Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Un posible tesoro no es lo único que esconde la casa en lo alto de la colina…

Todas las historias que conozco sobre la casa las escuché de otros niños, porque los adultos evitaban hablar de ella. Con el tiempo he llegado a entender por qué; nombrarla era como invitar algo dentro de ti, una suciedad que se impregnaba a todo tu ser y permanecía más allá de tus palabras.

Fue mucho tiempo después cuando supe que la casa siempre había estado allí, incluso antes de que se pusiera el primer ladrillo en la primera calle del barrio. La casa había nacido como la residencia de una enorme hacienda de café en tiempos mantuanos, el capricho extravagante de un español con cofres repletos de oro que se había venido a hacer las Indias y había decidido poner su casa en un sitio privilegiado en lo alto de una colina, donde pudiera dominar todo el valle. Esos cofres de oro formaban parte de la leyenda de la casa, y las primeras historias que circularon sobre ella hablaban del tesoro que aquel hombre había escondido en algún lugar de su propiedad, quizá durante los años de locura que lo llevaron a su trágica muerte.

Esa primera historia me la contó Ernesto, la vez que me llevó hasta allá. Teníamos once años, aunque yo siempre fui bajita para mi edad. Por eso fue que él me sostuvo sobre sus hombros para que pudiera asomarme a la reja que marcaba el final del callejón de Las Tres Gracias, la reja que separaba el barrio del terreno donde se alzaban los restos de la casa. Recuerdo estar allí, aferrándome con las piernas a Ernesto, estirando el cuello para ver aquella ruina al otro lado de una maleza que poco a poco había ido tragándosela como un cáncer que de vez en cuando se mecía con el viento. Sin embargo, el verdadero tumor era la casa, ese edificio ennegrecido con las paredes cubiertas de grafitis, con esas columnas de falso estilo árabe que se erguían como una burla a los deseos de lujo de su fundador, protegiendo una puerta que había quedado eternamente entreabierta y que parecía invitarnos a un mundo de total oscuridad.

Ernesto me contó entonces la historia de Marquitos Rubio, el Gocho, alguien que había cruzado aquella misma puerta cuando ya la casa era una ruina. Marquitos vendía droga en el barrio y durante mucho tiempo había sido el rey, hasta que un día los mismos policías que durante años lo protegieron se hartaron por lo visto de su osadía. Cuando vinieron a buscarlo hubo una guerra sin cuartel en la que él y sus hombres llevaron la peor parte. Solo y abandonado, Marquitos Rubio había saltado la reja y atravesado el monte buscando donde esconderse, hasta que sus pasos desesperados lo llevaron a la casa. Tras romper la puerta se metió en el edificio, justo antes de que llegara la policía. El agente que lo había perseguido se quedó paralizado en la reja y lo vio entrar, pero decidió no perseguirlo. En vez de eso llamó pidiendo refuerzos y entró a la casa con todo el destacamento. Nunca lo encontraron. Pero lo raro es que no había otra entrada más que la puerta por donde había entrado, y el policía que hizo la llamada no había quitado los ojos de ella ni un solo momento. Además, la pistola que llevaba estaba en el suelo, como si la hubiese dejado allí con tranquilidad.

Nunca nadie volvió a ver a Marquitos Rubio, pero la historia de su desaparición se contaba todavía en el barrio años después. Cerca de nuestra escuela hay un mural desconchado en el que aparece un personaje montado sobre una cabra negra que dicen se trata de él, aunque yo no lo sé porque nunca lo conocí. Solo recuerdo la historia que me contó Ernesto mientras yo me sujetaba a él con las piernas y levantaba la barbilla para espiar la casa a lo lejos.

Fue un año después, al salir del colegio, cuando decidimos acercarnos más y cruzar el monte hasta el edificio en ruinas. Para ese entonces tanto él como yo nos habíamos olvidado de la casa, y solo la recordamos porque Willie, uno de nuestros compañeros, nos había contado la historia de Leonor Galíndez, la hija de una familia rica que había vivido en la casa en los años veinte del siglo pasado. No sabíamos si era verdad, pero creíamos que sí porque si bien es cierto que Willie era un mentiroso nato, ninguno de sus inventos era tan elaborado. Nos habló de la joven hija de los Galíndez, una familia de andinos que había hecho fortuna vendiendo armas gracias a sus contactos con el gobierno. La joven Leonor se había hecho famosa porque la mañana de su boda había visto en la alacena el fantasma de aquel español que había construido la casa en la que vivía con su familia, ataviado con las mismas ropas coloniales manchadas con la sangre de su mujer e hijos, riendo histéricamente mientras se prendía a sí mismo con el fuego que consumiría su residencia.

La visión del espectro había causado un profundo trauma en la joven, a quien de golpe se le puso el pelo blanco y terminó loca por el resto de su vida, deambulando de noche por los rincones y hablando con los espíritus. La boda nunca tuvo lugar, pero la familia se encargó de ella y le construyó una pequeña habitación en la parte trasera de la casa donde de vez en cuando era visitada por señoras de alta sociedad que buscaban aprovecharse de sus dotes de médium. Dice que murió allí muchos años después y que la familia la enterró en los terrenos de la propia casa, ya que la Iglesia no quiso darle sepultura en suelo sagrado. Esa parte puede que haya sido un invento porque nadie encontró la tumba después de que los Galíndez abandonaran la casa a finales de los años cincuenta, luego de la caída del dictador Pérez Jiménez y una revuelta popular que se apoderó de la mansión para convertirla en sede de un partido político.

