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El último rostro de Jaqen H’ghar

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Un recién divorciado sin nada que perder se pone tras la pista de un asesino que le quita los rostros a sus víctimas.

A veces creo que alargué la agonía de mi matrimonio solo para tener con quien ver la última temporada de Game of Thrones. Si habíamos empezado a ver la serie juntos, era lógico que la termináramos juntos, pero la verdad es que nuestros días estaban sentenciados y yo la única sonrisa que le recordaba a Romina era la de nuestra foto en su celular. Ambos finales sucumbieron estrepitosamente, tanto el de mi historia de amor, como el de la serie que me hizo instalar el proyector en la sala y suscribirme a HBO plus. Hasta el día de hoy, recuerdo todo con nostalgia, sin poder evitar pensar en cómo un mejor guion nos habría entregado el final que merecíamos, ella, yo y todos los fans… de nuestro matrimonio y de Game of Thrones.  

Por eso me estremeció ver a Jaqen H’ghar en Caracas. Yo conducía en el tráfico a la altura del elevado de Las Mercedes, cuando me percaté de que se me adelantó en una moto. Lo reconocí por el pelo que le bajaba del casco. Había leído en el periódico que, a raíz de su apodo, se había dejado crecer la cabellera y la había teñido de amarillo para parecerse al personaje de la serie. Se detuvo junto al carro delante de mí, sacó una pistola de su bolso lateral y la apuntó al conductor. Yo frené en seco, tratando de quedar lo más lejos posible de él. Sentí un magnetismo delirante. Su presencia me producía pavor y a la vez intriga. Le arrebató el teléfono móvil al conductor y en seguida le disparó dos veces. Sin ruido. Dos balas silenciosas que solo me dejaron una extraña sensación de olor a sangre. Volteó hacia mí con una mirada desafiante. Sentí que yo era el único que lo veía y que él solamente me veía a mí. Yo era su cómplice. A través de su casco motorizado, sus ojos me penetraron como las balas que acababa de disparar. Aceleró y lo vi desaparecer, pero en ese momento algo me hizo entender que nos volveríamos a encontrar. Horas más tarde, la gente estaba consternada, pues el dueño del vehículo yacía muerto, sin rostro, y el carro era un gran cúmulo de sangre. Yo vi a Jaqen H’ghar. Vi cuando disparó y vi cuando huyó con el teléfono. No puedo decir que vi cuando desolló la cara de su víctima, pero sin duda había sido él.

El asesino más temido de Caracas, que ya es un título aterrador en sí mismo, estaba al acecho. Los medios le habían dado el nombre de Jaqen H’ghar por su afición a quitar los rostros, como lo hacía el hombre de Braavos en la serie que Romina y yo esperábamos cada domingo. Decidí presentarme en la policía para declarar. Quería saber más, sentirme parte de la investigación. Pasaron horas antes de que me atendiera el comisario del caso, pero poco me importaba. No tenía adónde ir. Mi vida necesitaba alguna aventura, una nueva historia que me motivara y me ayudara a olvidar mi reciente separación.

–Oficial, ¿puedo contactarlo si averiguo algo más?

–Por favor, déjele el trabajo a los profesionales y no se meta en problemas.

Interpreté su consejo como una amenaza, pero salí de su oficina obsesionado. Necesitaba saber más sobre Jaqen H’ghar. Instalé internet satelital en mi apartamento para no depender de la telefónica del Gobierno, que interrumpía el servicio a cada momento. Sí, era costoso, pero qué me importaba, ya no tenía en qué ni en quién gastar mi dinero. Comencé a recabar la información de las noticias en medios impresos y digitales: «Jaqen H’ghar ataca de nuevo», «Dejan sin cara a mujer en las orillas del río Guaire», «Hombre es encontrado sin vida, sin celular y sin rostro». Así pasaron varias semanas y algunos otros asesinatos. La policía no parecía tener rastros de él.

