por supuesto, halagando su «genious».

—Mucho gusto, Margarito. Soy Jean Paul Hidalgo. Un amigo en común me dio tu número. Represento a Big Content Entertainment, ¿nos conoces? ¿No? Somos una global production house y estamos en busca de nuevos formatos para llevar a plataformas de streaming. Ya sabes, Netflix, Disney, HBO… Al grano: leímos tu novela y nos encantó. Wow, man. Qué digo page-turner, esa novela es una puta droga hecha papel. Me dieron ganas de esnifarla. Qué personajes tan vivos y tridimensionales, qué giros de trama, qué ritmo, qué precisión narrativa, las quinientas y pico de páginas se me hicieron cortas, las devoramos. Luego escuchamos varios episodios de la radionovela y nos gustó aún más. Casi que te digo que funciona mejor en radio que en papel. En todo caso, estamos interesados en adquirir los derechos de adaptación de Los Crímenes del Parque, ¿te interesa?

Hubo una pausa más o menos larga. Pero, por el tono y palabras que usó en su respuesta, no necesité ver su rostro para saber que al otro lado de la línea tenía una sonrisa de oreja a oreja que se paseaba del asombro a la felicidad. Le pedí una cita para conocernos en persona y conversar sobre el acuerdo que debíamos firmar posteriormente. Si por él hubiera sido, nos habríamos visto esa misma tarde. Yo me hice el interesante, le dije que tenía que verme primero con otros autores de renombre que también estábamos evaluando para adaptaciones. Lo cité en un café cercano para dos días después.

Ese día lo hice esperar 90 minutos. Cuando llegué y lo vi, me impresionó su tamaño. Casi dos metros de altura, con notable sobrepeso, vestido de traje blanco, tratando de imprimirse a sí mismo una formalidad que no se sentía auténtica. En la medida en que me acercaba, pude ver que sudaba a cántaros y disfruté imaginando su ansiedad ante el encuentro, los pensamientos que debían pasar su cabeza en mi tardanza y el tiempo que habría dedicado (perdido) en pensar su atuendo que lo hacía parecer al Coronel Sanders de Kentucky Fried Chicken. No debía llegar a los cuarenta años y, sin embargo, estaba hecho mierda.

Pedí un expreso pequeño pues de entrada le dije que no tenía mucho tiempo para él. Intercambiamos dos preguntas cordiales y, en un frenazo impuesto por la conciencia, traté de ver si había algo que lo salvara de todo lo que vendría. Una justificación o algo que me dijera que tenía intención de pagar su deuda con el guionista de la versión radial de su novela.

Nada. Margarito cavó su propia tumba diciéndome que todos los derechos de Los Crímenes del Parque eran suyos y que estaba completamente libre de deudas con los productores de la radionovela. Yo me quedé paralizado con una sonrisa que decía «hijo de puta», pero que él interpretó como satisfacción de mi parte al sentirme posible dueño de los derechos de su obra.

Margarito sudaba como tapa de olla. Le dije que el camino de la página a la pantalla sería intenso, difícil y quizás ingrato. Que llevar una novela a la televisión implicaría cambios, tiempo y muchísimo trabajo de su parte. No le importó. Me dijo que ver una historia suya en televisión era su sueño y que nada lo haría más feliz que entregarse en cuerpo y alma para llevar «el mensaje del texto» a un público más amplio. Su única condición, como buen narciso, era que su nombre estuviera integrado al título de manera obligatoria y, de ser posible, en inglés: Margarito’s Crimes in the Park.

—Pero por su polla, claro. Eso no se negocia. —le dije metidísimo en mi papel.

La manera en la que describió la urgencia de contar esa historia, su «propósito» como artista, casi me hizo vomitar el café. Motivado le leí la lista de recaudos que supuestamente necesitaba presentar con carácter de urgencia al inexistente departamento legal de la compañía que me inventé para proceder con la redacción del contrato de opción. Hasta le pedí la carta astral de su perro.

Él tomó nota de todo. Antes de despedirme me dijo que, si no era con esa, tenía muchas otras ideas en el tintero con posibilidad de adaptación. La despedida (del pelo al peine) era otra, una novela romántica sobre el envejicimiento y el paso del tiempo. Le dije que sonaba interesante y que me gustaría leer el piloto. Me dijo que no lo tenía escrito aún, pero que podría tenerlo listo para mañana. ¡Obvio que se lo pedí!

—¡Mándamelo, pero urgente, porque tenemos el tiempo en contra!

Como si esto no fuera suficiente, entró en personaje de pitch y me soltó:

—Además de parecer mocos a lo lejos, ¿qué otra función tienen las canas dentro de la nariz?