Al llegar a la casona nuestra mirada se fijó en la gran puerta entreabierta, sus goznes oxidados y la madera y el hierro corroídos hasta el punto en que ya nunca más se abriría o cerraría sin desmoronarse por completo. Aunque claro, nadie más se atrevería a hacerlo. De hecho, nadie había tocado la puerta desde el incendio que arrasó la primera planta en el año 1989, cuando unos grandes disturbios en la ciudad tuvieron como consecuencia el asalto de la multitud a la sede del entonces partido de gobierno. Aquel día una turba furiosa se había aglomerado a las puertas en medio de gritos y llamados a la violencia, pero tanto Ernesto como yo sabíamos (esto lo contaban incluso muchos adultos) que el fuego había comenzado desde dentro, causado probablemente por los mismos militantes del gobierno que se habían atrincherado dentro de la casa para refugiarse de la multitud. Solo uno de ellos (un joven de la sección universitaria que se encontraba de casualidad aquel día en las oficinas) salió con vida, pero cuando se le preguntó cómo había comenzado el incendio no supo contestar. Solo dijo que vio como el representante municipal del partido se había encerrado con una de las secretarias en un viejo cuarto que normalmente estaba cerrado, creyendo quizá que allí estaría a salvo de la muchedumbre, cuando un horrible grito se escuchó a través de la puerta. No pudo hacer nada porque casi inmediatamente comenzó a salir humo por debajo y al intentar abrir la puerta se encontró con una llamarada de fuego que consumió en poco tiempo toda la planta principal. Cuando el incendio finalmente se contuvo y se inspeccionaron los daños, solo se encontró el cadáver del hombre dentro de la habitación, completamente carbonizado. El cuerpo de la secretaria nunca apareció. Muchos dijeron que el fuego había sido tan intenso que la había pulverizado sin que quedara nada de ella, pero muy pocos se creyeron esa versión.

Por cierto, fue mi amiga Jacinta la que me contó esta historia, así como me contó que los bomberos nunca llegaron a tiempo; el fuego se apagó solo después de unas horas, como si la casa misma se hubiese negado a desaparecer.

Ernesto y yo cruzamos entonces el umbral de la puerta. Fue solo en ese instante cuando me di cuenta del silencio en el que estábamos envueltos; ni siquiera los pájaros y los grillos que se escuchan en ocasiones en el monte. Solo ese silencio que parecía enredado en el polvoriento laberinto de escombros de la casa.

La antesala todavía mostraba las cicatrices del incendio de hacía tanto atrás, pero aquí y allá las paredes habían sido cubiertas de grafitis elaborados, con colores vivos que el tiempo se había encargado de lavar. No reconocíamos las letras ni los mensajes, extraños nombres y símbolos parecían haberse escrito en todas partes por manos temblorosas, pero sobre todo destacaba la pintada de un gran árbol verde que dominaba la pared del fondo del salón, un gran mural de ramas serpenteantes que se extendían por el recinto y ante el cual alguien había depositado un gran número de velas que yacían ahora extintas y muertas desde hacía quizá mucho tiempo.

Y allí, debajo del árbol, estaba el túnel. Un agujero abierto en la pared a golpe de martillo, destrozando una a una las capas del pasado: la de yeso, la de ladrillo, la de madera. Todas ellas protegiendo un agujero negro tras el cual se adivinaba la silueta de una escaleras polvorientas que descendían hasta un sitio desconocido y que parecía llamarnos con la debilidad de una voz que había hablado durante años y que aún no parecía cansarse. Me quedé plantada en aquel sitio y logré contener las ganas de mover los pies hacia el agujero.

Fue Ernesto quien atendió la llamada.

Al principio se acercó poco a poco, luego pareció correr, como si una fuerza estuviese tirando de él. Yo me quedé donde estaba sin atreverme a mover un músculo, pero eso no me impedía imaginar sus ojos agrandándose en su cara a medida que se acercaba a la boca del túnel. Pude ver sus zapatos gastados probando la estabilidad de la escalera. Pude ver sus pasos que ocupaban los escalones uno a uno, mientras sus labios susurraban algo que yo no podía escuchar. Pude ver todo esto hasta que su silueta se perdió en medio de las sombras del recinto y entonces no pude verlo más.

Mi primer instinto fue darme la vuelta y salir corriendo, como si algo me hubiera soltado, como si la casa ya tuviese lo que quería y no necesitara ya nada de mí, al menos no por ahora. Corrí a través del monte casi sin mirar. Salté la reja aparatosamente y me raspé las rodillas al caer al otro lado, pero no me di cuenta hasta que llegué a la casa jadeando y mi madre me preguntó por qué me sangraban las piernas.

La desaparición de Ernesto es algo que nunca se aclaró. Simplemente nunca apareció por ningún lado, y a su madre se le fue la vida buscándolo. Mi familia y yo abandonamos el barrio poco después. A pesar de eso, nunca conté nada de mi experiencia a nadie, ni siquiera a los otros niños. Eso no impidió que varios de ellos comenzaran a regar la historia de como Ernesto había bajado las misteriosas escaleras hacia las entrañas de la casa. Cómo lo supieron es algo de lo que no tengo ni idea. Sospecho que es la propia casa la que se encarga de meter esas historias en sus cabezas, esas historias en las que Ernesto juega en la oscuridad hablando en susurros con Marquitos Rubio, con la bella Leonor, con la secretaria, con todos aquellos que forman el esqueleto de una casa que se niega a caerse a pedazos a pesar del barrio que insiste en crecer en torno a ella sin tocarla.

A veces, cuando estoy en mi cama a punto de quedarme dormida, pienso en Ernesto y casi me atrevo a susurrar su nombre, perdido en ese estado de semiconsciencia y de penumbra. Nunca lo he hecho. Tengo miedo de que algo, no necesariamente él, me conteste y me invite de nuevo a jugar.

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