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Iker y la Bestia de los Pirineos

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Pamplona, finales del siglo XVI. La construcción de la nueva ciudadela se ve amenazada por los ataques de una misteriosa bestia. Un cazador y su hijo son los únicos que pueden detenerla.

a Natalia

I

En Pamplona, si uno se mete por el callejón que pasa por detrás de la catedral, a la izquierda del famoso Mesón que lleva allí más de un siglo, encontrará una larga terraza desde la cual se puede ver gran parte de la ciudad y un magnífico atardecer. Al final de esta terraza, se levanta una iglesia más pequeña. Detrás de ella hay unas escaleras de piedra muy antiguas que los años se han encargado de cubrir con una gruesa capa de maleza y olvido. En lo alto de estas escaleras yacen los restos de lo que fue una antigua torre vigía en los tiempos ancestrales de la ciudad. Este sitio carece al parecer de interés arqueológico, y hoy solo es frecuentado durante las noches por gente dedicada a actividades no del todo legales. De día, sin embargo, es perfectamente seguro, y aquel que haya tenido la suficiente paciencia para llegar hasta allí puede ver, cuando el sol se pone, la sombra de una figura que asoma por la pared exterior de lo que antes fue la torre.

Esta sombra la proyecta una cabeza de lobo tallada en piedra, que sobresale de la pared unos quince centímetros. Para llegar hasta ella hay que dar la vuelta a la esquina de la torre y caminar por una cornisa que apenas mide la mitad de mi pie, sobre una caída de casi veinte metros. La tarea es muy arriesgada, ya que solo puede hacerse cuando el viento sopla directamente contra la pared, cosa que sucede únicamente unos cuantos días al año, por lo general durante el otoño.

Aquel que se considere lo bastante valiente podrá realizar esta acrobacia y ver que justo debajo de la cabeza de piedra están grabadas las letras I.E. Yo no las he visto aún, pero Natalia, en nuestra visita a Pamplona, me dijo que eran las iniciales de un hombre llamado Iker Etxeberri, experto cazador de lobos y responsable de la muerte de la terrible Bestia de los Pirineos, un monstruo que asoló los alrededores de la ciudad en tiempos de Felipe II. La cabeza de piedra marca el lugar desde donde Iker, al día siguiente de lograr su heroica hazaña, se quitó la vida arrojándose al vacío.

Ignoro cómo hizo Natalia para ver esas letras. Al principio pensé que solo era un cuento suyo, a sabiendas de la gran imaginación que siempre ha tenido, pero con el pasar del tiempo comencé a sentir una mayor curiosidad por aquella historia, y decidí saber más sobre el asunto. Quien me sacó de la duda fue mi amigo Fernando Soto, joven historiador que había conocido en la Universidad de Navarra.

Fernando me dijo que Iker Etxeberri existió, al menos en las leyendas populares de la región. Muchas de sus hazañas no dejaron testimonio escrito, pero la gente recordaba sus dos más grandes proezas: el exterminio de una gran manada de lobos que puso en peligro la construcción de la famosa ciudadela pamplonica y la muerte de la Bestia de los Pirineos, ambas hazañas durante el reinado de Felipe II.

La investigación que Fernando hizo para mí a manera de favor personal para compensar las veces que lo saqué de sus deudas de juego me llegó en apenas dos hojas escupidas por el fax unos días más tarde. He tratado de transcribirlas ordenando un poco los datos y poniéndolos en mis propias palabras, pero más o menos decían lo siguiente:

II

Las crónicas son bastante elusivas con respecto a la figura de Iker Etxberri. Solo se le menciona claramente en las constancias de pago de la primera fase de la construcción de la ciudadela de Pamplona, allá por el siglo XVI ¬debido al mal estado del original ha sido imposible determinar el año exacto¬. El servicio prestado por Iker fue dar muerte a una peligrosa manada de lobos que había decidido hacer suyo el terreno dedicado a la construcción.

El resto de lo que sabemos del personaje no se encuentra en las crónicas, sino en las memorias de un monje franciscano llamado Sancho Zubizarreta, escritor mediocre a lo sumo, que sin embargo alcanzó cierta notoriedad durante las viejas cortes de Navarra.

