1. El plan:

Esa noche aproveché la luna nueva para ir de paseo a la playa. El techo colmado de estrellas me invitaba siempre a volver, sin el terror de alguien que quisiera robarme o simplemente hacerme daño. Para mí, la noche era un laberinto, más por infinito que por oscuro, y yo todas las veces terminaba atrapado en el mismo lugar: en las mareas de Güiria o en el faro del Cabo San Román. Siempre escuchaba el mar, pero también el murmullo del escape y el súbito silencio de la asfixia. Caminaba por las costas de Carolina del Norte y segundos después estaba naufragando en el Caribe. Es el péndulo incansable en la mente de quien emigra, que nunca te deja anclar en un solo lugar.

Cuando pasaba por debajo de uno de los muelles, escuché que me gritaron desde lejos: «¡Tomás!». Entonces volteé y vi a Gilberto, sentado en la hamaca que había colgado a las columnas. Abrió la cava y me enseñó una lata que cubría con un forro de neopreno para que pasara desapercibida:

—Solera —me dijo con un orgullo desafiante, mientras la apuntaba con el dedo—. ¡No me puedes decir que no!

Gilberto estaba con Lucía, su pareja de al menos un par de años. La conocí apenas llegué a esta ciudad, por el instinto de compañía de quien aterriza en nuevas tierras. La descubrí en un meetup de latinos y de gente que quería practicar el español. Se me hace difícil explicar lo que sentí al verla la primera vez: era una belleza algo roída, como si se hubiera estropeado con el salitre, pero aun así su presencia era deslumbrante. Sus ojos tamarindo se dejaban ver a ratos debajo de sus rizos negros y lanzaban una mirada que golpeaba sin misericordia. De pronto, sus labios resecos se abrieron para dejar escapar su voz de ex fumadora y su delicioso acento estrellado.

—Me shamo Lu.

Quedé perplejo; creo que sin responderle. «Pero, ¡quién coño es esta tipa!».

Me comencé a tomar la cerveza con Gilberto, pero seguí concentrado en ella. Sus facciones eran tan toscas y su figura cada vez más gruesa. «¿Por qué? ¿Por qué me atraía tanto?».

—Lu y yo estábamos leyendo esto —dijo Gilberto, enseñándome un suplemento de Evita Montonera.

—Es una reliquia —agregó ella—. Lo conservo entre mis tesoros más preciados.

—Pilla esto, Tomás. Es una locura. Trata del día en que Montoneros robó el cadáver de Aramburu para intercambiarlo por el de Evita. ¡La realidad supera a la ficción!

La historia me hipnotizó. Un grupo guerrillero argentino que ideó un plan muy sencillo para asaltar el cementerio de La Recoleta y hacerse con el féretro del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu. «Un cadáver como intercambio», pensé. Hasta ese momento, mi mente se limitaba a creer que a los rehenes siempre se les tenía que mantener con vida. En medio de mi fascinación, levanté la mirada del periódico y vi a Gilberto. Ya lo conocía bien. Compartíamos el mismo desprecio hacia el chavismo y sus herederos, y los percibíamos como los culpables de nuestra salida de Venezuela.

—Un muerto también se podría intercambiar por un vivo —le solté.

De respuesta, me regaló lo que creo que fue una sonrisa dentro la poca luz que se esparcía bajo el muelle:

—¿También estás pensando en el Cuartel de la Montaña?

La posición política de Lucía no me resultaba del todo clara. Era muy joven para haber podido apoyar la lucha armada de los años setenta, pero luego de la llegada de la democracia, cuentan que se valió del «Nunca Más» y de los movimientos a favor de los derechos humanos para intentar mitificar a los extremistas de la izquierda argentina. Al parecer, su belleza era tan sublime que hacía que sus ideas revoltosas se vieran más sensuales que anacrónicas. Pero que estuviéramos ahí conversando, bajo las estrellas en una playa de los Estados Unidos, me hacía pensar que cualquiera que hubiera sido su posición en el pasado, seguramente sería eso, pasado.

­—¿No es el plan perfecto? —le pregunté a Gilberto, mirando y tratando de descifrar a Lucía—. Entras con Lu al cuartel, ella le pistonea al encargado y nos vamos con la urna de mierda. Exactamente igual a lo que hizo Montoneros.

—¿Qué dices, Lu? —preguntó Gilberto.

—Todo sea por romperle las pelotas al Maduro ese.

Suspiré aliviado. La revolución no había podido conquis…

—Qué increíble como destruyó el legado de un tipo tan grande como Chávez, ¿viste?

«¡Coño de la madre!», pensé. Comencé a reír de los nervios. No quería crear una polémica innecesaria en medio de nuestra fantasía de irrumpir en la antigua sede de la academia militar y robar el símbolo más importante del chavismo.

—Pará de reír, boludo —me dijo ella.

—Es en serio, Tomás. ¡Vamos a darle!

2. El asalto:

No hubo ni tiempo de asimilarlo. La semana siguiente, estábamos los tres en Caracas. Sabíamos que, para que el plan funcionara, uno debía permanecer en la camioneta pickup mientras otros entraban a cargar con el ataúd. Pero iba a ser imposible levantarlo entre solo dos personas. Ubiqué a cuatro de mis primos y los vestimos con trajes de la Guardia de Honor que mandamos a confeccionar. No podíamos contener las risas al verlos en sus uniformes rojos con bordados amarillos, sus botas hasta la rodilla por encima del pantalón y su sombrero negro espigado con el plumón que apuntaba al cielo.

—¡Ahora bailen El cascanueces!

Todos reíamos de nuevo y tarareábamos La danza del hada de azúcar, mientras mis primos se ponían de puntillas, alzaban sus brazos y giraban.

