—Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así, Jim. Y menos tú. Lo siento, pero no te voy a devolver el dinero. El encargo ha sido despachado y no hay reembolso posible.

—No sé qué me decepciona más, viejo amigo. Si verte rebajado a aceptar diligencias de esta calaña, o caer en la fealdad de faltar a tu palabra. En nuestra época significaba todo.

—No. Si alguien está faltando aquí, me perdonas, pero eres tú. Yo cumplí con mi parte del trato y mi nombre sigue siendo mi garantía. ¿O necesitas que te recuerde mis logros?

—Logros que comparten crédito conmigo y lo sabes.

—¡Bah! Era yo quien ponía la estrategia, el equipamiento, las artes marciales… Tú solo hablabas con la prensa.

—Esa es una forma muy simple de ver las cosas. En esta ciudad, las ruedas de la justicia siempre querían dar marcha atrás. Yo era el freno.

—¡Tú eras un cobarde! Tenías legitimidad para castigar con todo el peso de la ley a los terroristas que yo capturé, pero nunca te atreviste a llevarles la contraria a los políticos que se transformaron en todo aquello que habían prometido erradicar… Gracias a tu cobardía, la ciudad entera sufrió.

—Si lo tenías así de claro, ¿por qué tardaste tanto en reaccionar?

—Porque confié en la justicia, Jim, y ella me falló. Porque Crane debió haber quedado tras rejas, no en un manicomio cinco estrellas.

—Ese lugar estaba más custodiado que la prisión.

—Pues ahí fue donde elaboró el virus que arrasó con la ciudad. Que acabó con los pulmones de… de…

—Lo siento.

—Lo perdí todo. Las empresas de mis padres. Los empleados de toda la vida. ¿Sabes cómo se siente tener que dejar en la calle a familias enteras?

—No te atrevas a culparme por tus errores corporativos. Aquello pudo haberse evitado si antes hubieses cambiado de parecer. Así que cierra el grifo, hombre. Admite tu cobardía y pasa la página. Recapacita y ayúdame a reconstruir la ciudad.

—Eso quiero. Pero todo tiene un precio.

—No tienes derecho a lucrarte del crimen, ni quedarte con mi dinero sin haber hecho nada. O me lo devuelves o me haces un nuevo encargo.

—¡Cómo que no hice nada! El objetivo era terminar a O.C. y hoy ese animal está dentro de una de las neveras de tu morgue. Eso, por un lado. Hablamos también de una fecha de entrega y sabes que sucedió dentro de lo estipulado.

—¿Qué diablos me estás contando?, a O.C. lo fulminó un infarto.

—Sí, así fue. Yo estaba ahí y lo vi. Puse mis horas. Mis recursos… o, al menos, los pocos que me quedan. Seguí a esa escoria hasta el hotel. De mi propio bolsillo pagué una habitación…

—Ni sueñes que te voy a compensar esos gastos…

—Lo sé. Asumo mis viáticos fuera de mis honorarios, no vayan a resultar demasiado costosos para ti y termines contratando a un payaso, ahora que el mercado está y todo el mundo tiene un sobrino que dice ser capaz de hacer lo mismo por una cuarta parte.

—Ibas a contarme qué pasó en el hotel…

—Sí. Aquella tarde, antes del crepúsculo, uno de mis drones descubrió a O.C. al otro lado del río, reunido con unos forasteros en las ruinas del zoo. Le tenían lista la encomienda.

—Si tienes esa grabación, entrégala, por favor. Por los viejos tiempos.

—De acuerdo, pero no malgastes tu energía en individuos de poca monta. Total, que seguí a O.C. hasta el hotel. Entró por el helipuerto de la azotea. Preparé mis herramientas para el trabajo y me infiltré en su suite. Hacía un frío polar. Y al fondo se escuchaba el rítmico sonido de resortes de colchón, en perfecta sincronización con los graznidos de aquel hombre.

—Por favor, ahórrame los detalles sórdidos.

—Me asomé a la alcoba con el rifle en alto, dispuesto a acabar con él de una buena vez y, de paso, liberar a la pobre criatura que se encontrase bajo su infortunada masa. Pero O.C. estaba solo. Desnudo ante un dispositivo negro que emitía un ronroneo mecánico. Por más que lo odiaba, no pude dispararle por la espalda. Tampoco me vi capaz de interrumpirlo. En sus últimos instantes, le concedí al menos eso. De pronto, el colchón dejó de chirriar. Me acerqué y le tomé el pulso.

—Pero…

—Te puedo devolver el importe de la bala que no usé, Jim. Pero no te voy a entregar el dinero. Además, que ya no lo tengo. Lo repartí entre mis antiguos empleados. Así que, si quieres que quite del camino a otro villano, consigue más dólares.

—Realmente son tiempos oscuros, Bruce.

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Si el viejo mayordomo hubiese estado vivo, habría activado el protocolo de defensa de la vieja casona y avisado a su patrón que el fiscal acababa de arribar con una orden de allanamiento comprada con dinero de la mafia.

Pero el nuevo empleado no gozaba de la confianza depositada en su predecesor y desconocía hasta de la existencia de la cueva subterránea donde la policía encontró la grabación de la llamada telefónica entre Jim Gordon y Bruce Wayne.

 

3 comentarios

Buenísimo! Lo leí una segunda vez cuando caí en cuenta de quienes son realmente los protagonistas de esta historia y lo disfruté el doble. Me recuerda un poco la oscuridad de The Watchmen: La decadencia del superhéroe con el paso del tiempo. Muy bueno!

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