Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Dios también dice palabrotas

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La lección de su abuela sobre el poder de las palabras marcará para siempre a la pequeña Micaela.

Micaela grande acababa de decir unas palabrotas, quizás las más terrible de todas de las que había dicho en su vida. Más que las palabras en sí mismas, era la intención con que las dijo. O, mejor dicho, la combinación de ambas cosas. Cada vocablo que había salido de su boca venía desde sus mil, diez mil voces ancestrales. Todo su linaje se había concentrado en unos pocos segundos para fragmentar el alma del hombre frente a ella. En el rostro paralizado de su objetivo, se podía ver cómo esos dardos mortales, emponzoñados con su rabia y con los espacios entre los verbos, las comas, los puntos y seguido, las vocales y las consonantes precisas como láser, habían entrado y estaba surtiendo efecto. Durante el silencio profundo que se hizo y que abrió una brecha entre la continuidad espacio-tiempo que marcaba lo que había sucedido y lo que habría de suceder, Micaela grande se acordó de Micaela pequeña.

Micaela pequeña es una niña de siete años y, junto a su abuela, aprende a hacer pan para ir a vender en el mercado este domingo que viene. Pan de pueblo, hecho a base de piloncillo, muchas yemas de huevo de rancho, harina de maíz y de trigo, flor de vainilla, algo de anís estrella, una amasada bien dada de al menos tres días, un vasito de agua bendita y finalmente, una buena rezada. En ese orden.

—¿Rezarle a la masa?

—Sí, Mica. Así se hace santa. Las palabras importan más de lo que crees.

Doña Rosa, a sus ciento cincuenta años, está bañada en sudor y respira casi en estado de meditación, como atleta de alto rendimiento mientras amasa. Micaela pequeña solo sabe contar hasta cincuenta y se lo fue a presumir hace unos días. Pero su abuela le dijo que tenía que esforzarse más en la escuela si quería saber contar hasta su edad, que era tres veces más que eso.

—Ciento cincuenta, Mica. Ciento cincuenta.

Era una cantidad impensable que, en el cerebro de una niña de siete, se veía tan fantástica como escalar hasta la punta de un árbol más alto que una casa. Se le notaba en la cara que puso cuando se lo dijo Doña Rosa. Era una expresión alucinada tratando de imaginarse los números que seguían después de la cantidad hasta la que ella sabía contar y la que tiene en este momento cuando mira los ante brazos de su abuela trabajar. Marcados, correosos, implacables con la masa.

—¿Y si se no le rezamos?

—Se quema el pan.

Doña Rosa contesta segura dirigiéndole por dos segundos la mirada y una sonrisa de esas que calientan el alma.

Micaela grande miraba el veneno de sus palabras entrar en cada una de las venas del hombre, sin perdonar una sola. Lo dirigía con la mente y sentía como este iba infectando sus entrañas, sus órganos, pero no quería que avanzara demasiado rápido. Quería que el hombre sintiera y saboreara su propio pánico y el que tuvo ella antes de tirarle un tsunami del tamaño del Everest, envuelto en no más de cinco frases. Quería devolverle el miedo de todas las mujeres que habían sentido lo mismo que ella y que este le fuera secando su interior, haciéndole polvo poco a poco su autoestima, hasta llegar a su espíritu. Disfrutaba de sus gesticulaciones de desesperación.

Micaela pequeña mira la masa cruda hornearse y duplicar su tamaño poco a poco, dentro del  horno de barro hecho a base de arcilla curada con una cerveza y de cariño del bueno que su abuelo le construyó a su abuela. Doña Rosa observa a su nieta sostener la mirada ante tal evento.

—¿Sabes por qué se infla el pan? Porque vienen los parientes de visita.

—¿Cuáles parientes?

—Los que se fueron… y vienen porque se les antoja. Eso quiere decir que está bien hecho.

—¿Son fantasmas?

—Sí y de buen diente.

