Sonríes frente al espejo. Te ves bien. Has ganado peso en estos últimos meses, tus amigas te dicen que te ves más joven. Y tienen razón. Te volteas para verte las caderas desde otro ángulo. Sí, te sientan bien esos kilitos de más. Tu cuarto se refleja en el espejo: tu cama, tu mesa de noche, el libro a medio leer, tu casa. La misma casa donde crecieron Enrique, Luisana y Sofía; donde vienen a visitarte tus nietos. Uno a uno, fueron escapando del país. Carolina del Norte, Miami, Panamá. En Venezuela sólo quedan Ernesto y tú, pero todos vinieron para tu cumpleaños. Por primera vez en muchos años, se pudo reunir la familia completa. Hasta Enrique, que nunca tiene tiempo para viajar, se apareció de sorpresa.

Setenta años. Se-ten-ta a-ños. Siempre te preguntaste dónde celebrarías tu cumpleaños setenta. Y aquí estás. En tu casa, en tu país, rodeada de tus seres queridos. Ernesto, tus hijos, tus nietos. Todos. Vuelves a sonreír.

Te acomodas el collar de perlas. Te lo regaló Ernesto de aniversario. Ernesto, pobre Ernesto. No quieres dejarlo solo, no sabría vivir sin ti. Basta, no pienses en eso, vuelve al espejo: el collar se ve hermoso con tu vestido azul. Recuerdas el día en que compraste el vestido azul. Lo usaste en el matrimonio de Sofía. Sonríes. A lo lejos, en la sala, escuchas las risas de los niños, las conversaciones de tus hijos, el disco de Buena Vista Social Club que tanto le gusta a Ernesto. Otra sonrisa se dibuja en tu rostro. Has sonreído tantas veces hoy. Das un par de pasos de baile frente al espejo. Bailar es una de las cosas que más disfrutan Ernesto y tú.

Dos enfermeras entran a tu cuarto y te sacan de la fiesta. De tu propia fiesta de cumpleaños. Qué desconsideradas. Hablan como si no estuvieras allí.

– ¿La señora movió un pie, o son ideas mías?

– No me fijé. ¿En cuánto estaba el oxígeno la última vez?

– Déjame ver. Ay, mira, hoy es su cumpleaños.

– Pobre, y tan solita. ¿Oxígeno?

– Sigue bajando, hay que avisarle al doctor.

Dejas a las enfermeras en el cuarto y entras a la sala, radiante con tu vestido azul y tu collar de perlas. Justo está llegando a la fiesta el doctor Ramos. Qué amable que vino a visitarte. Le ofreces un plato con pastel. Dice que no puede, que solo pasó a saludarte, que debe volver al hospital.

Marcela, tu nieta menor, toma el plato que le habías ofrecido al doctor. Nadie la ve, sólo tú. Normalmente, le habrías quitado el plato; dos pedazos de torta son demasiado, especialmente para una niña de diez años, pero es tu cumpleaños y quieres que todos estén contentos. Tan contentos como tú. Oyes la voz del doctor:

– El respirador no funcionó, hay que desconectarla.

– Pero doctor, está estable.

– No tenemos suficientes ventiladores y están llegando pacientes más jóvenes que los necesitan.

– Doctor, es su cumpleaños.

– Ella no lo sabe.

El doctor se va de la fiesta. Tomas tú también un pedazo de pastel y vas al cuarto de Marcela. Allí la encuentras, sentadita en su cama, disfrutando de su pedazo de torta. Te sientas junto a ella y le sonríes. Las dos saborean el postre lentamente. Es el favorito de ambas: Ponqué relleno de dulce de leche. Marcela es tu nieta preferida, es la que más se parece a ti. A las dos les gusta imaginar historias para que pasen las horas. Terminas tu torta y te acuestas junto a ella. Ella te acaricia tu pelo blanco.

– Marcela, ¿me cuentas un cuento?

Marcela deja su plato en la mesita de noche, acomoda tu cabeza en sus piernitas y comienza a narrar. Desde la sala gritan tu nombre, quieren que vuelvas a la fiesta. Pero es tu cumpleaños, tienes derecho a pasarlo como quieras. Cierras los ojos y te duermes, sonriendo.

2 comentarios

Hace unos días celebramos el cumpleaños 95 de mi abuela y todos los 20 primos le grabamos un vídeo para saludarla desde las 11 ciudades donde estamos regados, además de una cantada de cumpleaños por vídeo-llamada. A todos nos pareció lo más normal del mundo, incluida ella, que estaba feliz de tener reunido al familión, unos pocos en persona y la mayoría del otro lado de la pantalla.

En tu cuento, Pona, existe ambigüedad respecto a si la señora protagonista o se ronronea a sí misma para acompañarse en la soledad o si, por el contrario, tiene una enfermedad mental. No hace falta aclarar. El drama de abuelos solos es tristemente universal y, en todo caso, la verdadera locura es la fragmentación de tantas familias por la crisis venezolana.

Gracias por abrir una ventana a esta dura realidad y narrar con tacto preciso, dramático sin caer en lo trágico, por ofrecer una mini luz de esperanza y recordarnos llamar a nuestros mayores mientras estén en este plano con nosotros.

A nivel técnico, no tengo mucho que añadir, menos que criticar. En inglés describirían al cuento como «short & sweet». Yo diría mas bien que es «bittersweet».

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