Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Quedarse accidentado en la nieve, solo y sin señal en el teléfono, será solo el comienzo del peor día de su vida.

 

Cuando abrí los ojos, ya el carro estaba atascado en la maldita nieve, sin señal en el teléfono y con solo tres balas en el revólver. Antes, no sé. No recuerdo ni cómo salí de casa. Es como si hubiese comenzado el día con ambas manos sobre el volante, mientras Oslo desaparecía de mi retrovisor y sus tres palabras repetidas en bucle acaparaban toda mi atención.

«Tenemos que hablar».

Olvidé revisar el pronóstico del tiempo. Olvidé empacar. Olvidé avisarle al jefe que no iría a trabajar. Olvidé tomar la ruta directa y, para cuando me percaté, el desvío ya me había costado diez, en lugar de las siete horas de carretera que me separaban de una verdad que solo encontraría al mirarla a los ojos.

Este último otoño, su trabajo la había trasladado temporalmente a Bergen, pero esa mudanza supuso para nosotros mucho más que quinientos kilómetros de distancia. Según avanzaba el invierno, su tono de voz adoptaba las mismas temperaturas de esta ciudad en la que me dejó aislado.

—Espérame el sábado al mediodía en el café al lado de casa, que llegaré en taxi directo del aeropuerto. No vengas a buscarme.

No.

No me importó conducir entre tanta nieve.

Tan pronto salí de la civilización rodé sobre un manto blanco que arropaba asfalto, valles y montañas. Para luchar contra la monotonía de aquel paisaje, me acordé de que los latinos no somos así. Esa forma cómo ella me trataba la había aprendido aquí en Noruega y, pensando de quién se le habrían pegado esas mañas fue cuando caí en cuenta de que ya no conducía bajo la lluvia, sino bajo una espesa tormenta, y de que no había vehículos en la carretera.

¿Dónde estaba la gente? ¿Sabían algo los noruegos que yo desconocía?

Puse las luces altas, pero solo conseguí encandilarme con el reflejo de la gélida caspa que se empecinaba en sepultarlo todo, así que las quité y aplasté el acelerador. Puede que ella se hubiese aliado con la naturaleza para intentar obstaculizarme, pero haría falta mucho más que eso para frenarme.

—Deberías tomar ya tus pastillas —me dijo.

Del sobresalto perdí el control. Me hablaba desde mi memoria, pero la escuché como si estuviese de copiloto. «No puedo parar», le respondí también desde mi mente. Pero ella tenía razón. Con el apuro, había salido sin mi medicina y hacía horas que debí habérmela tomado. Así que agarré la primera salida y paré en el hombrillo. Abrí la guantera, pero no encontré mis pastillas. Solo el revólver S&W .357 Magnum.

Quité el freno y metí primera. Las ruedas silbaron sobre el hielo, pero el carro no avanzó.

De estar aquí conmigo, ella me habría dicho: «aprovecha y descansa un rato». Siempre viéndome como un enclenque. Como si fuese una gaviota terminal, incapaz de migrar al sur para salvarse de la hipotermia. Seguro que a Sven no le hacía falta descansar.

Probé salir en retroceso. Nada.

—¡Maldito invierno! —grité—. Podrás matar de hambre a la fauna decrépita, ¡pero a mí no te me vas a oponer!

Intenté un par de veces más hasta que el pavimento desapareció bajo la tormenta, ahora recrudecida. Cogí mi teléfono para llamar a mi compañía de seguros, pero no tenía señal. Tampoco podía ver más allá de escasos metros. Ni siquiera me planteé salir a recorrer mis alrededores, porque no podía abrir la puerta. Me había quedado incrustado en la nieve.

Puse las intermitentes, maldije la inclemencia del firmamento y maldije al trabajo que se la llevó lejos de mí. Nunca nada de esto nos habría pasado si nos hubiésemos quedado en casa.

Entonces golpearon mi ventana. Varias veces.

No me gustó la forma en que lo hicieron, así que agarré el revólver antes de abrir una rendija de la ventana para descubrir qué pasaba ahí afuera. Dos corpulentos hombres me hacían señas para que subiese a su furgoneta.

—¿Qué quieren? —les pregunté en inglés.

