En las playas de Carolina

No sé cuál fue la ola que me arrastró hasta su recuerdo, ni la brisa que me ató a los muelles. Son ya muchos los tiempos en los que no he puesto un pie en la arena. Si apenas mi mente logra dibujar las líneas, siempre inexactas, de la costa y la eterna planicie de las playas de Carolina. Pero hoy la imaginé de nuevo, en su íntima ceremonia de paz. Se arropaba con su abrigo para eludir las ráfagas del viento oceánico, que por ser de invierno atacaban sin piedad. Debajo de su gorro me sonreía a medias, deleitándome con los exquisitos huecos de sus mejillas. La luz, algo descolorida, se sentía ausente. Me extravié sin el contraste. La confundía entre el paisaje y mi memoria. Deseé de nuevo que me llevara con ella, que me regalara un poco de su nostalgia; algunas horas de su fascinación por el mundo. La quería para mí, nunca por siempre, ni tampoco por un rato. La quería en los infinitos granos de la arena y en el breve vuelo de la gaviota. La observaba en todo momento, riendo de desdicha y recolectando sus caracolas negras. «Dientes de tiburón», me dijo que eran. Y yo le creí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Su voz bien podría haberme convencido del dulce sabor del mar. Rescataba cada diente de tiburón del olvido; los recogía y atesoraba como sombras de estrellas infantiles. Era un rito tan personal y lejano, que pasé a desearlo sin control. Era la obsesión del desencuentro. Mis manos desfallecían en el intento de hacerse notar, en el deseo de reconocer a alguno de aquellos dientes desparramados en la arena.  

Ella los recolectaba; los llevaba a su casa. Al pasearlos por sus dedos, los inmortalizaba en mi memoria; en la imaginación de mi memoria o en la memoria de mi imaginación. Los amontonaba como caricias que sí me regaló una noche y luego los iba acomodando en un plato llano. Uno, dos, tres, cuatro… se dedicaba a contarlos. Eran muchos, pero nunca tantos como los besos que le quise dar. En la soledad del blanco y de su sala, se alcanzaba a escuchar la minuciosidad del pegamento. Y yo la veía, adhiriendo los dientes de tiburón al papel vacío. Tal como alguna vez hicieran conmigo, sus manos los rescataban de lo mundano; de la insignificancia de la arena. Después los afinaba como las cuerdas de un ukelele y me recitaba una melodía personal. Sonaba a brisas y a olas, a rendición y a deseo. A cascadas de conchas marinas que nunca existieron. A añoranza; siempre a añoranza. Pegaba los dientes en formación; en líneas arqueadas que dibujaban un pez. Me enseñó una de sus composiciones el día que la conocí y la percibí mimetizada con la espuma, absorta en la armonía del aire. Me relajé solo con imaginarla. Floté en la forma de un anhelo. 

Ya perdí la noción de la última vez que escuché de ella. Debe haber sido en la larga noche de ayer. Sus palabras me dicen que prefiere su soledad en compañía de otros, que los dientes de tiburón se han recolectado siempre en mi ausencia. Que antes no estuve y que las olas igual rompían; que la brisa igual soplaba. No me importó. Ella seguirá inalcanzable, pero la vida es siempre más leve cuando viajamos a las playas de Carolina.

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