Había una vez
...muchas maneras de echar tu cuento
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Diario de un vampiro o florecillas góticas

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Ochocientos años dan para mucho. Eternamente in progress.

Me llamo Damian. Al menos podéis llamarme así. La verdad es que a lo largo de mi vida he cambiado tantas veces de nombre que ya ni me acuerdo del original que me dieron mis padres. ¿Por qué lo he hecho? Supongo que porque me aburría. Después de todo, cuatro siglos con el mismo nombre hubiese sido excesivo, ¿no? ¿O eran más bien cinco siglos? ¿Ocho? Ya me hice un lío. 

Me sucede de vez en cuando, cada vez con más frecuencia. En realidad no olvido nunca nada, pero pasa que los recuerdos a veces se mezclan entre sí, hasta el punto en que no puedo diferenciar los propios de aquellos que me han contado los seres como yo que he ido encontrando por la vida. Algo parecido me ocurrió cuando desarrollé el poder de leer la mente de los demás. Con el tiempo me percaté de que soltaba los secretos de los demás sin darme cuenta porque se me olvidaba si era algo que me habían contado o si lo había sacado yo mismo de sus cerebros. Por eso es que he comenzado a escribir este diario, para al menos tener un poco de organización en medio de este desastre.

Esta mañana cogí el autobús municipal. Era la primera vez que lo hacía, pero francamente no me sentí emocionado ni nada. Fue incómodo, porque ese día la gente iba callada y todos se bamboleaban como si apenas pudiesen mantenerse de pie. Recordé entonces las palabras de otro de los nuestros, Vladimir, quien fue uno de mis primeros compañeros y que describía a los mortales como una raza de ganado. Juro que al subirme al autobús esta mañana lo entendí, y eso que Vladimir me hizo el comentario hace ya casi doscientos años, ¿o más bien trescientos? Ya me hice un lío de nuevo.

Con todo y sus prejuicios, estoy seguro de que a Vladimir le habría encantado estar metido en un espacio de estos con gente comunicándose en varias lenguas simultáneas. Estoy seguro de que yo era el único que podía entenderlos a todos. Después de todo hablo doce idiomas, aunque si debo ser sincero no tengo la más mínima idea de cuál de ellos fue el primero que aprendí. Manejo todos con tal perfección que es como si hubiese nacido con el conocimiento de ellos grabado en mi mente. De hecho, he escogido este idioma en el que escribo ahora al azar. Espero que al menos coincida con el que sabéis vosotros, que estáis leyendo (porque tengo la certeza de que esto será leído al menos por alguien).

Curioso esto de «saber». No recuerdo exactamente cuándo me di cuenta de que sabía todas estas lenguas, pero sé que ello me llevó a considerar por primera vez que a lo mejor Dios no era omnipotente. Simplemente había estado tanto tiempo por aquí abajo que ya sabía más o menos como funcionaba todo. ¿Y por qué estoy hablando de Dios? No lo sé, supongo que porque es un tema que me resulta curioso, porque todo el mundo siempre está invocando a Dios a la hora de hablar de cómo destruirnos. Nunca me ha interesado mucho el tema de un Creador divino, pero sí que me resulta graciosa esa fijación de los mortales en hacer que Dios sea algo importante en nuestras vidas. En las películas siempre nos muestran como los enemigos mortales del Altísimo, insinuando que retrocedemos ante la visión de un crucifijo y esas cosas, pero nada más lejos de la realidad. Una vez incluso entré en una iglesia y metí el dedo en agua bendita para ver si me quemaba o algo así. No pasó nada. En cambio, un niño que estaba al lado mío metió la mano entera y su madre le dio un golpe que resonó en toda la bóveda del templo, así que en todo caso quien resultó dañado por el agua bendita fue él. 

Me gustan las iglesias, y a menudo entro en ellas y me siento en uno de los bancos a pasar un rato. Una vez se me acercó un cura que me había visto entrar allí varias veces y me preguntó por mi «vida espiritual». Le dije la verdad: que me relajaba entrar en una iglesia, pero que yo no creía en Dios. No solamente no creo en Dios, sino que no entiendo ni siquiera cómo los demás pueden creer. Y eso que, a diferencia de los demás, yo sí que he vivido el tiempo necesario para conocer miles de versiones diferentes de Dios y las cosas que la gente desesperada puede llegar a hacer en su nombre.

Con el pasar de los años he tenido que buscar nuevas formas de pasar el tiempo, y comencé a ir al cine. Me gusta mucho el cine, más incluso que visitar iglesias. Es ahí donde he visto las representaciones más divertidas que se han hecho de nosotros y es también el único lugar en el que considero que se puede hablar de vampirismo de forma segura y saber realmente qué piensan los mortales sobre la gente como yo. Incluso me atrevería a decir, y perdonadme si sueno demasiado pretencioso, que algunas de estas películas hablan específicamente sobre mí, o eso creo. Hay unas muy curiosas sobre un tal Drácula que creo están inspiradas en mi vida. Yo no recuerdo haber usado jamás ese nombre, pero me vienen a la mente esas cosas que pasan en la historia. De todas formas, es un gustazo verse en la pantalla. Me han interpretado muchos actores, y muy buenos. Mi favorito es Christopher Lee, pero ¿es necesario que ponga ese acento tan ridículo? Yo nunca he hablado así, o al menos no lo recuerdo. Si le hubiese conocido en vida a lo mejor se lo habría comentado.

