Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Se despertó en el frío piso de cerámica sin saber dónde estaba, quién era… ni en qué se había convertido.

Con gran pesadez abrió los ojos, intentando descifrar dónde se encontraba. Entendió que estaba sentado en el piso de un baño y un mediocre cuadro de concha marina colgado en la pared le indicó que era en un apartamento de playa.

Incontrolables náuseas lo invadieron y, aunque sus manos intentaron detener el géiser que salía de su boca, ya era demasiado tarde. Con precarios movimientos logró abrir el inodoro para terminar el vaciado estomacal.

Una ola de pánico le recorrió la espalda mientras notaba que el fluido que salía de su cuerpo era absolutamente negro. Entre arcadas miró a su alrededor, encontrando la viscosa sustancia regada por el piso y las paredes. Todo había salido de sus entrañas.

«¡¿Qué…carajo…es…esto?!».

Intentó calmarse, pero repentinos golpes en la puerta reactivaron su estómago como un pozo petrolero recién descubierto.

—¿Estás bien? —escuchó del otro lado.

Gruñó su respuesta con un tono de voz que no había escuchado nunca.

—GrrSí.
—¿Seguro?
—¡GrrSí!
—¿Necesitas ayuda?

La chirriante manilla de la puerta –también salpicada con la sustancia nigérrima– empezó a girar…

—¡No…eNtRRes! ¡eStoy…bien! —clamó espasmódicamente.
—Ok… —pronunció la desconfiada voz.

Finalmente, la sustancia dejó de ebullir de su cuerpo y él intentó recuperar la compostura, pero le resultaba imposible ante la imagen del Exxon Valdés gástrico del que había sido responsable.

¿Por qué negro? ¿Era sangre? ¿Tal vez se había perforado el hígado? ¿Debía llamar a una ambulancia? ¿Por qué TAN negro? ¿Estaba todo en su cabeza? Todas las respuestas le daban una profunda sensación de terror.

Con nula destreza se puso de pie, encontrando en el espejo una cara pálida, mirada perdida, la maldita sustancia negra asomándose por la comisura de sus labios y una extraña sensación que le recorría el cuerpo: no se sentía «humano».

Intentó recordar cómo había llegado ahí, pero sufría de una amnesia digna de telenovela mexicana. Lo último que recordaba era… La playa… a Valentina besando al mamagüevo ese… mucho alcohol… Valentina de nuevo.

La respuesta lógica era que estaba borracho, pero no se «sentía» borracho, se sentía salvaje, cargado de ira, animal.

Tambaleante, se quitó la franela, la mojó en el lavamanos y se arrodilló para limpiar el accidente, pero con cada movimiento del trapo, todo el baño se mecía.

Ocurrieron segundos, minutos o semanas mientras limpiaba, enjuagaba y limpiaba de nuevo. El movimiento de sus manos era iracundo, violento. Ya no sabía quién era. Tiró la manchada franela a una esquina, haciendo un raro crujido, como de envoltorio de chucherías.

La sensación de sus entrañas no mejoraba. Era como si todo dentro de él estuviese descomponiéndose y cuando encontró su cara nuevamente en el espejo vio que lo mismo ocurría por fuera: su piel estaba grisácea y dos ojeras púrpuras lo hacían ver como un…

«Nah, no puede ser…»

…Un cadáver.

Gruñó, negando con la cabeza.

Abrió la ducha y se metió «con short y todo». Al entrar en contacto con su gélida piel, el agua calcinante lo hizo convulsionar, activándole un recuerdo:

El mamagüevo ese besando a Valentia. Ella se merecía un tipo inteligente, gracioso…

—Grr…Un TiPo CoMo Yo.

Por supuesto, en ese momento no era su mejor versión, pero, maldita sea, estaba seguro de que era mejor candidato.

Una ola de rabia lo invadió y pegó un puño a la pared, gritando desde sus podridas entrañas.

