El caminante
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El mundo se detuvo durante meses. Nada, excepto la disminución de la amenaza, podía ponerlo en marcha nuevamente. Nada excepto esperar en nuestras casas, por nosotros mismos y por quienes no podían hacerlo. Esperar en nuestras casas y confiar en el azar. 

Lejos de sentirme afectado, celebré secretamente aquella primera ola de restricciones. Mi ritmo vital y el del mundo se acompasaron. El mundo no esperaba nada de mí y podía navegarlo desde desde mi interior, desde mis reservas y desde esa sutil, pero innegable predilección por la soledad que, por primera vez en la vida me hacía apto para la sobreviviencia, que por primera vez en la vida facilitaba mi “adaptación” a un nuevo entorno, al nuevo ritmo de vida impuesto por el virus. Me puse al día conmigo mismo. Leí y caminé bajo el sol del mediodía, como solo podía hacerlo durante los viajes a la costa, esa costa de mi infancia que jamás tuve tiempo de recorrer completa, esa costa que me abrazaba con su calor adormecedor y me llevaba de la mano hasta la frescura de sus hamacas. 

Sin embargo, para otros, quizá para el mismo número de personas, quizá para la mayoría, no lo sé, su llegada fue una condena, una sentencia inapelable. Antes del virus, nuestras vidas transcurrían afuera, no adentro de las casas; la vida transcurría en parques, escuelas, universidades, oficinas, centros comerciales, tiendas y mercados ahora deshabitados, apenas transitados por quienes se resistían o por quienes, no pudiendo acatar la medida de reclusión, luchaban por mantener a flote sus trabajos mientras atestiguaban la extinción de “la vida” tal y como la conocían. 

Recluidos involuntariamente, aislados y expuestos a opiniones delirantes sobre la descomposición de la vida política y económica, liberados de represas que contuvieran la angustia cebada día tras día, hora tras hora, por una sensación de vulnerabilidad hiriente e indiferente a la esperanza,  afloró un miedo primitivo, el miedo a los otros, a quienes semanas atrás no tenían nombre y ni siquiera mirábamos porque desconocíamos su existencia. Cualquiera recordaba nuestra propia vulnerabilidad. Y ese recuerdo despertó un sentido de sobreviviencia que en países como México se manifestó primero en forma de rechazo a los trabajadores de la salud y después en atropellos, linchamientos y cierres de calles y avenidas por las que solo podían pasar sus residentes. 

El virus colocó un espejo frente a nosotros, frente a nuestras vidas, despojándolas de los velos cotidianos que la atenuaban, despojándolas de las huídas diarias a los centros comerciales, a la miríada de tiendas, tienditas, cantinas, fondas, restaurantes y lugares que daban forman a nuestras rutinas. El virus evidenció la vacuidad de la vida que llevábamos, haciéndola insoportable para muchos.

Mientras algunos, seguramente muchos, querían recuperar la vida perdida, yo quería permanecer en la vida que florecía en soledad, aún bajo la promesa de muerte que venía con ella.  Quería un mundo menos apremiante, un mundo en el que no tuviese que despertar los sábados preguntándome qué había vivido el resto de la semana. Pero estaba seguro que no sería así, sabía que una inmensa mayoría, guiada por las razones que fuesen, esperaban ansiosos el regreso al frenesí de la vida cotidiana, de la vida apenas iluminada por la ilusión de un futuro que nunca llegaba y nunca llegaría. 

La mayor parte del tiempo permanecí en casa, encerrado, como si a esta la cubriera un manto sagrado que me protegía del caprichoso asesino, un manto  hecho con el silencio de dios, un silencio mordaz que me recordaba su eterna ausencia. 

El mundo fue y siguió siendo, después de la contingencia, un mar embravecido. Nacemos a merced de su inmensa ferocidad. Nuestros pulmones se ensanchan o morimos. Y los puertos, los puertos solo son fabulas de niños a las que algunos hombres se negaron a renunciar y convirtieron en el aire al que todos aspirábamos, en grandes discursos, en utopías. 