Las memorias, que han sido catalogadas por muchos como pura ficción, hablan con cierto detalle de la plaga de los lobos, así como de la venida de Iker Etxeberri, un hombre que ya era, al parecer, un famoso cazador. Dicen que Iker vivía como un recluso en la falda de los Pirineos, y cuando finalmente se le llama para el trabajo aparece en la ciudad con un niño pequeño que es evidentemente su hijo; ambos tienen el mismo pelo, los mismos ojos y la misma mirada siniestra de la gente que ha pasado demasiado tiempo sola en la montaña. Aquella criatura lleva sus mosquetes y su espada, pero además le sirve de intérprete, ya que Iker solamente habla en vascuence. Nadie sabe si no conoce el castellano o –como muchos creen– simplemente se niega a hablarlo, aunque poco le importa el tema a las autoridades reales. No le han contratado por sus habilidades lingüísticas, sino por su puntería.

Según las memorias, el trato queda cerrado al día siguiente. Iker y su hijo se internan en los terrenos de la construcción de la ciudadela. Sancho Zubizarreta los sigue a escondidas, deseoso de verlos en acción. Más adelante relata cómo el cazador se enfrenta a aquella manada de enormes bestias, disparando desde lo alto de un montículo, mientras su joven aprendiz carga los mosquetes con fría calma. Algunos lobos logran acercarse peligrosamente a ellos, pero Iker los traspasa con su espada, siempre interponiéndose entre su hijo y los animales. Relata Zubizarreta cómo una de aquellas bestias muerde al cazador en el brazo, y éste, sin lanzar ni siquiera un gemido de dolor, le corta la cabeza con el sable, cayendo el animal muerto a sus pies. Al final, Etxeberri cumple con lo prometido, y regresa ante las autoridades que lo han contratado con las cabezas cercenadas de todos aquellos lobos, y con apenas una leve herida.

El cazador recibe veinte monedas de oro y el derecho a conservar las pieles de los animales que ha matado. El pueblo celebra la hazaña, pero él y su hijo se marchan sin unirse a la algarabía popular. La sombra de Iker Etxeberri desaparece de la historia por casi veinte años.

Pasan dos décadas, y nuevamente la construcción del recinto armado se ve amenazada. Esta vez, el peligro es mayor, y así lo indica no solamente el texto de Zubizarreta, sino también las crónicas oficiales, que hablan de decenas de muertos en muy poco tiempo, cadáveres que poco a poco se apilan y funerales celebrados uno tras otro. Se podría pensar que es debido a algún tipo de peste, sin embargo, un grabado de la época, realizado por el artista Mikel Atxaga, nos muestra por primera vez lo que la tradición oral confirma: la leyenda de la Bestia de los Pirineos, representada bajo la forma de un lobo gigantesco, casi del tamaño de un hombre, al que se atribuyen más de cincuenta muertes, incluyendo algunos niños. Varias expediciones de guerreros temerarios parten para dar caza al monstruo, que al parecer acecha el área cercana a la ciudadela, pero todas fallan. Nadie parece tener la habilidad suficiente para acabar con él, y cada hombre que sale en su busca es simplemente otro cuerpo muerto que añadir a la lista al siguiente día. Se dice que incluso el mismo Felipe II llega a autorizar el uso de la guardia imperial en tan escabroso asunto. Todos sus esfuerzos son inútiles. Al final, el buen fraile Zubizarreta, ya entrado en años, se acuerda del temerario Iker Etxeberri y manda a por él.

El mensajero trae de vuelta al legendario cazador al cabo de pocos días. Al verle, Zubizarreta no sale de su asombro: los veinte años que los separan de su primer encuentro no parecen haber pasado por su rostro. Sigue tan joven y recio como el primer día, con la misma mirada tétrica en los ojos. Solo hay una diferencia: esta vez el muchacho no viene con él. Sancho comete la imprudencia de preguntarle por el niño, y la mirada de odio que Iker le dedica basta para comprender la verdad: el joven ha muerto. No pregunta la causa, ya que el oficio de Iker habla por sí solo. Además, el cazador ostenta en el costado una herida muy grande, vendada con habilidad pero también con prisa. Los riesgos de la vida que ha escogido no perdonan a nadie.

No hacen falta explicaciones ni detalles. Hasta los oídos de Iker han llegado las historias del monstruo. Tampoco es necesario un intérprete: al parecer, el misterioso hombre de la montaña ha decidido romper su mutismo hablando un castellano torpe pero suficiente. Las autoridades le ofrecen treinta monedas de plata por la muerte de la criatura. El precio es ridículo, pero Iker ni siquiera intenta negociar. Dice a todos que se internará en la ciudadela esa misma noche y matará al monstruo. Advierte que deben dejarlo solo, y esperarlo al mediodía siguiente en la torre del vigía.