Se miraron antes de responderme:

—Ven con nosotros. A menos de un kilómetro hay una estación de servicio. Puedes resguardarte ahí mientras pase la tormenta y luego venir a buscar tu auto.

No me pude negar. Entre los dos quitaron la nieve que tapaba mi puerta y en menos de cinco minutos aparcamos frente a una gasolinera. Juntos entramos al mercadito de la cadena Joker a tomar un café. Ofrecí pagar la cuenta, pero no me lo permitieron, y vi que uno de ellos, el viejo, le guiñó un ojo a la cajera. Tampoco me dejaron solo. Se quedaron ahí, sacando conversación mundana, alegando que querían saber si me sentía bien y si necesitaba usar el teléfono para llamar a alguien. Sí, pero no. No iba a llamar al seguro y dar mis datos delante de estos individuos.

El tal Nils no tendría más de veinte años y Bjørn, su padre a todas luces, rememoraba un viaje al Orinoco «de cuando tenía la edad de Nils» y que lo único que aprendió a decir en español fue «gracias» y «más cerveza, por favor». Tenían su gracia, los dos. Seguro que Sven también le contaba anécdotas chistosas a mi mujer durante los happy hour.

—Estoy bien —les dije en inglés—, pueden continuar su camino.

Hacía rato que nos habíamos terminado los cafés y no veía razón de por qué insistían en seguir pegados a mí. Algo no me cuadraba. Eché un vistazo a mi alrededor y noté que, salvo la mujer tras la caja registradora, la tiendita estaba vacía.

Revisé la hora. Cuatro de la tarde. En breve anochecería.

—Nosotros vamos a pasar la noche aquí —informó Bjørn—. Afuera es imposible conducir.

El no haberme tomado mis pastillas comenzaba a pasarme factura. ¿Cómo es que no me había ni preocupado por averiguar dónde estaba parado?

—¿Hay un hotel aquí? —pregunté.

—Nnno… no exxactamente —dijo Nils un poco nervioso, antes de corregirse—. O sea, sí, pero no está aquí, sino en Filefjell.

—Son pocos kilómetros —añadió Bjørn—. Si comenzamos a andar ahora, llegaremos a tiempo para la cena.

No comprendí sus palabras, pero sí su intención. Y no me pareció nada buena.

—Si es imposible conducir con la que cae, ¿cómo rayos piensan ir a pie?

Ambos volvieron a mirarse con el mismo gesto bizarro de cuando me tocaron la ventana del auto. El viejo me respondió:

—Iremos por vía subterránea. Bajo aquellas montañas hay un túnel que conecta con Filefjell. Es de las pocas cosas buenas que nos dejó la Segunda Guerra Mundial.

Ahí fue que caí en cuenta. Raza aria. Cabezas rapadas. Tatuajes de lobos. Botas militares y camisetas con calaveras. Y yo, un negro metido donde no se me había perdido nada.

—Gracias —les dije—. Pero prefiero esperar a que aminore la tormenta.

Nils le hizo un gesto con la cabeza a la cajera. La mujer me respondió desde su puesto de trabajo:

—Vamos a cerrar en breve. Lo siento, pero nadie se puede quedar aquí.

Quise poner pausa y pensar. O, más que eso, alargar lo inevitable. Sabía que podía morir de frío si regresaba a mi auto, pero incluso no parecía que «Adolph y Heinrich» me lo permitirían.

—¿Puedo usar el servicio? —fue lo más que alcancé a improvisar para ganar tiempo.

—Al fondo, a la izquierda. Pero date prisa, por favor.

Tras la puerta del retrete volví a estar solo. Aunque solo por unos instantes, pues en seguida escuché que alguien más entraba al servicio y se descargaba en un urinario. No pronunció palabra. Terminó y se fue. Busqué sin éxito una ventana, pero recordé que llevaba conmigo mi revólver. ¿Por qué habría olvidado algo así?

En la tienda, la mujer hablaba con ellos en noruego. ¿O era en alemán? Al verme, apagó las luces y nos acompañó a todos a la salida. Cerró el establecimiento con el paso de llave en un simple cerrojo y sin ceremonias comenzó a andar hacia una muralla de piedra.