La ambición de pocos, correspondida como nunca por el hastío de muchos, forzó la vuelta a la normalidad. Las devastadoras escenas de hombres y mujeres despidiéndose de hijos y nietos a través de videoconferencias, se perdieron en medio de la marabunta de chistes sobre el encierro y las demandas de empatía hacia quienes no podían darse el lujo de hacerlo. Las repentinas e ineludibles noticias sobre el incremento de los contagios, en países que no promovieron o pudieron persuadir a sus habitantes de la importancia de la medida, tampoco hicieron la diferencia. 

Cansados de permanecer encerrados y protegidos por el optimismo impenitente de aquellos años, volvimos libres de sospechas, a nuestras extenuantes vidas. Empresas grandes, medianas, pequeñas y de todas las industrias, celebraron desvergonzadamente la reacción y colmaron los medios con argumentos que giraban en torno a la pertinencia de la reactivación económica. Y, por último, los gobiernos de turno, ávidos de popularidad y atados por la amenaza de la ingobernabilidad, se sumaron. El entusiasmo de volver a la seguridad de la rutina, el júbilo de la vida fuera de casa, fuera de nosotros mismos, nos arrebató un tiempo necesario, el tiempo de duelo por los cientos de miles de muertes. 

Regresamos a una normalidad desmesurada, obscena, atiborrada de fantasías desgastadas y nuevas versiones de antiguas puestas en escena. La desilusión impregnaba las voces de los otrora entusiastas del cambio, hambrientos por la falta de trabajo. La misericordia se vistió de gala y la indolencia de caridad, y juntas asistieron a patéticos espectáculos que solo ellos simulaban creer. Ellos, los empresarios y políticos beneficiados por el Estado con el pretexto de mantener puestos de trabajo, puestos serviles que habían perdido su halo aspiracional. Un espectáculo efímero, pues siete meses después del fin oficial de la primera ola, las ciudades más densamente pobladas del mundo, Tokio, Yakarta, Delhi, Seúl, Bombay, Shanghái, Manila, Nueva York, San Pablo, Ciudad de México, Teherán, Moscú y Londres, comenzaron a registrar el segundo brote y a aplicar nuevamente las medidas de distanciamiento. 

Un silencio sepulcral sacudió a la humanidad.  Aún no superábamos el brote anterior y, si bien algunos de estos países y numerosas compañías nacionales y transnacionales contaron con los recursos y el tiempo de instalar lo necesario para que sus empleados trabajaran desde casa, la mayoría aún debía desplazarse a sus lugares de trabajo.

Durante los primeros dos meses, la nueva curva de contagio se comportó similar al brote inicial. Pero al tercer mes, se registró un incremento exponencial e inexplicable de las transmisiones y muertes. ¿La causa? Una ampliación del tiempo de incubación del virus. Una ampliación de cuatro a seis semanas, tiempo suficiente para incrementar, no solo de manera significativa, sino ineludiblemente la probabilidad de contagio por persona. Noticia a la que se sumaría el rumor de la existencia de nuevas cepas aún más letales. 

Creí que estábamos mejor preparados: las noticias sobre la disponibilidad de las vacunas estaban a la orden del día; la universidad en la que trabajaba ya había instalado lo necesario para dar clases desde donde estuviese, dentro o fuera del país. Una vez más, podría vivir un aislamiento personalmente productivo. Y antes de tomar consciencia del azaroso flujo de ideas que me embestían, escuché una voz, mi propia voz, susurrando la idea que cambió o quizá me condujo a mi destino: podía vivir el aislamiento en cualquier otro lugar del mundo. 

Fue así que, sin saber cómo, abrí la puerta a una alternativa comprensible únicamente por quien ha vivido la locura que alimenta la esperanza. La humanidad le haría frente a la nueva ola y saldría adelante aunque lo hiciera injustamente. 

Tenía el tiempo contado. Debía tomar una descisión antes que el gobierno declarara el inicio de la cuarentena. Uno, dos, pero nunca tres días más. Uno o dos días para organizar todo, uno o dos días para informarle a mis padres, para despedirme de mi sobrina, para dar un abrazo de despedida a Jose, Manu, Ana y Arturo, los únicos esperanzados que sorteaban dignamente la arremetida de la normalidad. 

No supe en qué momento compré el boleto, solo sé que lo hice antes de haber tomado la decisión. Empaqué la ropa, las máscaras y los guantes que aún guardaba. Cargué las pilas de la cámara. Liberé espacio en la computadora. Compré los libros que necesitaría para el semestre que iniciaba y aún no tenía digitalizados. Subí todo a la nube y me senté frente al teléfono. 

