Esa sería la última noche que me iría a la cama obsesionado con la oferta que había visto en el baño de aquella gasolinera. Ya lo tenía todo preparado y me acosté tranquilo después de haber comido los restos de arroz chino que me serví en el almuerzo y también en el desayuno. En mi boca, la repetición amarga del kilo de espárragos que fui merendando a lo largo del día combinada con el sabor empalagoso de los tres helados chupi chupi de naranja que degusté de postre, pero yo listo para descansar, ansioso por la aventura que me traería el nuevo día.

A la mañana siguiente, desperté con esos primeros rayos de sol que siempre encuentran el espacio para inmiscuirse entre mis persianas y que me recordaron el día amarillo que estaba por venir. Abracé a mi perro, me paré de la cama y fui de inmediato a la cocina. Me serví un vaso de agua y disfruté la tortura del chorro sonoro y cristalino que caía desde la jarra. Vertí dos pastillas de vitamina c, de las efervescentes, y las vi mientras se sumergían y dejaban su estela anaranjada de burbujas. Sonaban con su «shhhhh» relajante, como si mandaran a callar al mundo, como si lo único importante fuera mi misión de ese día. Contuve la respiración, cerré los ojos y bebí el vaso de un solo trago.

Abrí la gaveta de los cubiertos y seleccioné el cuchillo con la punta más afilada. Pasé por el baño solo para sacarme los residuos de espárragos de entre los dientes, pero no tomé mi acostumbrada ducha de la mañana ni me acerqué al borde de la poceta. Mi vejiga estaba estallando, presionándome la pelvis como una compactadora. Era el globo lleno de agua que revienta de un soplido. El peine quedó inmóvil, solitario y sin propósito; dejé mi cabello, largo y grasiento, moldeado por la almohada y el colchón. Abrí el clóset y saqué mis lentes de natación y mi poncho amarillo impermeable. Aún sin ropa, me probé los lentes y me vi al espejo. Me borré los restos de baba del cachete derecho, me sujeté los genitales con ambas manos y comencé a girar en mi propio eje. Di tan solo un par de vueltas. Quería reír a carcajadas, pero no debía dejar escapar ninguna gota. Volví al armario, saqué los interiores más roídos que encontré y dos de mis tantas medias sin pareja. Completé mi vestimenta con una franela percudida y unos blue jeans que heredé de mi papá. Las botas de hule fueron el toque final. También eran amarillas y hacían un juego vistoso con el poncho.

Salí a la calle y no soportaba el calor; la mañana era un gran baño de vapor que se apareaba con mi sudor incipiente. En unas cuadras sentí el impermeable adhiriéndose a mi piel y succionando parte de mis antebrazos. Como siempre que dejo la casa, tuve la sensación de que me olvidaba de algo. Metí la mano en el bolsillo de los jeans para asegurarme de que traía los lentes de natación. Ahí los alcancé a tocar, junto a mi cuchillo de punta afilada. Los imaginé húmedos y empañados. Seguí caminando bajo la inclemencia del verano, como un invernadero ambulante. Cada gota de sudor que bajaba por mi cara me ahogaba en la ansiedad de saber todo el líquido que estaba perdiendo. Tal vez no había sido tan buena idea no haber ido en carro, pero es que pensé que alguien podría alterarse y tomar represalias, romperme un vidrio, pincharme un caucho. Qué sé yo. Aun así, nunca dudé de lo que hacía, ni siquiera por el warning que me dieron hace unos meses por encontrarme fumando marihuana en el callejón.

Llegué a la estación de servicio. Respiré profundo y dejé que mis pulmones se embriagaran con el aroma de la gasolina. Saludé a un hombre que surtía el tanque de su carro y seguí caminando de prisa para evitar que me alcanzara algún borracho para pedirme los siete dólares que le faltaban para completar el pasaje, o para irse a operar la herida que tenía cerca del ombligo, justo donde posaba su mano al cojear ese día, la semana anterior y el año pasado. Me detuve un momento frente a la puerta y me subí el gorro del poncho. Amarillo de la cabeza a los pies. Entré y caminé por el pasillo de los chocolates, el de los caramelos, me acerqué a la nevera de las bebidas energéticas y a la máquina de refrescos. Me quedé viéndola, leyendo las variedades y lamentando que la Naranjita Hit no estuviera entre las opciones ¡Hubiera sido el final perfecto! Caminé hasta el refrigerador. Me hacía falta una última bebida, una cerveza para refrescarme después de la caminata y terminar de llevar mi vejiga al límite, pero prefería no mostrar mi identificación. Escogí un ponche de naranja –Orange Ocean, lo llaman- una pertinente dosis extrema de colorante artificial, y fui a la caja registradora para pagar. En voz baja y sin enseñar mucho el rostro, pedí a la encargada que me diera varias bolsas plásticas, «please». Me excitaba estar tan cerca de ella,  sentirme a punto de ser descubierto. Me entregó las bolsas, no sin antes verme con recelo y la sonrisa desdibujada. La verdad es que tenía muy mala cara. Fui hasta el fondo del local y abrí la puerta del baño de caballeros. Ahí estaba, tal como lo recordaba. Me esperaba el mismo piso mágico de mosaico gris con el inodoro decorativo y el urinario inútil. Todo impecable, cual comercial de producto de limpieza. Podía escuchar el tin del triángulo, el golpe metálico y agudo popularizado por la narrativa audiovisual. Cerré y tuve que dar unos mini brincos para aguantar y no soltar nada todavía. Las ganas aumentan exponencialmente a medida que te acercas. Crucé y apreté mis piernas, alcé la mirada y leí de nuevo el cartel de la oferta pegado detrás de la puerta:

«Le garantizamos baños
limpios y bien suministrados
o si no recibe una
¡BEBIDA GRATIS DE LA MÁQUINA!
Por favor acuda a la persona encargada
si el baño no está limpio
o debidamente abastecido».