Era una reacción irreconocible; estaba perdiendo su humanidad. Dificultosamente apagó el chorro y salió de la ducha, invadiendo el silencio con su intermitente y corroída respiración.

Al desempañar el espejo, descubrió una cara que ya no era la de él: tez amarillenta y venosa, ojos rojos, ojeras negras. A pesar del asco que le daba la visión, sentía hambre. Mucha hambre.

La puerta retumbó:

—¡Está bueno ya! ¡Tienes que salir! —gritó el mamagüevo ese.

—Grhmmmvoy —respondió el muerto viviente.

Tenía demasiada hambre…

Se acercó a la puerta.

Tanta hambre.

Giró la manilla y empujó la puerta. Ahí estaba Valentina, como figura religiosa, bañada en luz.

Con jadeante apetito caminó hacia ella.

Valentina, perturbada, lo miraba como si fuese un fantasma.

Más cerca.

Despojado de toda humanidad

Más cerca.

Tanta hambre…

Su último recuerdo humano: los ojos asustados de Valentina.

Súbitamente, todo se volvió negro. Toda su existencia se detuvo.

***

Con parsimonia abrió los ojos mientras se encandilaba con la luz del día, respirando suavemente

¿Estaba vivo?

Yacía sobre una improvisada colchoneta en el medio de la sala. Mirando el hipnótico ventilador sobre él, intentaba recordar qué demonios había pasado. Levantó el cuello y fue atacado por el peor dolor de cabeza de su vida. Se sentó precariamente, viendo a sus amigos desayunando en la cocina.

—Ahí se despertó.

Todos callaron y lo miraron penetrantemente.

—¿Tremenda pea la de anoche, no?

Las palabras del mamagüevo ese retumbaron en su cabeza con mil tambores africanos.

Como una visión, Valentina apareció entre los comensales.

—Estás bien? Sabes que te desmayaste anoche. ¿No?

Aclaró su garganta.

—No… no me acuerdo.

Aliviado, descubrió que ya no había gruñido en su voz.

—Nos tenías preocupados —dijo Valentina con cálida sonrisa.

Resignado, el mamagüevo ese se acercó a él y le dio la mano para que se pusiera en pie. Un acto de caridad para una pobre alma en resaca; tal vez no era tan mamagüevo después de todo. Le dio una palmada en el hombro y le gritó al oído:

—¡Ahora ve a limpiar el desastre que dejaste en el baño!

Los tambores retumbaron.

«Sí, es un mamagüevo».

Entró al baño, que ahora parecía más escena de un crimen que un sanitario, invadido por la agridulce pestilencia. La sustancia negra había sido limpiada ineficientemente, dándole a la blanca cerámica del piso y paredes una textura de mármol hecha de miseria humana.

Con asco sacó la manchada franela del cesto de basura y el crujido de un de empaque de chucherías llamó su atención. Encontró una botella de «Guarapita» –un violento y cítrico licor casero hecho en las playas venezolanas– y…

«Ah, coño».

Un paquete de Oreos, tamaño familiar.

Con un corrientazo llegó un flashback de la noche anterior: un borracho encerrado en un baño atiborrándose la cara con treinta y seis galletas y una botella completa de alcohol casero.

Arqueó y nuevamente sintió la efervescencia subiendo por su garganta.

«¡Oh, no!».

6 Comments

  1. Este cuento me llevó, cual en la película “Ratatouille”, de regreso al bar Miami. Supongo que te refieres a “esa” guarapita. Qué buenas y qué peligrosas eran esas pociones. ¡Excelente cuento!

  2. Jajaja las oreos con guarapita! Seguro le metieron campana también 🌼 😂 Me encantó ese final inesperado!

  3. La guarapita! Nunca la mezclé con Oreos a pesar de que es mi galleta favorita! Pero si, historias de terror con la guarapa de Choroní. Que buen cuento! (Y sí es tremendo mamag*)

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