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La anciana sueña con pastillas

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Una pareja de ancianos decide hacer un último viaje.

La anciana sueña con pastillas. Las cápsulas rojas y azules que se vierten sobre su cuerpo desnudo mientras van colmando la bañera. Las espera de pie, deshaciéndose de cualquier rastro de dolor. Mira hacia la luz del cielo y las recibe como gotas, saboreando el roce de la liberación, del comienzo del fin. La anciana abre la boca, se llena de las pastillas que sobrepasan el umbral de sus labios y se van derramando sobre la flacidez de sus senos. Y es cuando vuelve a despertar del sueño que se le ha repetido cada noche desde el día en el que ella y su esposo decidieron quitarse la vida.

Al anciano se le hacía insoportable cargar con los dolores que lo acosaban después de las sesiones de radiación; ella había decidido acompañarlo hasta el último de sus días. Agotada de escuchar sus lamentos y de convivir rodeada de analgésicos, le propuso la salida definitiva. Lo hizo durante una cena, después de haberle cocinado los espaguetis con albóndigas y salsa de tomate que él tanto disfrutaba.

El anciano la vio inspirado; en los ojos de su compañera reconoció toda su vida: los besos en el auto, las caminatas nocturnas, los rostros de sus hijos, los muebles de la sala. Años de matrimonio con la mujer que estuvo siempre, incluso después de haber sido descubierto en una de sus infidelidades. En algún rincón de esos ojos, en donde el anciano encontró el auto, la noche, los hijos y los muebles, también halló episodios que prefería encubrir: el estacionamiento del motel de carretera en el que se la topó cara a cara, la incomodidad de las veces que no pudo evitar defecarse encima. Los ojos de su esposa, que en ese momento le contaban toda su vida, le hablaron de las veces que la encontró llorando a escondidas, por aquella vez del motel, por otro pañal que le tocó cambiarle o por alguna otra mujer de más que calló. ¿Qué había hecho?, se preguntaba el anciano sin cesar. ¿Qué había hecho para merecer semejante incondicionalidad?

La anciana sueña de nuevo con pastillas. Esta vez los dos se toman de la mano en la bañera y reciben la cascada perenne. Más rojo, más azul. Más cápsulas. Vuelan livianas, como si fueran las hojas de un árbol al desprenderse. Ella ataja una, la abre por la mitad. Se la muestra vacía.

A los días, festejaron un nuevo aniversario de bodas con su familia. Sus cinco hijos comiendo en la mesa y sus incontables nietos correteando por toda la casa. Después de escuchar el brindis de su hijo mayor, el anciano les dejó saber a todos el plan. No el plan completo, sino la parte que podían compartir.

—Quiero que sepan que los abuelos hemos decidido rememorar nuestra luna de miel. Hicimos reservaciones en el mismo hotel de Yucatán donde pasamos aquellos días hermosos después de casarnos.

Las copas no podían elevarse más.

En la Riviera Maya fueron jóvenes otra vez. Hicieron snorkeling en el cenote Dos Ojos, visitaron las ruinas de Tulum y Chichén Itzá, se excedieron en comidas y bebidas, tomaron sol en la piscina y hasta participaron en las clases de baile de las tardes. Fue la última semana de celebración que los dos habían imaginado.

La noche acordada pidieron comida a la habitación. Él no estaba del todo de acuerdo con el room service, pues esperaba sentir la brisa de la noche, ver las luces de los pasillos, escuchar a la gente alrededor de la piscina. Él se había empecinado en contemplar cada detalle, por más insignificante que pareciera. Disfrutaba del sonido del ascensor al abrir, se agachaba para sentir la textura de la alfombra en la recepción, ordenaba café solo por el placer del aroma. Ella, en cambio, decía que con él lo tenía todo, que no necesitaba más que sentirlo cerca para deleitarse en sus últimos minutos.

Al terminar de comer, se sentaron sobre la cama. La anciana le entregó dos frascos de pastillas y apartó otros dos para tomarlos ella. Destapó dos botellas de vino, le dio una y brindaron.

—Me siento una borracha de plaza —le dijo.

Comenzaron a tragar cápsulas a montones y a pasarlas con el vino. Los dos se fundieron en miedos, lágrimas y alegrías. Cuando la botella de él estaba cerca de terminarse y los fármacos comenzaban a hacerle efecto, la anciana se acercó a besarlo. De su frasco, le mostró una cápsula y la abrió por la mitad. No salió nada, ni un rastro de polvillo. Todas las que ella tragó estaban igual, vacías como en el sueño.

—Perdona, mi amado, pero no te puedo acompañar. Te estaré agradecida hasta el último de mis días, pero en el Paraíso espero encontrarme con un alma que me merezca.

Lo acostó, lo acomodó boca arriba y recostó la cabeza en su pecho. Lloró en silencio toda la noche.

La anciana abre la boca, se la llena de las cápsulas rojas y azules que sobrepasan el umbral de sus labios y se van derramando por su cuerpo desnudo. Despierta antes de asfixiarse, mira de nuevo hacia el cielo –como cuando aguardaba por las pastillas– y da gracias a la vida por este nuevo comienzo.

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