Nuevamente el cazador entra en el terreno donde se llevará a cabo el enfrentamiento. La mayoría cree que no volverá a verlo con vida, pero Sancho Zubizarreta, que ha visto sus habilidades con sus propios ojos, tiene fe en él. Tampoco en esta ocasión quiere desaprovechar la oportunidad de ser testigo de su hazaña, y, con mucho cuidado, se abre paso entre la maleza y encuentra un sitio seguro donde esconderse y observar sin ser detectado. Su curiosidad, al parecer, es más fuerte que su miedo por el monstruo.

Pasan varias horas, pero finalmente, cerca del amanecer, la criatura aparece. Iker Exteberri la ha estado esperando, mosquete en mano, frente a una pequeña fogata, envuelto en pieles de lobo. No se ha movido en horas. El vaho de su respiración es lo único que se percibe en aquella penumbra. Trato de imaginarme cómo debe haber sido aquel momento de tensión entre los dos: Iker y el monstruo, mirándose durante varios minutos seguidos antes de lanzarse el uno sobre el otro. Sancho Zubizarreta cuenta como el cazador, con la misma increíble frialdad, levanta el mosquete ante la embestida de la criatura y dispara un único proyectil que le golpea en el pecho. Aquel enorme ser que había sido la amenaza de toda una ciudad cae, y durante unos instantes reina el silencio. Iker Etxeberri se acerca entonces con paso lento hasta donde yace la Bestia de los Pirineos y, sacando su espada del cinto, le corta la cabeza.

El curioso fraile corre a avisar a las autoridades. La noticia se propaga por toda la población. Cientos de personas se acercan a los terrenos de la ciudadela, antorchas en mano. Quieren exhibir el cuerpo de la bestia colgado de las murallas, como hicieran en su tiempo los habitantes de la gloriosa Saraqusta cuando se enfrentaron a una amenaza similar. Pero entonces, cuando llegan al sitio, se encuentran con algo que no esperan: Iker Etxeberri ha levantado una gran hoguera donde arde el cuerpo sin vida del monstruo. El cazador está arrodillado frente al fuego y, justo antes de que se levante, Sancho Zubizarreta cree verle secarse unas lágrimas con el dorso de la mano. Es entonces cuando Iker, en un fuerte y claro castellano, advierte que dará muerte a cualquier hombre, mujer o niño que se atreva a tocar el cadáver antes de que se convierta en cenizas. La gente no lo entiende, pero nadie es tan tonto como para no tomar en serio su advertencia. Poco a poco retroceden y lo dejan en paz. El fraile Zubizarreta, antes de desaparecer junto con la muchedumbre, no puede evitar una mirada furtiva dentro de la hoguera. Lo que ve le llena de espanto: entre las llamas, cree distinguir brevemente la silueta de un hombre.

Al mediodía, siguiendo las instrucciones de Iker, todo el mundo está concentrado al pie de la torre del vigía, pero el cazador sigue sin aparecer. Al fin, tras una angustiosa espera, se deja ver en lo alto de la torre, subido a una estrecha cornisa. Nadie sabe cómo ha llegado hasta allí, pero su voz se oye clara y fuerte a casi veinte metros por encima de los espectadores. Habla un castellano casi perfecto, y desea que todos le escuchen. Sus palabras son recogidas por el fraile Zubizarreta: “Pueblo de Pamplona: tal como me habéis pedido, os he liberado del monstruo. Ahora quiero pediros perdón. La única bestia he sido yo”.

Tras decir esto, Iker Etxeberri salta al vacío con los brazos abiertos en cruz. La caída lo mata instantáneamente. El misterio de sus últimas palabras nunca es aclarado. Una cabeza de lobo es adosada a la pared de la torre en el lugar exacto desde donde saltó para quitarse la vida. Dicen algunos que el rostro del temible cazador también se puede ver tallado en las puertas del claustro de la catedral.

La de este hombre es una historia que se pierde en el tiempo como tantas otras. Nada más se puede decir a ciencia cierta.

III

Debo decir que la investigación de Fernando no me dejó satisfecho. Sabía que tenía que haber algo más. Fue así como me dirigí nuevamente a Pamplona y, gracias a mis contactos, logré tener acceso a la sección de libros raros de la biblioteca municipal. Allí, sepultado entre polvorientos volúmenes, encontré aquello que mi amigo historiador había dejado de mostrarme por descuido, desidia o simple maldad: el segundo tomo de las memorias del fraile Sancho Zubizarreta. La historia de su encuentro con Iker no terminó con la muerte de este.

