Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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El final de la infancia

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Para algunos, la infancia es una época maravillosa. Para otros, terrible. Pero, tarde o temprano, para todos termina.

A mi padre y a todos mis hermanos.

—Mataron a Reinaldo —Así me va a decir Ese, cuyo nombre no recordaré jamás, cuando llame a la casa por teléfono dentro de diez minutos, cuando yo atienda y él me lo cuente, con tres palabras como tres flechas.

—Mataron a Reinaldo —Así me va a decir Ese, cuyo nombre nunca voy a preguntar, cuando marque dentro de menos de diez minutos; lo va a soltar así porque me va a confundir con alguien más, no va a saber que estará hablando conmigo que tengo 15 años y que soy hermano de Reinaldo. Ese va a jurar luego por «estepuñaoecruces» que no, que no sabía que estaba hablando conmigo, que si hubiera entendido que estaba conversando con un muchacho no lo contaba, va a jurar besando las mismas cruces que creía que hablaba con otro Marco, uno adulto, amigo de Rei, uno que ni siquiera vivía en mi casa ni yo conocía. Absurdo, pensaré yo, porque tengo una voz muy aguda, incluso para un niño de 15. Claro que yo no me siento un niño, sino un hombre, casi listo para ir a la universidad; pero no, muy pronto sabré que no, que todavía soy un niño de 15, que me voy a convertir en adolescente dentro de siete minutos, cuando Ese llame y me dé la noticia. Ay.

Yo nunca le culparé por confundirse y contármelo así, porque Ese está hecho un desastre igual que los demás, como mi papá. Ay, coño, cómo duele contar algunos cuentos.

Hoy, todo el mundo está o va a estar hecho un desastre cuando se entere, como lo estaré yo; así como se pone la gente que acaba de tener un accidente, cuando choca borracha o drogada, o cuando le despiertan con un golpe en la cara en medio de la noche. Hoy todo el mundo va a estar en ese estado náufrago en el que no se piensa bien, en el que no se entiende nada: «¿Cómo que mataron a Reinaldo?, ¿a mi hijo?, ¿a mi hermano?, pero ¿quién?, pero
¿cómo?, pero ¿dónde? ¿Qué es esto? Mátenme a mí también, por favor.

Pero, espérenme que me pongo los zapatos y una camisa. Hay que ayudarlo. ¿Cómo que se desangró? Pero ¿qué es esto? ¿Dónde está? Yo voy. ¿Cómo que ya es tarde?». Ay, coño, coño, coño.

Uno se vuelve la catástrofe misma, así como se volvió el jefe de Reinaldo, que iba con él en la camioneta cuando le dieron el tiro a mi hermano. Debe haber sido horroroso, no voy a querer ni siquiera imaginarlo y, sin embargo, después de que me entere, lo voy a pensar todo el tiempo durante muchos años, toda la vida quizá. Nunca vi cómo quedó la camioneta, ni foto alguna, pero recuerdo perfectamente la imagen.

—Reinaldo, agáchate que hay un tiroteo. —le dijo el jefe.

Pero Reinaldo no se agachó, sino que se volteó y ahí le dieron el tiro, y ahí dijo
—Cooñoeeelaaamaaaaa… —contará el jefe, Fernando, creo que se llama o se llamaba, que Rei no pudo terminar la frase.

La termino yo por él: ¡Cooooñoooelaaamaaaadre, infinitas veces, maldito policía. Ojalá te haya salido al menos una lágrima cuando viste la cagada que pusiste, y ojalá que mi hermano te haya visto esa lágrima porque sé que así te hubiese perdonado. Él era así, amoroso y amable; «tenía alma». Él era hermoso, por fuera y por dentro. Tenía ojos claritos de gato y cara angulosa; lo recuerdo con el corte de John Travolta en Vaselina. Lo recuerdo siempre con su chaqueta de cuero, aunque no sé si tuvo alguna. Lo recuerdo oyendo a Sentimiento Muerto, bajando cocos de la mata en Puerto Píritu, caminando por Mata de Coco en Caracas. Era inteligente y tenía muchas enamoradas, era un partidazo.

—Cooñoeeelaaamaaaaa… —y entonces no se agachó, sino que se cayó, y la sangre le salpicó a su jefe y a la camioneta por dentro. Coño, por qué no se agachó, vale, me estoy ahogando.

A Reinaldo le dieron el tiro en la frente, pero yo todavía no lo sé, lo voy a saber dentro de un par de minutos, pasa muy rápido el tiempo. Ay, me ahogo.

Del corazón nunca se me va a salir el dolor de mi papá, el de mis hermanos, el de la mamá de Reinaldo, que no es la mía. Dicen que perder a un hijo duele tanto porque no se entiende, porque es el orden incorrecto. No debería ser, aunque haya sido. Ay, cuánto dolor, Dios mío, es tanto que ni en ti creo.

Reinaldo tiene 20 años cuando lo matan, hasta ahí llega él. Yo tengo 15, pero yo voy a seguir cumpliendo hasta ser más viejo de lo que él nunca será; es extraño que dentro de seis años seré más viejo que mi hermano mayor.

A Rei le van a cantar el cumpleaños en la funeraria, porque el día que lo entierren cumpliría 21; se lo van a cantar exnovias y enamoradas, unidas en canto y llanto, y a mí me va a parecer uno de los eventos más cursis que viviré, porque por qué cantarle Cumpleaños Feliz a un muerto. ¿Pero en qué coño estaban pensando? ¡Dios mío!, es como nombrarte a ti, que no existes.

Yo lo voy a recordar en el ataúd, con una gorra de béisbol tapando la huella infame que le dejaron, en plena tranca de esas que se armaban en los años 90 los domingos a las seis de la tarde en el peaje de La Guaira. A Reinaldo lo mató la policía porque estaba persiguiendo a unos malandros que habían robado en una heladería; también venían en una camioneta, se bajaron a caerse a tiros con los policías y terminó muerto mi hermano. ¿Cuánto se habrán robado los malandros? ¿Cuánto se le puede robar a una heladería, 2.000 Bolívares de aquellos? ¿Será un ataque de pánico esto que estoy sintiendo?

Luego de que le canten el Cumpleaños a Rei, cuando lo vuelva a ver me voy a preguntar por qué no me dan ganas de llorar. Me voy a sentir un doliente impostor, con menos sufrimiento por ser un medio hermano. Después voy a llorar mucho, muchas veces, pero no como mis otros medios hermanos, sus hermanos completos. Estarán sufriendo más. Ay, carajo, si esta es la mitad, no quiero ni imaginar el dolor entero de ellos.

Suena el teléfono de la casa. Pasa tan rápido el tiempo. Le quedan segundos a mi infancia. Con permiso, debo ir a atender.

—¿Aló?

—Buenas noches, ¿con quién hablo?

—Soy Marco, dígame.

2 Comments

  1. Nunca imagine que después de tantos años removieras cada fibra de mis recuerdos. Pero lo más sorprendente son tus sentimientos. Te envio un abrazo y comparto junto a ti los mas bellos recuerdos. Gracias por tanto.

  2. Increíblemente emotivo. Gracias por compartir este evento tan intimo con el que todos vamos a sentirnos identificados.

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