Volé a Madrid el 19 de septiembre del año 2021. La ilusión de recorrer ciudades secretamente pobladas me secuestró. La ilusión de recorrer avenidas, calles y carreteras desiertas, hechas vestigios arquelógicos aún palpitantes; de ser testigo de todo y nada en la más absoluta de las soledades, para después regresar de donde nunca nadie había estado, un mundo abandonado. Nuestro mundo, abandonado. Caminar las costas desnudas de Europa, las ciudades costeras y las que le precedieran. Caminar hasta perder el rumbo y fijar uno nuevo, hasta encontrar fortuitamente el camino de regreso a casa. Un camino que permanecería inexplorado, porque nunca regresé. Los vuelos internacionales se redujeron hasta casi extinguirse. Los más insistentes tardaron meses en volver a sus tierras, incluso años. Pero muchos tuvimos que resignarnos y emprender una nueva vida como “residentes forzados”. El día que anunciaron la suspensión indefinida de los vuelos, una inclemente sensación de orfandad oscureció mi alma. 

Con el paso de los meses las medidas se agudizaron abriendo el paso a un torrente de cambios que transformó el mundo, transparentando la fragilidad de mi plan y la vanidad de mis intenciones. España, Francia e Italia, en Europa; Estados Unidos, Venezuela, Uruguay, y las islas del Caribe, en América, fueron los primeros países en prohibir la libre circulación y declarar estado de excepción. Los años veinte del siglo XXI, fueron los años del cierre definitivo de las fronteras nacionales y continentales, y del auge de los estados bio-totalitaristas en los que la salud individual dejó de ser una cuestión personal, para convertirse en una cuestión de Estado. 

El propósito original fue minimizar el riesgo de contagio entre quienes, por la naturaleza de sus trabajos, debían desplazarse por las ciudades de mayor densidad poblacional y devolver gradualmente la libertad de movimiento a quienes trabajaban desde sus casas y podían pagar los controles médicos necesarios para acceder a una cartilla renovable, que acreditaba la salud de su portador. Pero las falsificaciones no tardaron en llegar y, con ellas, el aumento de los controles que terminaron por conceder a los cuerpos de seguridad el derecho de fijar cuarentenas en centros de detención preventiva. 

Las protestas no tardaron en hacerse visibles. Muchos respondieron al llamado de organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos y alzaron su voz. Pero el virus se encargó de sofocarlos. Me sumé a las protestas del año 23. Fui de los primeros en ser detenidos. Y quizá eso me salvó la vida porque recibí la atención que de otra manera hubiese sido casi imposible conseguir. Nunca más protesté. Y por mucho tiempo me pregunté a cuántas personas pude contagiar durante aquellos días en los que creíamos que el mundo podía volver a ser lo que había sido. Años después, mi esposa me contó que en sus consultas recibió a muchos pacientes torturados por la misma pregunta. Todos tuvimos oportunidad de ser contagiados por más de una persona. Si no era al primer contacto, sería al segundo, o al tercero. Y todos, seguramente tuvimos oportunidad de evitar el contagio, una, dos, quizá tres veces. Pero no había manera de impedirlo. No había nada que hacer. 

Después de la muerte de mi arrendador, acordé con su única hija una renta razonable y una comisión por la venta de algunas cosas que me permitieron cubrir el costo de las primeras consultas de control. El mantenimiento de la cartilla lo pagué reduciendo los gastos a lo indispensable. Reduje las comidas y cambié mi dieta, aprendí a racionar los productos de limpieza, a coser la ropa desgastada por el tiempo cuando no encontraba su reemplazo en las tiendas de segunda mano, a leer en penumbra y a renunciar a la calefacción durante el invierno. Aún hoy me ducho con agua fría y llevo una vida austera, innecesariamente mesurada y severa para quienes no vivieron aquellos días aciagos en los que prescindí de las promesas de la abundancia. 

Con frecuencia compraba los víveres para algunas familias que, a falta de recursos suficientes, rotaban la cartilla entre sus miembros si era necesario o en ocasiones especiales. Llevé a niños al parque, celebré cumpleaños de adolescentes haciendo recorridos secretos por las zonas de tolerancia, acompañé a ancianos a consultas médicas y fungí como doliente en funerales, lo que me valió el apodo de “el caminante”. 