Al final de la tarde, estacioné a un par de cuadras de lo que fue la sede de la academia militar. Del asiento de copiloto se bajó Lucía y quedó Gilberto conmigo en la cabina. Mis cuatro primos estaban en la parte de atrás. Pasaron unos pocos minutos y ella regresó emocionada, con la sonrisa más amplia que yo le hubiera visto.

—Todo está listo —sentenció—. Conocí al que está de guardia esta noche y le dije que venía en secreto desde la Argentina para hacer un ritual sagrado hoy a las 7 y 27, cuando las estreshas de la constelación de Leo, el signo del Comandante, se alinearían perfectamente con los vértices de la flor que diseñó Fruto Vivas en el sarcófago.

—¿Y se lo creyó?

—La verdad es que también le sugerí que era un rito un tanto carnal, ¿viste? Y que tal vez él podría participar —concluyó con la picardía de quien se sabe la tipa más atractiva del planeta.

Todos reímos dentro de la camioneta. Por alguna razón, se sentía como una travesura y no como la operación que podría costarnos la libertad y hasta la vida.

Pasadas las horas, conduje la pickup hasta la entrada del cuartel y ahí se bajó Lucía, acompañada por Gilberto, quien llevaba un morral con los implementos necesarios para inmovilizar al guardia.

—Llega usted muy puntual, señorita —le dijo el militar al abrirle la puerta.

—Espero que no importe que haya traído a mi colega astrónomo.

—¿Qué colega?

El guardia solo alcanzó a sentir el spray que le hizo arder los ojos. Lucía y Gilberto ataron sus manos y le forraron la boca en teipe para que los gritos quedaran encajonados en su garganta. Ni siquiera sintieron la necesidad de arrebatarle las armas que llevaba encima. Mis cuatro primos saltaron de la camioneta a toda carrera y no pasó mucho tiempo cuando ya venían de vuelta cargando el féretro. Yo no lo podía creer; era como leer el Evita Montonera de nuevo. Desde el vehículo estacionado, vi a dos soldados que apuraron el paso al percatarse de que la entrada del Cuartel de la Montaña estaba abierta. Traté de avisar a mis primos, pero todo sucedía cada vez más rápido. El choque era inminente. A Lucía y a Gilberto desde hacía rato los había perdido de vista. Observé a mis cuatro primos ya muy cerca de la salida, con un paso tan sincronizado que parecía ensayado por años. En mi cabeza sonó la música de El cascanueces y vi a los dos soldados danzar hasta su encuentro. Nuestros falsos guardias de honor se detuvieron en seco, con Chávez a cuestas, y quedaron frente a los dos militares.

La pieza de Tchaikovsky en mi mente paró por completo. No quedó más sonido que el silencio. Unos largos segundos más tarde, uno de mis primos tuvo el coraje de alzar la voz:

—¡Patria, socialismo o muerte!

Los dos soldados se pararon firmes y llevaron su mano derecha a la sien con rigor militar:

—¡Venceremos!

Lucía y Gilberto aprovecharon el encuentro para escabullirse por detrás de la escena y ya, desde la camioneta, los tres vimos a los militares sumisos abriéndole el paso al ataúd. Lucía se batía de emoción y me daba pequeños golpes de euforia contenida. ¡Lo habíamos logrado! Mis primos salieron del cuartel, montaron a Chávez en el cajón de la pickup, y yo pisé a fondo el acelerador antes de sacar el embrague, para que los cauchos rechinaran como esa noche lo merecía.

3. La negociación:

A la mañana siguiente, varios periodistas se habían hecho eco de la noticia del robo de los restos del ex presidente y varios grafitis que habíamos escrito por la ciudad eran replicados en Twitter: «El cuerpo de Chávez por la presidencia de Maduro».

Habíamos ganado. Ningún chavista iba a permitir que profanaran los restos del Comandante por un gobierno de miseria como el de Maduro. Y eso incluía a los militares. Solo teníamos que sentarnos a esperar.

Pero, de pronto, un trasnochado Nicolás Maduro comenzó la transmisión de una cadena nacional desde Barinas. Los padres de Hugo Chávez lo acompañaban hasta la sombra de un árbol inmenso. Su cansancio y su gordura si apenas le permitían caminar.

—Nosotros sabemos que la Derecha apátrida no respeta nada, ni siquiera a los muertos —dijo el dictador entre pronunciadas ojeras—. Por eso, el Comandante eterno está enterrado aquí, bajo este hermoso samán que simboliza el juramento que una vez hiciera nuestro líder supremo. ¡Vamos, terroristas! ¡Atrévanse! ¡Abran la urna y vean lo que hay adentro!

—No puede ser que nos volvieron a joder —lamentó Gilberto, mientras veíamos la televisión.

Y yo, con una angustia despiadada, me dispuse a descubrir el féretro.

9 comentarios

Felicitaciones, Raúl! Jaja. Buenísimo cuento… 🙂 Me gusta mucho el tono tragicómico, muy al estilo de algunos escritores del exilio que están entre mis favoritos: Jesús Díaz, Eliseo Alberto, Jose Leandro
Urbina…

¡Jaja! Puedo decir con propiedad, que este cuento no hubiera existido de no haber sido por tus clases. Qué bueno que pasaste por aquí. ¡Gracias!

Me encantó. Los finales abiertos me resultan tortuosos pero los giros son tal cual lo que vivíamos a diario… No puede ser que nos volvieron a joder.

Es la cosa, Nata. Y bueno, el final es abierto, pero ni tanto, creo. Bueno, más o menos… ¿quién sabe? jaja

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