Esta tarde que me atacó la añoranza fui de visita al Parque del Este. Me decía a mí mismo que no, pero estaba yendo al encuentro de Romina, que caminaba el circuito a diario. ¿Pensaría en mí todavía? ¿Tendría aún nuestra foto como fondo de pantalla del celular? Al llegar a la entrada, me explotó el olor a sangre, la misma sensación que me habían dejado los dos disparos en el elevado de Las Mercedes. La presencia de Jaqen H’ghar me volvía a llamar. Es difícil explicarlo, pero yo sabía que él estaba allí. Yo era de nuevo su cómplice. Entré y recorrí el parque lo más rápido que pude, siguiendo la vaga pista de un presentimiento. Ya ni me acordaba de mi ex. Pasé por el que ahora llaman Leander, vi a las nutrias desnutridas, caminé por los alrededores del abandonado planetario; hasta que creí encontrarlo detrás de un grupo de árboles. El último vestigio de sol me mostró su silueta arrastrando un cuerpo por los pies. Me escondí también detrás de un árbol, más agitado que temeroso. Callado. Pasaron unos minutos y lo vi dejar el sitio, con su bolso lateral y su larga cabellera. Comencé a seguirlo. Mis pasos rápidos pero cautelosos luchaban para no revolver las hojas del piso y no romper el silencio del parque solitario. Él no volteaba, caminaba tranquilo, sin ningún temor a ser descubierto. Salió por el norte y pasó entre las filas infinitas de la gente que aguarda el turno en los autobuses hacia Guatire.

La tarde azul ya terminaba de despedir al sol. Lo seguí mientras bajaba a la estación de Metro. No me daría tiempo de comprar un boleto, así que me escurrí por debajo del torniquete. No quería perderlo; seguía distinguiendo su cabellera entre el tumulto. Entonces volteó y vi por primera vez su rostro descubierto: su inflado labio inferior incapaz de contener el torrente de baba; su nariz grande, torpe y también empapada. Era como ver a un niño gigante, a un mocoso en formación. Quedé pasmado en sus ojos envueltos por las melenas amarillas, entre cabezas que iban y venían, interponiéndose entre nosotros. Hasta que inevitablemente cruzamos miradas. Éramos solo él y yo otra vez, como en el elevado de Las Mercedes. Traté de disimular hablándole a la señora que tenía a mi lado, pero los ojos de Jaqen H’ghar se posaron en mí por varios segundos. Fue suficiente para sentir pánico. En ese momento me percaté de que mi divorcio podría haberme arrebatado la ilusión, pero yo aún no estaba dispuesto a morir víctima de un loco «quita rostros». Sin embargo, ya estaba ahí, tras él. Quería saber por qué hacía lo que hacía, a dónde iba. La puerta del Metro se abrió y aparté con violencia a la gente para subirme al mismo vagón.

Nos bajamos en Sabana Grande. Traté siempre de confundirme entre la gente, pero algo me decía que Jaqen H’ghar se estaba dejando perseguir. No tenía nada que perder; no teníamos nada que perder. Lo seguí a la Avenida Libertador y después a la entrada de uno de los edificios de Misión Vivienda. Subimos ocho pisos por las escaleras, yo siempre varios escalones detrás. Al abrir la puerta de su apartamento, el vecino apareció en el pasillo y lo recibió con un efusivo saludo:

–Pana, ¡ven para que veas el equipo de sonido que me regalaron, que se te van a volar los tapones!

Mientras Jaqen H’ghar entraba al apartamento del vecino, aproveché para irrumpir en su guarida. Solo me alumbraban las luces de la calle que se infiltraban por las pequeñas ventanas. El vecino había escogido a Rubén Blades y Willie Colón para demostrar el poderío de sus nuevas bocinas y todo el espacio retumbaba. Vi las paredes rayadas con lápiz, pero no distinguía más que garabatos. Un colchón en el medio de la sala y una silla con un escritorio en una esquina, sobre el que descubrí las pieles de rostros apiladas. Más de veinte, alcancé a contar en la penumbra. Cuando estaba a punto de tocarlos, escuché la puerta del apartamento. Solo me dio tiempo de correr y esconderme en el baño. Jaqen H’ghar pasó la llave de la cerradura, encendió la luz y vino cantando hasta el escritorio. Lo veía a través de una rendija. Su canto era un balbuceo sobre la música del vecino que ahora no sonaba con tanto volumen. Puso su bolso sobre el escritorio y entonces sacó la piel ensangrentada del rostro que arrancó en el Parque del Este.