Según cuenta en el texto, al acercarse a dar la extremaunción al cuerpo, Sancho notó que el cazador llevaba una pequeña pulsera de cuero rojo con una piedra negra. Él recordaba haber visto esa misma pulsera veinte años atrás, pero no en el formidable Iker, sino en su pequeño hijo. Inmediatamente comprendió lo que debió haber sido obvio para él desde un principio: el hombre que había matado a la Bestia y que ahora yacía muerto entre las rocas no era Iker Etxeberri, sino el niño que le había acompañado en su anterior proeza. Se hizo clara entonces tanto la juventud del cazador como su fluidez con el castellano.

¿Pero qué había sido de Iker? La explicación más probable era que había muerto años atrás, pero eso no cuadraba del todo con el misterio que rodeaba al suicidio de su hijo y aprendiz. Y a decir verdad, a mí tampoco me dejaba satisfecho esa historia, ya que dudaba de que Natalia se interesara por un final así. Debía de haber algo más detrás de todo aquello.

Afortunadamente Sancho Zubizarreta pensó lo mismo que yo. Buscó al mensajero encargado de encontrar al cazador y le pidió que lo llevara al que había sido su hogar al pie de los Pirineos. Lo que encontró allí fue una vieja casa de piedra, una de cuyas paredes estaba pegada a la montaña. Al fondo de la vivienda, cavada en la pared, había una enorme jaula, con la puerta destrozada, cuyo interior estaba lleno de huesos inmersos en un olor a sangre y excrementos. No le costó trabajo al fraile –y a mí tampoco– adivinar cuánto tiempo había permanecido encerrada allí la Bestia de los Pirineos: veinte años.

La historia se explica por sí sola: dos décadas atrás, el verdadero Iker Etxeberri había logrado matar a los lobos que asolaban Pamplona, pero tras la mordida de uno de ellos se había llevado algo consigo. La bestia que había mancillado su carne pasó de alguna forma a su sangre y terminó por dominarlo, primero transformando su mente, y al final, su cuerpo. Este proceso, lento y seguramente muy doloroso, había sido presenciado de principio a fin por su hijo, que finalmente tuvo que defenderse de su propio padre.

Incapaz de matar a aquel que hasta ese día había sido toda su familia, el joven había decidido encerrar a Iker en la jaula, alimentándolo con las presas que iba cazando por la montaña. Su padre no trataba con nadie, por lo que su ausencia no fue notada. El niño, mientras tanto, aprendió poco a poco lo que había que saber acerca de la cacería. No le fue difícil, con el tiempo, hacerse con el nombre y la fama de su progenitor.

Pero aquella situación no podía durar para siempre. Tras veinte años de intentos frustrados, el monstruo que antes había sido Iker escapó finalmente de su cautiverio, y su cerebro de bestia lo llevó al único lugar posible: la ciudad donde por última vez había sido humano. Su hijo no había salido bien parado de aquel trance: en la fuga, al intentar detener a su padre, también él resultó herido. La llegada del mensajero enviado por Sancho Zubizarreta, días después, le reveló el paradero de la criatura, y supo que tenía que hacer algo. La maldición ya comenzaba a crecer dentro de él, pero todavía podía arreglar las cosas si se daba prisa.

El resto es historia. La confrontación entre padre e hijo tuvo el final que todos conocieron. Por alguna razón, Sancho Zubizarreta no quiso divulgar sus conclusiones. Como buen erudito, había escuchado y creía en los antiguos relatos que la tradición local atribuía a ese tipo especial de metamorfosis, pero el escritor menor que era no supo expresarlo de manera que pudiera ser captado por todos. Creo, además, que temió la ira de la Inquisición sobre sus espaldas.

Sus temores resultaron fundados: algo que Fernando Soto olvidó decirme fue que el fraile Sancho Zubizarreta fue quemado por el Santo Oficio pocos años después, acusado de herejía y superchería. Sus obras, de las cuales solo se salvaron los dos manuscritos con los que he construido este relato, también sucumbieron en la hoguera. El cuerpo del bondadoso y curioso hombre del clero ardió en los terrenos de la ciudadela, a pocos pasos de donde había ardido, a su vez, el cuerpo del verdadero Iker Etxeberri, el mejor cazador del reino de Navarra, la Bestia de los Pirineos. 

2 Comments

  1. Siento que es más una crónica literaria que un cuento, aún así, me parece interesante hasta dónde llega la curiosidad del personaje por obtener respuestas.

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