Jamás pensé que alguien podría ser capaz de pedirme algo así… Y aún menos, que ese desalmado alguien, fuese mi propia madre.

He crecido formando parte de una generación escolar en la que el éxito habitaba en cosas como tener cientos de bolis de colores, saberse el himno de la alegría con la flauta, conseguir saltar el potro sin partirse la crisma, celebrar los cumpleaños en el McDonald’s y en lo más importante: en saber inglés británico que, según los estándares peninsulares del momento, era el inglés “de verdad”.

Hoy, un par de décadas después, mientras abría y cerraba el libro de inglés en los mismos 10 segundos, decidiendo si estudiaba o no, me venía a la cabeza una anécdota que me recordó que yo ya sabía inglés, solo que no me acordaba. Así que lo he cerrado definitivamente -el libro- y me he puesto un vino y Friends en Netflix con subtítulos, que dicen que se aprende mogollón.

Corría el año noventa y poco.

Los Frigopies, Cobi, La Lambaday las trenzas de hilos de colores en el pelo eran lo más. Y a pesar de que sobre estas últimas corría el rumor de que te pudrían el pelo, nadie pudo parar la tan alegre y extendida tendencia caribeña.

Yo tendría unos 5 o 6 años y estaba en Ibiza de vacaciones con mis padres en un hotel con 3 piscinas y todo incluido de San Franciscos sin alcohol. El mundo, sin duda, era para mí.

Soy hija única y, desde que era pequeña, mis padres han apostado por todo lo relacionado con avivar mi próspera socialización de cara al futuro. Yo creo que lo que no querían es que saliese rarita, que ya se sabe como son los hijos únicos si no tienes cuidado con esas cosas.

Fue ese verano ibicenco, cuando conocí a Kate, mi nueva mejor amiga de Manchester. Me gusta imaginarme la escena: sentadas en la barra del bar de la piscina, degustando un dulzón San Francisco, ataviadas con una pamela de rejilla, grandes gafas de sol, pareo con transparencias y, por supuesto, con una trenza de hilo cada una, sin ningún miedo a la degeneración capilar, urdiendo un sofisticado plan para hacernos con todas las sombrillitas de papel de los otros turistas en un descuido y así, de esta manera tan ligera, comenzando una férrea amistad.

Aunque creo que, la versión más cercana a la realidad fue que probablemente alguna de las dos le dejó su Barbie a la otra para jugar.

En este punto, se me hace necesario lanzar una breve pregunta al aire: ¿Cómo se logra hacer amigos nuevos después de los 7 años con naturalidad? Antes de la pandemia, las chicas nos dejábamos las unas a las otras el rimmel y los pintalabios en los baños de las discotecas (a más alcohol en sangre, más elementos maquilladores compartidos) y quizás por ahí, por lo menos, salían amistades efímeras de 6 horas máximo. Pero y ahora… ¿ahora qué?

Las Barbies resultan ser una opción muy poco COVID free,¿no?

En fin.

Parece ser que, esta nueva amistad internacional entraba dentro de lo que mis padres consideraron un momento importante en mi proceso social, por lo que ellos y la familia de Kate sellaron un minucioso y elaborado pacto —por medio de señas— que contemplaba que las dos niñas estaríamos juntas en el hotel para jugar y que los padres, bien de una familia o de la otra, estarían atentos para asegurarse de que estábamos bien.

Señas y signos.

Ajá. Mi madre pone de excusa que en aquellos tiempos lo que aprendían en el colegio era francés.

Cuentan por ahí que los padres de los hijos únicos tienen un código secreto internacional entre ellos. En mi caso, creo que la cosa fue algo más o menos así:

Sonrisa. Sonrisa. Girls together. Ohh! Yes. Great! Be careful. Ok. Sorbito de cerveza. In Spain we say chin chin. Ohhh! Brindis. Cheers. Chin Chin. Byeeee! Sonrisa.

Eran los años 90 y se podía fumar en los aviones, yo que sé.

La vida era más honesta.

No recuerdo bien cómo era la dinámica vacacional de aquellos días, pero lo de lo que sí me acuerdo es que pasaba mucho tiempo en la piscina jugando con Kate, la niña de Manchester. Y la llamo Kate, como podía haberla llamado Estela del Carmen, porque no me acuerdo de su nombre. Pero he decidido llamarla así porque en todos mis libros de inglés desde que tengo uso de razón siempre la protagonista femenina de los listening se llamaba Kate. ¿A que sí? Pues eso. Esta es mi fiesta y en mi fiesta mando yo.

Los días iban pasando y la relación de amistad se iba estrechando.

Yo estaba pletórica: ¡¡tenía una amiga rubia e inglesa!!, y, además, ilimitados San Franciscos con sombrillas de papel. No podía pedirle más a una estancia vacacional a tan corta edad.

Pero yo, reina de la autoexigencia, sentía que tenía que dar un upgrade a esa relación, demostrarle a Kate que estaba entregada a esa amistad y fue entonces en ese momento cuando por primera vez, en esos días —y en toda mi vida—, decidí que hablaría en inglés.