–Se ve das cadas, se ve das cadas, pedo nudca ed codazón –seguía balbuceando sobre el coro de Plástico.

Su lengua se le enredaba, llenaba todo de saliva y sangre a su paso. Tomó un par de rostros de la pila en el escritorio y se los puso como máscaras. Comenzó a jugar. Reía.

–Se ve das cadas…

Yo lo seguía espiando desde el baño, con la puerta a medio cerrar. Se levantó, buscó una camisa rota y comenzó a quitar la sangre fresca del rostro de su víctima de hoy. Cuando ya estaba algo limpia, la colocó con cuidado sobre su cara. Fue de nuevo al bolso y hurgó hasta encontrar el teléfono celular que le había robado. Lo encendió y se vio reflejado en la pantalla.

–¡No sidve! ¡No sidve! —gritó desesperado—. ¡¿Pod qué no sidve?!

Entendí entonces que Jaqen H’ghar estaba intentando activar el reconocimiento facial. Todos esos desdichados tajos de piel habían pretendido desbloquear alguna vez su correspondiente teléfono móvil. 

Empezó a chillar.

–¡No sidve! ¡No sidve! –Los alaridos cada vez más agudos.

Se halaba los pelos, golpeaba el escritorio como una fiera, comenzó a tirar todo lo que encontraba a su alrededor. Decenas de pieles de rostros que volaron por el apartamento.

–¡No sidve!

Me invadió el miedo, mis manos no paraban de temblar. Con furia, arrojó el celular y golpeó la puerta del baño que se abrió por la fuerza del lanzamiento. Se reveló mi escondite y me encontré con él frente a frente. Su respiración era tan exasperada como la de un animal salvaje. La baba le chorreaba, los mocos igual. De nuevo me estalló el olor a sangre. Fue al bolso por su navaja, tomó impulso y vino hacia mí en medio de más chillidos escandalosos. Yo intenté huir, pero me alcanzó por una pierna y me tiró al piso. Y, de pronto, ¡todo oscuro! Se apagaron las luces de la sala, también las del edificio y las de la ciudad. Calló la música del vecino.

–¡Coño de tu madre! –gritaron desde un apartamento.

–¡Maldita revolución! –gritaron desde otro.

–¡Y va a caer, y va a caer, este Gobierno va a caer! –cantó el edificio entero.

La protesta por el nuevo apagón retumbaba en la oscuridad de la ciudad. Jaqen H’ghar se me vino encima, me tomó del pelo y me golpeó la cabeza dos veces contra el piso. De alguna forma, encontré la fuerza para empujarlo y sacármelo de arriba. Comencé a sentir la sangre corriéndome de un lado de la frente. Todo me daba vueltas, pero pude seguir arrastrándome. Iba apartando una a una las pieles de los rostros que me topaba en el camino. De pronto, mi mano dio con el teléfono que había golpeado la puerta. Quise encenderlo para alumbrarme, pero Jaqen H’ghar me trabó desde atrás y se abalanzó sobre mí. Sentía el roce de su melena, los chorros de su baba asquerosa cayendo en la parte de atrás de mi cuello. Seguía escuchando la protesta: los cantos, los golpes a las ollas. En un último esfuerzo, di un viro salvaje y pude clavarle el celular en un ojo. Tuve la sensación de haberle traspasado la córnea. Jaqen H’ghar pegó un chillido repugnante, como el de un cerdo en el matadero. Recogí el brazo y advertí que el golpe había activado el teléfono, y fue entonces cuando creí distinguir nuestra foto. Sentí que todo se detuvo: el forcejeo, el ruido de la protesta. Todo menos el miedo. Me limpié el sudor, la sangre y la baba de los ojos para enfocar bien. Y ahí estábamos en la pantalla rota, Romina y yo, no hacía tanto tiempo, cuando ella todavía sonreía.

Vinieron a mí, él y su navaja, y los esperé en paz, con los ojos cerrados y mi recuerdo de la última vez que la vi; fue la tarde de hoy en el parque, mientras iba arrastrada detrás de los árboles por Jaqen H’ghar. 

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