Pasé el seguro, abrí mi Orange Ocean y me lo bebí de un único y largo trago. Después metí mis pies calzados en las bolsas plásticas que pedí en el mostrador. Sentí que explotaba, ¡que ya no podía contenerme! Saqué los lentes y me los ajusté en la cabeza sobre el gorro del poncho para verme más pintoresco. Apreté bastante las ligas y me chequeé en el espejo. Vi retratado a Tontín de la comiquita del Palomo Mensajero, ¿te acuerdas?, aquel piloto del avión de Pierre Nodoyuna. «Que lo pillen, que lo atrapen…» Me seguía retorciendo de las ganas, pero aún así saqué el celular y me hice una selfie para inmortalizar mi momento. Fue entonces cuando tomé el cuchillo por el mango y lo apunté a mi entrepierna. No tuve siquiera un segundo de vacilación. Con su punta afilada atravesé el poncho y luego abrí más el diámetro del hueco para poder sacármelo completo en unos instantes. Solté el cuchillo y lo vi caer de lleno con la punta, rebotar un par de veces y quedar estático en el piso, testigo de mi pronta descarga. Me desabotoné el pantalón, y el deseo me llevó a imaginar que eras tú quien bajaba el cierre. Flexioné un tanto las rodillas, me incliné parcialmente hacia adelante, bajé la liga del interior roído, hurgué un poco y lo extraje todo. Ni siquiera el escroto quedó dentro. Estaba caliente y sudado. Lo agarré con las dos manos, apunté 45 grados hacia arriba, me relajé y dejé salir. Escuché las gotas pegar en la cerámica, en el vidrio del espejo, en el plástico de la papelera. Una llovizna de liberación. Giré varias veces, como una fuente humana. Reía. Me imaginé en medio de algún jardín real o en el patio del palacio. Hacía figuras: Una estrella, un ocho, la zeta de El Zorro; todo pasando delante del bombillo en la pared. Por momentos era un contraluz maravilloso, gotas y gotas que pintaban el aire de amarillo. Las vi de vitamina c, de chupi chupis anaranjados, de Orange Ocean. Pasé a ser un querubín dando vueltas en medio de un chubasco. Una regadera que se bañaba a sí misma. Deseaba que no terminara, ser una fuente eterna de la tibia lluvia amarilla; seguir sin preocupaciones regando los campos de la vida. Pero me fui vaciando. La presión poco a poco fue disminuyendo y el último chorro apenas alcanzó a mojarme las manos. Había agotado todo y ya buena parte de mi líquido se empozaba en las uniones de los mosaicos. Otra dejaba rastros en las paredes, el lavamanos y la poceta.

La pestilencia que aportaron mis espárragos se fue apoderando del aire. Me saqué los lentes de natación, el poncho y los posé por un momento sobre el tanque del inodoro. Desamarré las bolsas de mis pies y guardé en ellas el impermeable, los lentes y el cuchillo. Las eché a la basura, presioné bien dentro del cesto y las cubrí con algo de papel higiénico. Me subí la bragueta y me lavé las manos con agua y jabón. Entonces esperé unos minutos antes de dejar el baño.

Al salir, fui directamente al mostrador. Apuré el paso para expresar la ira más genuina. Me adelanté a dos personas en la fila para pagar, señalé amenazante a la empleada y le grité que el baño era un mierdero. «This bathroom is a shithole!», fueron mis palabras, a pesar de que sabía que no existía materia fecal involucrada. Me respondió que enviaría a alguien para limpiarlo, pero de inmediato le repliqué que no, ¡que ya no tenía intenciones de usarlo! «¡Sólo quiero mi refresco de la máquina!», le dije. «I just want my fountain drink!»

6 comentarios

Fountain Drink me parece un abordaje demasiado original para la temática de colores y celebro la diversidad de voces, interpretaciones y estilos en Bandapalabra. Yo, que suelo leer mucho de humor, lo encuentro dificilísimo de escribir, y aquí nos planteas un relato muy gracioso. Dicho esto, se me hizo un poco largo y, en esa longitud, pude prever el final. La primera mitad del cuento es un enigma absoluto, pero ya cuando llega a la tienda, se adivina la intención del personaje.

Esto es una valoración muy personal (aquello de los gustos y colores), Raúl, pero se me quedó a medio camino la escena final. Ya puestos en un tema escatológico, podías haber apretado, o bien por lo grotesco sin filtro, o bien por lo poético (como esa imagen que elegiste para acompañar tu cuento, que se lleva el premio a la «mejor elección de una imagen» en lo que llevamos publicado de BP).

Tal vez esperaba un giro sorpresa final, que me habría encantado, pero no paso por alto la gracia de utilizar una narración lo más directa posible para el plan más rebuscado en la historia de gente queriendo tomarse un refresco.

Chamo, yo imagino que escribiste esto con un porro en una mano y una lata de cerveza en la otra. Confieso que me reí en varias ocasiones, pero se me hizo un poco larga toda esa locura.
Ahora tengo ganas de ir al baño!

Después de haberlo leído de nuevo, y de resultarme profundamente asqueroso por segunda vez por lo preciso de las descripciones, debo reconocer el morbo que me llevó a leerlo hasta el final para decirte, otra vez, GUÁCALA!!!!!!

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