Lo miré en silencio más tiempo del debido tratando de entender aquel tren de pensamiento. Él sonrió y comenzó a asentar creyendo que de alguna forma yo veía potencial en su pregunta. Comencé a asentar con él y me respondió:

—Son cuestionamientos simples, que todo el mundo se hace, pero que precisamente por ello pueden guardar un potencial de desarrollo inmenso. Un multiverso «franquiciable».

Asenté y bebí mi café de un sorbo para no soltar la carcajada. Pedí la cuenta, pero él se ofreció a pagar. Pedí entonces algunos otros productos bien caros para llevar a casa y que él los pagara también. Me fui contento, seguro de que pasaría por lo mismo que yo. No les puedo explicar el placer que me daba imaginarlo sin dormir sacándose una historia sin pies ni cabeza de un día para otro.

Yo quería verlo trabajar en vano y partirse la cabeza con un proyecto absurdo. Ese sería el mejor castigo. Le hice escribir una biblia de 120 páginas en lenguaje inclusivo, solo por joder. Le pedí cambios y devoluciones constantes, discutimos horas de manera estéril sobre el género de cosas abstractas:

—¿Es terremoto o «terremote»?

Dios me perdone, pero cómo me divertí.

Luego de tres semanas pidiéndole cambios y correcciones caprichosas, volví a citarlo con carácter de urgencia bajo pretexto de que un ejecutivo de Netflix quería conocerlo en persona. Margarito tendría que atravesar la ciudad en menos de veinte minutos, con una versión impresa del nuevo piloto de su novela. Como no tenía coto, ni sabía decir que no, aceptó y aseguró que estaría allí sin problemas.

Lo esperé relajado en la terraza del café más fresa y costoso de la ciudad. Ordené los platos más caros del menú y pedí al mesero que no se llevara las migajas y platos sucios hasta que llegara mi «invitado». Cuando Margarito apareciera le diría que el ejecutivo de Netflix se había cansado de esperar y acababa de irse muy molesto.

Veinte minutos después de la hora citada, vi cómo el coche de Margarito se estacionaba en un lugar prohibido, esta vez con un choque en uno de sus faros delanteros. Bajó corriendo, sudando a chorros, abrazando su manuscrito. Su presión era tanta que a mitad de camino se llevó la mano al pecho y se paralizó mirándome a los ojos desde la distancia. Yo no entendí bien lo que pasaba, levanté mi brazo y señalé el reloj que no tenía para indicarle que venía más que tarde. Él se desplomó en mitad de la calle, muerto por un infarto fulminante.

Las hojas de su manuscrito volaron por toda la calle. Nunca me pagó, obvio. Y ahora, un año después de aquello, llevo el peso de esa inmensa masa de hombre en mi cabeza. Veo su rostro en todas partes. Incluso en las noches, en mi cuarto, al pie de mi cama. Todas las noches me visita su fantasma, siempre sudoroso con un manuscrito horrendo entre las manos para que lo lea. Estoy convencido de que yo lo maté y de que si hay una razón por la que mis guiones no se venden y mis ideas fracasan desde entonces, es porque Margarito sabe lo que hice.

Me gustaría que pensara que ya estamos a mano. Que él me robó dinero y yo en cambio le robé la vida. Pero la verdad es que le quité mucho más de lo que él me quitó a mí. Acabé con todo lo que fue y lo que pudo ser. Ahora quien le debe soy yo.

Más de una vez he pensado que podría pagar mi deuda con su fantasma si lograse que algún productor adaptase Los Crímenes del Parque, pero hasta los monstruos tenemos tope. Dudo que pudiera sostener mi conciencia si por mi culpa una mierda de historia como esa llegase a alguna plataforma de consumo masivo.

—Así que dime, ahora que sabes a quién le debo y todo lo que le debo… ¿Seguimos la cita o pido la cuenta?

6 Comments

  1. Este cuento me hizo la mañana. Tiene de todo y la lectura fue deliciosa, además de catártica, toda una fantasía para aquellos creativos a los que no se les ha pagado por su trabajo alguna vez en la vida. ¡Chulada!

    1. ¡Gracias, Fer! Ya nada más que te hayas tomado tiempo en una mañana de unes para leerlo, me hizo a mí la mañana.

  2. Como siempre cuento de la Banda que vale la pena… para plantear y replantearse los remordimientos, esa pregunta me acompañará seguido de ahora en más

  3. Me gusta como de una fantasía homicida, salga un buen cuento. Eso me pasa todo el tiempo cuando las cosas salen mal, cuando la gente es injusta, cuando se portan mal, las fantasías empiezan a fluir.
    Lo importante por supuesto es eso, que salgan en forma de fantasía y no se lleven a la acción.

    Sublimar lo llamaría Freud.

    (Pero aquí entre tú y yo y todos los lectores de este comentario, esa persona se lo merecía jajaja)

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