Recuerdo que al principio, cuando me convertí en lo que soy, no entendía nada de lo que pasaba. No recuerdo cuándo fue, ni cómo me llamaba en esa época, pero recuerdo que estaba completamente a oscuras en cuanto a lo que debía hacer, lo que debía sentir o lo que debía pensar. Al principio, claro, todo son ventajas, sobre todo porque con el tiempo aprendes esos trucos como volar, meterte por las rendijas de las paredes y hasta hacer que tu sombra se mueva de manera distinta a ti (mi truco favorito, sin duda). Pero pronto surgen las molestias. Creo que la principal de ellas tiene que ver con el hecho de no morir ni envejecer nunca. En el momento en que empiezas a vivir para siempre te das cuenta de que todo cambia menos tú. No puedes quedarte en un mismo sitio toda la vida porque la gente empieza a reconocerte y se da cuenta de que siempre estás ahí y siempre eres el mismo. Y empiezan a sospechar. 

Una vez, una multitud furiosa se presentó a mi puerta e intentó matarme. Gritaban todo tipo de palabrotas, me llamaban «monstruo» y llevaban antorchas y tridentes. La chusma se echó contra las puertas de mi casa, pero yo conseguí abrirme paso por el bosque y escapar a tiempo. Eso fue hace más o menos doscientos años. Creo… en fin, que intentaban matarme. Qué panda de ilusos. ¿Cómo van a matarme, si yo mismo no sé cómo hacerlo? Recuerdo que una vez lo intenté. Estaba harto de esto de vivir para siempre, estar eternamente vigilante y todo eso. Así que lo intenté todo: primero me clavé una estaca en el corazón, corriendo contra una pared mientras sujetaba el palo afilado contra mi pecho. No funcionó, y aquí tengo la cicatriz debajo de la tetilla izquierda para probarlo. Me molestó por unos días, pero nada más. También me encadené al patio interior de mi casa y esperé a que saliera el sol, tomando la precaución de llenarme la boca con ajos. Eso tampoco sirvió de nada, puesto que el sol apenas me dejó un leve bronceado que debo admitir destaca mucho el color de mi pelo. En cuanto a los ajos, aquello fue lo peor porque me dejó la halitosis me duró dos semanas. Las cadenas las rompí sin ningún esfuerzo. 

Otra gran revelación ocurrió cuando me di cuenta de que ya no necesitaba beber sangre para seguir viviendo, con lo que mi principal ocupación se fue al traste. Si a eso le unimos el hecho de que al poder caminar por ahí de día tenía ahora el doble de tiempo libre, podemos concluir que el aburrimiento era una condena. Nunca pude explicar el hecho de que no pudiera morir. Vladimir me dijo que lo que pasaba era que había estado vivo tanto tiempo que la Muerte se había olvidado de mí.

Me encantaría conocer a más personas, ahora que no tengo que comérmelas, pero me da miedo lo que puedan pensar de mí. Me he interesado mucho por los seres a los que una vez pertenecí, sobre todo por los niños. Una vez vi a uno en la calle (tendría como unos ocho años) y lo saludé con la mano. A manera de respuesta, él me dijo una palabra que yo jamás había escuchado antes, mientras cerraba el puño derecho y extendía el dedo medio. Me pareció curioso, y me acerqué hasta él silenciosamente (se me da muy bien eso de deslizarme) y le tomé de la cabeza para obligarlo a darse la vuelta. Tuve mala suerte de emplear demasiada fuerza en ello (últimamente me pasa mucho, es que no me mido) y le partí el cuello. Como me daba pereza llevármelo a casa, le arranqué el brazo, para analizar mejor ese gesto que me había hecho. En eso apareció su madre y se puso a gritar como una histérica. Sus chillidos me molestaban tanto los oídos que le di una buena bofetada con el brazo de su hijo, con la suerte de que no solamente hizo silencio, sino que además se desmayó y pude irme en paz. Ahora tengo el brazo clavado en la pared de mi casa, con el dedo en la misma postura. He repetido el mismo gesto a la gente en la calle, pero creo que no debe ser propio de adultos porque la mayoría se molesta. 

Por eso tomé el autobús esta mañana, para conocer gente. Ahora creo que no fue la decisión correcta, porque allí no se habla nadie. Aunque creo recordar que ví a una muchacha de pelo negro que me sonreía desde la parte delantera del autobús. Cuando me sonrió, dejó ver dos dientes bastante largos, como los míos. ¿Podrá ser? Hace tanto tiempo que no he visto a otro de los de mi especie que creo que se me ha olvidado cómo es que son. De hecho, esta muchacha me recordó mucho a una que conocí una noche bastante fría en los Cárpatos, una de esas noches en las que tenía más hambre de lo normal. Eso fue allá hace trescientos años. ¿O eran cuatrocientos?

Que lío esto de recordar y escribir, escribir y recordar. Lo bueno es que esto es un diario, y como buen diario no tiene final. Quizá mañana vuelva a tomar el autobús, me acerque a esa chica y pruebe a hablarle en alguna de las lenguas que sé, aquella en la que creo que pudimos habernos conocido. 

Después de eso, si todo sale bien, puede que la invite a ir al cine.

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