Por Milton Granadillo
@the_milton_show

 

—Solo tengo una petición —dijo Milton con tono lapidario—. Quiero ir a Strawberry Fields.

Su padre y madre lo observaban con mirada vacía desde el otro lado de la mesa. Su hermano mayor volteó los ojos con desdén sin dejar de masticar la cena.

—¿Qué es Strawberry Fields? —Dijo el padre.

—Es una sección de Central Park dedicada a John Lennon. No hay nada ahí. Solo un mosaico que dice “Imagine”, pero quiero ir por mi cuenta.

—Perfecto. Entonces vamos tod…

—No.

—Son unas vacaciones familiares. ¿Qué es eso de andar solo?

—Papá, no quiero que desperdicien un día en New York en un parque que solo me interesa a mí. Además, tengo veinte años; voy a estar bien.

—Pero…

—¡Que voy solo!

—Claro, entiendo.

Tres meses, tres mil quinientos kilómetros y nueve discusiones después, estaban en Central Park frente a un cartel con el texto “Strawberry Fields”.

Ese diciembre, el clima se sentía excepcionalmente miserable pues, a pesar de las gélidas temperaturas, no nevaba. En cambio, una fina lluvia permeaba sus abrigos y sus ánimos.

Ya llegamos —dijo mamá con voz tiritante, tratando de mantener el entusiasmo.

Atravesaron un breve camino empedrado y en un claro encontraron el destino del peregrinaje; un mosaico en el piso con el símbolo de la paz y la palabra “Imagine” en el medio.

—¿Esto… es todo? —Dijo el padre con tono de sorpresa decepcionada. 

Sí. les dije.

—Pero…

—¡Les dije que no había nada! —Interrumpió Milton, con palabras que humeaban en la fría tarde— ¡¿Ahora me pueden dar un minuto?!

El hermano y los padres asintieron mientras tomaban un par de pasos hacia atrás.

Milton trató de encontrar un segundo de silencio reflexivo, ambientado con la lluvia miserable. 

—¿Por qué dice “Imagine”? ¿Qué hay que imaginar? ¿Que este lugar no es una mierda? —Dijo el hermano con cinismo.

—Déjalo chico —dijo Mamá mientras se frotaba las manos para obtener calor—. Tranquilo, Milton, vamos a estar aquí.

Meditar siendo observado por tres sets de ojos era tan difícil como orinar frente a un pelotón del ejército.

Suspiró.

—Vámonos. 

—¿Ya? ¿Tan rápido? —Preguntó Papá. 

—¡¡Vamonos!!

El momento más decepcionante del año. Pero al 2004 todavía le quedaba un par de días…

Corrían entre las calles de Manhattan, tratando de encontrar un acceso a Times Square.

El epicentro mundial del año nuevo se encuentra en el techo de One Times Square. ¿Greenwich? Al carajo Greenwich. Lo que marca de manera oficial la llegada del primer día de enero es el descenso de una gran bola disco llena de luces sobre el número del año escrito en neón.

La familia no tenía planes de vivir el momento en persona. Pero un respingón aventurero llenó de adrenalina la cabeza del patriarca cerca de las tres de la tarde

—¿Cómo vamos a estar en New York y no vamos a Times Square para Año Nuevo?”

Abandonaron la prudencia como María la del Barrio abandonó a Nandito, y decidieron ir a pie.

Previendo el caos y la avalancha de gente que se aglomera en el epicentro del Año Nuevo, la policía cierra cada calle desde horas de la tarde.

Pero esta familia estaba decidida. 

Calle a calle se encontraba con multitud de personas y barricadas protegidas por oficiales del NYPD. 

—This street is closed. Move along, please.

Siguiente calle.

—Closed street. Move along.

Siguiente… 

—Move along. You can only access this street if you are staying in one of the hotels.

—¿Qué dice? —Preguntó Madre.

— Solo puede pasar el que se está quedando en uno de los hoteles de la zona —respondió Padre con tono desinflado.

Empezaron a alejarse del tumulto para probar otra entrada y en plena carrera, el hermano mayor se detuvo en seco.

—¡Espérense!

Buscó en su billetera con ojos brillantes.