La vista de aquello es impresionante para los ojos de Micaela pequeña que trata de entender el fenómeno con su lógica de menos de una década de vida. Piensa que, si ella fuera un fantasma, también se le antojaría el pan de su abuela. Aunque le gustó pellizcar la masa cruda, no se metería al horno a comerse algo a medio hacer con un montón de gente que quién sabe si son parientes de verdad. No tendría sentido estar adentro apretado con esa gente. Más bien se esperaría a que lo saquen para comérselo todo ya horneado y más rico. Se imagina que un fantasma tiene un estómago tan grande como el mundo porque está hecho de puro aire y seguramente le caben más de cincuenta panes. No qué va, más de ciento cincuenta y los números incontables que le siguen después de esa cifra infinita, como los veranos que pasa en casa de su abuela. Se mira el vientre y se lo soba mientras reflexiona tal cuestión. Es chiquito, con un ombligo saltón y ella que quiere comer tanto… luego se relame los labios antojadiza. Doña Rosa se entretiene mucho contándole esas cosas a su nieta y siente que las arrugas se le van borrando del alma cada vez que lo hace. A veces se pone melancólica pensando que Micaela pequeña un día será Micaela grande y entonces va a dejar de creer en lo que le dice. Pero combate el sentimiento con otra historia, otra anécdota u otro comentario lleno de sabiduría mágica y entonces rejuvenece de nuevo. Tal vez tenga ciento cincuenta, pero ella se siente de diez por dentro cada vez que está con Micaela pequeña.

—La masa no se asa, se amasa.

—Y se hornea, al calor de la brasa.

Micaela pequeña completa la cancioncita que le enseñó su abuela mientras le daban forma redonda a cada bollo crudo que sería pan hace unas horas. Doña Rosa ahora no tiene diez, siente que acaba de cumplir nueve con ese momento. Quizá ocho.

Micaela grande no dudaba si lo que estaba haciendo era excesivo. No, no lo era. La justicia estaba siendo atendida. Las rodillas del hombre empezaron a sacudirse como si repentinamente tuviera mal de Parkinson en un estado muy agudo. El temblor subía por su cuerpo hasta zarandear su cabeza como una licuadora vieja en el máximo de su velocidad. Cada vez más curiosos se detenían a grabar con su celular. Micaela grande había usado una combinación de palabrotas que podrían haber castrado la voluntad de cualquier hombre alrededor, sino hubiera sabido teledirigirlas bien a quien castigaba. Las lecciones de Doña Rosa sobre su uso sí habían sido ciertas y las estaba viendo en acción. Sobre todo en el momento en que los ojos del tipo salieron de las órbitas de su cráneo y se embarraron en el piso. Los gritos de terror fueron unánimes. Algunos empezaron a vomitar, lo que provocó que otros mirones también lo hicieran. Todo ello era una fiesta de vómito.

Micaela pequeña camina con su abuela por los pasillos del mercado. Los vendedores gritan cosas nuevas, jamás oídas por sus orejas que tratan de moverse como antenas parabólicas de un centro espacial, cada una apuntando hacia diferentes direcciones. Absorbe lo más que puede: albures, reclamos y metáforas pintorescas que usan los comerciantes para atraer a los compradores. Algún día, Micaela grande sabrá distinguir la diferencia entre cada cosa, pero por ahora todo suena colorido, lleno de misterios por descubrir. Incluso las groserías que son como jardines de flores raras de colores explosivos, llenas de espinas y ponzoñosas.

—Hay palabras, palabritas y palabrotas, Micaela

Le dice Doña Rosa al notar la fascinación en el rostro de Micaela pequeña, especialmente por los improperios. Que sabe que lo son, pero no lo que significan.

—Las palabras nombran las cosas del mundo y entonces lo van inventando. Los árboles son árboles porque, cuando los decimos, empiezan a existir y nosotros con ellos. Lo duro de las piedras o lo suave del lodo también. Las palabras crean el amor cuando te digo que te quiero mucho y las lágrimas cuando te regaño. Todas las palabras que uno dice hacen que las cosas nazcan. O se mueran. Las palabras hacen que las cosas que se hagan de mentira o de verdad. El piso que pisamos, el cielo que miramos, los panes que llevamos en estas canastas. Todo eso cabe en las palabras.

Micaela grande escucha atentamente con sus parabólicas dirigidas a su abuela y desea que fueran más amplias.

—Las palabritas inventan cosas bonitas, pero no menos importantes. Son por ejemplo las responsables del cariño que es el pegamento de todo. Cuando te caes y te digo «chamaquita hermosa» o «mi niñita linda», las palabritas te soban el corazón, que es lo primero que se debe sobar antes que un golpe. No todas las palabritas suenan como si fueran chiquitas. Por ejemplo: abrazo o apapacho. A todo mundo le gusta que lo abracen y que lo apapachen. Las palabritas a veces crecen y se vuelven palabras para que cosas como los aviones o el teléfono existan. Es importante saber usarlas, porque son como el azúcar y las cosas muy dulces hacen daño. Te pudren la boca y de la boca, sale la verdad. No puedes dejar que la verdad se pudra.

Micaela pequeña se toca los dientes, el paladar y la parte interna de los labios para asegurarse que siguen ahí, sin corromperse. Lo hace varias veces para garantizarlo. Piensa en una verdad podrida y se imagina que huele a perro muerto. Le empiezan a dar náuseas. Doña Rosa sonríe y ahora se siente de siete, tal vez seis años.