—Vamos —dijo Bjørn— y emprendió la marcha tras ella.

Nils se negó a dar un paso antes que yo.

Llegamos a la muralla y entre todos apartamos el hielo y la nieve que se había acumulado frente a un portón metálico. ¿Por qué colaboraba con mis secuestradores? Aún no soy capaz de responderlo.

Al traspasar el umbral, Nils cerró la puerta y quedamos un instante en tinieblas. Cuando encendí la linterna de mi móvil, el chico me tartamudeó una disculpa. Ellos conocían el camino de memoria, pero habían sido insensibles al no percatarse que era mi primera vez en el túnel. Encendió también la suya y comprobé que, pasos más adelante, Bjørn y la mujer hablaban en noruego, creo.

—¿Qué dicen? —le pregunté a Nils.

—Nnno… no. Nada —dijo nervioso—. Es una sorpresa. Si te cuento se van a enfadar conmigo.

Lo miré fijamente y sus ojos delataron la falacia.

Inhalé y exhalé como si el tiempo se hubiese detenido.

Mientras el aire mohoso de aquel túnel paseó por mis pulmones repasé los acontecimientos: me habían encontrado en un camino de servicio un día sin gente en la carretera, me convencieron para salir de la seguridad de mi auto y me llevaron a un lugar sin testigos, no me habían querido dejar solo y me habían obligado a meterme con ellos en este oscuro túnel.

Entonces le pegué un tiro en la cara.

Su padre gritó algo que no entendí. Me arrodillé para estabilizar mi puntería y puse las linternas de ambos teléfonos, el mío y el del muerto, apuntando hacia adelante. Tan pronto apareció Bjørn en mi campo de visión le disparé en el pecho. Caminé hacia él y lo rematé con una bala en la frente.

Esperé por la mujer, pero intuí que prefirió huir, así que recogí mi móvil y corrí lo más deprisa que pude. La alcancé a los pocos metros y apreté el gatillo, pero ya no me quedaban balas, así que la empujé por la espalda para tirarla al suelo y allí la golpeé en la cabeza hasta que el hueso de su cráneo dejó de oponerle resistencia a la empuñadura del Magnum.

Tras la conmoción, quedé desorientado. No sabía cuánto había avanzado, si estaba cerca de la salida, o me encontraba en medio de aquel conducto subterráneo. Mi primer instinto fue regresar. Sí, pero, ¿a dónde? ¿Al café al lado de casa a esperarla a ella y a sus mentiras? No. Ya había sobrevivido a la tormenta y había logrado escapar de mis secuestradores. No me iba a rendir ahora, ni aunque al final del túnel me esperaran más nazis.

Abrí la aplicación de contactos de mi teléfono y busqué el número de mi mujer para despedirme por videollamada. Tendría que conformarme con verla a los ojos a través de la pantalla del aparato. Pero no encontré su número. No estaba ni en las llamadas recientes. Era como si se hubiese desvanecido y aquello me llenó de rabia e impotencia.

Sentí un golpecillo en el hombro.

Giré y me topé con dos agentes de policía. Me preguntaron si yo era Baltazar Trujillo. No entendía nada.

Me explicaron que estaban de guardia en Filefjell y que habían recibido una llamada de Astrid Pedersen, la cajera de la tienda Joker. Dos hombres le habían pedido que avisara de que un Renault Clio, con matrícula SK 52038, se había accidentado a escasos metros y que su conductor, un hombre extranjero, actuaba de manera errática, sin saber ellos si era debido a un shock térmico u otro motivo, pero que en todo caso les escoltasen hasta el hotel de Filefjell, donde los oficiales habían encargado que nos tuviesen una cena caliente para los seis, ellos dos, Bjørn, Nils, Astrid y yo.

4 Comments

  1. ¡Me encantó el cuento! Me mantuviste enganchada todo el rato sin saber a dónde iba la cosa. Le diste al blanco a varios miedos muy humanos: Tenemos que hablar, quedarse varado en una nevada, el racismo y, por supuesto, hacerle daño a una persona inocente, por error. Buenísimo. Y el escenario (Noruega en la nieve) también ayuda a agregar misterio. Muy bueno.

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