—Tenemos que seguir, a ver si encontramos una calle abierta —dijo el padre.

—Espérate, espérate —repetía mientras hurgaba entre billetes, tarjetas y papeles arrugados—. ¡Aquí está!

Sacó una llave magnética y todos lo miraron compartiendo cero por ciento de su entusiasmo. La volteó para que todos pudieran ver el logo del hotel: Marriot Times Square. 

Por primera vez en la vida, su abarrotada billetera donde acumulaba todo tipo de basura sirvió para algo. En un viaje anterior se había quedado en este hotel y aún conservaba la tarjeta.

Con cara de póker caminó hacia la barricada tarjeta en mano.

—Excuse me sir, we are staying at the hotel. We need to pass through.

El tiempo se detuvo en un hermoso momento que pudo estar ambientado con la banda sonora de Willy Wonka y la fábrica de chocolate:

Come with me and you’´ll be…

El policía asintió.

…in a world of pure imagination…

Se abrieron paso entre la gente.

…take a look and you’ll see…

El policía levantó la barricada. 

…into your imagination!

Con el corazón desbocado, caminaron hasta la cuadra más importante del mundo y se detuvieron ahí, frente al monolito del tiempo. 

Se calmaron y miraron alrededor, descubriendo que casi estaban solos. Un oficial les explicó: Todos los restaurantes, bares y hoteles de la zona estaban reservados con meses de anticipación y no permitían la entrada a ningún transeúnte. A las diez de la noche se abrían las barricadas a la muchedumbre.

La familia no podía entrar a ningún local para comer, ni beber, ni usar el baño. Y aunque eran apenas las cinco de la tarde, con entusiasmo ciego decidieron permanecer en el frío lugar hasta la medianoche.

A las seis, los estómagos empezaron a crujir, pero seguían entusiasmados.

A las siete, las vejigas empezaron a contraerse, pero se sentían indetenibles.

A las ocho, sus bocas se secaron, pero seguían firmes.

A las nueve, toda la familia estaba en silencio sepulcral.

A las diez, el violento frío, el hambre, las ganas de orinar y la sed se volvieron intolerables.

Finalmente llegó la media noche. La bola se iluminó y bajó con cuenta regresiva hasta posarse sobre un inmenso “2005” que anunciaba la llegada del año. Una celebración llena de música, besos y fuegos artificiales…

…que vieron en el televisor del bar de un hotel.

El plan de Times Square fue abortado poco después de las diez. Sin decir una palabra, acordaron con dolor que debían irse. Se abrazaron, miraron la bola por última vez y se fueron en dirección opuesta a su sueño.

Encontraron un taxi que los trasladó a su hotel, donde pasaron las doce campanadas en la barra del restaurant, entre un piloto borracho y una mujer que vestía un abrigo de piel.

A las doce y treinta se aglomeraron alrededor del único teléfono del lugar para felicitar a la hermana del medio, que estaba en su luna de miel. En ese momento la frustración se borró y, en una empalagosa escena digna de comercial de jamón planchado, se dieron cuenta de que, a pesar de todo, estaban juntos. Y eso, era suficiente. 

Milton se sentó en el bar y revisó en la cámara las fotos del viaje, deteniéndose en una borrosa imagen del mosaico de Strawberry Fields.

Su hermano se acercó y miró la foto junto a él.

—¿Qué hay que imaginar? ¿Que todo esto no es una mierda?

Los dos lanzaron la primera y más grande carcajada del año. 

3 comentarios

Haha dolorosamente divertido. Me encantó la elipsis de año nuevo desde el hotel y las referencias de Marimar y el jamón planchado.

Muy buena historia Don Milton! Qué bien contada con esa mezcla de irreverencia, humor negro y drama.

Y como se vale “imaginar”, ya lo veo sentado en el círculo meditando mientras es observado por “tres sets de ojos”. Como usted dice: “tan difícil como orinar frente a un pelotón del ejército.”

Esa imprudencia o impertinencia de los viejos, que muchas veces nos avergonzaban, son ingredientes que sazonan las historias familiares y las vuelven anécdotas simpáticas e inolvidables como esta.

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