Por Milton Granadillo
@the_milton_show

 

No era la primera vez que tenía una experiencia extracorporal.

En una ocasión, en pleno asalto, viajó fuera de su propio cuerpo y pudo verse a sí mismo sosteniendo temblorosamente un iPhone frente a un malandro que le apuntaba con un revólver cromado. Una escena que le ocurría a él, pero que experimentaba en tercera persona.

En otro momento, una dosis de ketamina intravenosa lo disparó hacia un delicioso mundo psicodélico de paredes derretidas, caleidoscopios y clichés.

Fue una anécdota muy rockstar con una razón no tan cool: Su duodeno se había inflamado y el doctor no encontraba manera de detener el dolor, resultando en dos inyecciones del tranquilizante equino.

Pero este viaje fue diferente: no solo por ser el más largo de su vida, sino porque ocurrió en un escenario, mientras intentaba echar chistes, frente a quinientas personas que no reían.

Quinientas personas, en silencio.

Un silencio hostil.

Juraría que podía escuchar el chasquido de su propio parpadeo.

Un silencio abrumador.

El sueño mojado de una secretaria de sala de espera.

Un silencio violento.

Muchos astronautas cuentan con misticismo cómo una de las cosas más impresionantes en el vacío absoluto del espacio, es la ausencia de ruido. Pues este show pudo haber ocurrido entre Júpiter y Neptuno.

Un silencio inhóspito.

Anteriormente, había hecho stand up comedy frente a grupos indeseables de borrachos, fiestas de solteras y saboteadores. Sin embargo, en esos escenarios siempre ocurría un mínimo de risa, uno que otro “jaja” que lo mantenía a flote. En este show, no.

Jerry Seinfeld aconseja que pase lo que pase en un show, el comediante se debe apoyar en su script; confiar en el material hasta que eventualmente el público ría. Con esto en mente, continuó relatando sus mejores chistes por segundos eternos con cero efectividad, sintiéndose como un soldado aliado disparándole balas de salva a un tanque de guerra.

“Coño, no puede ser. De algo se tienen que reír”, pensó.

En ese momento, abandonó su cuerpo. Su consciencia se elevó por encima de él, hasta llegar a las luces del techo. Luego miró hacia abajo, hacia el pendejo ese que hablaba en un escenario vacío y se acercó para examinarlo. Treinta años, frente empapada, mano temblorosa que sostenía un micrófono, estalactitas de sudor bajo sus axilas y la rigidez de una figura de cera. Los síntomas no eran alentadores.

“Uff… Qué cagada, pana”.

 Sobrevoló el público, entre un océano de expresiones cansadas, bostezos y brazos que pedían la cuenta. Muchos mostraban tanto desdén que ni siquiera tenían energía suficiente para gritar “Buuuu”.

Encontró dos caras familiares. Sus mejores amigas se sostenían las manos tensamente, compartiendo miradas de angustia frente al asesinato público que ocurría frente a ellas. Continuó el viaje, deteniéndose con pánico cerca de otro rostro conocido.

“Coño de la madre, sí vino”.

 Era su jefe. Imaginó los días que venían, cargados de sonrisas condescendientes y frases como “tranquilo que a todos nos pasa”.

Maldijo el momento en el que mandó el mail invitando a todos sus compañeros de trabajo. Pocos sabían que hacía Stand Up Comedy y el correo servía como una salida del closet de la comedia. Recordó además el tono prepotente y la audacia de garantizar la risa.

¿Por qué se había emborrachado con su propia autoestima?

Uno de los comediantes que más respetaba, un tipo con millas de experiencia y giras mundiales, lo había invitado a ser el telonero de su show.

Sin duda era un honor, pero también una prueba de desempeño, una palmada del universo que le decía “dale que tú puedes”. Su ego desbocado convirtió el evento en su graduación y todos estaban invitados: colegas, familiares, amigos y contactos misceláneos de grupos de Whatsapp silenciados. Un mensaje anunciaba con más bombos y platillos que el Miss Venezuela, que iba a estar en un escenario junto a este ícono de la comedia.

Recibió una oleada de felicitaciones, confirmaciones y “qué-lástima-que-no-puedo-ir-pero-tal-vez-si-me-regalas-la-entrada-ciones”.

Disfrutó de cada respuesta enloquecido, celebrando por adelantado una victoria avasallante ¿Cómo no, si le iba a ir demasiado bien? Era su momento.

Finalmente llegó el día. Se puso su “camisa de la suerte”, se anotó un par de palabras claves en la mano y esperó detrás de la cortina. La particularidad de este show, era que el telonero venía después del comediante principal, lo cual era totalmente ilógico pues era como pedirle a un público que se quedara a ver a un chico tocando un ukulele después de un concierto de Metallica. Un corrientazo recorrió su columna vertebral mientras entendía que esto iba a ser un desastre, pero ya no había vuelta atrás pues su nombre retumbaba en el teatro. Movió la cortina y entró al escenario dándole la mano a uno de sus héroes y apenas empezó a hablar, el público se quedó en mute.

“Es que no se puede ser tan huevón”, pensó, mientras continuaba el viaje astral. Se acercó fantasmagóricamente a una cámara de video conectada a una laptop y recordó con pánico que el show además se transmitía en vivo por internet. Mil quinientas tres almas presenciaban la masacre.

Siguió su travesía entre caras aburridas y frustradas, entre un Récord Guinness de personas apoyando la mejilla sobre el puño. Empezó a reír por lo absurdo de todo lo que pasaba:

Un show tan malo que lo hizo salir de su propio cuerpo.

Todo se detuvo en un momento de iluminación: En la anécdota más miserable de su vida adulta, había encontrado material para su próximo show.

En milisegundos volvió a su cuerpo físico, al temblor, el sudor y el olor. Terminó su aparición apuradamente y se despidió con una gran sonrisa.

¡Muchas gracias! ¡Nos vemos pronto!

Se bajó del escenario y escribió en su cabeza, el monólogo perfecto.

5 comentarios

¡Bienvenido, Milton! Sudé frío mientras lo leí, qué tortura, pobre. Hay que ser bien valiente para hacer Stand Up comedy. Buenísimo el cuento. Sufrí, pero también me reí un montón con las estalactitas de sudor, el record Guinness de personas apoyando la mejilla sobre el puño, la borrachera de autoestime, etc etc, muy divertido.

Yo era una de las amigas que se agarraba de la mano de la otra gran amiga. Inolvidable acto de valentía con el que te ganaste todo mi respeto ✊

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