—Las palabrotas crean cosas importantísimas, Micaela. Pero son muy distintas a las groserías. La mayoría de las groserías son palabritas, animalejos sin importancia. La mayoría de la gente las escupe, como se escupe al piso algo que se acaba de sacar de los dientes. Las palabrotas, bien usadas, pueden hacer que el hombre llegue a Marte algún día. Fueron las palabrotas las que lo hicieron llegar a la luna en primer lugar, porque los sueños grandes solo caben en las palabrotas. Se usan para hacer cosas importantes: cambiar países, hacer justicia, hacer las paces. Las palabrotas son ideas enormes Micaela. Cosas que sonaban imposibles de que pasaran, pero gracias a ellas se hicieron de verdad…

—¿Dios también dice palabrotas?

Doña Rosa se ríe escandalosa y con esa risa, ahora se siente que cumplió cinco. No, tal vez cuatro años.

—Sí, Mica. Dios también dice palabrotas para bien y para mal. Al menos mal para nosotros. En una palabrota de dios, caben ideas divinas, inalcanzables para nuestra imaginación. Como un arcoíris, un amanecer o una luna redonda y brillante o un trueno y un relámpago y la lluvia que viene después de eso. Las ideas de dios, no están en las iglesias, ni tampoco se le ocurrió que tengas la culpa de todo nada más porque naciste. Están en el aire que te pega en la cara y en los caracoles que te gusta ver caminar.

—Y cuando las usa para mal… ¿Qué pasa?

—Sus palabrotas hacen cosas que son incomprensibles para nosotros. Sus ideas son extrañas y a veces nos parecen horrorosas. Dicen que tienen una razón, pero a veces pienso que es un niño de tu edad que se le ocurren cosas nada más para ver qué pasa. ¿Tu conejo cuando amaneció muerto sin ninguna razón? Bueno, su muerte es una palabrota de dios. También el dolor que sentiste cuando lo enterramos en el jardín o el huracán que destruye una casa, o el calor que mata de sed a una planta. Y como nos hizo para que nos pareciéramos a él, nosotros también podemos hacer cosas muy feas con las palabrotas ¡Las más feas! Si vas a usarlas, tienes que hacerlo con mucho cuidado. Pueden ser maldiciones y las maldiciones solo se lanzan a quienes se las merecen.

—¿Qué es una maldición?

—Son peores que las groserías. Una vez arrojadas, no se pueden detener. Convierten lo que tocan en lo peor que estés deseando en ese momento. Las palabras, las palabritas y las palabrotas importan mucho, Micaela. Úsalas siempre con cuidado, con fe, con cariño y con justicia.

Los ojos del hombre en el piso se convirtieron en un par de cucarachas enormes y atontadas que no sabían para dónde caminar y tomaron la mala decisión de hacerlo directamente hacia Micaela grande, quien no dudó en pisotearlas. El moco blanco y verdusco que salió de ellas hizo vomitar a varios más. Después, el resto del cuerpo ya maldito y condenado por las palabrotas de Micaela grande, comenzó a desintegrarse para transformarse en un nido de cucarachas coloradas de varios tamaños que, al caer al piso, salieron corriendo en todas direcciones. Algunas quedaban empantanadas entre las bascas, cosa que a la gente no le importaba, porque aun así y aguantándose su propio terror y asco, las pisaban con saña. Cuando la escena terminó, aquello parecía un licuado de bazofias multicolor. Después de unos momentos de silencio, una de las mujeres comenzó a aplaudirle a Micaela grande. Luego otra y otra, hasta convertirse en una ovación colectiva. Cuando llegaron los oficiales de policía, uno de los curiosos que había sido testigo desde el principio, sin dejar de aplaudir, trató de explicarles que el montón de cucarachas aplastadas en el piso por todos, eran los restos de un tipo que quiso entrar a masturbarse dentro del vagón del metro exclusivo para mujeres, pero que la chica que veían ahí, en medio del espumajo y los cadáveres de las cucarachas, lo detuvo con sus palabrotas.

Micaela pequeña usa palabritas para contarle a su abuela cómo le fue en el día a un lado de su cama. Lo hace con cariño, como aprendió de ella. Ya casi cumplió nueve y puede contar hasta ciento cincuenta y más. Doña Rosa se siente orgullosa de su nieta, que la hace sentir como si tuviera un año al escucharla. Quizá menos, como si acabara de nacer. Se queda dormida muy tranquila y preguntándose en las palabrotas que dios tendrá reservada para ella cuando se conozcan en unos minutos.

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