El aire de normalidad que matizaba el presidio, no contuvo los excesos de violencia dentro y fuera de las casas. La frustración reprimida devino en angustia y esta en frecuentes excesos de violencia. Las agresiones que todos sufrimos me permitieron convencer a mis vecinos de salir en grupo solo para comprar alimentos o participar de los saqueos ocasionales en los que nos veíamos envueltos. Fue en una de esas expediciones que escuché escéptico los rumores de parricidios. Si así fue, nadie lo confirmó, al menos no públicamente. A nadie le interesaba hacerlo. Sobrevivir era ya una carga suficientemente pesada como para sumarle más peso. Lo que sucedía en casa, quedaba en casa. Pasarían muchos años para que todas las casas contaran con cámaras conectadas a la red de vigilancia del Ministerio de Salud, y pasarían muchos más para que su encedido dependiera únicamente de las variaciones repentinas en nuestros signos vitales. 

El comercio internacional se limitó a la compra y venta de patentes para el desarrollo de industrias nacionales, lo que significó un incremento de la demanda de mano de obra en un momento en el que esta todavía no podía circular libremente por las ciudades. Con el propósito de desconcentrar las ciudades y en medio de discusiones estériles sobre planes imposibles para desplazar fabricas e industrias enteras a otros lugares, nació la idea de establecer dos jornadas laborales que dividirían en horarios diurnos y nocturnos las actividades productivas. El tráfico de personas disminuiría y, con el, la probabilidad de contagio. 

Las guerras pasivas estrangularon lentamente a Suramérica, África y parte de Rusia, hoy llamadas zonas extractivas por su riqueza en recursos naturales; desataron hambrunas de dimensiones inimaginadas que no hicieron necesario el envío de tropas. Cuando estas llegaron, lo hicieron disfrazadas de ayuda humanitaria que se concentró en áreas mineras y de explotación petrolera. Mientras una escasez ignominiosa azotaba a estos países, en Norteamérica, Europa y una parte de Asia, los comercios comenzaron a abrir 24 horas. El número de dependientes, meseros y cocineros creció hasta conformar una nueva clase social refugiada en los incentivos ofrecidos para estimular la migración a la vida nocturna. La vida en las ciudades se expandió y creó dos universos colindantes en el tiempo cargados de significados distintos. Un vecino que decidió sumarse a la vida nocturna describía una atmósfera distinta a la vivida durante el día. Un ambiente aligerado por una sensación de libertad inedita. La oscuridad nos protege, solía decir uno de ellos. Hacemos lo que no haríamos durante el día. La muerte dejó de perseguirnos en la oscuridad y a cambio permitió que un sútil halo de luz iluminara nuestra conciencia. 

El mundo cambió, pero no como esperábamos. Quizá porque los cambios ya estaban en marcha antes de la aparición del virus. 

12 Comments

  1. Muy interesante,realista,ymuy bien redactado con el sentimiento en las palabras ,llevando al lector a presentir un futuro incierto,inimaginable,lleno de interes, me gusto mucho.Felicitaciones.gisela

  2. El placer de la palabra, usada como mecanismo de viaje ficticio al futuro por una realidad universal en presente que nos ha expuesto de mil maneras, el Corona Virus.

    La naturaleza, la soledad y el círculo familiar que nos acompaña en casa, probablemente los únicos ganadores.

    Un saludo hermano Cesar!

  3. Me gusta. Está fuerte. Sacude.
    Trae bastante de angustia y ansiedad y eso se transmite.
    Yo movería el título con una punta que leí hacia el final :
    «Los Años 20 del Siglo XXI»

    Qué grandioso que existan «cuentos».
    Abrazos master.

  4. Muy bueno, me gusto mucho! Una dura realidad que creiamos que sucedia solo en peliculas ahora la humanidad la vive en vivo y directo, que solo el tiempo nos mostrara cuanto durara, si tal vez mas tiempo de lo que imaginamos. Y definitivamente el mundo y nosotros no seremos iguales despues de esto.