Es curioso como a veces el cerebro borra de nuestra memoria los momentos dolorosos y traumáticos de nuestra vida. O eso me han dicho. Porque mi cerebro parece haber sido entrenado en la KGB y se revuelca y ensucia en el recuerdo del dolor y el ridículo. Es por eso que tengo una imagen tan nítida del momento que os relataré a continuación.

Ese día, recuerdo que desayuné en el bufet del hotel huevos revueltos con bacon dejando a un lado mi tradicional Cola Cao con tostadas y mermelada de fresa. Desde que soy pequeña, me gusta ser consecuente con todo lo que hago. Y si yo me quería hacer una amiga inglesa para toda la vida, entendía que la dieta mediterránea tendría que quedar atrás.

Como el resto de las mañanas, Kate y yo nos vimos en la piscina. Pero esa mañana era diferente. Me sentía empoderada, aunque en esa época todavía no supiese lo que significaba esta palabra. Pero estarlo, lo estaba.

Me acerqué a Kate y decidida, regia, le dije con mi mejor acento británico, imagino que algo parecido a esto: “JELOUWICHIWICHINAINFOREVAYESNOOLRAIWICHIWICHIWICHINAINYEAH”.

No movió ni un músculo. Nada. Ajena a mi esfuerzo idiomático, Kate me lanzó una pelota azul de Nivea para que se la devolviese, como todas las mañanas anteriores. Como si nada hubiese pasado.

Yo abierta en canal, ofreciéndole mi mejor y único inglés y ella no lo había diferenciado de mi español.

¿Se me pasó por la cabeza en algún momento que mi speech británico había sido desde el principio una utopía y que la pobre Kate, como no entendía el español, tampoco podía entender el inglés inventado?

Jamás. Yo solo estaba atenta a naufragar en el drama.

Ultrajada, denigrada y con lágrimas en los ojos fui corriendo a la tumbona de mi madre. Saltaron las alarmas parentales. Proceso de socialización interrumpido.

—¡Hija!, ¿qué pasa?, ¿te has caído?, ¿¡qué pasa dime!? —Yo lloraba y lloraba.

—Mamaaaaaaaaaa, que no me ha entendidoooo, mamaaaaaaaaaaaaa.

—¿Qué no te ha entendido, hija? ¿Quién?

—Le he hablado en inglés, mamá, y no me ha hecho caso.

—Pero mi amor, si tú no sabes inglés.

—Que sí, mamá, pero a vosotros os hablo en español…

—Ah ya… ¿Y qué le has dicho?

—Pues que “JELOUWICHIWICHINAINFOREVAYESNOOLRAIWICHIWICHIWICHINAINYEAH”

Mi madre me cuenta que se echó a reír. Norma Bates, sal de ese cuerpo.

Mi amor, eso no es inglés, para hablar en inglés tienes que ir al colegio y aprenderlo. ¿Entiendes lo que te quiero decir? Es como las matemáticas…

No puedes hablar en inglés, porque todavía no sabes.

¿Hola, por favor, alguien disponible que se teletransporte al pasado y recoja con una pala los restos de mi corazón roto?

Mi madre en ese momento no solo me estaba diciendo que no podía hablar inglés. Mi madre, me estaba pidiendo —empujando a patadas— entrar por una puerta que yo no había pedido cruzar.

Y si lo hacía, si finalmente me rendía a los pretendidos encantos de la adultez, entraría a formar parte de un nuevo orden en el que se dejarían de llevar trenzas de hilos de colores y se sustituirían por pancakes de avena orgánica, dolores de espalda y rutinas faciales coreanas de doble limpieza.

Ese descorazonador día de verano, lo que me pidió mi madre fue que creciese.

6 comentarios

Me encantó tu cuento! Buena historia, desenlace y estilo. Me reí un montón con frases tipo «mi cerebro parece haber sido entrenado en la KGB y se revuelca y ensucia en el recuerdo del dolor y el ridículo.» Pero también me enterneció la protagonista. Nada como la inocencia de esa edad, y tal vez de esos tiempos también.

Aún riendo!!!! Espero seguir leyendo estas historias tan chulis!!!

Gracias por compartir tu humor en palabras. Me quedo con esto…
Sonrisa. Girls together. Ohh! Yes. Great!

Genial!!! Me encantó! Me mantuve atenta durante toda la lectura! El “JELOUWICHIWICHINAINFOREVAYESNOOLRAIWICHIWICHIWICHINAINYEAH“ Y la historia me hizo regresar a mi infancia donde, según yo y mis primas, escribíamos las canciones en inglés, era exactamente tus líneas! Lo disfruté un montón, que vengan mas texto. Bravo!

Alba, yo suelo preferir cuentos breves y concretos, que vayan al grano, pero de vez en cuando me topo con maravillas como esta, en donde mientras más ramificaciones tome, mejor. Aquí, además de la construcción narrativa en torno a la sorpresa del «jamás pensé» que se devela al final, hay mucho que disfrutar a lo largo del recorrido. Por ende, es un trabajo en donde el destino es tan importante como el camino que lleva al mismo. Creo que no es fácil dar con ese balance y me atrevo a opinar que lo logras por una mezcla de imaginación, humor y personalidad que dan vida a la protagonista y de la que estoy seguro daría mucho juego en cuentos futuros.

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