  5. Me gustó, aunque debo confesar que me causo mucha angustia! Porque en cada palabra veo reflejado mi propio miedo ante esta pandemia!
    Me siento identificada porque la verdad yo siento alivio de estar en mi casa, de dejar un poco ese mundo que me asfixia con trabajo y con lo cotidiano de mi vida.
    Pero al mismo tiempo tengo miedo de que la cosas no vuelvan hacer iguales.
    Felicidades Cesar logras transmitir muchas emociones!

  6. Fuerte, interesante, angustioso, intenso, golpea me recordó algunos autores que alguna vez leí y ahora no recuerdo quien quizá Orwell? No lo se o películas alguna que no viste por tu edad se llamó Cuando el destino nos alcance.Te felicito sobrino buen comienzo , adelante

  7. Felicidades, Pana! Gran escrito que espero con todas las fuerzas de mi corazón no lleve consigo voz de profeta! Me gustó mucho a pesar de la angustia y encierro físico y mental que conlleva una realidad así, transmitida con maestría. Te mando un abrazo (con su sana distancia ?)

  8. En el cine hay películas que, a pesar de ser muy largas, su tiempo de visionado se pasa volando. Por poner dos ejemplos: por un lado está El Padrino, de Francis Ford Coppola, que podría durar 3 horas y todo el mundo estaría encantado; y por otro está Solaris, de Andréi Tarkovski, que es maravillosa, pero no apetece verla mil veces porque se hace eterna. En ambos casos, el metraje está justificado porque tienen mucha historia que narrar y están repletas de ideas, pero el ritmo marca la diferencia entre épica y soporífera. (No me maten).

    Comienzo así porque El caminante es un cuento muy largo, pero es tal la exposición de eventos y la forma como son narrados, que su extensión está justificada. Y no funcionaría igual quitándole oraciones, mucho menos párrafos. En principio, el estilo funciona aplicado al concepto de una persona que «camina»: de entrada te sugiere un ritmo que no te da alguien tras un volante, por ejemplo. Pero hay más elementos en juego que hacen que funcione. Yo creo que la empatía es el corazón del cuento: esa visión cercana de nuestra humanidad, que ni suaviza o edulcora, pero tampoco juzga. César es un observador muy agudo que sabe poner en palabras lo que sentimos en esta pandemia, no como algo tópico, sino con la profundidad de los sentimientos humanos con los que cualquier lector debería encontrarse identificado: miedo, ilusión, ansiedad…

    Me impresionó la capacidad para soñar un futuro temible, con tantos lazos a nuestro presente. Y sirve El caminante como fábula apocalíptica, que en lugar de animales parlanchines, está marcada por el silencio de las malas decisiones que como sociedad hemos tomado y/o aceptado.

    Por ofrecer una crítica constructiva que no es más que la quinta pata del gato, solo sugeriría repasar el uso de los adverbios de modo (todos los que terminan en «mente»), ya que en general encuentro que el quitarlos deja el mismo sentido a lo que se está contando. Cierto que existen por algo, pero insisto en probar quitar/poner cada vez que aparezcan en nuestra escritura y pensar cómo queda mejor la frase.

    Con este estreno en Bandapalabra, solo espero con mucha curiosidad e ilusión leer qué nos contará César en su próximo trabajo.

  9. Me encantó tu cuento César. Mucho. Esta segunda versión que publicaste me gustó más que la primera que leí. Amo la distopía como género y lo que hiciste aquí es tan atinado que asusta, pues aún sin superar la primera ola de esta siuación, ya se perfilan como realistas y posibles muchas de las cosas que planteas.
    Por otra parte, comparto esa curiosidad del protagonista por emprender ese viaje a ver las ruinas del presente y al leerlo tan claramente planteado me emocioné.
    Siento que este mundo que descubriste aquí da para mucho y me imagino una serie de histrias y personajes habitándola. Una suerte de «Crónicas Marcianas», pero más bien Coronadas.
    Me encantó.

  10. Muchas felicidades por tus grande don por escribir! Me transmitio melancolia y hasta me dieron escalofrios, me hizo sentir y por eso es tan poderoso lo que escribes. Me imagine en el, aunque esa realidad es dolorosa.

  11. César, me pareció fascinante el concepto de los estados bio-totalitaristas y tal vez en 2023 estaremos releyéndote y percatándonos de que se trataba de una fórmula que venía fraguándose desde antes, como escribes al final de El caminante. Ojalá tus dotes premonitorios no sean tan buenos como los de narrador.

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